Excelentísimos hermanos en el Episcopado
Muy queridos sacerdotes
Miembros del venerbale cabildo de la Catedral,
Muy queridos hermanos todos, en Cristo Jesús.
“Que este año se viva con particular fervor la Solemnidad del Corpus Christi, con la tradicional procesion. Que la fe en Dios se proclame por calles y plazas como expresión de nuestro amor agradecido y fuente inagotable de bendiciones”.
Este es el testamento del amadísimo Juan Pablo II. Lo tenemos muy presente en esta plaza en donde en el año 1985, en este mismo lugar, nos dirigía palabras de amor y de esperanza.
Juan Pablo II nos dejó escrita esta intención suya y hoy nos acompaña desde la presencia de Dios en esta procesión. Cómo pasan los años. Son ya 20 años y me alegra ver a tanta juventud que probablemente no tuvo ocasiónde verlo, de participar en esas jornadas maravillosas a lo largo y ancho del Perú. Por eso, nuestro recuerdo sigue muy vivo en ese amor a Juan Pablo II.
Y como es parte de ese magisterio de la Iglesia, el Papa actual, Benedicto XXI, en una continuidad íntima con su antecesor Juan Pablo II, nos decía a los Cardenales en la Capilla Sixtina, al día siguiente de su elección: “Mi Pontificado se inicia de manera particularmente significativa mientras la Iglesia vive el Año especial dedicado a la Eucaristía. Por tanto, en este año se deberá celebrar de un modo singular la Solemnidad del Corpus Christi”.
Este recuerdo a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, tiene particular importancia porque es uno de los distintivos centrales de la Iglesia Católica: la unidad con el Santo Padre Vicario de Cristo. Expresemos a ellos –a Juan Pablo II y a Benedicto XVI- nuestro agradecimiento y amor.
Cristo es la luz del mundo
La Eucaristía es el corazón de la Iglesia. Acabamos de leer en el Evangelio de San Juan esas palabras de Cristo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Esto nos lleva a recordar con especial fuerza la presencia real de Cristo en la Eucaristía, presencia viva, misterio de fe y de luz que ilumina al mundo.
En épocas de crisis o dificultades, Cristo es la luz del mundo, y Cristo es la luz de tu vida y de la mía. Tantas veces en la vida actual aparecen esos desiertos en que la soledad, el dolor, la falta de empleo, las dificultades de la vida, nos confunden y dejan un poco triste.
Son esos desiertos en los que la vida espiritual decae, en donde los matrimonios tambalean. El Papa Benedicto XVI decía que en esos desiertos busquemos la luz que ilumina, el agua que calma la sed. La presencia viva de la Eucaristía es la respuesta a todas esas dificultades.
Por eso hagamos cada uno esa propuesta personal: Jesús, que tú seas la luz de mi vida, de mi hogar, del trabajo, de la sociedad. Al mismo tiempo, la Eucaristía es un misterio de fe que nos trae la paz interior, tan importante y que sólo Dios nos puede dar.
Misterio de Fe
Todos la buscamos de manera intensa porque todos queremos ser felices al poseer el bien que genera la paz. Búscala en Cristo. Piensa si es que esa alegría no te falta mas bien porque te falta Cristo en la vida.
Él es un misterio de fe que acompaña y consuela a los enfermos, a los más necesitados, a los niños, a las familias, porque ofrece su amistad sin condiciones.
Qué importante es recordar la iniciativa de Dios, quien al enviarnos a su Hijo para salvarnos con su vida, nos ofreció su amor y su amistad. No ha puesto ninguna condición. A pobres y a ricos, a pecadores y no pecadores, a jóvenes y ancianos, a todos el Señor nos ofrece su cuerpo, su sangre, su amor. Por eso tantas veces hay que volver otra vez.
Creo que el Papa nos lo va recordando siguiendo la huella de Juan Pablo II: Cristo es el camino y la respuesta. Cristo te espera. Es ahí donde el mundo encuentra luz, paz y orientación.
Dolor, expresión de amor
La Eucaristía nos muestra el misterio de la muerte de Cristo por amor a todos. Esa muerte que ha convertido el dolor en la expresión del amor. No huyamos de ese camino maravilloso que es la cruz de Cristo. Desterremos esa falsa explicación de huir del dolor para encontrar la felicidad.
No es posible querer a una Eucaristía sin pasar por la muerte. Por eso en la Eucaristía también se nos muestra esa escuela que hoy de manera muy especial el mundo necesita escuchar: El dolor es el camino al amor, el lugar donde el amor crece con más fuerza.
En los momentos más difíciles, de enfermedad, económicos, familiares, etc., es cuando Cristo llama a tu puerta para decirte: Es el momento de crecer en el amor, no es el momento del desánimo ni el momento de dejarse llevar por respuestas fáciles que hacen más profundo el dolor y que no conducen al amor.
Este es el mensaje de la Eucaristía. Por eso hermanos, la muerte de Cristo ha transformado el dolor en amor. Su “sí” a la voluntad de su Padre, abre la puerta al perdón de todos nuestros pecados.
Confesión y Eucaristía, pilares de la Iglesia
De ahí que en la Solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo, también celebramos ese sacramento tan íntimamente unido a la Eucaristía: la Reconciliación, que brota del costado abierto de Cristo, y que se ofrece cada día en la Confesión personal de nuestros pecados.
Por eso hermanos, al celebrar esta fiesta maravillosa, aprendamos a unir en nuestra vida esa iniciativa de Dios: Su cuerpo, alimento; su cuerpo, vida eterna; su cuerpo, alegría y amor; su cuerpo perdón.
Por lo tanto sacramento de la Confesión y Eucaristía frecuente son las columnas sobre las que se edifica la Iglesia, la sociedad, la familia y la vida de cada uno. “El que come de este pan -nos dice Jesús- vivirá para siempre”. Nos ha dado en ejemplo de que la vida se g ana cuando se pierde.
Esa aparente contradicción es la lógica que ha inaugurado el sacramento de la Eucaristía. Es ese amor de Dios que nos entrega a su Hijo para ser ese ejemplo y decirnos: Darnos, entregarnos y compartir con los demás hasta la muerte, es el inicio de la vida, de la alegría y de la paz.
También es una dimensión de la solidaridad que la sociedad reclama para que de una manera digna puedan vivir todos en todos los rincones de nuestra Patria. Trabajar, perdonar, sufrir, perdonar, vivir el matrimonio, estudiar, comer; todo por Él y en Él.
Testigos vivos de Cristo
En esta Gran Misión remar Mar Adentro les invito a que seamos testigos vivos de Cristo, demos muestra de haber recibido la sagrada comunión con nuestras obras. Acerquémonos siempre a la Eucaristía con el corazón limpio. En conclusión: La Eucaristía es el corazón de la Iglesia y de nuestra vida.
Debemos aprender a decirle: Jesús, en ti confíamos, qué bueno eres, perdóname porque tantas veces no te tengo presente, pero ayúdame más. Todo esto, hermanos, tiene un modelo maravilloso que justamente el Papa lo señala: María, Mujer Eucarística. En ese rezo del Rosario encontramos ese camino a Jesús.
Gracias a Dios, hoy esto nos suena conocido porque el Perú siempre ha sido un pueblo profundamente eucarístico, porque la Iglesia late con el corazón de Cristo Eucaristía.
Por eso, al contemplar esta Plaza de Armas completamente llena, no tengo más que elevar el corazón en agradecimiento a Jesús, a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. También tengo que agradecerles a ustedes este esfuerzo.
El Papa Benedicto XVI nos dijo cuando asumió su Pontificado: La Iglesia está viva, la Iglesia es joven. Yo les digo esto con enorme gozo y con profundo agradecimiento, animándolos a Remar Mar Adentro: Que tu vida sea una Vida Eucarística.
Así sea.