Convirtamos la sociedad en una “Sociedad
Eucarística”, exhortó el Pastor de Lima
No es un año que termina sino uno nuevo que empieza con
ardor eucarístico pues el mundo está sediento de cultivar
la vida interior, dejando esa dimensión chata de la vida.
Muy buenos días señores, Nuncio Apostólico, Obispos
Auxiliares, venerable Cabildo de la Basílica Catedral, queridos
religiosos, muy queridos miembros de todas las parroquias, colegios,
catequistas. A todos los miembros de este pueblo de Dios les doy la
bienvenida a esta Iglesia Madre.
Hoy al clausurar el Año de la Eucaristía nos dirigimos
a Dios en Acción de Gracias porque son abundantes los dones concedidos
a toda la Iglesia universal. Me refiero muy especialmente a la Iglesia
en Lima con un recuerdo muy particular a nuestro queridísimo
Papa Juan Pablo II, que nos lanzó un regalo, antes de irse al
cielo, al decretar el Año de la Eucaristía. Cuántas
luces en el mundo entero han brillado siguiendo con docilidad, con gozo,
esa invitación de Su Santidad.
También nuestro pensamiento se dirige a Dios para interceder
por el Papa actual, Benedicto XVI, que constantemente recuerda a su
amado antecesor reafirmando el camino eucarístico de la Iglesia.
Una nueva evangelización: Ser y convertirse en almas
eucarísticas, familias eucarísticas, sociedad eucarística.
Es necesario pensar ahora en el futuro que nos espera. No es un año
que concluye y queda ahí nomás, sino que es un año
que se nos abre para lanzarnos con ímpetu a una nueva evangelización:
ser almas eucarísticas, ser familias eucarísticas, ser
una sociedad eucarística. Este regalo de Dios no es obra nuestra,
lo nuestro es aceptarlo, meditarlo y convertirlo en hechos concretos.
La Eucaristía es el núcleo del misterio de la Iglesia
porque contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. Cristo mismo,
nuestra salvación, nos da la vida por medio del Espíritu
Santo.
Esta realidad que se realiza en la Última Cena, en la Pasión
y Muerte de Nuestro Señor y en su Resurrección, se actualiza
en cada misa, es decir, en cada Eucaristía se renueva la redención,
cambia el mundo, surge la nueva alianza.Por eso, no existen motivos
para estar triste pues somos hijos de Dios en Cristo que nos ha dejado
su Cuerpo como alimento.
Realmente estamos asistiendo a un nuevo amanecer
Desde esa unidad con Jesús, en la Eucaristía, surge una
manera de ser diferente. Cuando hablemos del futuro tenemos que decir
que proclamamos esa manera nueva, esa centralidad, esa esencia, esa
razón de ser de la Iglesia y de nuestras vidas, especialmente
la del sacerdote: La Sagrada Eucaristía.
En este último Sínodo había una proposición
muy sencilla pero muy profunda: La vida diaria de cada uno debe ser
una santa misa como prolongación de esa participación
nuestra en el misterio del altar.
Con palabras de Juan Pablo II queremos recordar que:
“El Cristianismo es la religión que ha entrado en la historia
y Jesús es el fundamento y centro de la misma”, porque Él,
le da sentido a la meta última de nuestra vida. La Eucaristía
nos introduce en la vida eterna, es un misterio ante el cual debemos
pedirle al Señor que aumente nuestra fe.De esa manera nos introducimos
en esa dinámica divina y humana, temporal y eterna, que no hace
más que llenarnos de ese gozo que pasa por la Cruz. No debemos
olvidar que la Eucaristía es fruto de la pasión y muerte
en la Cruz de Jesucristo.
La redención ya se llevó a cabo, sólo hace falta
que nos incorporemos a esa tarea redentora, y como dice San Pablo, “lo
que falta cumplir a la redención, lo complete yo en mi cuerpo,”
con las generosidades, al compartir los unos con los otros, al saber
perdonar, al acudir a la confesión (un sacramento tan íntimamente
unido que brota de la pasión del Señor para abrirme las
puertas a la Eucaristía) Este mundo no es abstracto, es real,
lo que no es real es que a Dios lo aparte de mi vida. Por medio de la
Eucaristía, el Señor actualiza su amor en nuestras vidas
para que lo llevemos a muchos. En la carta a los hebreos dice San Pablo:
“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.
Recuperar el domingo como día del Señor es un
nuevo amanecer
Como una indicación muy precisa, nos proponemos en la Iglesia
de Lima lanzarnos a la participación en la Misa Dominical, recuperar
el domingo como día del Señor, día para compartir
juntos nuestra fe. Los convoco a todos en esta misión al término
del Año de la Eucaristía.
Suscita en nosotros, Señor, este asombro porque realmente estamos
asistiendo a un nuevo amanecer. No sigamos ese sueño de una cultura
de muerte, de violencia, de tragedias, de infidelidades, miremos el
amanecer de un mundo sediento de espiritualidad. Cuando este mundo cuando
descuida el alimento del espíritu, se materializa, se ‘animaliza’
y se vuelve violento.
Aunque surgen voces de crecimiento y desarrollo, el mundo muchas veces
está triste, porque está sediento de espiritualidad, oración,
meditación de la Palabra de Dios. Es el nuevo amanecer que hoy
el mundo le pide a la Iglesia, porque no es nuestro, es un don de Dios
para este mundo maravilloso que está clamando –como dice San
Pablo- “con dolores de parto”, esperando la proclamación de los
hijos del Señor, la cual nos toca a todos: Llevar la Buena Nueva.
Dejemos esa dimensión chata del dinero, de la pelea, de la intriga:
Elevemos el espíritu a ese gozo de ser hijos de Dios y hermanos
en Cristo pues todo esto, es parte de ese modo de ser Eucarístico.
Por eso les pido esa coherencia en la vida diaria, que se perciba en
nuestros actos que hemos recibido a Jesús.
Se ha redescubierto la adoración al Santísimo
En estos meses hemos visto cómo la gracia de Dios ha llevado
con ese tiempo ímpetu a tantas parroquias y comunidades religiosas
a redescubrir la adoración al Santísimo. Son más
de 40 templos que exponen al amor de los amores, para que como luces
en nuestra ciudad podamos acompañar a Jesús en la Eucaristía.
Son muchas y crecen las vocaciones, aumenta la presencia en las misas
dominicales, pero no dejemos que esa cultura adormecida existente pretenda
contagiar a la Iglesia.
Gracias a Dios la juventud renueva su esperanza en la Iglesia. Basta
contemplar esa maravillosa multitud en Colonia junto al Papa Benedicto
XVI, a esas miles de familias acompañando al Señor de
los Milagros. Son muchos los elementos que nos dicen que Jesús
está con nosotros. Que importante es el rol que Dios ha querido
dar a la familia a la cual la vemos en medio de muchas batallas y maltratos.
Recompongamos, hermanos, con ilusión, esfuerzo y confianza ese
amor a la familia.
Hoy, en las lecturas, escuchamos acerca de dos virtudes, la sabiduría
y la prudencia, que nos llevan a proponer un modelo Eucarístico
de la vida, un despertar de la espiritualidad en la vida de cada uno,
de cada familia y en toda la sociedad. Juan Pablo II nos decía,
poco antes de irse al encuentro con Dios, que el “Año de la Eucaristía”
nace de la conmoción de la Iglesia ante este gran misterio, una
conmoción que nos embarga constantemente.
No les pido que hagan cosas extraordinarias, sino que todas sus iniciativas
sean orientadas a una mayor interioridad. Aunque solo el fruto de este
año hubiera sido avivar en todas las comunidades cristianas el
crecimiento de la celebración de la Misa Dominical y el incremento
de la adoración Eucarística fuera de la misma, se habría
conseguido un resultado significativo.
Podemos pues agradecerle a Su Santidad porque se ha logrado ese fruto
pero, sin duda, queremos aspirar a metas mucho más altas de la
mano de la Virgen María, mujer Eucarística: Enamorarnos
más de la Eucaristía. Que cada parroquia sea un foco de
luz y esperanza.
Despertemos con gozo a esta maravillosa dimensión de la misericordia
del Señor. Él está pasando muy cerca de nosotros
derramando bendiciones y pidiéndonos, con tanta humildad, que
no nos olvidemos de Él que nos espera cada domingo en la Santa
Misa con toda la familia.
Qué nuestra Madre, Santa María, nos ayude a perseverar
en esta tarea. Agradezco mucho a todos los sacerdotes, religiosos, colegios,
hermandades, movimientos, comunidades, catequistas porque todos hemos
hecho del Año de la Eucaristía un renacer que claramente
nos llena de gozo.
Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu
Santo los conforte.
Así sea.