- Domingo, 06 de noviembre de 2005 -

Convirtamos la sociedad en una “Sociedad Eucarística”, exhortó el Pastor de Lima

No es un año que termina sino uno nuevo que empieza con ardor eucarístico pues el mundo está sediento de cultivar la vida interior, dejando esa dimensión chata de la vida.

Muy buenos días señores, Nuncio Apostólico, Obispos Auxiliares, venerable Cabildo de la Basílica Catedral, queridos religiosos, muy queridos miembros de todas las parroquias, colegios, catequistas. A todos los miembros de este pueblo de Dios les doy la bienvenida a esta Iglesia Madre.

Hoy al clausurar el Año de la Eucaristía nos dirigimos a Dios en Acción de Gracias porque son abundantes los dones concedidos a toda la Iglesia universal. Me refiero muy especialmente a la Iglesia en Lima con un recuerdo muy particular a nuestro queridísimo Papa Juan Pablo II, que nos lanzó un regalo, antes de irse al cielo, al decretar el Año de la Eucaristía. Cuántas luces en el mundo entero han brillado siguiendo con docilidad, con gozo, esa invitación de Su Santidad.

También nuestro pensamiento se dirige a Dios para interceder por el Papa actual, Benedicto XVI, que constantemente recuerda a su amado antecesor reafirmando el camino eucarístico de la Iglesia.

Una nueva evangelización: Ser y convertirse en almas eucarísticas, familias eucarísticas, sociedad eucarística.

Es necesario pensar ahora en el futuro que nos espera. No es un año que concluye y queda ahí nomás, sino que es un año que se nos abre para lanzarnos con ímpetu a una nueva evangelización: ser almas eucarísticas, ser familias eucarísticas, ser una sociedad eucarística. Este regalo de Dios no es obra nuestra, lo nuestro es aceptarlo, meditarlo y convertirlo en hechos concretos.

La Eucaristía es el núcleo del misterio de la Iglesia porque contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. Cristo mismo, nuestra salvación, nos da la vida por medio del Espíritu Santo.
Esta realidad que se realiza en la Última Cena, en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor y en su Resurrección, se actualiza en cada misa, es decir, en cada Eucaristía se renueva la redención, cambia el mundo, surge la nueva alianza.Por eso, no existen motivos para estar triste pues somos hijos de Dios en Cristo que nos ha dejado su Cuerpo como alimento.

Realmente estamos asistiendo a un nuevo amanecer

Desde esa unidad con Jesús, en la Eucaristía, surge una manera de ser diferente. Cuando hablemos del futuro tenemos que decir que proclamamos esa manera nueva, esa centralidad, esa esencia, esa razón de ser de la Iglesia y de nuestras vidas, especialmente la del sacerdote: La Sagrada Eucaristía.

En este último Sínodo había una proposición muy sencilla pero muy profunda: La vida diaria de cada uno debe ser una santa misa como prolongación de esa participación nuestra en el misterio del altar.

Con palabras de Juan Pablo II queremos recordar que:
“El Cristianismo es la religión que ha entrado en la historia y Jesús es el fundamento y centro de la misma”, porque Él, le da sentido a la meta última de nuestra vida. La Eucaristía nos introduce en la vida eterna, es un misterio ante el cual debemos pedirle al Señor que aumente nuestra fe.De esa manera nos introducimos en esa dinámica divina y humana, temporal y eterna, que no hace más que llenarnos de ese gozo que pasa por la Cruz. No debemos olvidar que la Eucaristía es fruto de la pasión y muerte en la Cruz de Jesucristo.

La redención ya se llevó a cabo, sólo hace falta que nos incorporemos a esa tarea redentora, y como dice San Pablo, “lo que falta cumplir a la redención, lo complete yo en mi cuerpo,” con las generosidades, al compartir los unos con los otros, al saber perdonar, al acudir a la confesión (un sacramento tan íntimamente unido que brota de la pasión del Señor para abrirme las puertas a la Eucaristía) Este mundo no es abstracto, es real, lo que no es real es que a Dios lo aparte de mi vida. Por medio de la Eucaristía, el Señor actualiza su amor en nuestras vidas para que lo llevemos a muchos. En la carta a los hebreos dice San Pablo: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Recuperar el domingo como día del Señor es un nuevo amanecer

Como una indicación muy precisa, nos proponemos en la Iglesia de Lima lanzarnos a la participación en la Misa Dominical, recuperar el domingo como día del Señor, día para compartir juntos nuestra fe. Los convoco a todos en esta misión al término del Año de la Eucaristía.

Suscita en nosotros, Señor, este asombro porque realmente estamos asistiendo a un nuevo amanecer. No sigamos ese sueño de una cultura de muerte, de violencia, de tragedias, de infidelidades, miremos el amanecer de un mundo sediento de espiritualidad. Cuando este mundo cuando descuida el alimento del espíritu, se materializa, se ‘animaliza’ y se vuelve violento.

Aunque surgen voces de crecimiento y desarrollo, el mundo muchas veces está triste, porque está sediento de espiritualidad, oración, meditación de la Palabra de Dios. Es el nuevo amanecer que hoy el mundo le pide a la Iglesia, porque no es nuestro, es un don de Dios para este mundo maravilloso que está clamando –como dice San Pablo- “con dolores de parto”, esperando la proclamación de los hijos del Señor, la cual nos toca a todos: Llevar la Buena Nueva. Dejemos esa dimensión chata del dinero, de la pelea, de la intriga: Elevemos el espíritu a ese gozo de ser hijos de Dios y hermanos en Cristo pues todo esto, es parte de ese modo de ser Eucarístico. Por eso les pido esa coherencia en la vida diaria, que se perciba en nuestros actos que hemos recibido a Jesús.

Se ha redescubierto la adoración al Santísimo

En estos meses hemos visto cómo la gracia de Dios ha llevado con ese tiempo ímpetu a tantas parroquias y comunidades religiosas a redescubrir la adoración al Santísimo. Son más de 40 templos que exponen al amor de los amores, para que como luces en nuestra ciudad podamos acompañar a Jesús en la Eucaristía. Son muchas y crecen las vocaciones, aumenta la presencia en las misas dominicales, pero no dejemos que esa cultura adormecida existente pretenda contagiar a la Iglesia.

Gracias a Dios la juventud renueva su esperanza en la Iglesia. Basta contemplar esa maravillosa multitud en Colonia junto al Papa Benedicto XVI, a esas miles de familias acompañando al Señor de los Milagros. Son muchos los elementos que nos dicen que Jesús está con nosotros. Que importante es el rol que Dios ha querido dar a la familia a la cual la vemos en medio de muchas batallas y maltratos. Recompongamos, hermanos, con ilusión, esfuerzo y confianza ese amor a la familia.

Hoy, en las lecturas, escuchamos acerca de dos virtudes, la sabiduría y la prudencia, que nos llevan a proponer un modelo Eucarístico de la vida, un despertar de la espiritualidad en la vida de cada uno, de cada familia y en toda la sociedad. Juan Pablo II nos decía, poco antes de irse al encuentro con Dios, que el “Año de la Eucaristía” nace de la conmoción de la Iglesia ante este gran misterio, una conmoción que nos embarga constantemente.

No les pido que hagan cosas extraordinarias, sino que todas sus iniciativas sean orientadas a una mayor interioridad. Aunque solo el fruto de este año hubiera sido avivar en todas las comunidades cristianas el crecimiento de la celebración de la Misa Dominical y el incremento de la adoración Eucarística fuera de la misma, se habría conseguido un resultado significativo.
Podemos pues agradecerle a Su Santidad porque se ha logrado ese fruto pero, sin duda, queremos aspirar a metas mucho más altas de la mano de la Virgen María, mujer Eucarística: Enamorarnos más de la Eucaristía. Que cada parroquia sea un foco de luz y esperanza.

Despertemos con gozo a esta maravillosa dimensión de la misericordia del Señor. Él está pasando muy cerca de nosotros derramando bendiciones y pidiéndonos, con tanta humildad, que no nos olvidemos de Él que nos espera cada domingo en la Santa Misa con toda la familia.

Qué nuestra Madre, Santa María, nos ayude a perseverar en esta tarea. Agradezco mucho a todos los sacerdotes, religiosos, colegios, hermandades, movimientos, comunidades, catequistas porque todos hemos hecho del Año de la Eucaristía un renacer que claramente nos llena de gozo.

Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo los conforte.

Así sea.

 
 

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