“Engañarás a todos, pero a Dios no...
Sé sincero siempre”
Queridos hermanos:
Siempre escucho hablar de la Iglesia y me preocupa porque a pesar de ser el Cuerpo místico de Cristo, se le identifica con los problemas sociales, políticos o con la actuación de una persona.
El pueblo de Dios se distingue de cualquier otro grupo humano, en primer lugar, porque ha sido constituido por iniciativa de Él; no se ha formado por mayoría de votos, ni tampoco por la opinión de un Obispo o de un Papa.
La Iglesia se creó por aliento del mismo Cristo. Su Padre ha querido dejarla en la historia para que todos los días, cada uno de nosotros pueda conocer a Jesús. Una diferencia radical es que no la construimos nosotros con nuestras manos, ni la aceptan los demás con sus opiniones.
La Iglesia es de Cristo, para Cristo, y empieza en la cruz de Cristo. El alma de esa Iglesia es el Espíritu Santo. ¿Quienes la conforman? Todos los bautizados y cuando uno forma parte del cuerpo de Cristo, tiene obligaciones y también derechos.
Jesús vino a hacer cumplir la ley de Dios
En el Antiguo Testamento, Dios va formando al pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento, Jesucristo, a través de los sacramentos, va integrando ese nuevo pueblo que se inicia en Israel.
No es que yo me apropie de Dios, sino que Dios habita en su pueblo, ese pueblo elegido por el cual uno forma parte de la familia del Santísimo a través del bautismo, y donde uno tiene unas normas.
¿Dónde están esas leyes del pueblo de Dios? Son las mismas. El Antiguo Testamento nos habla de esos diez mandamientos entregados a Moisés. En el Nuevo Testamento, Jesucristo, nos dice: “Yo no he venido a quitar la ley, sino he venido para que se cumpla”.
Esa ley que regula la vida de la Iglesia la constituyen los diez mandamientos, y te da la vida. ¿Quién me da la vida? Cristo, el mismo de ayer, hoy y siempre.
En los sacramentos tenemos el alimento, la curación, la ayuda, el matrimonio, la orden sagrada de los sacerdotes y la unción de los enfermos para el momento de la muerte.
Hay que amar como Jesús nos amó
La Iglesia nos enseña todos estos principios con la catequesis donde queda claro que la ley antigua se ha renovado en Cristo. Por eso, el Catecismo nos dice con precisa con claridad el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo nos amó. Ésta es la nueva ley del Espíritu Santo.
Antes, en el Antiguo Testamento, la ley era coactiva. Con la idea de “Si no me obedeces, te castigo”, un pueblo desaparecía, la gente era castigada, se le quitaba la vida. En el caso de Israel, vemos como este pueblo es maltratado por sus enemigos.
En el Nuevo Testamento, en cambio, el mandamiento es el amor: Jesucristo murió en la cruz por amor a ti. Queda claro entonces que el espíritu ya no es castigo sino amor.
San Agustín decía una frase muy atrevida: “Ama y haz lo que quieras”, pero él se refería a un amor verdadero, honesto, transparente, sincero; y no a un amor de conveniencia, o a aquel que sólo termina en palabras.
Cuando uno quiere a alguien no hay que decirle cómo actuar: Es el amor lo que te lleva a saludar, a ayudar a los demás, a curar, a educar a tus hijos, a buscar su bienestar; el amor te da una lección.
Se puede engañar a todos, pero no a Dios
Jesucristo ha inaugurado un mundo en la Iglesia , llamándola a vivir de un amor que perdona, el cual sólo tiene una condición: la sinceridad. Cuando no hay sinceridad, Dios se da cuenta, porque puedes engañar a todos pero no a Él.
Cuando no hay sinceridad se apaga tu corazón, la fe, tu pertenencia a la Iglesia ; por eso procuremos ser sinceros, aunque tengamos defectos. Pídele perdón al Señor, para eso está la confesión.
Ponte delante de tu propia conciencia y dile a Dios: “enséñame y corrígeme” porque este pueblo de Dios vive del amor, y el amor requiere de la sinceridad. Donde hay engaño muere el amor, cuando desaparece el amor, muere la Iglesia para ti.
Por eso hermanos, hoy quisiera animarlos: amemos a nuestra madre, la Santa Iglesia Católica; seamos miembros vivos de Ella, vivamos esos mandamientos que están presididos por el amor, y siempre practiquen la sinceridad entre ustedes y con cada uno de manera personal. Formúlate propósitos concretos: la verdad en Dios, la verdad con los demás y la verdad contigo mismo.
A nuestra Madre, la Virgen María , le decimos: enséñame a querer más a la Iglesia , a defenderla, a conocer este catecismo, y a amar a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
El Señor los bendiga a todos.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.