- Domingo, 20 de febrero de 2005 -

“Cristo vivo te invita a buscar su rostro”

Queridos hermanos:

Continuamos en el tiempo de Cuaresma, donde tenemos oportunidad de pedirle al Señor: ayúdame, enséñame, purifícame, límpiame. No porque lo merezca, no porque sea mejor o peor, sino porque su misericordia y su bondad quiere encontrarme.

Por eso, en este segundo domingo de Cuaresma te invito de manera especial con las palabras que leemos en el salmo de la entrada: oigo en mi corazón: busca mi rostro. Tu rostro lo busco Señor, no lo escondas . Piensa un poco en esa invitación que te hace Dios: ¡Busca mi rostro!

Ese Cristo vivo está a tu lado ahora. Tú me preguntarás: ¿Cómo va a estar a mi lado si soy un pecador, sino le hago caso y lo olvido? Pues Él no te olvida, pero con esa libertad divina Él ha querido decirte: yo voy a tu encuentro, te estiro la mano; lo que no voy a hacer es obligarte.

Por eso estamos en ese caminar de Cuaresma en el que tenemos que buscar ese rostro de Cristo vivo en la vida diaria, aunque muchas veces tengas que cuestionarte y decir: ¿Dónde estás Jesús que no te veo?

Si haces unos minutos de silencio escucharás a Dios

Yo te invito a la oración. Haz unos minutos de silencio en tu vida, métete dentro de ti mismo y pregúntale: ¿Jesús dónde estás?, ¿por qué me pasa esto?, ¿por qué quiero tanto a mis hijos y a veces ellos no me responden?, o ¿por qué a veces tengo dificultades con mis padres, mi esposa o mi esposo y no sé cómo resolverlas?

Ten fe y Él saldrá a tu encuentro porque nunca nos ha abandonado. Piensa en la primera lectura del libro del Génesis, donde el Señor le dice a Abraham: sal de tu tierra, deja la casa de tu padre, yo te mostraré una nueva tierra. ¿No es lo mismo que te pasa a ti y a mí, cuando Jesús nos dice: sal de tu egoísmo, tus problemas y del pecado que a veces te envuelven y parece que no puedes más?

No dejes que el desánimo se apropie de tu alma. No permitas que un resentimiento, o un momento difícil se quede allí guardado; sal de tu tierra, ven a mi encuentro.

Este es mi hijo amado, mi predilecto. ¡Escúchenlo!

El Evangelio de hoy, nos recuerda cuando Jesús llevó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan a lo alto de una montaña. Allá arriba Él se transfiguró y desde el cielo se escuchó a Dios Padre que decía: este es mi hijo amado, mi predilecto. ¡Escúchenlo!

Los apóstoles se quedan desconcertados, ellos no acaban de creer que era el hijo de Dios. Veían a Jesús como un gran hombre, un gran amigo, pero no como Dios.

Al ver un chispazo, una ventanita de lo que es el cielo, inmediatamente Pedro, que siempre es tan impulsivo, dice: hagamos aquí un lugar para quedarnos, para qué regresar a ese mundo complicado . Y Jesús les dice inmediatamente: no le digan a nadie de lo que han visto.

Ayudemos a la gente a construir
la fe, la alegría, el perdón

Piensa que tú y yo podemos tener un cielo en la tierra, si sabemos salir de este mundo individualista y caprichoso. Es difícil, pero debes seguir luchando como lo hizo Cristo quien venció a la muerte.

Yo te animo: construye en la vida de tu esposo, de tus hijos, de tus padres, de tus amigos. Procura sacar lo mejor que tienen. Tú que estás enfermo, saca lo mejor de ti mismo. Ayudemos a la gente a construir la fe, la alegría, el perdón. Es decir, tratémonos de una manera en que el mundo sea una cosa bonita, civilizada.

Acércate a la Misa, no para estar presente sino para participar. Allí, con tu corazón, dile: Señor gracias, perdón, ayúdame. Quédate en la Misa de manera viva. Acuérdate de San Pablo que con tanta claridad nos dice: hermano, toma parte en los duros trabajos del Evangelio con la fuerza de Dios; Él nos salvó y nos ha llamado a una vida santa, no por nuestros méritos sino porque así lo ha querido.

Busca el rostro de Jesús
en ese caminar un cielo en la tierra

Por lo tanto, la vida es lucha y esfuerzo que sólo podemos afrontar con ayuda de Dios. Busca su rostro en ese caminar. Qué bonito si con el trabajo que tenemos que hacer para sostener a la familia hacemos “un cielo en la tierra” con nuestra actitud y nuestros ojos de fe.

Eso no es un sueño, los apóstoles lo vieron. Creo que en esta Cuaresma tenemos que hacer esta experiencia. Vuelvo a lo que te decía al comienzo: métete un poco dentro de tu propia vida. Pregúntale a Dios lo que quieras y escucha sus respuestas. Ese Cristo vivo es quien te está esperando.

Junto a Él encontrarás a María Santísima. A ella le pedimos: Madre mía, en esta Cuaresmas enséñanos el camino hacia tu hijo Jesús, a limpiar este corazón para que realmente estemos felices, como todos queremos.

Qué Dios los bendiga.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.
 
 

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