Queridos hermanos.
Esta tarde en que nos reencontramos quiero compartir con ustedes, la bendición apostólica que el Santo Padre Benedicto XVI le otorgó a nuestro país, al cual recuerda mucho, con esa grandeza de ánimo que lo caracteriza.
Tuve la suerte de compartir unos momentos con el Vicario de Cristo en la tierra, motivo de enorme gozo y alegría. Por eso también quiere pedirles que recemos por Él, conozcamos su pensamiento, leamos lo que nos dice, es nuestro Padre quien conduce a su Iglesia.
Dios nos habla hoy y nos dice qué quiere de nosotros. En la primera lectura, el Señor se le aparece a Salomón, el hombre de la sabiduría. Él le pide un corazón dócil para poder gobernar a su pueblo, para poder distinguir el mal del bien.
Hermanos, un corazón dócil a Dios, para escucharlo y preguntarle. Pídele: Dios, háblame. Parecería a veces que el silencio de Dios trae la oscuridad hacia la tierra,
Escucha al Señor
Yo me atrevería a decir lo contrario: es el pueblo el que no escucha a su Dios. Entonces, si no lo escucha el Señor se calla y con su silencio lo quiere orientar y le dice: te dejo, tú no me escuchas, haz lo que quieras. Entonces vemos la violencia, la mentira, tanta manipulación. Falta ese corazón dócil y por eso cada uno quiere hacer lo que le da la gana.
Por eso Salomón dice querer un corazón dócil para gobernar no a una masa que puedo manipular sino al pueblo de Dios, que se reúne cada domingo en la misa.
No quiere Dios participar en la política como si la Iglesia tuviera un partido político. No, simplemente quiere gobernar a su pueblo en ese campo, distinguir lo que está bien y mal.
Despierta esa conciencia
Hay muchas cosas que Dios ha dejado a la libertad, como el deporte, la política, la educación, el trabajo, las leyes de tránsito, la cultura, tantas cosas que tenemos opiniones diferentes. Pero hay una sola donde Dios dice: yo soy tu gobernante; el bien y el mal.
No será eso lo que hoy ocurre en el mundo, como decía el Papa Benedicto XVI, por el relativismo que dice: ya no hay bien ni mal, lo que a mí me gusta, lo que dicen las encuestas, lo que la mayoría quiere.
No. Dame un corazón dócil para saber discernir. Como Pastor, te digo: Despierta esa conciencia, que sea esa amiga que está en tu corazón con cuya voz inconfundible te dice: tu matrimonio es para toda la vida, educa a tus hijos, procura no mentir, no manipules a los demás, no eches la culpa a los otros de tus errores, por qué te dejas desanimar cuando se presenta el dolor en tu vida. Aprendamos.
Dios ilumina mi conciencia
La segunda lectura de San Pablo a los Romanos, dice: Para los que aman a Dios, todo les sirve para el bien. Entonces hagamos un poquito de examen. Si antes hemos hablado de saber lo que está bien o mal, mi conciencia es la que Dios me ilumina, me enseña. Ahí tiene autoridad, ahí no hay encuestas. Es mi Dios y mi Padre que me ama, y por ese amor quiere que seamos hermanos, que haya justicia, entendimiento, que la gente se quiera. No quiere terrorismo, ni violencia, ni mentira, ni injusticia.
Ahí Él me dice: Para los que me aman todo tendrá un sentido diferente. Son como unos anteojos que te pones. ¿Cómo va a estar bien la enfermedad?, se preguntarán unos. Pues para los que me aman, y piensan “Si viene de Dios”, encontrarán un sentido. ¿Cómo voy a aceptar que este pecado me hace bien? Si me amas, pides perdón, te confiesas.
¿Cómo va a estar bien el que me paguen un sueldo bajísimo? Si me amas sabrás exigir pero por caminos civilizados y sabrás mover el corazón de quien debe pagarte bien. Pero también les digo que ese amor de Dios es muy exigente.
Es cuestión de fe
En el Evangelio Jesús, nos habla cómo es el reino de los cielos y nos dice que está al alcance de tus manos, porque eso que tienes, lo poco o mucho, si se lo das a Dios, ese es el precio que te pide para llevarte a la felicidad. En resumen, hermanos, es cuestión de fe.
Les reitero ese cariño grande del Papa Benedicto XVI, y con él me uno a esa bendición a todo el pueblo de esta Arquidiócesis y de todo el pueblo peruano.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.