HOMILÍA DEL ARZOBISPO DE LIMA Y
PRIMADO DEL PERÚ, CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI THORNE EN LA MISA
DEL GALLO
Durante la Homilía en la Misa de Gallo, el Arzobispo de
Lima y Primado del Perú, Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne,
hizo un llamado a todos los fieles para aprender y seguir las enseñanzas
que nos dejó el humilde nacimiento de Jesús y así
poder respetar la vida y desterrar la violencia para construir un Perú
mejor.
Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, Monseñor
Lino Passigato; Excelentísimo Obispo Auxiliar de Lima, Monseñor
Carlos García; queridos hermanos sacerdotes concelebrantes, Señor
Primer Ministro, ministros que lo acompañan; muy queridos hermanos
en Cristo.
Con profunda alegría esta noche celebramos el nacimiento de
Cristo. “Al llegar la plenitud de los tiempos –nos relata San Pablo
en la epístola a los Gálatas- envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban
bajo la ley a fin de que recibiéramos la adopción de hijos.
Y puesto que somos hijos, Dios envió a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba Pater! –Papá-,
de modo que ya no somos siervos, sino hijos, y como somos hijos, también
herederos por gracia de Dios”.
Reflexionemos sinceramente sobre nosotros mismos, sobre la gran dignidad
de ser hijos de Dios, sobre la responsabilidad que se inaugura al nacer
Jesús, es decir, sobre nuestra historia personal. Por eso, en
estas palabras quisiera que juntos saquemos para nuestras vidas.
Llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión,
no aparece un genio filosófico, no se instala un conquistador
poderoso; nace un Infante en Belén, el Redentor del mundo pero
antes de hablar, ama con obras. No trae ninguna fórmula mágica
para redimir al mundo porque sabe que la salvación que ofrece
pasa por el corazón del cada uno. Jesús nos revela que
la existencia humana tiene un sentido divino.
La grandeza del nacimiento de Jesús nos genera una maravillosa
misión, pero con infinita responsabilidad que incluso desborda
nuestra capacidad de entendimiento: Cómo Dios ha querido asociarnos
a esta salvación de nuestro tiempo.
Los niños son un privilegio de Dios
Ese sencillo niño que nace en Belén nos trae una primera
consecuencia: Los niños son privilegiados en la mente de Dios.
Por lo tanto siempre miraremos con especial preocupación su salud,
educación y crecimiento. Por esa razón, la Iglesia siempre
recordará que la vida humana debe ser respetada desde el instante
de su concepción hasta el último instante en que de modo
natural llega la muerte.
Al asumir nuestra humanidad, la segunda persona de la Santísima
Trinidad, el Verbo, somos elevados a la condición de hijos adoptivos
en Cristo. Nos entrega una dignidad inigualable que es el ser ‘mediadores’,
corredentores. Dios quiere someter la acción de su Divinidad
a nuestra colaboración.
Ningún genero de violencia produce desarrollo
La paz, don fundamental de todo tipo de convivencia humana, es un
don imprescindible para el avance de cualquier sociedad. Por eso hoy
al contemplar el nacimiento de un niño indefenso y pequeño,
nuestra mente se ilumina de manera muy especial pidiéndole al
Príncipe de la Paz que el mundo despierte y que se destierre
de nuestro territorio al terrorismo, que nunca tiene justificación;
ningún género de violencia producirá desarrollo.
Hoy cantamos “Noche de Paz.
Señor, ilumina a nuestro pueblo con la paz, ilumina nuestro
pensamiento para acompañar a nuestros hermanos, especialmente
de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional del Perú,
que custodiando la paz de nuestra patria están lejos de sus familias.
Nuestro pensamiento de oración se une al dolor de esas familias
que recientemente han vuelto a ver cómo el flagelo del terrorismo.
Llamamos a la paz, convocamos a cambiar de salida pero con firmeza para
luego pedir paz en nuestra patria.
Medios de comunicación como portavoces de paz
Cada tiempo será redimido por los hombres que, unidos a Cristo
con obras y con la verdad, iluminarán los caminos de la Tierra
haciéndolos divinos. ¡Qué grandeza y dignidad la
de la condición humana y qué responsabilidad! ¡Qué
bonito es el mundo! ¡Qué maravilla son la familia y los
hijos! ¡Qué belleza la de la Creación! Sin embargo,
cómo deformamos a menudo esa maravilla que salió de las
manos de Dios.
Con razón escribió un santo de nuestro tiempo, “las crisis
mundiales son crisis de santos”. Sabemos que durante toda la historia
continuará la lucha entre el hombre y las fuerzas del mal. El
hombre no se fía de la grandeza a la que está llamado,
“hijo de Dios”. Sospecha de esa misión al servicio de Dios y
prefiere confiar en su propia visión pequeña y egoísta;
quiere ser libre para experimentar la oscuridad del pecado.
¡Qué pena contemplar el mundo de hoy en que la oscuridad
impide el sano progreso humano y convierte en ídolos los progresos
meramente materiales! La persona es empequeñecida a su pura dimensión
material; el dinero y el poder aparecen gigantes en manos de los medios
de comunicación, donde la verdad no tiene espacio. A ellos les
hago un llamado para que se conviertan en portadores de paz y concordia,
deben entender el importantísimo rol de hacer del Perú
un país grande.
El mundo interior se ha encogido
Mi interior se encoge y los grandes ideales, no sólo religiosos
sino espirituales (como la cultura, la música, el arte) no encuentran
una acogida. La belleza interior brilla por su ausencia porque se confunde
con lo puramente externo y por el brillo falso que el mundo secularizado
y consumista les brinda.
Es el momento en que el Niño Jesús nos lleve, no sólo
a nuestra patria sino en el mundo entero, a un renacer de la fe hacia
la belleza portadora de verdad y bondad, belleza que invite al amor,
la solidaridad, el perdón.
El linaje de María vencerá y, como dice la Escritura,
aplastará la cabeza de la serpiente mediante el hombre, Dios
vencerá. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado no sólo
como cristiano, sino como persona; no es un ideal lejano. Aceptemos
la misión que Jesús nos propone al nacer.
Nos dice el Papa: el Belén nos ayuda a comprender el secreto
de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad
misericordiosa de Cristo, quien siendo rico se hizo pobre por nosotros.
Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría
y paz a quienes, como los pastores, acogen en Belén las palabras
del Ángel (“Esto les servirá de señal: encontrarán
un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”).
Esto sigue siendo el signo también para nosotros, hombres del
siglo XXI.
San José María Escrivá decía que no hay
más que una raza en la Tierra: La raza de los hijos de Dios.
Que María nos introduzca en este tiempo de Navidad y San José
nos acompañe. Hay un compromiso desafiante y, al mismo tiempo
atractivo: Jesús quiere contar con nosotros para revivir nuestro
signo; por eso la alegría y la paz nos invade
Así sea.