Homilía de Monseñor José Antonio Eguren Anselmi

- Domingo, 30 de enero de 2005 -

“Las Bienaventuranzas son
el programa de vida del cristiano”

Queridos hermanos:

Agradezco al Señor por llegar a ustedes. En este cuarto domingo del tiempo Ordinario la liturgia nos trae Las Bienaventuranzas del Reino.

Nos dice que en aquel tiempo al ver al gentío, Jesús subió a la montaña, se sentó, se acercaron sus discípulos y Él se puso a hablar enseñándoles. Es en este momento donde el Señor pronuncia las ocho Bienaventuranzas conocidas por todos nosotros, que -podríamos decir- constituyen la carta magna del Reino de los Cielos, el compendio también de todo el Evangelio, el programa de vida del cristiano.

Y lo interesante es que cada una de estas ocho bienaventuranzas comienzan con la palabra: dichosos (felices, bienaventurados), como queriéndonos decir el Señor: Vivan el espíritu de Las Bienaventuranzas y encontrarán la verdadera felicidad, la verdadera dicha en esta vida y, después, la bienaventuranza en el cielo.

Sigamos el verdadero camino de la felicidad

Si le preguntamos a todas las personas que nos encontremos si quieren ser felices, ciertamente todos nos dirán que sí. En lo profundo de nuestros corazones hay un anhelo de felicidad, todos queremos serlo, el problema está en cómo lograr esa felicidad, cómo realizar ese anhelo que llevamos en lo más hondo de nuestro corazón, cómo acertar en el camino que nos conduzca a ser felices, a realizarnos y a desplegarnos como personas. Pues, justamente, el programa de vida de Las Bienaventuranzas que Jesús proclama en la montaña, ese es el camino.

Jesús nos lo dice claramente: no es en el ansia de tener, en el poder, en el placer impuro, en la fama, en los honores y grandezas de este mundo. La verdadera felicidad está en ser pobre de espíritu, en saber sufrir, en saber ser manso de corazón, en tener hambre y sed de la justicia; en ser misericordioso, en tener un corazón limpio, en trabajar por la paz, en estar dispuesto a ser perseguido y a sufrir por causa de la justicia. El estar también dispuesto a recibir todo tipo de insultos, persecuciones y calumnias por causa de Él, allí está el verdadero camino de la felicidad.

Este programa de vida de Jesucristo sorprende tanto porque está en abierta contradicción con lo que el mundo de hoy nos predica. El mundo de hoy nos dice que la felicidad está en el dinero, en el dominio sobre los demás -muchas veces despótico y arbitrario-, en el gozar por el gozar impuro, en el recibir honores y grandezas, elogios y alabanzas; pero Jesús nos dice: ¡No! La felicidad está en este programa de vida que supone en el fondo vivir el amor.

Analicemos muy brevemente Las Bienaventuranzas:

Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos será el Reino de los Cielos. Que significa: bienaventurados aquellos que hacen de Dios el centro de su vida, la riqueza fundamental de su existir. Es decir, aquellos que descubren que su corazón está hecho por el Señor y para el Señor y, por lo tanto, ponen todo su empeño para que ese corazón sea de Dios. “Me hiciste Señor para ti y mi corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”, decía San Agustín.

Dichosos los sufridos. Serán bienaventurados aquellos que llevan las cruces de la vida como la enfermedad, el dolor y la pobreza, unidos a la cruz de Cristo; es decir con fe y esperanza, porque ellos al final encontrarán en la cruz el verdadero consuelo y la paz de Cristo.

Dichosos los mansos. Es decir, aquellos que tienen fortaleza de espíritu, aquellos que llevan con serenidad, calma y esperanza las cargas de la vida y no se desesperan ante los problemas, porque han puesto su esperanza en el Señor y saben que el Señor no falla, no defrauda a todo aquel que confía en Él.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia. Es decir, dichosos aquellos que en todo buscan la voluntad de Dios y hacer lo que el Señor espera de ellos, porque en eso está la verdadera felicidad y el camino para acertar en la vida.

Dichosos los limpios de corazón, los que se esfuerzan por vivir alejados del pecado, por tener un corazón puro, noble, lleno de amor, de limpieza, porque ellos serán los que verán a Dios.

Dichosos los artesanos de la paz , los que trabajan por ser sembradores de reconciliación, concordia, unidad y fraternidad entre los hombres. Dichosos aquellos que no siembran divisiones, enfrentamientos, sino por el contrario, buscan caminos de entendimiento, tiran puentes de comunión y de unidad. Ellos se llamarán nada menos que hijos de Dios.

Dichos los perseguidos por causas de la justicia , es decir dichosos aquellos cuyo compromiso no son sus propios intereses egoístas, sino con la verdad; por eso la proclaman y la defienden, y así, labran la justicia en las relaciones sociales entre los hombres, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos ustedes cuando los insulten, los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa . Estén contentos y alegres porque vuestra recompensa será grande en el Reino de los Cielos. Es decir, dichosos aquellos que hacen de la fidelidad a Cristo -como buenos cristianos- el valor supremo de su vida y no traicionan al Señor, no lo dejan por otro tipo de intereses, conveniencias o ventajas.

Dichosos aquellos que viven con radicalidad su fe y que se esfuerzan en todo momento para hacer que la fe que profesan en Cristo sea la norma que guía sus vidas, aunque eso les acarree sufrimientos, dolores, insultos, suposiciones, contradicciones, persecuciones, pues grande será vuestra recompensa en el Reino de los Cielos.

Éste es el programa de la verdadera felicidad, el camino que nos hace auténticamente humanos, el camino que nos despliega como personas, que nos hace libres, no el que el mundo nos predica.

Para construir un Perú grande hagamos de Las Bienaventuranzas nuestro estilo de vida.

Quisiera terminar estas breves palabras diciéndoles que dentro de muy pocos días se cumplirán nada menos que 20 años de la primera visita de Juan Pablo II a nuestra patria, en ese febrero del año 1985.

Recuerdo emocionado, que en aquella oportunidad, frente a más de un millón y medio de jóvenes, justamente en el hipódromo de Monterrico, el Papa -como Cristo lo hizo- pronunció frente a los jóvenes, y a través de ellos a todo el Perú, el Evangelio de Las Bienaventuranzas. Y nos dijo que había que vivir ese espíritu de Las Bienaventuranzas si queríamos construir un Perú grande, reconciliado en justicia y en fraternidad.

Por más que hayan transcurrido 20 años, ese mensaje del Santo Padre mantiene toda su actualidad. El mensaje de Las Bienaventuranzas se mantiene vigente, por más que hayan pasado ya dos mil años desde que Cristo lo pronunciara en el monte.

La ansiada civilización del amor en nuestras vidas

Vemos con dolor como en el Perú el egoísmo crece, hay enfrentamientos y divisiones; falta la verdad, la moralidad, la honestidad.

¿Cómo hacer para que este país que tanto amamos sea esa patria grande que todos anhelamos? ¿Cómo construir la ansiada civilización del amor en nuestras vidas?

Hermanos, si cada uno de nosotros nos comprometemos a hacer de Las Bienaventuranzas del Reino el estilo de nuestra vida, forjaremos no solo una existencia personal grande y maravillosa, sino que cada uno de nosotros forjará allí (donde el Señor lo ha puesto) ese Perú grande, hermanado, maravilloso con el cual todos soñamos.

Sigan celebrando unidos en familia este día del Señor y, desde lo más profundo de mi corazón, les hago llegar a todos su bendición:

Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y los acompañe siempre.

Amén.

 
 

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