- Lunes, 2 de abril de 2006 -

Homilía del Cardenal Cipriani durante la Misa por el I Aniversario del fallecimiento del Papa Juan Pablo II

Muy querido señor Nuncio Apostólico, Monseñor Rino Passigato; queridos hermanos en el Episcopado; religiosos; religiosas; sacerdotes concelebrantes; muy distinguidas autoridades; miembros del cuerpo diplomático; hermanos todos en Cristo Jesús:

Al despedirse del Perú el 5 de febrero de 1985, el Papa Juan Pablo II nos decía que: “Mi viaje concluye ahora, me llevo conmigo una impresión muy positiva del Perú y me alegra sobre todo haber descubierto en vosotros una voluntad decidida de afrontar los problemas que encuentran. Os aliento a continuar en ese camino aprovechando todos los recursos con los que cuenta el Perú y el alma peruana”.

Hoy, en la Basílica Catedral de Lima que él visitó, resuenan estas palabras dejadas por Juan Pablo II como tarea. ¿Cuál fue el secreto de su inmenso servicio a la humanidad? ¿Qué ocurrió en la vida de este hombre que cuando estuvimos en la Plaza de San Pedro, el mundo entero, de una manera jamás vista, se inclinaba agradecido reverente ante el cuerpo de ese hombre al cual todos le decían “gracias”?.

Encontramos en el Evangelio de hoy una luz para entrar en el alma del Siervo de Dios. Nos dice Jesús en el Evangelio de San Juan: “Os aseguro que el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo pero si fuere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna”; Es decir, para vivir hay que morir, para morir hay que amar y para amar, hay que sufrir.

Su vida entera, elegida por Dios desde el primer instante, encontró en Juan Pablo II una respuesta total y libre. Pensemos que ahí está el misterio de la Santidad, la elección que Dios hace de cada uno de nosotros y la respuesta. Juan Pablo II respondió totalmente, no se reservó nada que no fuera hacer la voluntad de Dios.

Por eso encontramos en su vida el dolor como la piedra de toque, el dolor que enriqueció hasta el infinito esa personalidad que atraía tanto a la gente; se forjó en el dolor. Hoy más que nunca queremos recordar esa enseñanza de la Iglesia: en estos días finales de Cuaresma, es el dolor que el mundo de hoy no quiere aceptar. En esa forja de dolor surgió con una fuerza, con una atracción, con un impulso la personalidad de un santo; una personalidad en la que brillaba su amor a Dios, a su Hijo Jesucristo, a su Madre la Virgen María; un amor a la Iglesia.

Recuerdo todavía cuando, en una ocasión ya lejana en Roma, decía el Papa durante un almuerzo: “Si el mundo no viene a Roma, Roma sale al encuentro al mundo”. Por eso este Papa peregrino, movido por ese amor a Dios, visitó de una manera increíble todos los rincones del mundo.

Gracias Juan Pablo II por habernos mostrado cómo la vida de un santo atrae, conmueve, cambia, ayuda, cómo la gran revolución que trajiste al mundo es esa luz de la santidad. Las crisis mundiales son crisis de santos, esa santidad que logra que haya paz, gozo, unidad, entusiasmo.

Cómo no recordar el profundo amor a su patria Polonia, que a él le gustaba recordar, “Polonia siempre fiel”. Por eso saludo al señor Embajador de Polonia y toda la delegación de dicho país por este don que Dios quiso darnos al mundo a través de su patria Polonia; y ese amor a su patria, que es distintivo de la enseñanza de la Iglesia Católica, no el nacionalismo que excluye el amor a la patria, el amor a nuestras raíces, a nuestra cultura, el sentirnos un solo pueblo, una sola familia.

Pues esto, Juan Pablo II, con ese beso que daba a la tierra en cada lugar al que visitaba, con ese gesto nos mostraba cómo esa tradición suya polaca le llevaba a expresar de un modo visible que amaba la tierra y el pueblo que pisaba, las almas y las culturas en las que vivía por aquel entonces.

Esa profunda sensibilidad por la cultura (por el alma de los pueblos), ese enorme respeto por sus tradiciones hizo que se anunciara una nueva primavera de un pensamiento cristiano que recién empezamos a ver su amanecer. Como todos los santos, Juan Pablo II irá creciendo con el tiempo; sus enseñanzas irán siendo la guía de la nueva cultura del siglo XXI. Estaremos para verlo.

Esa tenaz y firme defensa de la libertad y de la dignidad de toda persona humana, esa defensa de la vida que las generaciones podrán agradecer ya que gracias a Juan Pablo II pueden nacer, fue su vida. La vida de este hombre estuvo dedicada a la defensa del niño por nacer. La defensa de la familia, del matrimonio cristiano, del respeto a la libertad religiosa, de la promoción del orden y de la paz.

Cuántos y maravillosos ejemplos nos deja Juan Pablo II. Iluminaste a la humanidad con ese mensaje profundo que nos enseña que el destino de todo hombre es luchar por amor hasta el último instante. Si antes hablaba del dolor, ahora habla del amor.

Deslumbró a todos abriendo su corazón lleno de amor a todas las personas, ese amor forjado en el dolor, embellecido por la alegría de una entrega total, amor que hoy nos sigue recordando desde el cielo para que las sombras de un mundo triste tantas veces no invadan nuestras almas.

Juan Pablo, apóstol del amor hermoso; cuánta verdad en un testimonio de amor a Dios y a la Eucarística que de modo inmediato se convertía en un amor a los hombres, especialmente a los pobres, los perseguidos, los niños, los ancianos, los enfermos, los presos. Cuántas cosas nos enseñaste Juan Pablo: amor, dolor, alegría.

¿De dónde brotaba ese secreto que tanto nos atrajo? Todo ello brotó de esa permanente intimidad de tu oración con Jesús, ese encuentro sincero de largas horas de meditación, desde tu niñez. Ahí te refugiabas en la oración para que las luces de Jesús en el Sagrario iluminaran tu vida, tu pensamiento, te ayudaran a vencer el pecado, los odios, las venganzas, los desánimos. En una palabra, a morir a la soberbia que todo lo oscurece.

Sabemos que escribía gran parte de sus encíclicas y documentos delante del Sagrario, sabemos que pasaba noches en oración, sabemos que se postraba en tierra para que el Señor viera esa humildad de su hijo. Hermanos, ahí está el secreto.

Siempre es tiempo de recordar que delante del Sagrario se forjan las grandes decisiones correctas y, por eso, veía en el rostro de cada uno el rostro de Cristo. No era una ideología ni una estrategia: en nuestros rostros veía a Cristo, lo tocaba. Esa ciencia la había aprendido en el calor del Sagrario, donde se desvanecían rencillas, donde surgía ese amor tierno. Cuánto extrañamos la presencia de Juan Pablo II.

Esta imagen tan bonita que preside nuestra celebración eucarística, ese rostro que conmovía a la humanidad entera, era Cristo que pasaba al lado nuestro.

Por eso los animo al celebrar este año de la muerte, del nacimiento a su vida en Cristo y con Cristo para siempre gozando de la Trinidad beatísima, teniendo a su Madre María a su lado, a seguir el camino de la santidad por la oración, el dolor y el amor para alumbrar este mundo oscuro, para ponerle fuerza y alegría a ese corazón humano que Dios ha hecho para gozar de la verdad y del bien, para liberarnos de la esclavitud del pecado. Ayúdanos Juan Pablo, enséñanos a amar, a amarnos.

En la lectura de los Hebreos hay un pasaje que refleja la vida del Siervo de Dios y se refiere Cristo, que en los días de su vida mortal a gritos y con lágrimas presentó oraciones y súplicas al que podía salvarnos de la muerte; cuando en su angustia fue escuchado, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Cuántos momentos de su visita al Perú, cuántas enseñanzas para refrescar la memoria.

Siempre repetía: “No tengan miedo”. En una ocasión le comenté cuánto me ayudaban esas palabras, e inmediatamente me dijo: “No son mías, son de Cristo”. Yo les digo hoy, haciendo eco a Juan Pablo II, no tengan miedo, abran las puertas de sus corazones a Cristo, único salvador.

Volvemos a esas palabras de Juan Pablo II cuando se despedía del Perú; fíjense lo que decía al tomar el avión: “Yo quería invitarlos, antes de dejar vuestro suelo, a hacer de la cruz de la pasión el símbolo de vuestra fidelidad a Cristo y al hombre por Cristo”. Cómo no iba a recordar la tierra del Señor de los Milagros.

Como él siempre era concreto y claro, añadió frente a quienes invitan al materialismo teórico práctico, frente a quien les muestra caminos de violencia o practica la injusticia o no respeta el derecho de los otros. Desde aquí o desde lejos, Cristo espera vuestra respuesta. Qué actuales esas palabras. Con brazos de amigo nos decía “os bendigo a vosotros y a todos los peruanos”.

Hermanos, hoy el mundo entero con gozo se reúne alrededor del altar para agradecer a Dios y a Juan Pablo II. Pongamos en práctica, no todo es sentimiento en nuestra vida y eso lo haremos junto a nuestra Madre, “Totus tuus” (“Todo tuyo, Madre mía”). Escúchanos, ayúdanos, muestrános ese camino alegre por el que llevaste a tu predilecto hijo Juan Pablo II. Cuánta paz irradia un santo. Cuánto bien hace un santo.

Vamos a animarnos cada uno desde su debilidad; vamos a hacer del Perú un país fraterno, reconciliado, unido, en paz donde nos amemos todos de toda condición, esa patria que Juan Pablo II nos decía: “Me llevo conmigo una impresión muy positiva del Perú”. Seamos nosotros también buenos discípulos de este Papa grande, amemos nuestra patria, amemos las raíces cristianas de nuestra patria, amemos la vida, amemos la paz.

Juan Pablo II, te quiere todo el mundo. Lo escuchamos durante esos días cuando paseaba por nuestras calles. Juan Pablo amigo, el Perú está contigo y hoy lo invocamos a que nos ayude, proteja y enseñe el camino.

Juan Pablo, amigo. Así sea.

 

 
 

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