¡Qué hermoso y grato es estar aquí, en la cuna
del santo Arzobispo de Lima, Toribio Alfonso de Mogrovejo! ¡Qué
bueno es pisar la tierra que se convirtió en el suelo propicio
para que comenzase a germinar en él la semilla de la santidad!
Y es que, como se lee en una declaración de una sobrina del santo:
«en el dicho pueblo de Mayorga siempre se ha guardado y guarda
la fe católica y obediencia a la Santa Sede Apostólica,
bautizándose todos los que en ella nacen como verdaderos católicos
y como tal sabe fue bautizado el dicho siervo de Dios y, a su tiempo,
confirmado»[1].
Como sucesor de Santo Toribio en la sede limeña, saludo con
afecto y gratitud a esta tierra que le vio nacer. Es el saludo agradecido
de Lima y el Perú entero, a la tierra que le vio crecer en la
santidad. Juntos experimentamos que es un admirable privilegio pertenecer
a una Iglesia en la que ha florecido la santidad, pero es también
una urgente y grave responsabilidad.
¡Cómo nos desafía hoy la figura señera de
este santo evangelizador! Nació en Mayorga, fue arzobispo de
Lima, murió en Saña, pequeña villa de su vasta
arquidiócesis. Pero hubo un vínculo más fuerte
del que se desprende la grandeza de Toribio; hubo otro fuego de amor
más abrasador que el amor a la tierra donde se nace, se vive
o se muere. El amor a Dios, al único Dios vivo y verdadero que
se hizo cercano en Jesucristo, fue el motor de la vida de nuestro santo.
La experiencia del amor divino le impulsó a confiar en el Señor
y por eso aceptó el cambio de rumbo que la Providencia sugirió
para su vida. En carta al Papa, al aceptar el nombramiento de Arzobispo
de los Reyes, escribe: «Si bien es un peso que supera mis fuerzas,
temible aún para los ángeles, y a pesar de verme indigno
de tan alto cargo, no he diferido más el aceptarlo, confiado
en el Señor y arrojando en él todas mis inquietudes»[2]
.
Una confianza así, capaz de cambiar el rumbo de la existencia,
sólo puede originarse en la certeza y firme convicción
del amor de Dios. Por eso, porque sabe y experimenta que su Señor
le ama, Santo Toribio dedica a Él su vida entera. Su amor a Dios,
respuesta a tanto amor recibido, inspira su ministerio.
Hemos oído en la primera lectura: «¿A quién
mandaré? ¿Quién irá por mí?»
... «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8). Pregunta
y respuesta que definen la experiencia de Santo Toribio.
El amor de Cristo le urgía y le apremiaba y se convertía
en imperativo que provocaba una insaciable sed de salvación de
las almas, por eso no cejó jamás en su deseo de comunicar
la vida en Cristo a los fieles que le fueron confiados. Muestra de este
ardor apostólico fueron sus tres visitas pastorales, en las cuales
recorrió la vasta y accidentada geografía de una gran
parte del actual territorio peruano. Largas y laboriosas visitas en
busca de anunciar la salvación y comunicarla a sus fieles mediante
la administración de los sacramentos. La complejidad del territorio
arquidiocesano hizo que emplease más de seis años en su
primera visita; más de tres en la segunda; y un año, dos
meses y once días en la tercera, durante la cual entregó
su alma al Señor. ¡Cuán importante es en nuestro
tiempo vivir el ardor misionero de santo Toribio!,¡Cuán
urgente es descubrir la necesidad que tienen los hombres y mujeres de
hoy del evangelio de la salvación!.
El hombre de hoy, tal vez más aún que el de la época
de santo Toribio, necesita de la Palabra de la Verdad. Hoy se oyen muchas
voces, tal vez demasiadas, que dicen proclamar su verdad. ¡Qué
necesario, en esta era del relativismo, crear los espacios necesarios
para que se oiga a Dios! Y este espacio interior se puede crear cuando
los no creyentes o poco creyentes perciben el ardor de quien, con denuedo,
se esfuerza para entregar la Palabra de la Vida. Hoy podemos dejarnos
interpelar por el valor y la intrepidez de santo Toribio y lanzarnos
todos, cada uno desde su situación en la Iglesia, a la tarea
de la nueva evangelización. Una evangelización que, como
lo ha recordado hace poco nuestro Santo Padre Benedicto XVI, necesita
más de testigos que de maestros.
La tarea de proclamar la verdad no es un cometido aislado de cada creyente.
Santo Toribio tuvo una especial pasión por la comunión.
No fue fácil para él vivir esa comunión eclesial.
Sufrió desaires, injurias, calumnias, incluso de algún
hermano obispo. No obstante todo eso, su trabajo eclesial estuvo marcado
por la comunión.
Su Santidad Benedicto XVI escribe: «Deseo igualmente exhortar
a todos a considerar esta efeméride como una ocasión providencial
para reavivar el camino de la Iglesia en las diversas diócesis,
inspirándose en la vida y obra de Santo Toribio. Él, en
efecto, se distinguió por su abnegada entrega a la edificación
y consolidación de las comunidades eclesiales de su época.
Lo hizo con gran espíritu de comunión y colaboración,
buscando siempre la unidad (...)»[3] .
Y el recordado Papa Juan Pablo II nos decía a los obispos peruanos:
«El Santo Arzobispo de Lima fue un ejemplar constructor de unidad
eclesial. En su trabajo evangelizador supo asociar a presbíteros,
religiosos y laicos en un admirable intento de comunión»[4]
. A ejemplo de santo Toribio y con su ayuda hemos de aplicarnos a la
tarea de reflejar la comunión que constituye la esencia de la
Iglesia. Ella es misterio de comunión y como tal ha de aparecer
ante el mundo individualista y fragmentado.
El momento histórico que vivimos es especialmente propicio para
vivir la Iglesia como comunión. Se trata de reflejar en nuestras
relaciones eclesiales y en la misión misma la comunión
de la Santísima Trinidad que realiza la redención de los
hombres. En un mundo compuesto por hombres necesitados de ternura y
bondad es preciso vivir la Iglesia como comunión. «Así,
a pesar de todas las fragilidades humanas que pertenecen a su fisonomía
histórica, la Iglesia se manifiesta como una maravillosa creación
de amor, hecha para que Cristo esté cerca de todos los hombres
y mujeres que quieran de verdad encontrarse con él, hasta el
final de los tiempos»[5] .
Junto a la comunión está la solidaridad. La vida de santo
Toribio fue un cántico a la caridad fraterna y a la auténtica
solidaridad que busca el bien integral de la persona. La necesidad del
otro fue siempre la medida de la donación de su persona y de
sus bienes. En la declaración durante el proceso de beatificación
se encuentra la del acompañante de santo Toribio por 52 años,
Sancho Dávila. Dice él:
«Tenía el dicho Arzobispo grande amor a sus prójimos
y fue ardentísimo el deseo que tuvo de la salvación de
las ánimas, no perdonando peligro ni trabajo, visitando su Arzobispado
(...) Socorría las necesidades de los pobres, en especial de
los indios, dando a todos los vergonzantes, limosnas muy largas para
su sustento, gastando en esto toda su renta, con tanto desinterés
que nunca se conoció en su poder, en todo el tiempo que fue Arzobispo
100 pesos, hasta quitar de su persona lo necesario porque no saliese
de ella sin remedio la necesidad»[6] .
Una caridad tal sólo puede tener su fuente en la Eucaristía.
Sólo de la entrega del Señor por nosotros y de la participación
en ella por la comunión, puede brotar la fuerza para vivir una
auténtica caridad.
Que Santo Toribio nos ayude a imitarle, a buscar con pasión
la santidad que él alcanzó y a la que todos estamos llamados.
Que este sea el compromiso que brote de esta celebración eucarística.
Vuelve tu hermoso y generoso corazón, Toribio, al pueblo que
te dio la vida y que implora y espera tu amorosa y santa bendición.
---------------------------
[1] Citado en J. A. BENITO RODRÍGUEZ, Crisol de lazos solidarios.
Toribio Alfonso de Mogrovejo, Lima 2001, 23.
[2] Citado en J. A. BENITO RODRÍGUEZ, Santo Toribio de Mogrovejo,
misionero y pastor, Lima 2005, 18.
[3] S.S. BENEDICTO XVI, Carta con ocasión del IV Centenario de
la muerte de Santo Toribio, 23 de Marzo de 2006.
[4] JUAN PABLO II, «Mensaje a los obispos peruanos», Lima
02 de febrero de 1985, en Juan Pablo Peregrino – Perú 1985, Lima
1985, 93.
[5] BENEDICTO XVI, Catequesis en la Audiencia general del 29 de marzo
de 2006.
[6] J. A. BENITO, Santo Toribio según Sancho Dávila, Lima
2006, 14-15.