- Jueves, 5 de octubre de 2006 -

Homilía del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani en Mayorga
5 de octubre del 2006

¡Qué hermoso y grato es estar aquí, en la cuna del santo Arzobispo de Lima, Toribio Alfonso de Mogrovejo! ¡Qué bueno es pisar la tierra que se convirtió en el suelo propicio para que comenzase a germinar en él la semilla de la santidad! Y es que, como se lee en una declaración de una sobrina del santo: «en el dicho pueblo de Mayorga siempre se ha guardado y guarda la fe católica y obediencia a la Santa Sede Apostólica, bautizándose todos los que en ella nacen como verdaderos católicos y como tal sabe fue bautizado el dicho siervo de Dios y, a su tiempo, confirmado»[1].

Como sucesor de Santo Toribio en la sede limeña, saludo con afecto y gratitud a esta tierra que le vio nacer. Es el saludo agradecido de Lima y el Perú entero, a la tierra que le vio crecer en la santidad. Juntos experimentamos que es un admirable privilegio pertenecer a una Iglesia en la que ha florecido la santidad, pero es también una urgente y grave responsabilidad.

¡Cómo nos desafía hoy la figura señera de este santo evangelizador! Nació en Mayorga, fue arzobispo de Lima, murió en Saña, pequeña villa de su vasta arquidiócesis. Pero hubo un vínculo más fuerte del que se desprende la grandeza de Toribio; hubo otro fuego de amor más abrasador que el amor a la tierra donde se nace, se vive o se muere. El amor a Dios, al único Dios vivo y verdadero que se hizo cercano en Jesucristo, fue el motor de la vida de nuestro santo.

La experiencia del amor divino le impulsó a confiar en el Señor y por eso aceptó el cambio de rumbo que la Providencia sugirió para su vida. En carta al Papa, al aceptar el nombramiento de Arzobispo de los Reyes, escribe: «Si bien es un peso que supera mis fuerzas, temible aún para los ángeles, y a pesar de verme indigno de tan alto cargo, no he diferido más el aceptarlo, confiado en el Señor y arrojando en él todas mis inquietudes»[2] .

Una confianza así, capaz de cambiar el rumbo de la existencia, sólo puede originarse en la certeza y firme convicción del amor de Dios. Por eso, porque sabe y experimenta que su Señor le ama, Santo Toribio dedica a Él su vida entera. Su amor a Dios, respuesta a tanto amor recibido, inspira su ministerio.

Hemos oído en la primera lectura: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» ... «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8). Pregunta y respuesta que definen la experiencia de Santo Toribio.

El amor de Cristo le urgía y le apremiaba y se convertía en imperativo que provocaba una insaciable sed de salvación de las almas, por eso no cejó jamás en su deseo de comunicar la vida en Cristo a los fieles que le fueron confiados. Muestra de este ardor apostólico fueron sus tres visitas pastorales, en las cuales recorrió la vasta y accidentada geografía de una gran parte del actual territorio peruano. Largas y laboriosas visitas en busca de anunciar la salvación y comunicarla a sus fieles mediante la administración de los sacramentos. La complejidad del territorio arquidiocesano hizo que emplease más de seis años en su primera visita; más de tres en la segunda; y un año, dos meses y once días en la tercera, durante la cual entregó su alma al Señor. ¡Cuán importante es en nuestro tiempo vivir el ardor misionero de santo Toribio!,¡Cuán urgente es descubrir la necesidad que tienen los hombres y mujeres de hoy del evangelio de la salvación!.

El hombre de hoy, tal vez más aún que el de la época de santo Toribio, necesita de la Palabra de la Verdad. Hoy se oyen muchas voces, tal vez demasiadas, que dicen proclamar su verdad. ¡Qué necesario, en esta era del relativismo, crear los espacios necesarios para que se oiga a Dios! Y este espacio interior se puede crear cuando los no creyentes o poco creyentes perciben el ardor de quien, con denuedo, se esfuerza para entregar la Palabra de la Vida. Hoy podemos dejarnos interpelar por el valor y la intrepidez de santo Toribio y lanzarnos todos, cada uno desde su situación en la Iglesia, a la tarea de la nueva evangelización. Una evangelización que, como lo ha recordado hace poco nuestro Santo Padre Benedicto XVI, necesita más de testigos que de maestros.

La tarea de proclamar la verdad no es un cometido aislado de cada creyente. Santo Toribio tuvo una especial pasión por la comunión. No fue fácil para él vivir esa comunión eclesial. Sufrió desaires, injurias, calumnias, incluso de algún hermano obispo. No obstante todo eso, su trabajo eclesial estuvo marcado por la comunión.

Su Santidad Benedicto XVI escribe: «Deseo igualmente exhortar a todos a considerar esta efeméride como una ocasión providencial para reavivar el camino de la Iglesia en las diversas diócesis, inspirándose en la vida y obra de Santo Toribio. Él, en efecto, se distinguió por su abnegada entrega a la edificación y consolidación de las comunidades eclesiales de su época. Lo hizo con gran espíritu de comunión y colaboración, buscando siempre la unidad (...)»[3] .

Y el recordado Papa Juan Pablo II nos decía a los obispos peruanos: «El Santo Arzobispo de Lima fue un ejemplar constructor de unidad eclesial. En su trabajo evangelizador supo asociar a presbíteros, religiosos y laicos en un admirable intento de comunión»[4] . A ejemplo de santo Toribio y con su ayuda hemos de aplicarnos a la tarea de reflejar la comunión que constituye la esencia de la Iglesia. Ella es misterio de comunión y como tal ha de aparecer ante el mundo individualista y fragmentado.

El momento histórico que vivimos es especialmente propicio para vivir la Iglesia como comunión. Se trata de reflejar en nuestras relaciones eclesiales y en la misión misma la comunión de la Santísima Trinidad que realiza la redención de los hombres. En un mundo compuesto por hombres necesitados de ternura y bondad es preciso vivir la Iglesia como comunión. «Así, a pesar de todas las fragilidades humanas que pertenecen a su fisonomía histórica, la Iglesia se manifiesta como una maravillosa creación de amor, hecha para que Cristo esté cerca de todos los hombres y mujeres que quieran de verdad encontrarse con él, hasta el final de los tiempos»[5] .

Junto a la comunión está la solidaridad. La vida de santo Toribio fue un cántico a la caridad fraterna y a la auténtica solidaridad que busca el bien integral de la persona. La necesidad del otro fue siempre la medida de la donación de su persona y de sus bienes. En la declaración durante el proceso de beatificación se encuentra la del acompañante de santo Toribio por 52 años, Sancho Dávila. Dice él:

«Tenía el dicho Arzobispo grande amor a sus prójimos y fue ardentísimo el deseo que tuvo de la salvación de las ánimas, no perdonando peligro ni trabajo, visitando su Arzobispado (...) Socorría las necesidades de los pobres, en especial de los indios, dando a todos los vergonzantes, limosnas muy largas para su sustento, gastando en esto toda su renta, con tanto desinterés que nunca se conoció en su poder, en todo el tiempo que fue Arzobispo 100 pesos, hasta quitar de su persona lo necesario porque no saliese de ella sin remedio la necesidad»[6] .

Una caridad tal sólo puede tener su fuente en la Eucaristía. Sólo de la entrega del Señor por nosotros y de la participación en ella por la comunión, puede brotar la fuerza para vivir una auténtica caridad.

Que Santo Toribio nos ayude a imitarle, a buscar con pasión la santidad que él alcanzó y a la que todos estamos llamados. Que este sea el compromiso que brote de esta celebración eucarística.

Vuelve tu hermoso y generoso corazón, Toribio, al pueblo que te dio la vida y que implora y espera tu amorosa y santa bendición.

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[1] Citado en J. A. BENITO RODRÍGUEZ, Crisol de lazos solidarios. Toribio Alfonso de Mogrovejo, Lima 2001, 23.
[2] Citado en J. A. BENITO RODRÍGUEZ, Santo Toribio de Mogrovejo, misionero y pastor, Lima 2005, 18.
[3] S.S. BENEDICTO XVI, Carta con ocasión del IV Centenario de la muerte de Santo Toribio, 23 de Marzo de 2006.
[4] JUAN PABLO II, «Mensaje a los obispos peruanos», Lima 02 de febrero de 1985, en Juan Pablo Peregrino – Perú 1985, Lima 1985, 93.
[5] BENEDICTO XVI, Catequesis en la Audiencia general del 29 de marzo de 2006.
[6] J. A. BENITO, Santo Toribio según Sancho Dávila, Lima 2006, 14-15.


 
 

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[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
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