- Viernes, 6 de octubre de 2006 -

Homilía del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani en Villaquejida (León)
6 de octubre del 2006

Con alegría llego a esta tierra para juntos dar gracias a Dios por el don hecho a nuestros pueblos en el Santo Arzobispo de Lima. Como sucesor en la Sede Arzobispal de tan egregio pastor, saludo la patria de doña Ana de Robledo, madre de Santo Toribio y la tierra en la que se unieron en santo matrimonio aquellos que comunicaron la vida natural al Santo. Villaquejida es toribiana y Santo Toribio es de Villaquejida, por eso hoy conmemoramos con gozo a tan ilustre hijo de León.

El texto del evangelio que hemos escuchado nos ha transmitido el mandato misionero de Nuestro Señor Jesucristo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20a). ¡Cuán en serio tomó santo Toribio este mandato!

En una geografía dura, de difíciles comunicaciones a través de las imponentes alturas de los Andes o de las selvas impenetrables, Toribio de Mogrovejo puso en práctica el mandato del Redentor. Sin ahorrar esfuerzos, con gran ardor, santo Toribio recorrió tres veces su inmensa diócesis, que comprendía gran parte del actual territorio peruano.

Refiriéndose a nuestro santo, escribió S. S. Benedicto XVI: «El profundo espíritu misionero de santo Toribio se pone de manifiesto en algunos detalles significativos, como su esfuerzo por aprender diversas lenguas, con el fin de predicar personalmente a todos los que estaban encomendados a sus cuidados pastorales»[1] .

El ministerio del anuncio de la Palabra fue una tarea que le apasionó. Visitaba pueblos y aldeas, instruía a los naturales en la puerta de su Catedral, y cuando alguien consideraba que algunos de sus fieles no estaban suficientemente instruido –para recibir el viático, por ejemplo–, él mismo se encargaba de procurar que la persona comprendiese la recta doctrina y alcanzase la disposición para recibir el Sacramento.

Es indudable que una actividad pastoral de tan alto talante refleja un profundo amor a Dios, y al mismo tiempo, expresa una verdadera caridad fraterna. Por eso, el Papa, al comentar el afán de predicar a los suyos en la propia lengua, dice de santo Toribio que aquello «era también una muestra del respeto por la dignidad de toda persona humana, cualquiera que fuera su condición, en la que trataba de suscitar siempre la dicha de sentirse verdadero hijo de Dios»[2] .

El verdadero amor a Dios –bien lo sabemos– no puede ir separado del amor y servicio al hermano. Todo cristiano, porque comprende el amor de Dios por él, intenta responder al amor divino con un verdadero amor que incluye el reconocimiento de la dignidad del otro. «En Santo Toribio descubrimos al valeroso defensor o promotor de la dignidad de la persona. Frente a intentos de recortar la acción de la Iglesia en el anuncio de su mensaje de salvación, supo defender con valentía la libertad eclesiástica», dijo el recordado Papa Juan Pablo II [3].

¡Qué importante lección la de Santo Toribio! Los tiempos han cambiado. Las situaciones son diversas. Pero hay un elemento que las parangona. La necesidad de defender los derechos de la persona humana. Hoy, aquí en el primer mundo, tal vez no haya que defender a la persona de los ataques contra su dignidad a causa de la esclavitud, de trabajos forzados o de una extrema pobreza, situaciones que encontró santo Toribio en su arquidiócesis.

Pero sí es preciso defender la dignidad de la persona de otros atentados como son la falta de respeto a la vida en situaciones de especial fragilidad, la seducción del hedonismo, el ataque del relativismo y de un materialismo que enceguece e impide ver la auténtica y elevada dignidad del ser humano llamado a la comunión con Dios que le confiere auténtica plenitud.

En una situación tal, la Iglesia, los católicos, no podemos permanecer impávidos. El ejemplo de santo Toribio ha de arrastrarnos y convertirnos en auténticos defensores de los derechos fundamentales del hombre, más aún, del derecho fundamental: el de vivir conscientemente la filiación divina.

Evangelización y promoción humana auténtica van de la mano y consisten en proclamar la grandeza del amor de Dios por el hombre que confiere al ser humano posibilidades insospechadas en la medida que se responde a la gracia divina y se vive en el esfuerzo por configurarse con Jesucristo, a través de la vivencia de la auténtica caridad.

Hablando de Santo Toribio, decía el Papa Juan Pablo II a los obispos peruanos: «Él mismo fue un insigne maestro en la verdad, que amaba siempre a quien erraba, pero nunca dejó de combatir el error. Con gran sentido de responsabilidad pastoral supo dar frecuentes ejemplos de esa exquisita caridad de padre y claridad de maestro. Convencido firmemente de que nunca es verdadera caridad permanecer inactivo ante las desviaciones en la fe de los fieles, supo velar por la fidelidad a la doctrina de la Iglesia, fundamento seguro de la comunión eclesial» [4].

Cada cristiano en virtud del bautismo, debe, en alguna medida, imitar esa preocupación por la verdad que movió el ministerio de santo Toribio. Si bien es cierto que esta exigencia es grave para los pastores, no deja de ser un deber para todo fiel cristiano, derivado del bautismo y la confirmación. La caridad fraterna y el deber de testimoniar la fe urgen, de modo especial en nuestro tiempo, al conocimiento de la verdad revelada y a la enseñanza de la misma. Esa lección toribiana ha de ser aprendida por quienes reconocemos en él un auténtico modelo de vida de fe. Hemos de procurar superar la fractura entre fe y vida y hacernos así testigos y cooperadores de la Verdad que es Jesucristo, Verdad que transforma, renueva y da vida.

Mediante el esfuerzo por proclamar el evangelio, bautizar e instruir a sus fieles para que observen lo mandado por Jesús, santo Toribio de Mogrovejo se convirtió en administrador fiel. La palabra de Dios nos recuerda que «en un administrador, lo que se busca es que sea fiel» (1 Cor 4, 2). Y ese fue el esfuerzo de Toribio. «Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1). Las palabras del Apóstol expresan la meta que buscó en su ministerio pastoral el santo Arzobispo de Lima.

En verdad, Santo Toribio, vemos en ti el administrador de los misterios de Dios. Ayúdanos, con tu intercesión, para ser también nosotros fieles al amor divino. Enséñanos el amor por Cristo que apremia, que urge, que es fuerza vital. Enséñanos la coherencia de la fe. Edúcanos en la responsabilidad por la salvación propia y la del hermano.

Para poder vivir la santidad, respuesta auténtica a la vocación cristiana recibida en el bautismo, necesitamos de Jesucristo. La unión con Jesucristo fue el secreto de Santo Toribio. Por eso busquemos al Señor Jesús en la Eucaristía.

«La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo Resucitado, que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia; en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños» [5].

Que la Eucaristía que hoy celebramos sea un encuentro vivo con Jesucristo y nos ayude a vivir el ardor de la fe y la caridad como Santo Toribio de Mogrovejo.

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[1] BENEDICTO XVI, Carta con ocasión del IV Centenario de la muerte de Santa Toribio, 23 de Marzo de 2006.
[2] BENEDICTO XVI, Carta con ocasión del IV Centenario de la muerte de Santa Toribio, 23 de Marzo de 2006.
[3] JUAN PABLO II, Mensaje a los obispos del Perú, Lima 02 de Febrero de 1985, en Juan Pablo Peregrino. Perú 1985, Lima 1985, 94.
[4] JUAN PABLO II, Mensaje a los obispos del Perú, Lima 02 de Febrero de 1985, en Juan Pablo Peregrino. Perú 1985, Lima 1985, 94.
[5] BENEDICTO XVI, Mensaje al final de la Concelebración Eucarística con los Cardenales electores en la Capilla Sixtina, 20 de Abril de 2005.

 


 
 

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