Con alegría llego a esta tierra para juntos dar gracias a Dios
por el don hecho a nuestros pueblos en el Santo Arzobispo de Lima. Como
sucesor en la Sede Arzobispal de tan egregio pastor, saludo la patria
de doña Ana de Robledo, madre de Santo Toribio y la tierra en
la que se unieron en santo matrimonio aquellos que comunicaron la vida
natural al Santo. Villaquejida es toribiana y Santo Toribio es de Villaquejida,
por eso hoy conmemoramos con gozo a tan ilustre hijo de León.
El texto del evangelio que hemos escuchado nos ha transmitido el mandato
misionero de Nuestro Señor Jesucristo: «Id y haced discípulos
de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar
todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20a). ¡Cuán
en serio tomó santo Toribio este mandato!
En una geografía dura, de difíciles comunicaciones a
través de las imponentes alturas de los Andes o de las selvas
impenetrables, Toribio de Mogrovejo puso en práctica el mandato
del Redentor. Sin ahorrar esfuerzos, con gran ardor, santo Toribio recorrió
tres veces su inmensa diócesis, que comprendía gran parte
del actual territorio peruano.
Refiriéndose a nuestro santo, escribió S. S. Benedicto
XVI: «El profundo espíritu misionero de santo Toribio se
pone de manifiesto en algunos detalles significativos, como su esfuerzo
por aprender diversas lenguas, con el fin de predicar personalmente
a todos los que estaban encomendados a sus cuidados pastorales»[1]
.
El ministerio del anuncio de la Palabra fue una tarea que le apasionó.
Visitaba pueblos y aldeas, instruía a los naturales en la puerta
de su Catedral, y cuando alguien consideraba que algunos de sus fieles
no estaban suficientemente instruido –para recibir el viático,
por ejemplo–, él mismo se encargaba de procurar que la persona
comprendiese la recta doctrina y alcanzase la disposición para
recibir el Sacramento.
Es indudable que una actividad pastoral de tan alto talante refleja
un profundo amor a Dios, y al mismo tiempo, expresa una verdadera caridad
fraterna. Por eso, el Papa, al comentar el afán de predicar a
los suyos en la propia lengua, dice de santo Toribio que aquello «era
también una muestra del respeto por la dignidad de toda persona
humana, cualquiera que fuera su condición, en la que trataba
de suscitar siempre la dicha de sentirse verdadero hijo de Dios»[2]
.
El verdadero amor a Dios –bien lo sabemos– no puede ir separado del
amor y servicio al hermano. Todo cristiano, porque comprende el amor
de Dios por él, intenta responder al amor divino con un verdadero
amor que incluye el reconocimiento de la dignidad del otro. «En
Santo Toribio descubrimos al valeroso defensor o promotor de la dignidad
de la persona. Frente a intentos de recortar la acción de la
Iglesia en el anuncio de su mensaje de salvación, supo defender
con valentía la libertad eclesiástica», dijo el
recordado Papa Juan Pablo II [3].
¡Qué importante lección la de Santo Toribio! Los
tiempos han cambiado. Las situaciones son diversas. Pero hay un elemento
que las parangona. La necesidad de defender los derechos de la persona
humana. Hoy, aquí en el primer mundo, tal vez no haya que defender
a la persona de los ataques contra su dignidad a causa de la esclavitud,
de trabajos forzados o de una extrema pobreza, situaciones que encontró
santo Toribio en su arquidiócesis.
Pero sí es preciso defender la dignidad de la persona de otros
atentados como son la falta de respeto a la vida en situaciones de especial
fragilidad, la seducción del hedonismo, el ataque del relativismo
y de un materialismo que enceguece e impide ver la auténtica
y elevada dignidad del ser humano llamado a la comunión con Dios
que le confiere auténtica plenitud.
En una situación tal, la Iglesia, los católicos, no podemos
permanecer impávidos. El ejemplo de santo Toribio ha de arrastrarnos
y convertirnos en auténticos defensores de los derechos fundamentales
del hombre, más aún, del derecho fundamental: el de vivir
conscientemente la filiación divina.
Evangelización y promoción humana auténtica van
de la mano y consisten en proclamar la grandeza del amor de Dios por
el hombre que confiere al ser humano posibilidades insospechadas en
la medida que se responde a la gracia divina y se vive en el esfuerzo
por configurarse con Jesucristo, a través de la vivencia de la
auténtica caridad.
Hablando de Santo Toribio, decía el Papa Juan Pablo II a los
obispos peruanos: «Él mismo fue un insigne maestro en la
verdad, que amaba siempre a quien erraba, pero nunca dejó de
combatir el error. Con gran sentido de responsabilidad pastoral supo
dar frecuentes ejemplos de esa exquisita caridad de padre y claridad
de maestro. Convencido firmemente de que nunca es verdadera caridad
permanecer inactivo ante las desviaciones en la fe de los fieles, supo
velar por la fidelidad a la doctrina de la Iglesia, fundamento seguro
de la comunión eclesial» [4].
Cada cristiano en virtud del bautismo, debe, en alguna medida, imitar
esa preocupación por la verdad que movió el ministerio
de santo Toribio. Si bien es cierto que esta exigencia es grave para
los pastores, no deja de ser un deber para todo fiel cristiano, derivado
del bautismo y la confirmación. La caridad fraterna y el deber
de testimoniar la fe urgen, de modo especial en nuestro tiempo, al conocimiento
de la verdad revelada y a la enseñanza de la misma. Esa lección
toribiana ha de ser aprendida por quienes reconocemos en él un
auténtico modelo de vida de fe. Hemos de procurar superar la
fractura entre fe y vida y hacernos así testigos y cooperadores
de la Verdad que es Jesucristo, Verdad que transforma, renueva y da
vida.
Mediante el esfuerzo por proclamar el evangelio, bautizar e instruir
a sus fieles para que observen lo mandado por Jesús, santo Toribio
de Mogrovejo se convirtió en administrador fiel. La palabra de
Dios nos recuerda que «en un administrador, lo que se busca es
que sea fiel» (1 Cor 4, 2). Y ese fue el esfuerzo de Toribio.
«Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo
y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1). Las
palabras del Apóstol expresan la meta que buscó en su
ministerio pastoral el santo Arzobispo de Lima.
En verdad, Santo Toribio, vemos en ti el administrador de los misterios
de Dios. Ayúdanos, con tu intercesión, para ser también
nosotros fieles al amor divino. Enséñanos el amor por
Cristo que apremia, que urge, que es fuerza vital. Enséñanos
la coherencia de la fe. Edúcanos en la responsabilidad por la
salvación propia y la del hermano.
Para poder vivir la santidad, respuesta auténtica a la vocación
cristiana recibida en el bautismo, necesitamos de Jesucristo. La unión
con Jesucristo fue el secreto de Santo Toribio. Por eso busquemos al
Señor Jesús en la Eucaristía.
«La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo Resucitado,
que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar
en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con
él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia;
en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso
de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia
todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños» [5].
Que la Eucaristía que hoy celebramos sea un encuentro vivo con
Jesucristo y nos ayude a vivir el ardor de la fe y la caridad como Santo
Toribio de Mogrovejo.
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[1] BENEDICTO XVI, Carta con ocasión del IV Centenario de la
muerte de Santa Toribio, 23 de Marzo de 2006.
[2] BENEDICTO XVI, Carta con ocasión del IV Centenario de la
muerte de Santa Toribio, 23 de Marzo de 2006.
[3] JUAN PABLO II, Mensaje a los obispos del Perú, Lima 02 de
Febrero de 1985, en Juan Pablo Peregrino. Perú 1985, Lima 1985,
94.
[4] JUAN PABLO II, Mensaje a los obispos del Perú, Lima 02 de
Febrero de 1985, en Juan Pablo Peregrino. Perú 1985, Lima 1985,
94.
[5] BENEDICTO XVI, Mensaje al final de la Concelebración Eucarística
con los Cardenales electores en la Capilla Sixtina, 20 de Abril de 2005.