Queridos hermanos:
El día de hoy hemos leído la Pasión del Señor.
Lectura que debe ser motivo de meditación personal en estos días
acerca de lo que cada uno de nosotros queremos y lo que Jesús
quiere para nosotros.
Hoy, Domingo de Ramos, Jesús entra a Jerusalén y el pueblo
lo aclama: “Hosanna en el Cielo, bendito el que viene en nombre del
Señor”. La gente lo aplaude, el pueblo lo acoge y le pone mantos
en el camino. Sin embargo, no pasan ni 48 horas y ese mismo pueblo grita:
“crucifícalo, crucifícalo”. Así es el mundo, esos
somos nosotros; tantas veces con el corazón le decimos a Jesús
cuánto lo queremos, pero cuando viene la prueba, la dificultad,
le decimos “crucifícalo”.
Esto es pecado, hay que ser humildes y saber reconocer ante el Señor
que necesitamos su ayuda a través de la oración sincera,
que no se cansa, que nos acompaña a diario; y así la presencia
viva y activa de Jesús, nos enseñará a ser personas
alegres, caritativas, fraternas.
Si no hay oración, seríamos como Pedro, el primer Papa,
el discípulo que ha visto milagros, que ha escuchado a Jesús
pero se deja llevar por su soberbia.: “Nunca te voy a negar, nunca te
voy a traicionar”. Ese límite de no orar, de no contar con la
ayuda de Dios hace de Pedro, un traidor.
Por eso, ahora que estamos iniciando esta Semana Santa, abran las puertas
de sus corazones; reflexionen con humildad y en silencio y veremos cómo
nunca habrá un motivo para desesperarse como Judas.
El mismo pueblo que está lleno de gozo y aplauso lo recibe en
Jerusalén, y a los pocos días, lo está condenando
por miedo al “qué dirán”. Acompañemos en el dolor
a Jesús, que quiere que seamos felices, que tengamos una vida
llena de gozo y nos señala que la puerta de entrada a Él
es la humildad y la oración, y así podamos acompañarlo
en la cruz.
Hermanos, ¿Qué es la cruz?: Es morir al pecado. Como
dice el Papa Benedicto XVI, Cristo no quiere quitar nada, la cruz es
un apartarse de lo que hace daño, del pecado, no es un invento
de la imaginación, no inventa escrúpulos; persevera en
la oración, no dejes que la soberbia se rebele y digas “no puedo”
o “no quiero”. Deja que la conciencia te lleve por ese camino amable,
crucifica los pecados: el egoísmo, la sensualidad, la envidia,
la violencia, la mentira, el abuso. A eso se le llama “cruz” porque
cuesta aceptar que tenemos pecados.
Por la cruz, que es la verdad de la humildad, reconozcamos nuestros
pecados y acerquémonos a la oración. Que estos días
de Semana Santa sean de más intimidad en los hogares. María
nos acompañará en ese camino de oración diciendo
que no tengamos miedo, que todo tiene arreglo, que nuestras vidas son
de gozo, paz y serenidad junto a Cristo en la cruz, que no queda ahí
puesto que acaba en la resurrección; María es nuestra
Madre. Pidámosle que hable ante Jesús por nosotros, que
sea nuestra intercesora.
Hoy que todo el mundo vive en esa ansiedad y curiosidad de quién
gana y quién pierde, acuérdense sólo de una idea:
en la Iglesia Católica, el poder significa servicio. Por lo tanto,
se habla de quién sirve a los demás.
Vamos a pedirle a nuestra Madre que bendiga e ilumine a nuestra patria,
una a la familia peruana y quienes sean los gobernantes descubran que
lo que el pueblo les da es una delegación para que sirvan, ayuden
a los demás.
No perdamos las esperanzas de que el Señor ayude a nuestra patria
a vivir unida ya que somos una familia. Es cierto que hay opiniones
diversas, pero acuérdense de una idea: el poder es servicio;
caso contrario, no es poder, sino abuso.
Por eso le damos gracias a Dios que siempre está a nuestro lado
para ayudarnos, para hacer conversiones, nos va a comprometer más
para no traicionarlo; nos dará la fortaleza para admitir que
somos pecadores.
Jesús, el Hijo de Dios, le dice a su Padre: “Dios mío,
Dios mío: ¿por qué me has abandonado?”. Hay que
hacer de estas palabras oraciones; y cuando se llegue a ese nivel en
que repita esas palabras, veremos que luego de la muerte de Jesús
nadie es abandonado jamás.
Que estos días por el camino de la cruz vayamos a la alegría
de la conversión por la oración y por la humildad. Ahí
está Ella, no hay dolor como el suyo, no hay humildad como la
suya, no hay fe como la suya.
Madre mía, haznos el milagro, ayúdanos a amar a tu Hijo
Jesús en todo momento. Vamos todos juntos a vivir con piedad
estos días tan profundos de la Semana Santa.
Así sea.
+ Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado de la Iglesia en el Perú
Lima, 12 de Abril del 2006