- 11 de Junio de 2006 -

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Basílica Catedral de Lima
Solemnidad de la Santísima Trinidad

Queridos hermanos:

Me encuentro nuevamente aquí, con ustedes en la Misa dominical, después de haber tenido la alegría de visitar recientemente al Santo Padre, el Papa Benedicto XVI.

La Iglesia celebra hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad. El misterio más profundo de quien es Dios, de cómo es Dios. Lo sabemos porque ha sido revelado, nadie lo ha descubierto: Tres personas en un solo Dios, y hoy en el evangelio vemos como Jesús cuando está despidiéndose para ascender al Cielo, después de la Resurrección dice: “Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Él nos revela que hay un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo. ¿Qué quiere decir esto en nuestra vida?. Quiere decir algo muy sencillo, que Dios nos invita en esta vida a ser santos, nos invita a participar, a estar dentro de esa Familia Divina, donde está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Y, ¿Cómo entramos a esa Familia? Por la puerta del Hijo. A través del Bautismo somos adoptados como hijos. El Hijo muriendo en la cruz perdonando los pecados, nos abre la puerta para decir: Únete a mí a través de los Sacramentos: Eucaristía, Confesión, Bautismo, Matrimonio; y de la oración.

Únete a mí y yo te incorporo a ese mundo divino; y por lo tanto, aquí podemos vivir una vida de santos. Así se llamaban los primeros cristianos unos a otros: los santos de tal lugar saludan a los santos del otro lugar. Esto se ha olvidado, es uno de los grandes silencios del mundo actual.

No se habla de santidad, no se busca la santidad. Se piensa que la santidad es una manera original para algunos muy especiales: “dejemos esto para algunas personas que están lejos de la vida y que están en otra galaxia”. Y no es así. Estamos todos invitados a vivir nuestra vida familiar, cultural, deportiva, política, económica; el descanso, la enfermedad, como un camino de santidad.

¿Y cómo hago para hacerme santo?. No es tan difícil. La santidad no es otra cosa que lograr tener los mismos sentimientos, pensamientos y obras del mismo Cristo. ¿Cómo logro parecerme a Cristo?. Por la confesión frecuente, por la comunión frecuente, por la oración frecuente, entonces poco a poco Jesús me va enseñando esa escuela. Y me dice: aprende a perdonar, aprende a corregir, mira al prójimo; busca aquel niño que necesita tu ayuda, sé honesto en tu trabajo, no odies, aleja la violencia, procura dar ejemplo. ¡Jesús qué lejos estoy de poder convertir mi vida en ese espejo de tu vida!

El Concilio Vaticano II nos ha propuesto la llamada universal a la santidad, por eso hay que meditar un poco. No dejemos que el mundo haga esa santidad de los ídolos. Hoy, por ejemplo, en estos días contemplamos esa fiesta deportiva que es el Mundial de Fútbol, pero ya con algo de idolatría: miles de millones de dólares, millones y millones de televidentes, horas y horas de televisión. Cada jugador convertido en un semi dios si gana o en un semi demonio si pierde, a mí me gusta el deporte, pero todo en su lugar.

Y así podemos hablar de cualquier otra actividad, en la que el dinero, a veces el poder político, a veces la falta de paz social, se convierten en pequeños ídolos que quieren dominar toda la existencia humana. Frente a eso, hoy, al celebrar la Santísima Trinidad, la Iglesia nos invita a vivir en este mundo la vida de santidad.

Procura hacer bien tu trabajo, procura tratar bien a los demás, sé justo en el pago del salario, sé justo en la calidad de tu trabajo. En tu familia busca ese cariño, ese ejemplo, esa escuela de amor a ejemplo de la Trinidad, que la familia no sea solamente un grupo que se lleva bien. ¡No! busco la santidad, como vivió Cristo junto a María y junto a José.

Y lo mismo en el campo del trabajo público, no solamente la idea de quedar bien, o de ganar unos votos. Si no el verdadero servicio de querer ayudar a la gente que no tiene para trabajar, o que está enferma, o que necesita un apoyo especial, de querer lograr que en el país haya orden, paz y comprensión.

Que todos procuremos la santidad y para eso mi servicio público en cualquier puesto, en un hospital, en una escuela o en una universidad, donde me toque actuar, pensar ¡Cómo actuaría Jesús aquí!.

No nos dejemos llevar por esa corriente de que la santidad es un producto para algunos muy especiales; es falso, la vida nos la ha dado Dios para compartirla con nosotros. Él quiere vivir en ti, quiere estar presente hoy -en el mundo actual- a través tuyo. Él te dice llévame a tu casa, a tu trabajo, a tus hijos, al deporte, hazme presente a través tuyo. Esa llamada a la santidad nos incorpora a la Santísima Trinidad y entonces descubrimos que la santidad es algo alegre, atractivo, difícil, hay que escuchar, solos no podemos, necesitamos ir al encuentro de Cristo.

Una y mil veces, aunque uno caiga: ¡volver a levantarse!, aunque alguien no te comprenda: ¡volver a perdonar!, siempre es tiempo de descubrir que la vida es una maravilla si tiene como objeto buscar la santidad, y que la santidad es para todos, no es algo de un día y no es una cosa heroica.

De vez en cuando, el heroísmo de la santidad es hacer bien los pequeños esfuerzos y trabajos de cada día, en lo pequeño saber decir gracias, de llegar a tiempo al trabajo, de sonreír, de perdonar, de ayudar, de ser honestos, de callar una palabra de más, de evitar una mentira, un maltrato. Es lo que la Iglesia nos quiere recordar hoy.

La Santa Misa en la que estamos ahora, es una acción de la Trinidad. Hemos empezado diciendo: en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, todo lo que voy a hacer aquí y ustedes también es en el nombre de la Santísima Trinidad. Y cuando el sacerdote ahora haga las oraciones es Cristo, él hace ese papel de Cristo Sacerdote, y se dirige a Dios Padre, invoca al Espíritu Santo. Y cada uno de nosotros cuando recibe el cuerpo del Hijo, recibimos a la Trinidad, porque donde está el Hijo, está el Padre y el Espíritu Santo.

Por eso, hermanos que ese amor a la Trinidad se manifieste en esa búsqueda de la santidad, en ese implantar en el mundo de hoy, esa vocación a la santidad. Ser buena gente no basta; no ser malo, -como la gente dice, “yo no hago mal a nadie”- no basta. Hay que hacer el bien a muchos, hay que amar a todos, hay que buscar a Cristo en los demás y esto -si no tienes unos momentos diarios de oración- se te olvida.

El Papa hoy, justamente nos recordaba con palabras de San Agustín: “Dios Padre, el Amante; Dios Hijo, el Amado; Dios Espíritu Santo, el Amor. Amante, Amado, Amor. Tres personas: un solo Dios”.

Vamos a pedirle a nuestra Madre Santa María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, que la familia refleje esa vida de la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Desde ya, los invito para el próximo domingo, fiesta del Corpus Christi, a la Misa como siempre, a las 11 de la mañana, y a la procesión que tendremos en la Plaza de Armas. Es una ocasión maravillosa para que todo el pueblo adore, agradezca, acompañe el Cuerpo de Cristo, y que une al mundo entero.

Hermanos, busquemos la Santidad, dejemos de lado el no hacer el mal, hay que hacer el bien. Dejemos de lado esos ídolos de la tierra, busquemos a Dios, que Él nos incorporará a esa maravilla de la Santísima Trinidad.

Así sea.

 
 

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