Monseñor Rino Passigato, Nuncio Apostólico; queridos
hermanos en el Episcopado; venerables miembros del Cabildo Metropolitano;
queridos hermanos sacerdotes; religiosas; seminaristas; queridos hermanos
todos en Cristo Jesús:
La Misa Crismal que hoy celebramos surge del Misterio Pascual que integra
todo lo cristiano, especialmente el ministerio sacerdotal que tiene
su origen y fundamento perenne en la cruz y la resurrección de
Jesucristo. Hoy se reúne el Presbiterio de la Arquidiócesis
de Lima en torno al Pastor de esta Iglesia local para predicar a Cristo
Crucificado, a cuyo servicio estamos.
Es un momento sagrado y pleno de contenido donde cada uno debe meditar
en profundidad nuestro sacerdocio porque en él se encuentra la
esencia de nuestra vida y ministerio sacerdotal, es decir, nuestra razón
de ser en la Iglesia. Por un lado, produce un gozo y una alegría
muy grande y, por otro, un enorme temblor. Qué grandes maravillas
ha depositado Jesús en nuestras pobres manos.
En el Evangelio de San Juan Cristo dijo: “Yo soy el pan de vida. Vuestros
padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste
es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere. Yo
soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá
eternamente; el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.
(Jn 6, 48).
Esta realidad de la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo no es algo
pasivo, sino una fuerza viva, una persona que nos atrapa y nos absorbe
queriéndonos introducir en ella: “El que come mi Cuerpo y bebe
mi Sangre habita en mí y yo en él. Mi carne es verdadera
comida y mi Sangre es verdadera bebida”.
San Agustín, ese hombre santo que tanta misericordia recibió
del Señor supo volcarla y lo hace hoy de una manera especial
muy actual. Escribió en las Confesiones que tuvo una visión
en la que el Señor le decía: “Cómeme, pero no serás
tú el que me transformes a mí, sino que seré yo
quien te transformaré a ti en mí”. Esto es motivo de gozo.
Corremos el peligro que por el mundo en que vivimos no profundicemos
este misterio de fe, esta grandeza de lo que nos habla San Agustín.
En nuestra relación con Cristo el centro es Él.
De aquí podemos sacar dos conclusiones: la primera es que nuestra
identidad sacerdotal es ser Cristo, el Sacerdote Eterno. Repitamos interiormente:
“Soy Cristo, no soy yo”, especialmente al administrar los sacramentos.
La segunda es cuidar la reverencia, el respeto, la urbanidad, la devoción
que no es ritualismo.
Queridísimos hermanos sacerdotes, el mundo clama por fe, el
Papa actual quiere rescatar una inclinación de cabeza, una reverencia
ante el altar, una genuflexión bien hecha ante el Santísimo
y, de esa manera, también de modo práctico, renovar las
especies sagradas guardadas en el Sagrario cada quince días;
la llave del Sagrario la dejamos ahí el día entero con
todos los riesgos que supone; llevarlo con suma dignidad como viático
a los enfermos; rodearlo de manteles limpios; de Sagrarios bien presentados;
son detalles que hace que el pueblo vea que está el cuerpo de
Cristo que Jesús Eucaristía está con nosotros.
Qué alegría y esperanza contemplar como Pastor de esta
Iglesia en Lima el florecimiento de la adoración al Santísimo
en muchas capillas que se han abierto, que se han mejorado para que
la gente pueda acercarse en silencio y acompañar a Jesús
Eucaristía todas las horas del día. Muchas gracias hermanos
sacerdotes.
Ha sido un Año de la Eucaristía donde el queridísimo
siervo de Dios Juan Pablo II, nos dejó ya encaminados y en ese
Año ha surgido de manera muy generosa en muchísimos templos,
capellanías, parroquias, muchas horas al día el cuerpo
de Cristo expuesto de manera digna, siempre acompañado.
Santo Toribio fue recordado por el Papa Benedicto XVI en una reunión
de los Cardenales que coincidió con la fiesta universal de la
muerte del Santo del 23 de marzo y le dedicó unos minutos de
reflexión y destacó de modo especial su labor misionera.
Cristo expuesto en la Eucaristía es el primer misionero, no pensemos
sólo en la misión de irnos ad gentes, hay que ser generosos
y de hecho, hay muchos peruanos predicando el Evangelio, pero también
hagamos un compromiso de llevar como el Santo Arzobispo la enseñanza
o el compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Pongamos
fe en ese ministerio de la palabra.
En este año, que celebramos el Jubileo demos esa muestra de
amor a ese santo, siendo misioneros, casa por casa, colegio por colegio,
barrio por barrio con toda la creatividad pero llevando el Compendio
de la Iglesia Católica.
San Pablo nos recuerda con palabras fuertes en la primera epístola
a los Corintios que “quien come indignamente mi cuerpo y mi sangre,
come su propia condenación”; resuenan con fuerza en mi conciencia
y responsabilidad de Pastor. El Santo Padre calificaba, momentos antes
del Cónclave, una especie de dictadura del relativismo, por ello,
debemos poner especial énfasis en educar bien la conciencia recta
de los fieles.
Para tal efecto, la presencia frecuente del sacerdote en el confesionario
es importante para su propia vida personal y, fundamentalmente, para
la de los fieles. Nunca serán suficientes las horas dedicadas
a esta maravillosa tarea de reconciliar, es decir, de volver a unir
con Dios la fractura del corazón humano y devolver la paz y la
alegría interior a las almas.
Les pido un esfuerzo especial de una verdadera catequesis de la reconciliación
para iluminar las conciencias con enseñanzas que provienen del
magisterio, especialmente en lo relacionado con la moral conyugal. La
insensibilidad de la conciencia –crisis de nuestro tiempo- es la puerta
de entrada de la violencia y de la mentira que arruina el mundo.
La Eucaristía, es el sacramento de los reconciliados, de ella
brota el fortalecimiento del poder moral que toda persona debe cultivar.
La moralidad, no el moralismo, asentada en la doctrina, en el catecismo,
en el magisterio, en el testimonio vivido, en la vida sacramental, es
la única fuerza que puede poner freno a la violencia y al egoísmo.
Donde pierde su influencia la dimensión moral, es el hombre quien
siempre pierde, en primer lugar el débil. Por lo tanto, la sociedad
se fractura, se violenta, se vuelve injusta e indiferente. La raíz
es esa dimensión moral, es el cambio del corazón.
Por ello, debemos enseñar que la Eucaristía es una escuela
eficaz de amor al prójimo. El Culto Eucarístico, nos enseñaba
el siervo de Dios Juan Pablo II, es el punto de encuentro entre lo personal
y lo sacramental, entre lo sacramental y lo social, punto en el que
también están ancladas tanto en la vida apostólica
y espiritual de la Iglesia como la de nuestro servicio sacerdotal.
El sacerdote santo existe en este mundo y, si la fuerza pedagógica
de su expresión visible desaparece, conduce a la superficialidad
y al embrutecimiento de la humanidad y del mundo ¡Qué honda
responsabilidad y qué consecuencias para nuestra vida temporal
y eterna! Luchemos por ser santos; para esto, con un corazón
sin divisiones entregado plenamente al Señor; con un celibato
que es una afirmación gozosa llena de madurez; todo ello envuelto
en la humildad de ser conscientes de haber recibido este don de Dios
en vasos de barro.
Hermanos queridos, mostremos al mundo de hoy la limpieza de cuerpo
y alma y la alegría de la entrega de un corazón indiviso
a Dios y a las almas por Dios. El mundo lo necesita. Nuestra Madre la
Iglesia llena de dolor nos lo implora y yo, como Pastor de esta Iglesia
local, lo recuerdo en esta ocasión solemne.
Nuestro corazón quiere elevar una plegaria especial por nuestros
hermanos sacerdotes y enfermos impedidos de participar de esta celebración,
unidos filialmente al Santo Padre, renovando esa unidad y obediencia
a su magisterio, en plegaria constante por su persona e intenciones;
en pocos momentos renovaremos las promesas de nuestra ordenación
sacerdotal.
Que María Madre del Sacerdote Eterno nos acompañe y proteja
de las insidias del demonio, que acechan constantemente nuestras vidas
y nuestro ministerio. Con esa promesa de la Sagrada Escritura: “¡No
prevalecerá!”, Madre Mía, sé nuestra fortaleza,
nuestro consuelo, nuestra ternura, bendícenos, llévanos
al encuentro con tu Hijo Jesús para que realmente seamos “Cristo”
que pasa, “Cristo” que mira, “Cristo” que perdona. Cuánto más
débiles como San Pablo, cuánto más débil
nos sentimos, más fuertes nos sentimos. Dios nos conforta.
Hermanos, son momentos especialmente trascendentes del año litúrgico,
renovemos esa fidelidad a nuestro ministerio sacerdotal y una oración
por este Pastor y por mis Obispos Auxiliares, por todos los obispos.
La carga no es ligera pero la oración y la unidad de ustedes
es estímulo para entregar nuestra vida día a día.
Que unidos hoy en esta fiesta del sacerdocio le demos muchas gracias
a Dios por nuestra vocación.
Así sea.
+ Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado de la Iglesia en el Perú
Lima, 12 de Abril del 2006