Excelentísimo monseñor Rino Passigato, excelentísimo
monseñor Carlos García, queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
muy queridos miembros del asilo de ancianos que hoy nos acompañan,
muy queridas religiosas, hermandades y hermanos todos en Cristo Jesús:
Ante la institución de la Eucaristía, en la cual Jesús
se ha hecho pan para nosotros sosteniendo y nutriendo nuestra vida interiormente,
iniciamos el Triduo Pascual. En esta celebración eucarística
nos encontramos renovando aquella “hora” de Jesús, que se convierte
en nuestra “hora”, es decir, su presencia entre nosotros.
La primera lectura del Éxodo nos ha recordado la cena pascual
de Israel, el memorial de acción liberadora de Dios que había
guiado a Israel de la esclavitud del pueblo de Egipto hacia la libertad.
No cabe otra interpretación como cierta teología de la
liberación pretendió hacer políticamente; ésa
no era la intención de Dios.
Sin embargo, en la segunda lectura de San Pablo a los de Corinto nos
relata que sucedió algo “nuevo” dentro del rito de la cena judía,
algo eternamente “nuevo” que se actualiza en cada Santa Misa. Dicho
de otra manera, el sacerdote le presta su voz a Cristo para realizar
ese prodigioso misterio de la transubstanciación: el pan se convierte
en Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre.
Jesús, durante la Última Cena, anticipa su muerte, la
acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción
de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal –la muerte en
la Cruz-, desde el interior se transforma en un acto de amor. En una
época en la que el mundo vive como en una torre de Babel, las
palabras tienen otro significado: hablamos de amor pero cada uno lo
interpreta a su manera, lo mismo sucede respecto a la libertad; sin
embargo, en esa entrega del Cuerpo y de la Sangre de Cristo como alimento
para nuestra vida, dichas palabras adquieren su auténtico significado:
morir por otro. Eso es el amor.
En esa novedad de la Última Cena se inaugura en el tiempo, en
el alma de cada uno de nosotros, un proceso milagroso y misterioso:
el asimilarnos a Cristo; somos introducidos en la divinidad de Dios
a través del Cuerpo y Sangre de su Hijo Jesucristo. Es tan grande
el misterio y tanta la bondad de nuestro Dios, es tan fuerte el acto
de amor y la presencia de Jesús en la Eucaristía que nos
ocurre lo mismo que cuando miramos al Sol: perdemos la vista, se nos
oscurece el entendimiento. Ante ello, sólo cabe caer de rodillas,
inclinar la cabeza, someternos en ese acto grandioso de adoración.
Desde el instante de la Última Cena, se viene repitiendo a través
de los siglos esa renovación del único acto en que Jesús
hace del pan su Cuerpo, desafía a mis ojos, que ven pan, pero
la fe dice que es su Cuerpo. Los sacerdotes renovamos ahí, siendo
Cristo mismo, la misma y única Cena del Señor, lo hacemos
de modo sacramental y real. Desde ese momento, esperamos todos pues
hubo un cambio, nació una humanidad que ya vive de otro modo.
Eso está relacionado con la civilización del amor, que
el siervo de Dios Juan Pablo II nos recordaba; ha nacido una nueva manera
de vivir en la que Cristo vive en nosotros. Por decirlo de alguna manera,
la muerte ha sido herida profundamente, tanto que de ahora en adelante
no es la última palabra.
Se ha inaugurado en mis sentimientos y acciones algo infinito: Cristo
que pasa, la civilización del amor. La humanidad caída
en el pecado ha sido herida de muerte y ha resurgido un nuevo modo de
vivir: cuando comemos el Cuerpo de Cristo, nos divinizamos y dirán
que son débiles y pecadores, por lo que tendrán que darse
cuenta que la única soledad que queda es la de quien se abandona
al pecado; ya no hay soledad en el que vive como Cristo y, por Él,
entra en la Trinidad, en el misterio que deslumbra.
¡Qué bueno es nuestro Dios!,¡Qué regalo más
grande nos hace!, ¿Por qué parece que el mundo no se da
cuenta del tesoro que tiene?, ¿Por qué dejamos que dé
la impresión de que no ocurrió nada nuevo? La Comunión
no es una celebración en la que comemos y festejamos, va mucho
más allá: es la anticipación de la entrega del
cuerpo en la Cruz que Jesús anuncia en la Última Cena.
Ahora la dinámica de la Eucaristía ya está dentro
de nosotros y quiere propagarse a los demás y extenderse a todo
el mundo, para que su amor sea realmente el modo dominante que rige
las relaciones humanas; la única forma digna de tratarnos entre
nosotros es con amor. Por eso, cuando vemos un mundo con odio, injusticias,
bajamos la cabeza ante Jesús para pedirle que nos enseñe
a amar y que la Eucaristía cambie nuestras vidas.
La hora de Jesús, en cada Eucaristía, es la hora del
amor, el cual vence al pecado y brilla con tal fuerza que la nueva cosmología
divina tiene su centro en el domingo y en la Misa Dominical; por eso
el Papa Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI recuerdan al mundo de
hoy que, recuperando el valor de la Misa Dominical, la sociedad y la
familia será diferente, se reducirá la violencia, empezará
la alborada de la belleza del amor; es una realidad querida por Dios
que hoy la Iglesia, de modo solemne, quiere recordar.
La Santa Misa es un momento en que Jesús, de un modo asombroso
y nuevo, cambia la historia de la humanidad. Por eso, veo con gozo a
esta multitud en la Catedral y en la Plaza de Armas y sé que
en todos los templos del país y del mundo le suplica a Dios humildemente
que le aumente la fe y aprenda a vivir de ese nuevo modo que ha inaugurado
ahora para toda la eternidad.
La alegría del amor de Dios que dice “¡Come y bebe! Mi
cuerpo y mi sangre exige expandirse. Éste es el culmen del mensaje
de Cristo; me voy por la muerte en la Cruz y me quedo en esa “cárcel
de amor” en la Hostia Santa. La Iglesia nos recuerda hoy que la religión
no es un conjunto de ideas; si no, fundamentalmente la experiencia de
un encuentro con el Cuerpo y Sangre de Cristo en cada Santa Misa, del
cual surge una persona nueva, una sociedad nueva; no la utopía,
que tantas veces programas políticos y sociales pretenden pregonar
al mundo instaurando paganismos nuevos; es algo que desde dentro de
los corazones, hacen que nosotros, en medio de nuestras debilidades
y pecados tengamos el sello de la vida de Cristo. La religión
no es un producto de consumo hecho a la medida de cada uno en la que
escojo lo que me gusta.
La verdadera religión es la católica y el único
salvador es Jesucristo; la Iglesia abre sus puertas al diálogo
y la acogida, pero en la medida que ama a los demás, afirma la
verdad de su misterio de salvación que Cristo le ha entregado
para que lo custodie y el Santo Padre, como Vicario de Cristo, es el
encargado de guardarlo; mientras, nosotros los obispos unidos con Pedro
tenemos el deber en cada iglesia local de custodiar lo ajeno, lo que
es entregado por Cristo a sus sucesores.
Hago un llamado a esa identidad católica, respetuoso, humilde
y sincero porque con mucho agradecimiento, recordando a Santa Rosa de
Lima, San Martín de Porres, Santo Toribio de Mogrovejo -un maravilloso
arzobispo- y San Francisco Solano, los primeros santos de aquella primera
evangelización, tenemos que rendir un homenaje ya que ellos pusieron
el sello de la cultura católica, sin imponérsela a nadie
en tantas devociones maravillosas, dejaron la riqueza de la libertad
y del amor a Cristo.
El Evangelio nos relata el ícono de la vocación del verdadero
discípulo de Cristo: El servicio por amor al prójimo,
es decir, el lavatorio de los pies. La Iglesia necesita santos, hechos
por Dios con el concurso de nuestra libertad, pero es necesario el coraje
de ir contra las modas actuales llenas de ídolos: -el dinero,
el poder, el sexo, el éxito, la política- que pretenden
arrancar de nuestros corazones la sed que sólo puede ser calmada
con el amor de Cristo; sólo los santos pueden renovar la humanidad.
Jesucristo nos llama a vivir esa unidad entre los hermanos, sintiendo
a los demás como uno que nos pertenece, con quien compartimos
sus alegrías, sus sufrimientos y sus deseos y atender a sus necesidades;
aprendamos a ofrecerle una verdadera amistad, demos espacio al hermano
llevando la carga de los otros, vivamos unidos, aprendamos a dialogar.
Hemos oído cosas muy diferentes en las últimas semanas.
Este momento del Triduo Pascual nos viene muy bien para contemplar a
Cristo y recordar que somos una familia, que tenemos deberes sagrados
de ayudar, de trabajar unidos, de perdonar.
Nos acechan tentaciones egoístas, que nos llenan de envidias
y desconfianzas, de mentiras y abusos, de promesas utópicas,
de mesianismos que desencantan. No nos hagamos ilusiones, de poco servirán
los instrumentos externos de un sistema de organización social,
serán máscaras sin alma que lo único que logran
es aumentar el dolor, la discordia y la soledad en el mundo de hoy.
No nos hagamos ilusiones, pues el único salvador es Cristo y
el verdadero proceso de transformación nace en el corazón
de cada uno por la acción de la gracia: de la confesión
y la eucaristía.
Jesús, gracias por quedarte con nosotros en la Eucaristía,
por enseñarnos que vivir es amar y servir a los demás
en este gesto de lavar los pies a unos hermanos nuestros –es un signo
de que la vida es servicio-. Te prometemos hacer del Domingo el centro
de nuestras vidas asistiendo a la Misa en familia.
María, en este día de Jueves Santo, que cada uno recuerde
a su propia madre, que sepamos vivir ese camino de felicidad, que cumplamos
estos propósitos que me ayudarán a ser felices y hacer
felices a los demás.
A la Iglesia le faltan palabras ahora. La Iglesia va a tener horas
de silencio para adorar, agradecer, sin embargo, la Eucaristía
es el nuevo amanecer de este mundo que pide a todos dejarnos transformar
por Cristo. Vayamos donde María y caminemos con fortaleza sembrando
de paz y de alegría el mundo actual.
Así sea.
+ Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado de la Iglesia en el Perú
Lima, 13 de Abril del 2006