- Domingo, 13 de agosto de 2006 -

Homilía del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne el Domingo 13 de agosto del 2006 en la Basílica Catedral de Lima

Excelentísimo señor Nuncio, monseñor Rino Passigato; Excelentísimo monseñor Carlos García, Obispo de Lurín; Excelentísimo monseñor José Antonio Eguren, Arzobispo de Piura; Excelentísimo monseñor Adriano Tomasi, Obispo Auxiliar de Lima; queridos diáconos que hoy se ordenarán sacerdotes, muy queridos familiares, amigos, que hoy se han congregado en esta Basílica Catedral para acompañar en la ordenación sacerdotal de estos nueve diáconos.

Hay un pasaje en San Lucas, en el que Jesús se dirige a los demás hablando de María. Hoy, fiesta solemne de la Asunción de la Virgen, es bonito saber que piensa Jesús de su madre, y cuando están todos felicitándole con María, Jesús los guía y les dice: “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Es grandiosa la respuesta de Jesús sobre su madre. Es dichosa, es maravillosa, es bienaventurada porque escucha la palabra de Dios y la cumple.

Hoy, estamos ante un acontecimiento muy especial, el Misterio de la presencia de Dios que camina unido a nuestra humanidad… Desde el primer momento, Dios a esos hijos suyos creados a su imagen y semejanza nunca más los va a dejar solos, somos sus hijos, de su familia. Es un misterio -sobre todo- de amor.

No nos acostumbremos a la grandeza de tener a Jesús con nosotros, de tocarlo con mis manos. Es el misterio que expresa la Iglesia de un modo sacramental; es decir, signos visibles. Ahora veremos en la ceremonia de ordenación la imposición de las manos, la unción, la oración consacratoria.

Hermanos, ese es el desafío de hoy: Significa algo que no veo, algo que creo, y es que a través de mis manos y de mis palabras el mismo Cristo actúa; eso no lo vemos, lo creo. Pero es un mundo en el que cada uno recibiendo al que veo, al que toco, a lo que me parece; en donde el amor de Dios resplandece, en donde la misericordia de Dios empapa nuestra vida, en donde la verdad abunda siempre, en donde la alegría y la paz tienen su reino. ¿En qué momento hay verdaderamente un silencio de la palabra?

En todo esto, hay verdaderamente un ejemplo de amor; por eso, al vivir la oración sacerdotal es un momento muy importante, en la que cada uno de nosotros pueda decir al señor Jesús, a través de nuestra Madre: “Auméntanos la fe”, “yo creo”.

Que yo crea que estos hermanos nuestros siguiendo el ejemplo de la Iglesia que a través de los siglos nos ha ido transmitiendo a través de los apóstoles primero y de los obispos después, que estos hermanos nuestros serán ‘cristos’, el mismo Cristo.

El Hijo de Dios -Jesucristo, Sacerdote Eterno- se hizo Hombre para salvar, para redimirnos del mal, del único mal: del pecado.

Cristo está presente en el sacerdote para significar, para decirle al mundo algo muy importante, que la reconciliación por Él operada en la cruz, el Misterio Pascual no es un acto circunscrito a un tiempo pasado y a un lugar determinado, sino que ese único acto de reconciliación se prolonga continuamente en el tiempo a través de los sacerdotes. Hasta que de nuevo venga Cristo.

Queridos hijos que hoy van a ser ordenados, no se olviden, hay que mantener vivo ese misterio. ¡Hacer presente a Cristo, hoy!.

La vida sacerdotal está construida sobre la base del sacramento del Orden, que imprime en nuestra alma el signo de un carácter indeleble. Cada uno de nosotros recibe un sueño por el cual ya no es “Él”, ¡es Cristo!. Este signo, marcado en lo más profundo de nuestro ser humano, tiene su dinámica «personal», su nombre, apellido, familia, circunstancias, debilidades; sin embargo adquiere una identidad nueva. Toda acción sacerdotal tiene una nueva “identidad sacramental": eres Cristo.

El mundo de hoy nos pide, en especial a la Iglesia y dentro de ella a los sacerdotes, que llevemos la certeza de la fe a un mundo que se tambalea. Cristo pide a la Iglesia que anuncie la Buena Nueva de la que deriva la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos. El mundo necesita que la Iglesia le devuelva el alma al cuerpo, es decir, la orientación que ha perdido: ser sal y luz, que devuelva el sabor divino a lo humano. Que la gente vea y diga: “Ese sacerdote cree”. ¡Santidad personal!.

La gente busca hoy el sentido de su vida. ¿Para qué estoy en el mundo?. Para esto tenemos que predicar con la palabra de Dios, con la experiencia de la lucha personal, para orientar su vida dentro del plan de Dios, para introducir en la vida pública el orden moral.

Hay cosas que están bien y otras que están mal. No es problema de tiempos ni de progreso, es problema de conciencia. La ley natural que me dice hacer el bien y evitar el mal, encuentra la enseñanza de lo que predicamos. ¿Cuál es el bien? Ahí está el Catecismo. ¿Cuál es el mal?. ¡Ahí tenemos los sacramentos!. Formemos nuestra conciencia para ser felices.

“Aspirando siempre a las realidades divinas” (Oración Colecta)

Formar nuevamente hombres y mujeres de Iglesia: Que la aman como a nuestra Madre, que la defienden, que la dan a conocer. Sacerdotes que enseñan a los demás -con el ejemplo y la palabra- la identidad cristiana en el mundo de hoy. Hombres que ayudan a descubrir a los demás su pertenencia a la Iglesia Católica. Que estudian y enseñan el Catecismo de la Iglesia Católica. Que predican a Cristo.

Les recomiendo vivamente a ustedes diáconos que se van a ordenar sacerdotes, ese maravilloso regalo que es el Catecismo de la Iglesia Católica, el compendio más bello. Es el libro que nos debe acompañar día y noche.

¡Qué bueno es el Siervo de Dios, Juan Pablo II y el actual Papa Benedicto XVI! Entre ambos han sacado adelante y han hecho realidad el Catecismo de la Iglesia.

Queridos hijos aspiren siempre a la realidad de Jesús. Ciertamente, hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia; en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a Cristo. Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre. Cambiarán ciertos aspectos, pero enseñen lo que es la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, cuya cabeza es Cristo; de lo que es el Vicario de Cristo: el Papa; de lo que es el Colegio de los apóstoles: sus obispos; de lo que son los sacerdotes: son Cristos; de lo que son los fieles bautizados: hijos de Dios.

Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí mismo el rostro definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio ministerial del que los apóstoles fueron los primeros investidos y que está destinado a durar, a continuarse incesantemente en todos los periodos de la historia.

La santidad de cada uno es voluntad de Dios. Hoy que van a ser ordenados sacerdotes y para nosotros -que les vamos a dar la ordenación-, le pedimos: ‘Señor, recuérdanos ese momento solemne en que me diste esa identidad de sellar tu amor con el sacramento del Orden y me hiciste un Cristo”.

Tú, que vas a ser configurado con Cristo por el sacramento del Orden, que bonito poder meditar con esas palabras preciosas que brotaron del corazón de María: El Magníficat es una manera maravillosa de ir por María a Jesús: es una guía que debe marcar nuestro sacerdocio ministerial. Recuerda siempre que serás ordenado en una gran Solemnidad de María: Su Asunción en cuerpo y alma a los Cielos.

Sabemos como eran los sentimientos de María, la Madre de Jesús, Sacerdote Eterno, cuando tiene a su hijo en su vientre. Que bonito saber que el corazón de estas mamás entregan sus hijos a Dios como fiel reflejo del corazón de María. Y a nosotros, sacerdotes que recibimos ese poder, le prestamos nuestra voz y nuestras manos en cada misa. ¡Gracias Señor, porque me has escogido sin mérito!.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor". María con nosotros. La Santa Misa es la obra más grande que puedes realizar como sacerdote, con amor, con cariño, respeto al acercarte al Altar, con ternura, cuidando todos los detalles que nuestra Madre la Iglesia nos enseña. ¡Que siempre tengas ese espíritu de agradecimiento, de alegría y de enorme respeto!.

Sabemos que somos instrumentos en manos de Dios, que a través de nosotros se realizarán muchos milagros, un sacerdote no se va solo al cielo, se va rodeado de multitudes.

Por eso, toda la existencia sacerdotal, cada día, al levantarse con María. Que ese corazón enamorado de Jesús trasluzca esa expresión de bondad que es crecer en el amor al prójimo, lo cuál nos ayudará a vivir ese don de la castidad. El sacerdote no está solo, está absolutamente entregado a la ternura, a toda la expresión del amor bellísimo. Por eso, volcamos ese amor a los demás sabiendo su significado.

“Ha mirado la humillación de su esclava”

Somos instrumentos en manos de Dios. A través de nosotros, pobres hombres, vasos de barro, el milagro de la vida de Cristo es transmitido a todos los hombres. ¿Qué se quiere del instrumento?: Que no estorbe la mano del artista, que sea dócil a los impulsos del Espíritu Santo. Toda nuestra existencia sacerdotal debe estar impregnada profundamente por la humildad. La dirección espiritual.

Que tu corazón esté enamorado de Jesús y así refleje una personalidad madura, estable y una afectividad serena que ilumina tu buena conducta. Cuidar y crecer en el don de la castidad, verdadero tesoro del sacerdote en la Iglesia Católica.

“Cristo tiene que reinar” (1 Cor, 15)

“Ha hecho obras grandes por mí"; ¡Cuántos milagros de conversiones espera la Iglesia de cada uno de ustedes!, ¡Cuánta misericordia de Dios derramada a través de nosotros y en nosotros mismos!, es para que estemos siempre con el rostro en el suelo diciendo: ¡Gracias Señor!, ¡Ayúdame a ser fiel!. Horas de Confesionario.

Obras de Caridad y Misericordia: “dispersa a los soberbios, derriba, enaltece". Tarea inmensa de ser instrumentos de reconciliación que es el alma de la auténtica justicia. El mayor tesoro que debemos dar a manos llenas es el consuelo, el perdón, la compasión y con ellos la promoción humana material.

Todo esto sólo será realidad si nos llenamos del Espíritu Santo siendo verdaderamente amigos de Dios en Cristo: hombres de una vida interior intensa y sacrificada. Rezadores. Hombres que se abrazan a la Cruz de cada día. Hombres que reflejan el rostro de Cristo. La oración es en cierta manera la primera y última condición del progreso espiritual y de la santidad. Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio.

El misterio del carácter sacerdotal se reflejará también en el porte exterior. Que se vea también en el traje eclesiástico, en la obediencia al Obispo, en la fraternidad sacerdotal, en la búsqueda de vocaciones, en ser elementos de comunión en el presbiterio.

Es un momento de gozo tan grande para la Iglesia de contemplar la ordenación sacerdotal, que nos va a traer frutos para todos nosotros, una catequesis que el Espíritu Santo quiere derramar en nuestro corazón.

“Que la Virgen María acoja este testimonio de la ofrenda filial que cada uno de ustedes le hace hoy para gloria de la Santísima Trinidad en la Iglesia”.

No puedo terminar sin agradecer profundamente al Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo, al Rector y sus Formadores especialmente, y a sus familiares por su generosa y sacrificada colaboración en el proceso de su formación. ¡Que Dios les pague!.

Así sea.

 
 

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