7ma. Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
Muy queridos hermanos en Cristo Jesús, quiero agradecer especialmente
a la Hermandad del Señor de los Milagros que, con ese cariño
de siempre, nos traen a la Catedral de Lima al Cristo Crucificado en
la Cruz.
Vale la pena reflexionar que hoy en esta época nos resulta más
difícil pensar en el destino eterno, que hay otra vida después
de ésta, la cual explica mucho el por qué de la Cruz.
Todos encontramos en el mundo de hoy poca facilidad para pensar que
después de esta vida hay otra que es eterna, y esa eternidad
se decide aquí en la Tierra.
Por eso es muy importante vivir bien delante de Dios. Para un cristiano
amar al mundo apasionadamente, participar en el deseo que todos alcancen
una paz interior, un desarrollo personal, es primordial porque se juega
su destino eterno. Pero insisto, en estos tiempos cuesta recordar esta
verdad.
Muchas veces dejamos las cosas para “después”, el que nunca
llega; por esa razón, como Pastor de esta Arquidiócesis,
como Cardenal tan cercano al Papa, les quiero recordar poniendo como
testigo al Señor de los Milagros que hay una vida eterna, en
la que se hará justicia, que no se dará en ésta.
Hay injusticias y hay que buscar resolverlas, pero jamás encontraremos
respuestas cuando nos preguntamos por qué nos suceden las cosas
malas, esas preguntas resultan una rebeldía, que la presencia
de Jesús en la Cruz nos dice que Él nos juzga, pero con
amor. Es el amor el que tiene la última palabra.
Hay una vida eterna, ésta es la luz que quiero dejar en sus
mentes y sus corazones en esta Semana Santa: La vida se nos pasa volando,
pero queremos vivirla intensamente, con pasión, queremos soñar
con esa patria grande, queremos desterrar la pobreza, la injusticia
y la violencia, pero lo que no queremos es cambiar la única religión
que brota del costado de Cristo: la Iglesia Católica, por ninguna
otra religión mundana que pretenda explicarnos que todos los
problemas se pueden resolver dependiendo de una ley, un cambio o una
revolución.
No dejemos que este mundo secularizado entierre la religión;
encendamos la luz pues hay vida eterna y empieza en la Cruz de Cristo.
A Jesús le preguntaron “Maestro, ¿qué debo hacer
para salvarme?” La respuesta es muy clara: cumplir los mandamientos.
San Agustín es un santo al que le tengo una gran devoción:
era un joven que sin casarse tenía un hijo, y su madre, Santa
Mónica con una grandeza admirable se pasaba la vida rezando por
él. San Agustín es el típico filósofo que
lo quiere arreglar todo con sus ideas y era brillante para hablar. Era
un hombre que se perdía en la vida diaria del licor, de las mujeres,
de las discusiones, era muy parecido a cualquiera de nosotros, soberbio
y orgulloso; estudiaba pero no cambiaba.
¡Qué grande es la mujer, qué importante es que
sea mujer!. Cómo necesitamos en el mundo ese complemento del
hombre que es la mujer, esa maternidad, con todos sus derechos y deberes,
pero mujer. Santa Mónica no se desanima, se pasa noches enteras
rezando, llorando. A María le llegan noticias de Jesús
que está predicando en Galilea, que está sanando enfermos,
que está multiplicando los panes.
San Agustín cuando se convierte escribe y se pregunta ¿es
el amor el que hace que cumpla los mandamientos? O, ¿cuando cumplo
los mandamientos viene el amor?, ¿qué es primero? Y contesta
San Agustín: ¿Alguien puede dudar que primero es el amor?
Quien no ama no va a guardar los mandamientos. ¿Qué debes
hacer para salvarte? Ama.
¡Jesús haznos ese milagro, entra en mi corazón
para que yo aprenda a amar, y amándote cumpliré esos mandamientos
que son de amor que se resumen en dos: Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con todo tu amor, con toda tu voluntad,
con todos tus actos y amarás al prójimo como a ti mismo!
El amor que Dios me tiene es tan grande que me lo da sin condición
y lo que nos pide es que seamos humildes y abramos el corazón
y aceptemos que lo necesitamos, que solos no podemos. ¡Qué
poco me pide el Señor!. Simplemente me pide que a ese enorme
desafío de hoy respondas con humildad y apertura de corazón.
Qué fácil es decir: yo no me confieso porque siempre
cometo los mismos pecados y cómo soy muy humilde, no merezco
perdón. Eso es soberbia elegante, cómo le puedes dar una
lección a Dios que ha muerto en una cruz para que todo tenga
remedio. El Señor sólo pide sinceridad y apertura de corazón.
Al contemplar a Jesús muerto en la cruz, hagamos el propósito
de aceptar que el amor de Dios que brota de la cruz entre en nuestros
corazones. Cuando hablamos de la muerte hablamos de algo que no conocemos,
cada uno muere solo de acuerdo a como vive.
Cristo le dice a su Padre: ¿Por qué me has abandonado?.
Dios para salvarme del pecado ha querido que su Hijo, verdadero Dios
y verdadero Hombre experimente y sienta la soledad de la muerte. ¡Jesús
cuánto me amas! Cómo es posible que tu Padre te dejara
solo. Mirando al Señor de los Milagros pienso en el regalo tan
grande que Dios nos ha dado.
El sufrimiento de Cristo en la cruz es el camino de nuestra vida, cuando
se sufre adquirimos grandeza y dignidad. El año pasado, por esta
época veíamos a Juan Pablo II, su rostro deformado como
el rostro de Cristo, su cuerpo completamente destrozado, sin voz, sin
fuerzas. Ese silencio de Juan Pablo II que recorrió a través
de los medios de comunicación el mundo entero, es la grandeza
de la prueba del dolor. Es en el dolor donde la escuela del amor se
abre.
Lo digo especialmente para aquellos matrimonios que en la prueba del
dolor, dudan: ¡No duden! Lo digo ante aquella juventud que ante
el abandono, la soledad, dudan: ¡No duden!. Abrázate a
la cruz, en ese dolor va a surgir un amor, una fortaleza, una alegría
que no tiene explicación. La muerte de Cristo nos lleva a decir:
¡Bendito sea el dolor!, ¡Amado, glorificado sea el dolor!.
Es una vergüenza cuando vemos que el demonio de modo hipócrita,
cínico, se reviste de arte, de historia. En estos días
se trae a la memoria de la gente que la traición de Judas es
un invento, que fue Dios que quiso que Judas traicionara a Cristo: ¡Qué
vergüenza!. Qué atrevimiento del demonio, hay que desenmascararlo,
aunque después muchos se sonrían con ironía y burla.
El demonio sigue suelto y comiéndose las almas.
Hay que hablar claro, el Pastor no puede dejar que el lobo se coma
las ovejas. El Código Da Vinci, libro con un gran índice
de venta y pronto una película en la que se profana la vida de
Jesús, hablando de unos hijos, de unas relaciones, destrozando
la pureza de mi Dios. Y, ¿Qué hacemos los católicos?:
No los incito a la violencia, pero no podemos quedarnos en silencio
cuando un pueblo mayoritariamente católico es atacado en su fe.
Aún recuerdo que cuando estuvo por aquí uno de los que
juzgaron al Cardenal Stepinac, que fue condenado a muerte por el comunismo,
el pueblo de Lima se entero que pasaba por aquí, no lo dejó
estar ni veinticuatro horas. No era intolerancia, era respeto a nuestra
fe.
Hermanos, hay que tener fortaleza, son tiempos en que los principios
de la fe, que este Señor de los Milagros ha contemplado cuatrocientos
años, nos mira hoy con un dolor innecesario. Despertemos las
conciencias, Judas fue un traidor y mi Jesús fue limpísimo
y castísimo y fundó una Iglesia que es la Iglesia Católica.
Tenemos respeto y tolerancia con quienes piensan distinto, lo que no
es fácil de aceptar es la burla sarcástica, la hipocresía
de una falsa libertad de expresión que se aprovecha para maltratar
nuestra fe. El corazón del Pastor sufre cuando ve que tanta gente
sencilla se ve confundida.
¡Señor tú tienes palabras de vida eterna, tú
has vencido al mundo, tú eres nuestro abogado, no nos abandones,
no te canses de esperarnos, el bien siempre vence al mal, no sabemos
cómo, cuándo ni dónde!
En esta sétima palabra nos dice Jesús: Padre, en tus
manos entrego mi espíritu. Cuántas lágrimas, cuánta
paciencia, cuánta alegría he visto en esos seres que están
en sus últimos instantes, como se aferran a la cruz, cómo
piden la bendición, cómo la razón se silencia,
el corazón invade toda la humanidad.
Cuando ya no se espera nada de Jesús, da un grito potente. Me
recuerda por contraste ese grito del silencio del no nacido, el grito
del silencio de Juan Pablo II en la ventana del Vaticano, el grito del
silencio que Jesús pronuncia ahora, hace que se rompa el corazón
y muere al instante. Es un grito de despedida, había dicho que
se iba a la Casa del Padre. Ahora ese grito me llama por mi nombre.
Familia peruana ¡Ánimo!. Construyamos, como decía
el Papa, un país más fraterno, más reconciliado,
más justo. ¡Señor de los Milagros, haznos ese milagro
de vivir como hermanos, de esa manera ese grito del Señor no
quedará sin respuesta en tu corazón.!