Señor Nuncio Apostólico, muy queridos hermanos en el
Episcopado, muy queridas hermandades que hoy nos presentan en esta misa,
a Jesús Resucitado y a Nuestra Señora de la Alegría,
imágenes que vienen del Monasterio del Carmen; muy queridos hermanos
todos en Cristo Jesús:
Hoy queremos recordar de manera especial en la Santa Misa, el cumpleaños
del Santo Padre Benedicto XVI, quien cumple 79 años y le pedimos
a Dios le conceda muchos años más a este maravilloso hijo
fiel de la Iglesia.
Al celebrar la Solemnidad de la Pascua de Resurrección, nos
quedamos con esta breve frase del evangelio: “Vio y creyó”. Es
el don de la fe, ese regalo que hoy celebramos de manera muy especial,
es la acción de Dios en nuestras vidas.
Acción que nos pide un abandono total. ¿Cuánta
fe tienes? ¿Cuánto abandono tienes? No es Él que
recorta ese regalo de la fe, soy yo, si la entrega es con límites,
la fe es poca. Si la entrega es total la fe es muy grande.
Podemos decir que hoy el mundo vive una crisis de fe, porque nos falta
seguir el ejemplo de Cristo, es decir, la luz de la razón se
tiene que apagar por un momento; la fuerza del corazón se tambalea,
y siente esa confusión ante el dolor, la muerte, la mentira y
la injusticia. La pequeñez de mi vida la siento de una manera
palpable, no soy nada, no puedo nada, y no tengo nada.
Hemos contemplado a Jesús en la cruz dejándolo todo,
lo último que le quedaba, la vinculación del Hijo con
su Madre María también nos lo da, “Ahí tienen a
su Madre”. Todo, y la Tierra se oscureció.
Es entonces cuando en nuestras vidas, aquello que no entendemos, aquello
que no tiene lógica, que me rebela y que parece que no es aceptable,
todo ello pasando por la cruz, le decimos al Señor: “Lo pongo
en tus manos”, entonces, se enciende la luz de la fe.
El entendimiento y la inteligencia se abre al conocimiento de la verdad,
se establece ese diálogo maravilloso que ha generado tanta cultura
en el mundo, entre la fe y la ciencia, porque buscan la verdad. El corazón
siente el impulso de buscar esa dimensión del amor, que le abre
tantas puertas a lo que permanecía inexplicable e inaceptable.
La luz de Dios, Jesús Resucitado ilumina mi vida, ilumina mi
familia y mi país, hay un nuevo resplandor, mi vida sigue siendo
pequeña, débil y pecadora. Sigo sintiendo las inclinaciones
que me llevan de un lado para otro, siento ese mar encrespado de las
pasiones, pero junto a esa debilidad aparece esa grandeza, esa maravilla,
esa dimensión a la que no podíamos llegar: “Soy Hijo de
Dios en Cristo”. Jesús Resucitado no sólo ha sanado mis
heridas, ha aquietado el corazón, ha iluminado mi inteligencia,
ha traído el perdón, me ha elevado, me ha dicho: “Ven
tú eres mi Hijo, te amo con locura”.
Cómo no festejar con gozo muy profundo el día de hoy
en que la Resurrección del Señor anuncia al mundo entero
el gozo de haber terminado esa etapa de oscuridad, la Nueva Alianza
ha vuelto a resucitar. Por eso, hermanos, esa resurrección, que
hoy celebramos, debe ser algo habitual en nuestras vidas, “Auméntame
la fe Señor”.
El mundo se abre a una nueva esperanza. No podemos vivir sin esperanza,
tenemos que tener esa nostalgia de Dios, esa esperanza que viene del
otro, de Dios, ese amor que viene del otro, iniciativa divina, esa fe
que viene del otro, que es Dios hecho hombre, Cristo es el camino. La
divinidad de Jesucristo nos anima a mirar la vida eterna con ilusión,
¿Por qué lucho? Por amor a ti: Jesús, porque quiero
la felicidad eterna.
San Pablo, en la segunda lectura, nos ha dicho, “ya que han resucitado
con Cristo busquen los bienes de allá arriba donde está
Cristo”, es decir, la resurrección; estas verdades históricas,
reales, nos invita a reconstruir la dimensión moral de mi vida
y la dimensión moral del mundo entero.
Nos atrevemos en nombre de Cristo a lanzarnos a esa misión de
reconstrucción de la dimensión moral, de reforzar la conciencia
recta que me muestra la verdad, que me inclina al bien, que me llena
de gozo, que la vida es una maravilla, que los planes de Dios son habitar
en un mundo que goce, que se quiera, que se perdone, que viva unido.
Hermanos, hay una gran sed de Dios, hay una enorme necesidad de espiritualidad,
no de cualquier espiritualidad, yo hablo con alguien vivo, Jesús,
presente en la Eucaristía, presente en tu alma en gracia. Yo
no hablo con una idea, no hablo en nombre de una filosofía, hablo
con una persona, que ocupa un espacio en mi vida y que está presente.
Ese gran desafío de rescatar lo sagrado, ese gran desafío
de rescatar la libertad del espíritu humano que está encadenada
por un conjunto de ideologías materialistas que no le dan espacio
a esa eternidad, a esa vida en Cristo, y se convierte en consumo, en
relativismo y en secularismo, formas diferentes de cortar ese destino
eterno, ese ser hijos de Dios.
Por eso, el mundo tiene sed de espiritualidad, sed de libertad, se
habla mucho de libertad, pocas veces en la historia hemos contemplado
que un materialismo de una manera sutil y por eso más venenosa,
pretende enjaularnos, amarrarnos y limitarnos. No es el ateísmo
teórico del marxismo, es un paganismo sutil, disimulado, en que
la religión debe quedarse en el ámbito privado. ¡Que
falso!.
El grito del cristiano es: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”,
la libertad de los hijos de Dios, por eso, esa libertad en la verdad
me lleva en este día de alegría, en esta fiesta interior
a hacer una pequeña reflexión porque la iglesia no tiene
una ideología, no tiene una opción política, ¡No!
pero tiene una palabra, unos principios que surgen de la ley natural,
de la lectura de la realidad, y esa ley natural nos exige hoy por la
salud de la vida democrática en el país concertar con
la verdad, reforzar la vida de las instituciones al servicio de todos
sin exclusiones.
Y la Iglesia quiere señalar algunos puntos de reflexión
en esa concertación: la defensa al don sagrado de la vida, desde
el primer instante de su concepción; la defensa y promoción
del matrimonio, célula fundamental de la sociedad, constituido
entre un hombre y una mujer para siempre; la defensa de la familia como
institución fundamental para educar a los hijos.
Todo esto exige un clima de paz, no de violencia, la violencia no conduce
a nada; una concertación en esa libertad religiosa que hace que
los padres sean los primeros educadores de sus hijos, por lo tanto,
el derecho y el deber de impartir una educación católica
en un país mayoritariamente católico. No pedimos ningún
privilegio.
También quiere la Iglesia recordar la justicia social, que es
un desafío muy grande en donde no caben proyectos revolucionarios,
sino cabe concertaciones y discrepancias dentro del ordenamiento jurídico.
Y un respeto exquisito a los derechos humanos, que se originan en el
primer derecho que es el derecho a la vida.
Hermanos, estos breves y completos principios de la Doctrina Social
de la Iglesia son necesarios, el país lo reclama. Son necesarios,
porque la dimensión espiritual de los hijos de Dios nos pide
ese oxígeno. “Quiero vivir libre, quiero vivir en paz, quiero
encontrar en mi familia el lugar donde me desarrollo, quiero dialogar
sin violencia”.
El desafío de esta época actual en el mundo nos lleva
a meditar en la necesidad de aceptar el Misterio de Dios, y de aceptarlo
en esa profunda obediencia de la fe, que es obedecer al Magisterio de
la Iglesia.
La identidad de una vida católica también se muestra
en la vida pública, no aceptamos lo que se llama la religión
laica que tiene un solo postulado, “dejen su fe en su casa” porque la
religión es ir por todo el mundo predicando el evangelio.
Reconozcamos la dimensión social que el anuncio de Cristo nos
ha dejado como misión fundamental, sin una cruzada, sin ser anti
nada, acogiendo a los que piensan diferente, pero no permitiendo que
se empobrezca a una sociedad mutilando los principios morales. No fabriquemos
teorías.
Hoy nuestra Madre Santa María, que la tenemos hoy en esa advocación
de Nuestra Señora de la Alegría, es esperanza nuestra,
es causa de nuestra alegría, “Madre Mía, ruega por nosotros”.
Quiero terminar agradeciendo a Dios que en estos dias de Semana Santa
ha pasado tan cerca de nosotros en todo el país, ha sido un canto
de amor a Dios unidos a la Cruz, unidos a la Eucaristía, y unidos
a esa solidaridad con los pobres, y enfermos.
Hemos contemplado multitudes que movidos por su fe han estado en plazas
y calles asistiendo a los oficios divinos. Qué bueno es nuestro
Dios que bendice a nuestra patria con esta fe. Agradezco a todos ya
que seguimos cerca, dentro de nuestra Iglesia Católica.
También un agradecimiento muy especial a los medios de Comunicación,
porque han sido portadores de esa fe del pueblo para que llegue a todos
los rincones del país”.
Realmente han sido días de paz, de reflexión, y sólo
me queda decirles: ¡Feliz Pascua de Resurrección, y que
Dios los bendiga!.
Así sea.