- Domingo, 19 de marzo de 2006 -

Trascripción de la Homilía del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani. Basílica Catedral de Lima.

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús, un saludo muy especial a las religiosas, creo que hoy nos acompañan en gran número viniendo a ganar la indulgencia por el Jubileo de Santo Toribio de Mogrovejo.

Un saludo especial también a los artesanos ya que si bien habitualmente cada 19 de marzo es la fiesta de San José, ésta -este año- se cambia al lunes por ser Domingo de Cuaresma y en la fiesta de San José celebramos el trabajo, centro de la vida del cristiano.

En la primera lectura del Éxodo, contemplamos un pasaje que cambia la historia de la humanidad: es la entrega de los 10 mandamientos que hace Dios a Moisés, el primer momento en que Dios, desde su divinidad, le dice al hombre de todos los tiempos cuál es el camino para ser libres, felices, para vivir de acuerdo a su dignidad de ser humano. Ya no es una clase de un sabio, sino más bien la Palabra de Dios que nos explica cuál es el mencionado camino.

Por eso pienso que la lectura y el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica, donde se recuerda con detalle cada uno de esos mandamientos y que es muy importante en el tiempo actual.

Tenemos que conocer cuál es la indicación de Dios dada desde el Antiguo Testamento; por eso el Decálogo, dice el Papa Benedicto XVI, es una consignación de la libertad. En efecto, si se miran con detenimiento los mandamientos nos damos cuenta que son el medio que el Señor nos da para defender nuestra libertad.

Piensen en ello cuando en el mundo actual se habla tanto de libertad y no la hay. Se habla tanto de verdad y transparencia, sin embargo, impera la mentira y la manipulación. Se habla tanto de amor al prójimo; sin embargo, la gente desposeída y enferma está abandonada por la sociedad. Se habla, se habla, se habla pero no se ponen en práctica los mandamientos.

Esta indicación de Dios nos quita la esclavitud. En primer lugar, el pecado dentro de nosotros es lo que nos esclaviza. No seamos ingenuos; por ejemplo, cuando uno roba es esclavo del pecado, del sétimo mandamiento; cuando una persona miente es esclava de su pecado, el octavo mandamiento. Pensemos que ese pecado es el primer dictador que tenemos todos dentro del alma.

Por lo tanto, no hay cambio posible de ningún tipo que no empiece en el interior nuestro, liberándonos de la esclavitud del pecado que nos lleva a hacer lo que maltrata a los demás para que reine nuestro egoísmo y soberbia. Eso sucede en todos, incluido yo.

Despertemos hermanos a esa ley natural que está en nuestros corazones, escuchemos la voz de nuestra conciencia. No esperemos que se den los cambios por ver un letrero en la calle o porque hay una nueva ley. Eso, evidentemente es importante, pero la primera que hay que cumplir es la que está en el corazón, en resumen, los Diez Mandamientos de la Ley de Dios.

Hay que estudiarlos, hay que enseñarles a los hijos, hay que exigir que se pongan en práctica en la vida pública. La primera tarea para ser libres es que ninguno sea esclavo de nuestras pasiones, pecados y debilidades.

Los Diez Mandamientos también nos llevan a defender la libertad de los abusos que, desde afuera y con mala intención, pretenden hacernos daño cuando se habla del aborto, la violencia, la falta de respeto a la vida del no-nacido, cuando se pretende dejar sin empleo a gran parte de la población, cuando hay un afán exagerado de riqueza y cuando hay un mesianismo que engañando pretende decir que todo en el Perú se resolverá.

No hermanos, también nos defienden los Mandamientos de “no mentir”, de “no codiciar los bienes”, de tener una vida más espiritual, de amar a nuestros padres e hijos, de respetar el cuerpo humano del hombre y la mujer, de que la vida en la sociedad sea en paz porque hay solidaridad. No pidamos paz cuando hay mucha injusticia, pues es muy difícil.

Todo esto, que puede parecer una imposición de Dios, es todo lo contrario; ya que Él ve revuelto el mundo y viene a decirnos que ésa es la fórmula para que el mundo viva en paz, trabaje, se comprenda. Éste decálogo es un testimonio de cuántos nos quiere.

Da pena cuando se escuchan discusiones y la dimensión moral –es decir, el bien, el mal, la verdad, el respeto, la justicia- no se escucha, más bien se escuchan revoluciones y fórmulas mágicas.

¿De dónde va a salir el cambio si uno no cambia? Nuestra propia conciencia es la que nos obligará a cambiar. ¿Quién nos enseña a hablar de Dios a alguien?, ¿Quién va a permitir que nuestras pasiones no se conviertan en violencia, en mentira?.

Por eso, el Decálogo es un regalo que nos dice cómo Dios nos quiere, incluso para ayudarnos. El Papa acaba de manifestar que los mandamientos: como “no matar”, “no fornicar”, “no mentir”, “no robar”, son al mismo tiempo un “sí” al crecimiento de una auténtica libertad: sí a la verdad, sí a la familia, sí a la vida, sí a la justicia, sí al amor al prójimo.

Ante todo esto, uno puede pensar que son sólo palabras. Como Dios daba cuenta de ello, nos envió a su único Hijo para decirnos que nos ama con obras y que vaya Jesús pero no para hablar, sino para dar ejemplo. Ese Dios hecho hombre no vino a quitar la ley, sino para hacer que se cumpla. Para firmar y decir que es verdad lo que ella dice, murió en la cruz. Firmó con su sangre.

¿Cómo anda nuestra fe católica en obras?, ¿Cómo la ponemos en práctica?, ¿Cómo exigimos nuestros derechos y cumplimos nuestros deberes?. No es pura palabra; por eso el misterio de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los paganos, pero para los que hemos sido llamados, es una fuerza de Dios.

Esa dolorosa y escandalosa muerte de Cristo se corona con la resurrección. Hace poco les decía que en este tiempo de Cuaresma cada día es un poco la Pasión, la Muerte y la Resurrección. No se detengan en ninguno de los tres momentos pero no quieran llegar a la alegría del tercer momento sino pasamos antes por los otros dos. Hay que luchar contra los pecados.

Honestamente, me da pena ver cómo en una campaña política se despierta el odio, la lucha de clases, se divide al país, se engaña a la gente, se estudia cómo lograr resultados basados en palabras y luego viene la frustración.

Cuánto tenemos que luchar en la pasión, es por ser humilde pero con obras. La violencia nunca es camino para nada, la mentira es descubierta tarde o temprano. Debemos vivir la muerte a esos pecados en la confesión con dolor.

En esta Cuaresma, debemos ‘lavar’ bien el alma, descargar la conciencia de tantos pecados y, entonces, surge una fuerza espiritual que nadie podrá quitárnosla: Alegría, apostolado, contagiar a otros. Muchas veces para ganar hay que perder, para vivir hay que morir, para mandar hay que servir. Son palabras de Santa Teresa de Jesús pero que deben ser aplicadas por todos.

Finalmente, hoy, recordando a San José, rendimos especial homenaje al mundo del trabajo. El Génesis nos dice desde el primer momento que el hombre fue creado para trabajar. La Prelatura del Opus Dei nos ha querido recordar a la humanidad desde 1928 que Dios nos ha creado para encontrarnos con Él en el mundo del trabajo a ejemplo de San José, su hijo Jesús y María, por lo que hay una espiritualidad en el trabajo.

A menudo vemos mucho dinero acumulado en pocos, pero eso no se arregla con violencia, lucha de clases ni enfrentando a ricos y pobres; eso se arregla promoviendo la educación de la solidaridad en la vida pública y privada, en la austeridad de los gobernantes, en la honradez del gasto, en la solidaridad empresarial.

En un día como hoy, el trabajo que en el mundo entero es el centro donde se producen cambios rápidos, los católicos, con la Doctrina Social de la Iglesia, tenemos que rechazar la lucha de clases y la división del país pero recibir el derecho de vivir dignamente, lo cual no se logra ni siquiera en cinco años.

La corrupción es una palabra muy elegante, se llama “robo”. Dejemos de tanta elegancia y digamos las cosas por su nombre. Dejemos de inventar un idioma para dormir la conciencia: cuando esa criatura concebida en el vientre de su madre fruto de un tratamiento médico; no lo llamemos aborto terapéutico o interrupción de un embarazo no deseado, sino muerte o y asesinato del débil.

Sino se habla con claridad, como Pastor de la Iglesia y al margen de las críticas que puedan hacer, espero que los medios de comunicación entiendan que hay un deber de recordar la enseñanza de la Iglesia, y más cuando hay dificultades, no coyunturas políticas. Hay un mundo entero en que la cultura de la muerte, de la mentira se extiende como una ola oscura quitando alegría y sembrando en la juventud esa falta de entusiasmo. No hay derecho.

Por eso, para poder realizarnos como personas, familia y sociedad, hay que organizar el trabajo respetando la dignidad humana. El trabajo tampoco se puede convertir en un “dios” ya que es un medio para sostener la familia o perfeccionarnos.

Todo esto nos lleva a recordar esa crisis de empleo, que es una crisis moral. Me gustaría escuchar más este tema en ese debate que nadie quiere, quieren que votemos con los ojos vendados por el entusiasmo pasajero que dura 48 horas. No escucho una palabra de moralidad sobre la familia, los hijos, el respeto, la educación, la vida, el principio subsidiario, la solidaridad del empresariado.

No hagamos palabritas fáciles para engañar a la gente. Que despierte con libertad a elegir a sus gobernantes pero no llevado por la emoción entusiasta de un momento, sino por la reflexión de una conciencia que busca lo mejor para la persona humana, para los hijos, lo mejor para el Perú. A esto la Iglesia lo llama el bien común.

Porque amo a nuestra patria, les hablo de esta manera como Pastor de la Iglesia Católica.

Así sea.

 

 
 

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