Trascripción de la Homilía
del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani. Basílica Catedral
de Lima.
Muy queridos hermanos en Cristo Jesús, un saludo muy especial
a las religiosas, creo que hoy nos acompañan en gran número
viniendo a ganar la indulgencia por el Jubileo de Santo Toribio de Mogrovejo.
Un saludo especial también a los artesanos ya que si bien habitualmente
cada 19 de marzo es la fiesta de San José, ésta -este
año- se cambia al lunes por ser Domingo de Cuaresma y en la fiesta
de San José celebramos el trabajo, centro de la vida del cristiano.
En la primera lectura del Éxodo, contemplamos un pasaje que
cambia la historia de la humanidad: es la entrega de los 10 mandamientos
que hace Dios a Moisés, el primer momento en que Dios, desde
su divinidad, le dice al hombre de todos los tiempos cuál es
el camino para ser libres, felices, para vivir de acuerdo a su dignidad
de ser humano. Ya no es una clase de un sabio, sino más bien
la Palabra de Dios que nos explica cuál es el mencionado camino.
Por eso pienso que la lectura y el estudio del Catecismo de la Iglesia
Católica, donde se recuerda con detalle cada uno de esos mandamientos
y que es muy importante en el tiempo actual.
Tenemos que conocer cuál es la indicación de Dios dada
desde el Antiguo Testamento; por eso el Decálogo, dice el Papa
Benedicto XVI, es una consignación de la libertad. En efecto,
si se miran con detenimiento los mandamientos nos damos cuenta que son
el medio que el Señor nos da para defender nuestra libertad.
Piensen en ello cuando en el mundo actual se habla tanto de libertad
y no la hay. Se habla tanto de verdad y transparencia, sin embargo,
impera la mentira y la manipulación. Se habla tanto de amor al
prójimo; sin embargo, la gente desposeída y enferma está
abandonada por la sociedad. Se habla, se habla, se habla pero no se
ponen en práctica los mandamientos.
Esta indicación de Dios nos quita la esclavitud. En primer lugar,
el pecado dentro de nosotros es lo que nos esclaviza. No seamos ingenuos;
por ejemplo, cuando uno roba es esclavo del pecado, del sétimo
mandamiento; cuando una persona miente es esclava de su pecado, el octavo
mandamiento. Pensemos que ese pecado es el primer dictador que tenemos
todos dentro del alma.
Por lo tanto, no hay cambio posible de ningún tipo que no empiece
en el interior nuestro, liberándonos de la esclavitud del pecado
que nos lleva a hacer lo que maltrata a los demás para que reine
nuestro egoísmo y soberbia. Eso sucede en todos, incluido yo.
Despertemos hermanos a esa ley natural que está en nuestros
corazones, escuchemos la voz de nuestra conciencia. No esperemos que
se den los cambios por ver un letrero en la calle o porque hay una nueva
ley. Eso, evidentemente es importante, pero la primera que hay que cumplir
es la que está en el corazón, en resumen, los Diez Mandamientos
de la Ley de Dios.
Hay que estudiarlos, hay que enseñarles a los hijos, hay que
exigir que se pongan en práctica en la vida pública. La
primera tarea para ser libres es que ninguno sea esclavo de nuestras
pasiones, pecados y debilidades.
Los Diez Mandamientos también nos llevan a defender la libertad
de los abusos que, desde afuera y con mala intención, pretenden
hacernos daño cuando se habla del aborto, la violencia, la falta
de respeto a la vida del no-nacido, cuando se pretende dejar sin empleo
a gran parte de la población, cuando hay un afán exagerado
de riqueza y cuando hay un mesianismo que engañando pretende
decir que todo en el Perú se resolverá.
No hermanos, también nos defienden los Mandamientos de “no mentir”,
de “no codiciar los bienes”, de tener una vida más espiritual,
de amar a nuestros padres e hijos, de respetar el cuerpo humano del
hombre y la mujer, de que la vida en la sociedad sea en paz porque hay
solidaridad. No pidamos paz cuando hay mucha injusticia, pues es muy
difícil.
Todo esto, que puede parecer una imposición de Dios, es todo
lo contrario; ya que Él ve revuelto el mundo y viene a decirnos
que ésa es la fórmula para que el mundo viva en paz, trabaje,
se comprenda. Éste decálogo es un testimonio de cuántos
nos quiere.
Da pena cuando se escuchan discusiones y la dimensión moral
–es decir, el bien, el mal, la verdad, el respeto, la justicia- no se
escucha, más bien se escuchan revoluciones y fórmulas
mágicas.
¿De dónde va a salir el cambio si uno no cambia? Nuestra
propia conciencia es la que nos obligará a cambiar. ¿Quién
nos enseña a hablar de Dios a alguien?, ¿Quién
va a permitir que nuestras pasiones no se conviertan en violencia, en
mentira?.
Por eso, el Decálogo es un regalo que nos dice cómo Dios
nos quiere, incluso para ayudarnos. El Papa acaba de manifestar que
los mandamientos: como “no matar”, “no fornicar”, “no mentir”, “no robar”,
son al mismo tiempo un “sí” al crecimiento de una auténtica
libertad: sí a la verdad, sí a la familia, sí a
la vida, sí a la justicia, sí al amor al prójimo.
Ante todo esto, uno puede pensar que son sólo palabras. Como
Dios daba cuenta de ello, nos envió a su único Hijo para
decirnos que nos ama con obras y que vaya Jesús pero no para
hablar, sino para dar ejemplo. Ese Dios hecho hombre no vino a quitar
la ley, sino para hacer que se cumpla. Para firmar y decir que es verdad
lo que ella dice, murió en la cruz. Firmó con su sangre.
¿Cómo anda nuestra fe católica en obras?, ¿Cómo
la ponemos en práctica?, ¿Cómo exigimos nuestros
derechos y cumplimos nuestros deberes?. No es pura palabra; por eso
el misterio de la cruz es escándalo para los judíos, necedad
para los paganos, pero para los que hemos sido llamados, es una fuerza
de Dios.
Esa dolorosa y escandalosa muerte de Cristo se corona con la resurrección.
Hace poco les decía que en este tiempo de Cuaresma cada día
es un poco la Pasión, la Muerte y la Resurrección. No
se detengan en ninguno de los tres momentos pero no quieran llegar a
la alegría del tercer momento sino pasamos antes por los otros
dos. Hay que luchar contra los pecados.
Honestamente, me da pena ver cómo en una campaña política
se despierta el odio, la lucha de clases, se divide al país,
se engaña a la gente, se estudia cómo lograr resultados
basados en palabras y luego viene la frustración.
Cuánto tenemos que luchar en la pasión, es por ser humilde
pero con obras. La violencia nunca es camino para nada, la mentira es
descubierta tarde o temprano. Debemos vivir la muerte a esos pecados
en la confesión con dolor.
En esta Cuaresma, debemos ‘lavar’ bien el alma, descargar la conciencia
de tantos pecados y, entonces, surge una fuerza espiritual que nadie
podrá quitárnosla: Alegría, apostolado, contagiar
a otros. Muchas veces para ganar hay que perder, para vivir hay que
morir, para mandar hay que servir. Son palabras de Santa Teresa de Jesús
pero que deben ser aplicadas por todos.
Finalmente, hoy, recordando a San José, rendimos especial homenaje
al mundo del trabajo. El Génesis nos dice desde el primer momento
que el hombre fue creado para trabajar. La Prelatura del Opus Dei nos
ha querido recordar a la humanidad desde 1928 que Dios nos ha creado
para encontrarnos con Él en el mundo del trabajo a ejemplo de
San José, su hijo Jesús y María, por lo que hay
una espiritualidad en el trabajo.
A menudo vemos mucho dinero acumulado en pocos, pero eso no se arregla
con violencia, lucha de clases ni enfrentando a ricos y pobres; eso
se arregla promoviendo la educación de la solidaridad en la vida
pública y privada, en la austeridad de los gobernantes, en la
honradez del gasto, en la solidaridad empresarial.
En un día como hoy, el trabajo que en el mundo entero es el
centro donde se producen cambios rápidos, los católicos,
con la Doctrina Social de la Iglesia, tenemos que rechazar la lucha
de clases y la división del país pero recibir el derecho
de vivir dignamente, lo cual no se logra ni siquiera en cinco años.
La corrupción es una palabra muy elegante, se llama “robo”.
Dejemos de tanta elegancia y digamos las cosas por su nombre. Dejemos
de inventar un idioma para dormir la conciencia: cuando esa criatura
concebida en el vientre de su madre fruto de un tratamiento médico;
no lo llamemos aborto terapéutico o interrupción de un
embarazo no deseado, sino muerte o y asesinato del débil.
Sino se habla con claridad, como Pastor de la Iglesia y al margen de
las críticas que puedan hacer, espero que los medios de comunicación
entiendan que hay un deber de recordar la enseñanza de la Iglesia,
y más cuando hay dificultades, no coyunturas políticas.
Hay un mundo entero en que la cultura de la muerte, de la mentira se
extiende como una ola oscura quitando alegría y sembrando en
la juventud esa falta de entusiasmo. No hay derecho.
Por eso, para poder realizarnos como personas, familia y sociedad,
hay que organizar el trabajo respetando la dignidad humana. El trabajo
tampoco se puede convertir en un “dios” ya que es un medio para sostener
la familia o perfeccionarnos.
Todo esto nos lleva a recordar esa crisis de empleo, que es una crisis
moral. Me gustaría escuchar más este tema en ese debate
que nadie quiere, quieren que votemos con los ojos vendados por el entusiasmo
pasajero que dura 48 horas. No escucho una palabra de moralidad sobre
la familia, los hijos, el respeto, la educación, la vida, el
principio subsidiario, la solidaridad del empresariado.
No hagamos palabritas fáciles para engañar a la gente.
Que despierte con libertad a elegir a sus gobernantes pero no llevado
por la emoción entusiasta de un momento, sino por la reflexión
de una conciencia que busca lo mejor para la persona humana, para los
hijos, lo mejor para el Perú. A esto la Iglesia lo llama el bien
común.
Porque amo a nuestra patria, les hablo de esta manera como Pastor de
la Iglesia Católica.
Así sea.