Miembros del Cuerpo Diplomático, miembros de las Comunidades que hoy nos acompañan en esta jornada de oración por la paz, queridos hermanos todos en Cristo:
Hace ya muchos años el Siervo de Dios Juan Pablo II, un hombre que durante más de 25 años representó un aire nuevo con su palabra, su ejemplo; fue una esperanza, una nueva luz. Y de manera realmente profética, adelantándose a los tiempos, dijo estas sencillas palabras: “El Hombre vale por lo que es, no por lo que tiene”. El ser humano es mucho más importante que el tener.
Ese pensamiento tan profundo nos lleva a conclusiones que el día de hoy son especialmente oportunas. En primer lugar, nos dice que la persona humana no se puede limitar al ámbito material, el ser humano no es un productor y consumidor; ¡es más! y tampoco es un espíritu puro que se refugia en sus místicas y pensamientos al margen de la vida.
¡No!. El ser humano es una persona, hecha a imagen y semejanza de Dios, unido a Cristo, por eso elevado a la condición de hijo de Dios, que de una manera armónica se une y resplandece el ser, cuerpo y alma; materia y espíritu. Todo lo que sea separarlo, es maltratarlo, es desfigurarlo. Y una sociedad como la actual, que se dedica exclusivamente al desarrollo del tener y deja de lado,-despreciando el ser-: el amor, la solidaridad, el perdón, la justicia, la familia, el matrimonio, la educación.
Cuando el ser se desprecia y se deja de lado en los planteamientos de gobierno, de trabajo, de desarrollo, de globalización y se privilegia, de manera desproporcionada, simplemente el consumo, el mercado y el tener, nos encontramos con estos problemas.
Empieza a ser el poder, la única arma de diálogo, el más poderoso se impone al más débil. No es un planteamiento ni filosófico ni ideológico, ni religioso, es un hecho anterior a la venida de Cristo. Es el diseño de Dios Creador para los hombres y mujeres. Pero en estas épocas, hace algunas décadas, ya que no es hoy ni ayer, hace tiempo largo se va acentuando el materialismo, no de orden político o filosófico, sino de orden pragmático, ya es la idolatría del tener: “vales por lo que tienes”. Y entonces se producen enormes injusticias.
Por eso hermanos, debemos reflexionar, darnos cuenta que el progreso material siempre es hacia adelante. Nadie rescata nada del año 40. Sin embargo, la pregunta es: ¿Este progreso material es un progreso para la humanidad?. Muchas veces diremos: ¡No!. La familia está mucho peor que hace 50 años.
Yo doy gracias a mis padres, por el hogar en que nací, por la educación que me brindaron, que hoy la juventud no tiene. Por eso, el progreso material al que se le rinde culto en el mundo de consumo en el que estamos, hay que pasarlo por este examen: ¿esto hace mejor a la persona?, ¿hace mejor a la familia?, ¿hace mejor a los hijos, a los padres, a los abuelos?, ¿crea un clima de mayor entendimiento en la sociedad?, ¿genera un desarrollo de lo que es fundamental en la persona: su libertad, su formación espiritual?. O solamente nos vamos a fijar en los números cuantitativos de lo que se consume, de lo que se vende, y de lo que se gana o pierde.
Si no vamos a ese nivel de fondo, lo demás serán situaciones: hoy unas, mañana otras. ¿Por qué?, porque la humanidad estará reduciendo la grandeza de la persona humana, el derecho de afirmarse en su religión, en su familia, en su territorio, en sus creencias; estará renunciando –simplemente- frente a la lógica del poder, de la fuerza, de la economía.
Y veremos miles de problemas de todo tipo, porque el punto de partida está maltratando lo que es la persona humana. Por eso, hoy que estamos en esta jornada de oración imploramos de Dios esa enseñanza, que va mucho más allá de un problema político, económico, religioso. Va al fondo de lo qué es la persona, quién es el hombre, quién es la mujer, qué es la sociedad, cuál es la razón de ser de la organización humana, qué busca.
Hay época como esta, en que se oscurecen los principios más fundamentales y surge la tentación de la violencia, de la desesperación y de la destrucción mutua. Hay motivos para que surja, porque uno no ve un camino de esperanza abierto al futuro. Pues en estos momentos, la Iglesia, al igual que nos dice el Evangelio, que cuando Jesús se retira a descansar con los apóstoles vio una multitud y le dio lástima porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma.
Hoy imploramos de Dios que mire con misericordia a todos sus hijos, que ilumine las mentes de quienes tienen responsabilidades inmediatas, que tengan el coraje de pasar por encima de dificultades que siempre hay y habrá, y siempre han sido acompañadas en la sociedad. Pero espíritus fuertes, espíritus valientes, espíritus honestos, han sabido como Cristo, enseñar con calma, iluminar la oscuridad de esta noche.
Por eso, que importante es la educación moral, el saber que los actos humanos tienen una connotación moral: son buenos y malos. Hay que decirlo. No hay justificación para violencia, para destrucción, para matanzas, para privar de sus derechos a las personas.
Y lo dice la enseñanza moral, la ley elemental que todo hombre tiene en su corazón: “haz el bien, evita el mal”. Y eso tenemos que enseñarlo a nuestra juventud con el ejemplo y con la palabra.
Mientras no se revise ese principio equivocado de que el “tener” es el éxito y el “ser” estorba, mientras no se cambie y se vuelva a recuperar la armonía, el ser de tu libertad, de tu religión, de tu educación, de tu familia, de la libre determinación de los pueblos; el ser del diálogo, el ser que busca la paz, el ser que sabe distinguir el bien del mal, que procura ayudar al débil, mientras ese ser no se ponga nuevamente en primer lugar, estaremos asistiendo a un materialismo pragmático, mucho más agresivo que el materialismo filosófico o político.
Porque ya no se detiene siquiera a analizar las causas sino que directamente va al consumo y a la producción: mide a los hombres por el dinero. Y es bueno recordar que la última criatura, en el último rincón, en la situación más débil que puedas imaginar, vale tanto o más que aquel otro que se piensa poderoso por su fuerza, por su éxito, o por la repercusión que el mundo le consiente. Son iguales.
Y esa igualdad radical de la dignidad humana, no se logra a base de violencia, es una gran tarea, una gran cruzada de solidaridad, de educación, de rescatar ese sentido religioso que todo hombre tiene en el fondo de su alma.
Por eso hermanos, tenemos que preguntarnos siempre: Este mundo en que vivimos, este ambiente en el que yo estoy, esta familia, esta educación, esta escuela, este colegio, esta actividad que yo desarrollo, ¿me hace más persona?, ¿me mejora esta ley?, o simplemente es el número.
El ídolo del dinero está destrozando el mundo contemporáneo. Pongamos las cosas en su sitio. Es necesario para el desarrollo humano, el poder tener una vivienda, una educación, salud, la comida. Pero no llevemos al extremo una idea que oscurece al mundo de hoy: El tener es mejor que el ser. ¡No!. El ser está encima del tener.
No dejemos que estas ideas que son de fondo se queden como teorías. Esa idea ilumina el camino de la paz, de la solidaridad, de la globalización, del respeto de los pueblos, de las diferencias culturales. Las guerras no empiezan cuando se disparan las armas, las guerras se inician en los escritorios de quienes tienen pensamientos equivocados en relación a quién es la persona humana, qué es la sociedad, qué es la libertad. Temas que parecen ajenos pero que están íntimamente ligados al presente y al futuro de la humanidad.
En la segunda lectura, San Pablo decía a los Efesios: “Ahora estáis en Cristo Jesús, por la Sangre de Cristo está cerca lo que antes estaba lejos, Él es nuestra paz, Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba, el odio”. Ahí tenemos el núcleo de lo que está generando en este mundo de hoy tanta violencia.
Ese desconocimiento de que somos hermanos en Cristo, de que somos hijos de un Padre común, y que la paz que es la tranquilidad en el orden, pero si en ese orden el tener está por encima del ser, jamás habrá tranquilidad.
Yo le pido a la Virgen María, Reina de la Paz, que acompañe a esas poblaciones, a esos niños, a esos jóvenes, a esas familias, a esos ancianos, que hoy están viviendo una profunda tribulación, llena de sufrimiento. Le pedimos a Ella: “alcánzanos de Cristo Hijo, Príncipe de la Paz, alcánzanos de modo inmediato, ese cese de fuego. ¡No puede haber estrategias que justifiquen la muerte!”.
El cese de fuego que pide el Santo Padre es inmediato, y -al mismo tiempo- la movilización de esta jornada de oración, porque creemos en nuestro Dios, para que tenga misericordia, nos ilumine, y nos lleve a ese cambio profundo que la humanidad está deseando.
Pedimos de manera especial también por nuestra patria, en vísperas ya de este cambio de gobierno, para que comprendamos el poder del servicio. El poder es ayudar a los demás, servir a los demás, escuchar a los demás, evidentemente, también supone orden, disciplina. No podemos gobernar todos un país, pero quien es delegado por el sistema democrático en todos los niveles debe entender que se delega en él, el servicio. Servicio al bien común.
De esta manera, veremos también el futuro de nuestra patria con más esperanza. Que Dios nos ayude, nos acompañe en estas jornadas. Son realmente jornadas oscuras para el mundo, no nos acostumbremos hermanos a ver la violencia, la guerra y la muerte.
Cada uno desde su lugar, con la oración, imploremos de Dios que haya toda una movilización para que cambiemos un poco nuestra mirada. Tenemos el coraje, la valentía de saber acudir a esa fuerza superior que tenemos todos los hijos de Dios: la inteligencia, la voluntad, el saber perdonar, el trabajo, el amor, la reconciliación, la solidaridad.
Ningún cambio serio se inicia si no comienza en el interior del corazón humano, ahí le pedimos a Dios que nos ayude para saber realmente, como hacía Jesús, descansar reflexionando más, hay que pensar más, y de ese pensamiento surge la acción.
De manera especial, me dirijo a los señores embajadores que nos acompañan y a todos los que han venido para elevar la plegaria a Dios Todopoderoso por la Paz en el Medio Oriente.
Así sea.