- Domingo, 24 de diciembre de 2006 -

HOMILÍA DEL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI EN LA MISA DE NOCHEBUENA

Catedral de Lima

Domingo , 24 de diciembre de 2006

Señor Nuncio Apostólico, Rino Passigato; queridos hermanos sacerdotes concelebrantes; queridos diáconos; seminaristas; señor Ministro de Salud, Dr. Carlos Vallejos y queridos hermanos todos en Cristo:

La primera lectura de Isaías nos habla de ese pueblo que caminaba en tinieblas y vio una gran luz. Hoy brilla la luz sobre nosotros porque ha nacido el Señor. Ese es el gran anuncio que hoy conmueve a los cristianos y que a través de ellos se dirige a la humanidad entera: ¡Dios está aquí!.

Con mucha alegría, hemos contemplado como nuestro pueblo con una profunda raíz cristiana ha manifestado en estas semanas de adviento su fe, su esperanza en el nacimiento de Jesús. La esperanza, virtud cristiana que Jesús nos trae hoy.

Con verdadero gozo, como Pastor de esta Arquidiócesis contemplo como cada año crece más en nuestro pueblo ese hambre de espiritualidad y ese deseo de entablar una amistad con Jesús, de acercarse a Él para rezarle, para amarlo.

Ese acto maravilloso de adoración en el cual salimos de nosotros mismos para entrar en la vida de Jesús. Esa corriente de aire nuevo y puro que va de un lado a otro de nuestra patria y del mundo entero, un aire que quiere que Jesús reine, que Jesús esté con nosotros.

Por eso, la humanidad que caminaba en tinieblas mira con cariño a ese Niño que nace. Cómo no darle gracias por esta verdad tan grande que debe llenar nuestras vidas. Cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma.

San Pablo, en la segunda lectura nos dice: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres”. La omnipotencia divina, el creador del mundo, el autor de la vida, la sabiduría más grande, la bondad infinita, Dios ha querido venir a habitar, ser uno más de nosotros. Ha querido ese esplendor de Dios a través de lo humano, se ha hecho hombre. Ya nada de lo que nos preocupa, nada de lo que nos atrae –salvo el pecado- todo es motivo de encuentro con Jesús.

Hoy, la Iglesia celebra con gozo, no con triunfalismo, sino con el triunfo de Dios que se hace hombre y que desde la cátedra de ese pesebre es Doctor; ese Niño me enseña a vivir, a amar, a perdonar, a ayudar a los demás; me enseña especialmente a cuidar a los niños, a los enfermos, a los ancianos, a los que están solos, a los atribulados.

Ese doctor, ese Niño –en algunos lugares- se le conoce como “el doctorcito”, no solo porque cura todas nuestras enfermedades, sino porque siendo Dios nos enseña en la humildad, se hace pequeño, pobre y sencillo.

Por eso, nuestra respuesta siempre nueva, con la novedad del amor, está llena de asombro. Jesús, que nunca nos acostumbremos a tu proximidad, que siempre haya ese asombro que brota de lo más profundo de cada uno, que siempre haya esa profunda gratitud. Y para ello, Jesús nos da una lección: procuremos revestirnos de humildad, esa humildad que no exige, que perdona, que siempre defiende la verdad, que es paciente, alegre, entusiasta; una humildad que fascina, que despierta en los demás la fraternidad; una humildad que nos recuerda que somos hermanos, que deja atrás el pesimismo; porque con la venida de Jesús todo tiene arreglo: ha venido a salvarnos.

Nos dice san Pablo que Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad, para que nos dediquemos a las buenas obras. ¡Jesús, a veces sin darnos cuenta no tenemos lugar para ti, ya que nos falta tiempo!. ¡Tantas veces decimos que te queremos y nos falta amor con obras!.

La Iglesia nos llama en esta fiesta de navidad, a una gran cruzada de espiritualidad: rezar, adorar, amar con ese amor que viene de Dios, -que no es un amor horizontal- y vuelve a Dios, que nos pone de rodillas y nos lleva a contemplar con humildad la grandeza de nuestro Dios y que siempre nos dice:

¡Despierta de esa mala noche que tanto pesimismo intenta sembrar en el alma!. ¡Despierta, que Jesús viene al mundo para salvarte!. No le pongamos a Jesús tareas sociológicas, Jesús viene a salvarte del pecado, viene a consolar tu corazón, viene a llenarte de gozo. Viene a despertar al hombre para que deje el abuso, el egoísmo, la mentira, la violencia. Viene para sembrar paz.

Por eso, el ángel se nos acerca igual que a esos pastores y nos dice: “No teman, les traigo una buena noticia; no teman, Jesús es bueno”. La Iglesia como buena Madre abre sus brazos, perdona; te mima, te acompaña. Nuestra religión y nuestra Iglesia está llena de gozo, presentemos nuestra fe con la sencillez del pesebre. “No temas, te traigo una buena noticia, hoy, en la ciudad de David ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor; y aquí tienes la señal, encontrarás un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Hermanos, este mundo está tan lleno de materialismo. La riqueza no es mala, pero hay que compartirla, lo que es malo es el egoísmo de pobres y ricos. No dejemos que ese ídolo del éxito, del dinero que se mete en el mundo del consumo, apague la llama del espíritu.

Jesús nos quiere en esa sonrisa, en esa palabra tan sencilla: te amo; en esa palabra que a veces cuesta tanto decir: perdón.

¡Qué grande es nuestro Jesús!. ¡Qué sencilla es nuestra fe!. ¡Qué estupenda la religión que nos enseña a ser hermanos!. Pues todo esto termina cuando aquellos ángeles alaban a Dios diciendo: ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!. Qué importante entenderlo todo. La primera tarea de la criatura con el Creador es de alabanza, de adoración; y del hijo con su Padre, -de nosotros hijos de Dios en Cristo- es de amor y de adoración.

Cuando el hombre deja de adorar, también deja de haber paz en la tierra. Por eso hoy te deseo una Feliz Navidad adorando a este Niño con humildad, con alegría; y al mismo tiempo, deseo esa paz a los hombres que ama el Señor.

Madre mía, que hoy estás especialmente alegre contemplando a tu Hijo, te acompañamos en esta noche maravillosa unidos a José. ¡Que la familia de Nazareth bendiga y proteja a la familia peruana!.

Que así sea.

 
 

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