Señor Nuncio Apostólico, Rino Passigato; queridos hermanos
sacerdotes concelebrantes; queridos diáconos; seminaristas; señor
Ministro de Salud, Dr. Carlos Vallejos y queridos hermanos todos en
Cristo:
La primera lectura de Isaías nos habla de ese pueblo que caminaba
en tinieblas y vio una gran luz. Hoy brilla la luz sobre nosotros porque
ha nacido el Señor. Ese es el gran anuncio que hoy conmueve a
los cristianos y que a través de ellos se dirige a la humanidad
entera: ¡Dios está aquí!.
Con mucha alegría, hemos contemplado como nuestro pueblo con
una profunda raíz cristiana ha manifestado en estas semanas de
adviento su fe, su esperanza en el nacimiento de Jesús. La esperanza,
virtud cristiana que Jesús nos trae hoy.
Con verdadero gozo, como Pastor de esta Arquidiócesis contemplo
como cada año crece más en nuestro pueblo ese hambre de
espiritualidad y ese deseo de entablar una amistad con Jesús,
de acercarse a Él para rezarle, para amarlo.
Ese acto maravilloso de adoración en el cual salimos de nosotros
mismos para entrar en la vida de Jesús. Esa corriente de aire
nuevo y puro que va de un lado a otro de nuestra patria y del mundo
entero, un aire que quiere que Jesús reine, que Jesús
esté con nosotros.
Por eso, la humanidad que caminaba en tinieblas mira con cariño
a ese Niño que nace. Cómo no darle gracias por esta verdad
tan grande que debe llenar nuestras vidas. Cada navidad ha de ser para
nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y
su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma.
San Pablo, en la segunda lectura nos dice: “Ha aparecido la gracia
de Dios que trae la salvación a todos los hombres”. La omnipotencia
divina, el creador del mundo, el autor de la vida, la sabiduría
más grande, la bondad infinita, Dios ha querido venir a habitar,
ser uno más de nosotros. Ha querido ese esplendor de Dios a través
de lo humano, se ha hecho hombre. Ya nada de lo que nos preocupa, nada
de lo que nos atrae –salvo el pecado- todo es motivo de encuentro con
Jesús.
Hoy, la Iglesia celebra con gozo, no con triunfalismo, sino con el
triunfo de Dios que se hace hombre y que desde la cátedra de
ese pesebre es Doctor; ese Niño me enseña a vivir, a amar,
a perdonar, a ayudar a los demás; me enseña especialmente
a cuidar a los niños, a los enfermos, a los ancianos, a los que
están solos, a los atribulados.
Ese doctor, ese Niño –en algunos lugares- se le conoce como
“el doctorcito”, no solo porque cura todas nuestras enfermedades, sino
porque siendo Dios nos enseña en la humildad, se hace pequeño,
pobre y sencillo.
Por eso, nuestra respuesta siempre nueva, con la novedad del amor,
está llena de asombro. Jesús, que nunca nos acostumbremos
a tu proximidad, que siempre haya ese asombro que brota de lo más
profundo de cada uno, que siempre haya esa profunda gratitud. Y para
ello, Jesús nos da una lección: procuremos revestirnos
de humildad, esa humildad que no exige, que perdona, que siempre defiende
la verdad, que es paciente, alegre, entusiasta; una humildad que fascina,
que despierta en los demás la fraternidad; una humildad que nos
recuerda que somos hermanos, que deja atrás el pesimismo; porque
con la venida de Jesús todo tiene arreglo: ha venido a salvarnos.
Nos dice san Pablo que Él se entregó por nosotros para
rescatarnos de toda maldad, para que nos dediquemos a las buenas obras.
¡Jesús, a veces sin darnos cuenta no tenemos lugar para
ti, ya que nos falta tiempo!. ¡Tantas veces decimos que te queremos
y nos falta amor con obras!.
La Iglesia nos llama en esta fiesta de navidad, a una gran cruzada
de espiritualidad: rezar, adorar, amar con ese amor que viene de Dios,
-que no es un amor horizontal- y vuelve a Dios, que nos pone de rodillas
y nos lleva a contemplar con humildad la grandeza de nuestro Dios y
que siempre nos dice:
¡Despierta de esa mala noche que tanto pesimismo intenta sembrar
en el alma!. ¡Despierta, que Jesús viene al mundo para
salvarte!. No le pongamos a Jesús tareas sociológicas,
Jesús viene a salvarte del pecado, viene a consolar tu corazón,
viene a llenarte de gozo. Viene a despertar al hombre para que deje
el abuso, el egoísmo, la mentira, la violencia. Viene para sembrar
paz.
Por eso, el ángel se nos acerca igual que a esos pastores y
nos dice: “No teman, les traigo una buena noticia; no teman, Jesús
es bueno”. La Iglesia como buena Madre abre sus brazos, perdona; te
mima, te acompaña. Nuestra religión y nuestra Iglesia
está llena de gozo, presentemos nuestra fe con la sencillez del
pesebre. “No temas, te traigo una buena noticia, hoy, en la ciudad de
David ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor; y aquí
tienes la señal, encontrarás un niño envuelto en
pañales y acostado en un pesebre”.
Hermanos, este mundo está tan lleno de materialismo. La riqueza
no es mala, pero hay que compartirla, lo que es malo es el egoísmo
de pobres y ricos. No dejemos que ese ídolo del éxito,
del dinero que se mete en el mundo del consumo, apague la llama del
espíritu.
Jesús nos quiere en esa sonrisa, en esa palabra tan sencilla:
te amo; en esa palabra que a veces cuesta tanto decir: perdón.
¡Qué grande es nuestro Jesús!. ¡Qué
sencilla es nuestra fe!. ¡Qué estupenda la religión
que nos enseña a ser hermanos!. Pues todo esto termina cuando
aquellos ángeles alaban a Dios diciendo: ¡Gloria a Dios
en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!.
Qué importante entenderlo todo. La primera tarea de la criatura
con el Creador es de alabanza, de adoración; y del hijo con su
Padre, -de nosotros hijos de Dios en Cristo- es de amor y de adoración.
Cuando el hombre deja de adorar, también deja de haber paz en
la tierra. Por eso hoy te deseo una Feliz Navidad adorando a este Niño
con humildad, con alegría; y al mismo tiempo, deseo esa paz a
los hombres que ama el Señor.
Madre mía, que hoy estás especialmente alegre contemplando
a tu Hijo, te acompañamos en esta noche maravillosa unidos a
José. ¡Que la familia de Nazareth bendiga y proteja a la
familia peruana!.
Que así sea.