Mi querido Padre Fernando, párroco de esta Iglesia, sacerdotes
colaboradores, hermanos todos en Cristo:
Hoy vengo con mucha alegría a celebrar esta Misa dominical,
primero para que conozcan al Pastor, y después de algunas ideas
originales que ya están y otras que surjan podamos conocernos.
Y así cada uno sabrá como es su carácter, su manera
de ser, cómo predica, de esa manera las teorías quedaran
un poco de lado.
Esta Iglesia ha ocupado mucha ilusión y mucho tiempo de mi oración,
y veo con gozo que después de unos meses de estar el Padre Fernando
al frente de ella, la Parroquia está brindando un servicio estupendo,
en las Misas, en las confesiones, en la atención a la gente.
En el Evangelio de San Marcos, vemos que un día al atardecer,
Jesús está en una barca para ir al otro lado del lago
y predicar también a la gente que allí se encuentra; y
en esa travesía del lago, surge una gran tempestad, parece que
la embarcación se va a hundir.
Muchas veces la Iglesia ha interpretado esta figura como que hay épocas,
generaciones en las que el viento y la tempestad de la cultura imperante
hace que la fe se transmita débilmente; y otras en que la cultura
y las costumbres, permiten que la fe se transmita fuertemente.
Yo no debería decir que estamos en la primera, una época
en que muchas costumbres, y muchas maneras de pensar hacen que la fe
se transmita débilmente, ¡y es una responsabilidad nuestra!
Yo puedo decirlo con toda franqueza, creo que la generación de
mis padres recibió una fe más pacífica, y la brindó
lo mejor que pudo.
En cambio, parece que hoy el modo de vida, las costumbres de la sociedad,
hacen que la fe encuentre tempestad, encuentre dificultades, juventud
que se pregunta: Y, ¿por qué no puedo hacer esto?, Y,
¿qué tiene de malo lo otro? y, ¿por qué
la Iglesia dice esto? y, ¿por qué los sacerdotes dicen
lo otro?. ¡Nos ha tocado esa época!.
Esto que nos dice el Evangelio: “Se levantó un fuerte huracán
y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua”.
No soy nada pesimista, pero, es una buena imagen de la Iglesia. Que
se vea entre esas olas, es una buena imagen de la familia. Que se vea
entre esas teorías y tendencias y resulta difícil a los
papás, poder transmitir pacíficamente la fe a sus hijos.
Es una buena imagen del colegio, de la escuela, en las que permanentemente
uno se encuentra con esa respuesta.
La respuesta fácil no nos tranquiliza. La respuesta fácil
sería: ‘esperen un tiempo y ya verán’. No parece que sea
la mejor alternativa. Pero, vamos viendo señales de algunos aspectos
de la familia, de algunos aspectos de la sociedad, que no van conforme
a lo que Dios quiere de nosotros; pero no le echemos la culpa a la fe.
Hagamos las siguientes preguntas: ¿Cómo estoy yo recibiendo
la fe?, ¿Cómo estoy yo transmitiendo la fe?.
Es un desafío, y te lo digo como Pastor de la Arquidiócesis,
¡que difícil resulta mostrar esa verdad, mostrarla alegremente,
positivamente, sin encontrar ese rechazo agresivo!. Te invitan a que
guardes la fe para la sacristía; o, quien tiene esa fe tal vez
recibe un comentario no muy agradable de su amigo, de su compañero
de trabajo, o de su propio hijo.
Pero todo eso nos tiene que llevar a plantearnos la pregunta ¿Qué
debemos hacer hoy, para que esa fe sea bien recibida, para que esa generación
crezca, para que vuelva iluminar el barco, la vida, la cultura, la vida
diaria, la política, las leyes? Esa paz y esa bondad que viene
de Dios.
Yo dejo la pregunta en el aire, la gente no quiere tantas palabras y
quiere más testimonio.
Los discípulos despertaron a Jesús diciéndole:
¿No te importa que nos hundamos?. Jesús mandó al
viento y les dijo a sus discípulos: ¿Por qué son
tan cobardes, aún no tienen fe? Una pregunta y una respuesta
muy actual.
La fe no es ganar o perder, es mostrar la verdad del mejor modo posible,
con el ejemplo. No es como la acoge, si es la mayoría o no. La
verdad tardará un poco pero acaba iluminando y esto constituye
un desafío de la época actual.
La fe no se puede acomodar a los tiempos, los tiempos tienen que ser
iluminados por la fe. Por lo tanto, lo que estaba mal cuando tú
tenías 8 años, sigue estando mal. Lo que tus abuelos o
abuelitas te enseñaron, sigue siendo válido. Los pecados
no han cambiado tanto, en eso somos aburridos. Son los mismos pecados
de los primeros siglos, ya San Pablo los enumera en la Carta a los Romanos
bastante bien. Desde Adán y Eva estamos en esta lucha, pero hoy
con Cristo.
Por esto, papás, jóvenes, sepan que todo lo que ese muchacho
de 15 o 18 ve hoy como novedad, lo vivimos yo, tu papá o tu abuelo
con algunas variaciones, pero en el fondo igual. Por eso, papás:
comprendan a los chicos; chicos: escuchen un poquito a los papás.
No busquemos una religión a nuestra medida porque aunque te
guste mucho no es verdadera, no es de Dios. Y tampoco se trata de decir
yo soy conservador; no, yo soy progresista. Esas palabras no existen
en la Iglesia. Solamente existe la Iglesia de Cristo, los diez Mandamientos,
los 7 Sacramentos. No hay más, pero eso exige y ahí está
el centro de la fe.
La fe es un don, un regalo de Dios, pero que exige que salgamos a su
encuentro. Y cuando se produce esa experiencia del encuentro con ese
Dios personal, cercano, amigo que está aquí, y se encuentra
contigo con nombre y apellido, que sale también de su anonimato,
surge algo nuevo. Surge el Hijo de Dios.
Que tengo pecados. Para eso ha venido Dios: para perdonarte. Pero,
que no nos hagan este reproche: ¿Por qué son tan cobardes,
aún no tienen fe?. Los discípulos se quedaron espantados
y decían: ¿Quién es éste?.
Vamos a pedirle a Jesús, que sé que en esta parroquia
se le adora, se le visita, que la gente viene a la Misa, que hay una
vida parroquial; vamos a pedirle que queremos vivir otra vez como una
novedad la experiencia de la fe. La fe no se acumula. Suelen decir:
yo tenía fe a los 7 años, luego, crecía hasta los
44, luego la perdí a los 28. ¡No! La fe es un hoy continuo.
Y ese hoy continuo es lo que permite decir: perdóname, doy gracias,
me alegro, me esfuerzo, trabajo. Si solamente dependiera de cada uno,
no seríamos capaces. En cada misa, de una manera especial la
presencia de Cristo en el altar, y cuando lo recibimos hace que nazcamos
cada día a la fe.
Vamos a pedirle al Señor, porque creo que es el tema central,
el núcleo del problema actual: la fe. La fe vivida, que todos
puedan decir: Mira es católico porque se ve en sus actos, no
miente, no odia, no murmura, no calumnia, ayuda a los demás,
sabe perdonar, educa con ilusión, sufre con paciencia, es generoso.
No hace falta que me presentes tu currículum, lo veo. La Iglesia
nos pide hoy identidad católica.
Por eso le pido a nuestra madre la Virgen María, Ella que siempre
consoló a los apóstoles: Madre Mía, que no nos
apartemos de Jesús. A veces ocurre, como hemos leído en
el Evangelio, a veces parecería que Jesús está
dormido en mi vida, en mi familia, en mis problemas. ¡No! Estoy
seguro que la Virgen, si es así despertará a Jesús,
que nos está llamando, que nos necesita.
Verás cómo -de esa manera- la vida es un desafío
muy bonito, ya no nos preocuparemos tanto de lo que pasa aquí,
de lo que pasa allá, ¿Qué te pareció?, ¿Qué
no te pareció?, ¿Cómo fue la homilía?, ¿Por
qué dijo esto?, ¿Por qué no dijo lo otro?. ¡Dejémonos
de tantos comentarios!
¿Jesús, qué quieres de mi, para que yo lo haga?
Ese diálogo es el centro de la vida, de allí surgirá
el amor familiar, la educación de los hijos, la alegría,
la paciencia, los planes, las dificultades. De allí surgirá
esa respuesta cristiana que es el desafío de la generación
actual. No pasemos a la historia de nuestros hijos y de nuestros nietos,
una fe débil.
Hermanos, yo tengo la alegría, y creo que muchos de ustedes,
de poder decir: recibí una fe fresca, bonita, alegre de mis padres.
La vi. Que puedan decir eso sus hijos y sus nietos: he visto en mi padre,
en mi abuelita, el hombre de fe. No, el perfecto, no el que siempre
tiene razón, he visto el hombre de fe en su vida, en su conducta,
en su trabajo. De esa manera, esa generación joven se la pasará
a la siguiente y esa es la historia verdadera, la historia de las almas.
Vivamos con gozo, el día domingo.
Que así sea.