- Domingo, 25 de junio de 2006 -

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Visita Pastoral Parroquia Santísimo Nombre de Jesús

Mi querido Padre Fernando, párroco de esta Iglesia, sacerdotes colaboradores, hermanos todos en Cristo:

Hoy vengo con mucha alegría a celebrar esta Misa dominical, primero para que conozcan al Pastor, y después de algunas ideas originales que ya están y otras que surjan podamos conocernos. Y así cada uno sabrá como es su carácter, su manera de ser, cómo predica, de esa manera las teorías quedaran un poco de lado.

Esta Iglesia ha ocupado mucha ilusión y mucho tiempo de mi oración, y veo con gozo que después de unos meses de estar el Padre Fernando al frente de ella, la Parroquia está brindando un servicio estupendo, en las Misas, en las confesiones, en la atención a la gente.

En el Evangelio de San Marcos, vemos que un día al atardecer, Jesús está en una barca para ir al otro lado del lago y predicar también a la gente que allí se encuentra; y en esa travesía del lago, surge una gran tempestad, parece que la embarcación se va a hundir.

Muchas veces la Iglesia ha interpretado esta figura como que hay épocas, generaciones en las que el viento y la tempestad de la cultura imperante hace que la fe se transmita débilmente; y otras en que la cultura y las costumbres, permiten que la fe se transmita fuertemente.

Yo no debería decir que estamos en la primera, una época en que muchas costumbres, y muchas maneras de pensar hacen que la fe se transmita débilmente, ¡y es una responsabilidad nuestra! Yo puedo decirlo con toda franqueza, creo que la generación de mis padres recibió una fe más pacífica, y la brindó lo mejor que pudo.

En cambio, parece que hoy el modo de vida, las costumbres de la sociedad, hacen que la fe encuentre tempestad, encuentre dificultades, juventud que se pregunta: Y, ¿por qué no puedo hacer esto?, Y, ¿qué tiene de malo lo otro? y, ¿por qué la Iglesia dice esto? y, ¿por qué los sacerdotes dicen lo otro?. ¡Nos ha tocado esa época!.

Esto que nos dice el Evangelio: “Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua”. No soy nada pesimista, pero, es una buena imagen de la Iglesia. Que se vea entre esas olas, es una buena imagen de la familia. Que se vea entre esas teorías y tendencias y resulta difícil a los papás, poder transmitir pacíficamente la fe a sus hijos. Es una buena imagen del colegio, de la escuela, en las que permanentemente uno se encuentra con esa respuesta.

La respuesta fácil no nos tranquiliza. La respuesta fácil sería: ‘esperen un tiempo y ya verán’. No parece que sea la mejor alternativa. Pero, vamos viendo señales de algunos aspectos de la familia, de algunos aspectos de la sociedad, que no van conforme a lo que Dios quiere de nosotros; pero no le echemos la culpa a la fe. Hagamos las siguientes preguntas: ¿Cómo estoy yo recibiendo la fe?, ¿Cómo estoy yo transmitiendo la fe?.

Es un desafío, y te lo digo como Pastor de la Arquidiócesis, ¡que difícil resulta mostrar esa verdad, mostrarla alegremente, positivamente, sin encontrar ese rechazo agresivo!. Te invitan a que guardes la fe para la sacristía; o, quien tiene esa fe tal vez recibe un comentario no muy agradable de su amigo, de su compañero de trabajo, o de su propio hijo.

Pero todo eso nos tiene que llevar a plantearnos la pregunta ¿Qué debemos hacer hoy, para que esa fe sea bien recibida, para que esa generación crezca, para que vuelva iluminar el barco, la vida, la cultura, la vida diaria, la política, las leyes? Esa paz y esa bondad que viene de Dios.
Yo dejo la pregunta en el aire, la gente no quiere tantas palabras y quiere más testimonio.

Los discípulos despertaron a Jesús diciéndole: ¿No te importa que nos hundamos?. Jesús mandó al viento y les dijo a sus discípulos: ¿Por qué son tan cobardes, aún no tienen fe? Una pregunta y una respuesta muy actual.

La fe no es ganar o perder, es mostrar la verdad del mejor modo posible, con el ejemplo. No es como la acoge, si es la mayoría o no. La verdad tardará un poco pero acaba iluminando y esto constituye un desafío de la época actual.

La fe no se puede acomodar a los tiempos, los tiempos tienen que ser iluminados por la fe. Por lo tanto, lo que estaba mal cuando tú tenías 8 años, sigue estando mal. Lo que tus abuelos o abuelitas te enseñaron, sigue siendo válido. Los pecados no han cambiado tanto, en eso somos aburridos. Son los mismos pecados de los primeros siglos, ya San Pablo los enumera en la Carta a los Romanos bastante bien. Desde Adán y Eva estamos en esta lucha, pero hoy con Cristo.

Por esto, papás, jóvenes, sepan que todo lo que ese muchacho de 15 o 18 ve hoy como novedad, lo vivimos yo, tu papá o tu abuelo con algunas variaciones, pero en el fondo igual. Por eso, papás: comprendan a los chicos; chicos: escuchen un poquito a los papás.

No busquemos una religión a nuestra medida porque aunque te guste mucho no es verdadera, no es de Dios. Y tampoco se trata de decir yo soy conservador; no, yo soy progresista. Esas palabras no existen en la Iglesia. Solamente existe la Iglesia de Cristo, los diez Mandamientos, los 7 Sacramentos. No hay más, pero eso exige y ahí está el centro de la fe.

La fe es un don, un regalo de Dios, pero que exige que salgamos a su encuentro. Y cuando se produce esa experiencia del encuentro con ese Dios personal, cercano, amigo que está aquí, y se encuentra contigo con nombre y apellido, que sale también de su anonimato, surge algo nuevo. Surge el Hijo de Dios.

Que tengo pecados. Para eso ha venido Dios: para perdonarte. Pero, que no nos hagan este reproche: ¿Por qué son tan cobardes, aún no tienen fe?. Los discípulos se quedaron espantados y decían: ¿Quién es éste?.

Vamos a pedirle a Jesús, que sé que en esta parroquia se le adora, se le visita, que la gente viene a la Misa, que hay una vida parroquial; vamos a pedirle que queremos vivir otra vez como una novedad la experiencia de la fe. La fe no se acumula. Suelen decir: yo tenía fe a los 7 años, luego, crecía hasta los 44, luego la perdí a los 28. ¡No! La fe es un hoy continuo. Y ese hoy continuo es lo que permite decir: perdóname, doy gracias, me alegro, me esfuerzo, trabajo. Si solamente dependiera de cada uno, no seríamos capaces. En cada misa, de una manera especial la presencia de Cristo en el altar, y cuando lo recibimos hace que nazcamos cada día a la fe.

Vamos a pedirle al Señor, porque creo que es el tema central, el núcleo del problema actual: la fe. La fe vivida, que todos puedan decir: Mira es católico porque se ve en sus actos, no miente, no odia, no murmura, no calumnia, ayuda a los demás, sabe perdonar, educa con ilusión, sufre con paciencia, es generoso. No hace falta que me presentes tu currículum, lo veo. La Iglesia nos pide hoy identidad católica.

Por eso le pido a nuestra madre la Virgen María, Ella que siempre consoló a los apóstoles: Madre Mía, que no nos apartemos de Jesús. A veces ocurre, como hemos leído en el Evangelio, a veces parecería que Jesús está dormido en mi vida, en mi familia, en mis problemas. ¡No! Estoy seguro que la Virgen, si es así despertará a Jesús, que nos está llamando, que nos necesita.

Verás cómo -de esa manera- la vida es un desafío muy bonito, ya no nos preocuparemos tanto de lo que pasa aquí, de lo que pasa allá, ¿Qué te pareció?, ¿Qué no te pareció?, ¿Cómo fue la homilía?, ¿Por qué dijo esto?, ¿Por qué no dijo lo otro?. ¡Dejémonos de tantos comentarios!

¿Jesús, qué quieres de mi, para que yo lo haga? Ese diálogo es el centro de la vida, de allí surgirá el amor familiar, la educación de los hijos, la alegría, la paciencia, los planes, las dificultades. De allí surgirá esa respuesta cristiana que es el desafío de la generación actual. No pasemos a la historia de nuestros hijos y de nuestros nietos, una fe débil.

Hermanos, yo tengo la alegría, y creo que muchos de ustedes, de poder decir: recibí una fe fresca, bonita, alegre de mis padres. La vi. Que puedan decir eso sus hijos y sus nietos: he visto en mi padre, en mi abuelita, el hombre de fe. No, el perfecto, no el que siempre tiene razón, he visto el hombre de fe en su vida, en su conducta, en su trabajo. De esa manera, esa generación joven se la pasará a la siguiente y esa es la historia verdadera, la historia de las almas.

Vivamos con gozo, el día domingo.

Que así sea.

 
 

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