Al contemplar a este Niño en el pesebre, al ver su sencillez,
su pobreza, su pequeñez, pensemos que estrena un modo de vivir
cada año. Dios hecho hombre tiene una finalidad, quiere acompañarnos
en estos tiempos en que con frecuencia se toca la soledad, en que las
relaciones humanas de afecto, de cercanía, de cariño a
veces se endurecen por el mismo modo de vivir, pues en esa soledad Jesús
nos dice “Yo estoy contigo” en este misterio de un Dios que se humilla,
tenemos el amigo fiel.
¡Qué paz nos da celebrar la navidad sabiendo que tenemos
un amigo fiel que no falla y nos acompaña en el caminar de la
vida!. ¡Cuánta necesidad en el mundo de hoy por esa dimensión
espiritual!. Jesús siendo Dios, la perfección, la sabiduría
más grande, siendo un espíritu puro se quiere hacer carne
nuestra para reconocer el valor de la dimensión humana, pero
no quiere olvidar que en ese mundo en el que trabajamos, en el que nos
movemos, en el que se entrecruzan tantos sentimientos diversos, la gran
fuerza es la espiritualidad, el espíritu.
Es el lugar que todos tenemos en el cual se genera el amor, el perdón,
la verdad, el bien, la solidaridad. No dejemos que la medida del espíritu
se vea apresada en la metodología materialista que se nos impone.
Cuánto vale la sonrisa de un padre, cuánto vale el beso
de una madre, cuánto vale la cercanía de un hijo a su
padre, cuánto vale la visita de un amigo al enfermo, cuánto
vale la palabra de cariño a ese niño pobre, cuánto
vale el esfuerzo de decirle me interesas tú porque eres hijo
de Jesús. Eso no está en las estadísticas, no está
en lo que tantas veces se exalta en los medios de comunicación.
No dejemos que se sofoque esa dimensión maravillosa del hombre,
que es su espiritualidad. Es allí donde brotan las grandes decisiones
y es allí donde se generan las grandes guerras y odios, en el
corazón del hombre.
Por eso, este Jesús pequeño viene a vernos y nos dice
que le interesa todo lo tuyo y desde ese amor que nos tiene brotará
la respuesta, es ese el espíritu de la navidad que significa
que Jesús nace en mi corazón, en mi familia y me desafía,
¡despierta hombre, que por ti he venido a la tierra!,¡Despierta
para generar amor al prójimo, preocupación por los demás,
perdón!.
Cuánto le pido a Jesús que reconcilie a nuestra familia
peruana. Vayamos por ese camino que conduce hacia el progreso, hacia
la reconciliación, pero sin pedir cuentas. Jesús nos ama
como somos, nos convoca no con el poder sino con la misericordia.
Cuando se enciende ese espíritu humano, esa fuerza interior
se genera una auténtica revolución del espíritu
donde se forja esos programas, esos proyectos. Le pido a Jesús
desde ese misterio que despierte en nosotros la confianza, el amor en
ese caminar de nuestra vida.
En el Evangelio, hemos escuchado las palabras de san Juan, la palabra
que se hace carne, la palabra de Dios que se hace hombre. En la vida
humana la palabra es consecuencia del concepto, la palabra sigue después
del pensamiento, es el proceso de comunicación humana.
Pues, en la lógica divina se actúa de otro modo, nosotros
seguimos a la palabra, no somos autores de la palabra.
Este Niño nos dice que en la amistad con Él, en el conocimiento
de Dios encontraremos la respuesta a todas nuestras inquietudes. Es
la lógica divina que tantas veces desafía la lógica
humana. Por eso la obediencia de la fe exige la humildad.
Decía el cardenal Newman con palabras certeras “la conciencia
tiene derechos porque tiene deberes”. Este hijo de Dios no exige nada,
se da pero nos recuerda que todos los que venimos después que
no somos “dios” estamos permanentemente en ese diálogo de derechos
y deberes, cuando se rompe ese diálogo se implanta la arbitrariedad.
La lógica divina nos recuerda que tenemos derechos, pero también
deberes.
Despertemos en nuestras conciencias que tantas veces tiene la bandera
de los derechos recuerden también la dimensión de sus
deberes. Nos hace más grandes, más nobles cuando sabemos
vivir bien nuestros deberes. Con esa comprensión exigimos los
derechos, porque lo exigimos con el ejemplo del deber cumplido.
Dios no tenía deberes ni derechos porque es Dios, pero quiso
manifestar su amor poniendo a nuestra disposición el Niño
pequeño.
Hermanos, es la fiesta de esa paz interior tan necesaria en nuestra
vida. Queremos entre todos fomentar en todos los niveles de la sociedad
la dignidad de la persona humana y al mismo tiempo conceder a todo individuo
la oportunidad de vivir de acuerdo a su dignidad.
Nos dice Jesús al finalizar el Evangelio de hoy: “El hijo único
que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer”.
Jesús, bendícenos, ayúdanos, fortalécenos.
Familia de Nazareth, bendice y fortalece a la familia peruana. María,
bendice a todas las mamás. María como toda madre hizo
posible la venida del Niño. ¡Qué buena es la mujer
madre!. ¡Qué suplemento de amor pone la mujer-madre!. Esto
es imagen de María.
San José, el padre, hombre fiel, prudente, fuerte; el hombre
del silencio leal al lado de María y de Jesús, pero al
mismo tiempo responsable de que esa familia vaya adelante con los planes
de Dios. ¡Qué buenos son los padres!.
Queremos unir padre y madre, familia. Que los hijos contemplen a ese
Niño, todos hemos sido niños, todos hemos sido jóvenes,
todos hemos pasado por nuestros momentos de rebeldía. Pero que
bueno es que el hijo mire con ese respeto y amor a su padre y a su madre
porque son lección viva de la que debemos aprender.
La alegría de Belén nos invade, nos enseña, nos
desea a todos una muy Feliz Navidad. Estamos muy contentos y quiero
decirle a nuestros amigos periodistas que les agradezco que este año
contribuyan a través de la comunicación llevando al país
alegría, esperanza, entusiasmo en nuestro Dios, en nuestro Jesús,
en este pueblo que se alimenta de esta espiritualidad y la expresa de
una manera apoteósica. Es el don que Dios le ha dado al Perú
de una vida cristiana.
Que Dios los bendiga a todos, ¡Feliz Navidad!. Que así
sea.