- Domingo, 26 de febrero de 2006 -

Transcripción Homilía Señor Cardenal de Lima, Juan Luis Cipriani Thorne en la Misa de Exequias de Mons. Florencio Coronado Romaní, Obispo Emérito de Huancavelica. Domingo 26 de Febrero 2006. Iglesia Perpetuo Socorro en el Rímac

Sacerdotes concelebrantes, miembros de la Congregación, religiosas, familiares, queridos hermanos todos.

Tenemos aquí a nuestro hermano Florencio Coronado. Cuando contemplamos la muerte, muchas cosas pierden sentido y aparece una sola dimensión, ya nuestro hermano contempla a Nuestro Padre, a la Santísima Trinidad, ese rostro misericordioso de Dios a quien dedicó su vida entera.

Por lo tanto, recordamos ese pasaje del Evangelio cuando Jesús le pregunta tres veces a Pedro: “¿Me amas más que a estos?”; finalmente la respuesta es: “¡Señor, tú lo sabes, tú conoces mi vida, tú sabes que te amo!”. Por eso, cuando ahora recordamos la vida de monseñor Florencio Coronado, sólo queda esa luz muy fuerte, el amor que puso en esa entrega total a esa tarea de misionero redentorista, de obispo de Huancavelica y, en sus últimos años, mas inclusive, en su lecho de muerte, recordamos su incansable caminar por todos los pueblos de la sierra sin ruido y anunciando a Dios; era fiel al carisma de su vocación redentorista: era un hombre de misiones.

Mientras algunos podíamos estar en mil lugares, él, calladamente y a pie, en su mula, su caballo o su pequeño carrito que manejaba hasta hace menos de diez años, iba de un lado a otro anunciando a Cristo. Esto es lo que queda.

Estamos en un grupo reducido, en una iglesia sencilla de Lima, él quiere que su cuerpo repose en Huanta. Así es la vida de los santos, así es la vida normal de un misionero. Todo lo hizo por Dios y para Dios.

Por eso, como Pastor de Lima, como Cardenal de la Iglesia, es deber de la Iglesia en el Perú agradecerle profundamente a uno de los misioneros más insignes, santos, fieles que ha tenido la Iglesia en el Perú en el siglo XX e inicios del XXI.

Hace falta, por eso, no solamente el recuerdo vivo de que Cristo sigue presente a través nuestro y quiere que lo llevemos de esa manera silenciosa, valiente, sacrificada, inteligente, que lo llevemos a todos los rincones del Perú. Podemos recordar su servicio tan especial a todo ese mundo del habla quechua porque dedicó su vida de misiones a hacer un devocionario, cancionero y oraciones en quechua para que esos hijos de Dios pudieran recibir en su lengua el mensaje de Cristo.

En sus últimos años, ayudado por Monseñor Demetrio Molloy, su sucesor en la diócesis de Huancavelica, dedicó muchas horas a traducir todo el Antiguo y Nuevo Testamento, tarea que concluyeron no hace más de cuatro o cinco años.

Por eso, en medio del dolor de la muerte de un ser que uno quiere, el clima es de gozo y agradecimiento puesto que todos estamos destinados a pasar un día por la muerte y es bueno recordarlo: ahí se apagarán las luces, los ruidos y sólo quedará la interioridad de tu alma.

Hoy Jesús estará acompañando a Florencio para decirle que contemple con alegría ese rostro de la Trinidad, ese misterio de felicidad de Pascua que lo llevó a dar toda su vida a la Iglesia.

Qué bueno es recordar esas dimensiones que la Iglesia nos pide: en primer lugar, Jesús nos pide a los obispos que seamos pastores, que seamos padres. El pastor reconoce a sus ovejas, éstas reconocen su voz, la cercanía, cercanía que no es sensiblería porque florecen de carácter fuerte. Él no entraba en sensiblerías mediocres, era un hombre de firmeza, hasta duro cuando se trataba de exigir la verdad y el bien, cuando pasaba por la sierra celebrando su misa, enseñando el Catecismo, llamando a la Santa Misa, pidiendo la confesión, reconciliando a los pueblos. Era un hombre firme y fuerte de carácter y, sin embargo, era un pastor lo cual era perfectamente compatible.

Esa característica, esa identidad del Pastor con su trabajo, de buscar pastos, de acompañar a las ovejas, de acompañar al lobo. Junto a esa misión, encontramos que eso exige entrega: para él no había noche o día, dormir bien o mal, comer bien o mal, caminar 100 horas o 5 minutos; era de una estirpe. Parecería que hasta Dios premia la entrega con esa fortaleza de salud, era un hombre fuerte, derecho, duro, de carácter dominante, una entrega sin descanso. Eso no se puede sino es con la ayuda de Dios ya que solos no podemos. La tarea supera nuestras fuerzas siempre.

Por eso, el buen Pastor: sea obispo, sacerdote, religioso, madre de familia, joven, anciano, necesita esa humildad y ponerse en manos de Dios para decirle que le pide algo muy por encima de sus fuerzas, y la respuesta del Señor será: “Yo pongo lo que te falta”, razón por la que el hombre era de una fortaleza tal que su entrega no tenía límites.

Todavía recuerdo que por el año 1996 o 1997 fue a visitarme a Ayacucho en carro conducido por él. Cuando se le preguntó por el riesgo que podría correr la vida de los demás. Él respondió que iba despacio. Era muy independiente. Lo mismo pasaba con las misiones: si tenía que salir a un pueblo a la hora que fuere, lo hacía. Quienes lo han conocido se daban cuenta que era que era un catecismo abierto. Dedicó toda su vida a las misiones.

Pensemos bien eso para que él desde el cielo nos ayude, enseñe, proteja, empuje con audacia a esa tarea misionera. Y lo que me alegra mucho, se nos va como ha sido su vida, en silencio y sin grandes homenajes.

Florencio ya está en la Eucaristía, en esa mesa del cuerpo y sangre de Cristo y nosotros todavía estamos en este camino áspero. Por eso, le pedimos que interceda por nosotros, por esa cantidad de pueblos que visitó en su vida, por esa congregación de redentoristas para que florezcan las vocaciones misioneras, por los obispos para que incansablemente anunciemos a Cristo.

Gracias hermano y obispo Florencio, gracias en nombre de millones que desde todos los rincones del mundo te han recibido porque supiste amar, desaparecer. Más de una vez me decía en Ayacucho: “Estos tiempos ya no son como los míos; hace falta educación, catequesis, misiones, visitar a los pueblos; hoy por cualquier pequeña dificultad se desaniman y eso me entristece”.

Yo le digo a Florencio: “Haznos esos evangelizadores del siglo XXI, renueva en nuestra Iglesia ese ardor misionero; poco brillo, más anuncio, más testimonio, más amor; sembrar esperanza, misericordia, milagros”.

El corazón se llena de gozo y, por eso, vamos a continuar con nuestra Eucaristía uniéndonos a esa Eucaristía en la que ya se encuentra él, a ese amor a la Iglesia, a la verdad, al Catecismo. No podemos hacernos una idea de lo que Dios ha querido hacer con este hombre.

¿Por qué no nos empeñamos más en este camino de ser mejores evangelizadores, mejores anunciadores de Cristo y, para todo ello, enamorarnos más de Jesús Eucaristía? En manos de Nuestra Madre, -guía- apoya esta tarea de Florencio, en manos de Ella ponemos todos estos deseos.

Rezamos por su alma, por ese deber filial. Siempre es bueno que entre amigos encomendarnos pero, en este caso, nos ponemos en manos de Florencio, intercede por nosotros, tú que gozas de esa presencia de la Trinidad, acuérdate de los obispos.

Que florezca ese ardor misionero, esas vocaciones sacerdotales, ese amor al Catecismo, esa fidelidad a esa figura extraordinaria de San Alfonso de Ligorio, extraordinario santo. Por eso, con estos sentimientos hoy, todo el Episcopado peruano se une para agradecerle a Florencio. Cariñoso padre y pastor pero, al mismo tiempo, más amigo de la verdad, de la Iglesia. Esa fortaleza es la que le pedimos para todos nosotros en estos tiempos.

Descansa en paz, Florencio.

 

 
 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]