- Lunes, 27 de febrero de 2006 -

Transcripción de reunión sostenida por el Cardenal Juan Luis Cipriani con catequistas de la Parroquia Nuestra Señora del Pilar

En primer lugar, le agradezco al Padre Juan, que me ha invitado a estar con ustedes. Me alegra mucho verlos a todos.

Hay una cosa bien importante que, por lo menos, a mí me sirve. El Papa, y en general en todas las épocas de la historia, la gente se ha movido en la vida porque quiere ser feliz, habrá que ver qué se entiende por felicidad: jugar fútbol, dormir, emborracharme o lo que sea, habrán mil respuestas, sin embargo, todos quieren estar alegres. Todos buscamos la alegría y una definición bien sencilla de la misma es: el estado de ánimo cuando se posee el bien.

¿Cuál es la gran dificultad de esa definición? ¿Quién tiene el bien? Imagínate que una persona dice que para ella el bien es dormir, robar, aprovecharse de una chica, emborracharse o estar sentado aquí en la clase. Esa variedad de bienes tiene mucho que ver con el relativismo, uno de los grandes problemas del mundo de hoy: cada uno tiene su idea de qué es el bien, entonces, como no hay un montón de bienes, las alegrías que son falsas pasan, viene la depresión, la tristeza, esos estados de ánimo cuando se buscó un bien que no era el bien, pero como hay tanto relativismo, cada uno tiene su teoría sobre lo que es el bien.

En la catequesis hay que aprender con la mayor claridad posible qué es y como lograr ese bien. ¿Por qué Dios es el bien más perfecto? ¿Cómo comparo a Dios con el fútbol? Tiene que haber alguna relación.

Hay una relación entre ese Dios y el bien; por ejemplo, ese Dios y ese bien tienen que ser verdaderos. Un aspecto de ese bien es la verdad; cuando miento o digo algo que no es verdad, ese bien se pone un poco débil y empieza a flaquear.

En todas las épocas del mundo hubo pecado: desobediencia, orgullo, soberbia, impureza, odio, cólera, flojera, ira; sin embargo, según el Papa ¿cuál es el problema más complicado? El relativismo, porque sobre todos esos pecados la gente pregunta “¿Y qué tiene de malo?”. Entonces, como quisiera decirles que procuren ser felices siempre, la felicidad es la respuesta ante la posesión del bien, que si es verdadero, seremos felices.

Por ejemplo, la gaseosa es un bien pero un bien pequeño; si digo que voy a ver en la televisión un programa de fútbol, es un bien limitado; si voy creciendo en el bien llegará un momento en que diga “el cariño a mi mama”, que ya es más que la gaseosa o la televisión, es algo superior. Ese bien o felicidad ya es un poco más profundo, por lo tanto si no veo a mi mamá me afecta más el estado de ánimo.

Si voy subiendo esa escalera, llegará un momento en que diga que tengo a Dios conmigo. ¿Recuerdan esa frase del Evangelio “El que come mi cuerpo y toma mi sangre habita en mi cuerpo y yo en él? ¿Pero lo creen? Cuando recibo la Eucaristía, Dios habita en mí y yo en Él, pero ¿lo creo?

Uno puede ser Cardenal pero la fe no es una especie de sabiduría guardada, quizá comulgo y ni siquiera le digo que lo quiero o le doy gracias. Es como si yo preguntara ¿Qué es lo que más te gusta? Y que alguien responda: “Esta chica que es buenísima, cuando la veo me lleno de alegría”. Pues no habito en ella ni ella en mí, pero me alegra.

Si Dios es la suma bondad, la suma belleza, la suma verdad, todo lo mejor que se puede uno imaginar ¿Por qué entonces no te cuesta enorme alegría cuando lo recibes? ¿Por qué esa fuerza de la Eucaristía no me da esa alegría para todo el día o para toda la vida? ¿Por qué no me acerco a la comunión con más frecuencia? En el fondo porque no creo, la verdad es esa.

Lo mismo podría decir del tema de la confesión. Cuando uno tiene en el alma, que se metió un poco el veneno; el veneno se transforma en cólera, flojera, desánimo, tristeza, envidia, egoísmo, se transforma en algo.

Si uno se confiesa con sinceridad ante un sacerdote para que él se lo presente a Dios, trae el perdón y esa basura que tenía guardada se va. ¿Por qué a veces me da vergüenza confesarme? Me da miedo abrir mi alma para que me conozcan bien.

Uno se pone a pensar que la alegría es la respuesta ante la posesión del bien. El bien supremo está en la Eucaristía; el mal supremo, el pecado, se perdona en la confesión. ¿No deberíamos confesarnos con sinceridad y comulgar con más fe? Inmediatamente habría más alegría.

A todos les gusta estar en paz. Una definición sobre la paz de San Agustín: “Es la tranquilidad en el orden”. El problema radica en el orden, que tiene tres grandes niveles: la relación con Dios (oración, catecismo, sacramentos), la relación con los demás y, luego, con uno mismo. Sin embargo, está el egoísmo. Entonces, para tener paz, ¿cómo anda tu relación con Dios, con los demás y con uno mismo?

Esas dos ideas: alegría y paz son esos valores cuando uno dice que no hay valores, hablando de los políticos, quienes no hablan de los valores. Podríamos hablar del amor. El Papa acaba de hablar del amor en la encíclica “Deus caritas est” (sobre el amor cristiano).

Él dice una cosa que yo lo explico muy sencillo para que me entiendan: hay un filósofo alemán de nombre Nietzsche, que dijo que los cristianos hemos envenenado el eros y que todo es malo. Es mentira pero ésa es la figura que venden y ustedes en la catequesis tienen que explicar porqué vivir sin amor es muy desagradable y si el amor para esta gente es el placer del sexo, estamos perdidos. Si los cristianos hemos envenenado el amor, el eros, lo que el Papa dice es que el eros necesita ser purificado, necesita orden, disciplina y el eros se convierte en el ágape.

En el Antiguo Testamento se habla un poco del eros pero ya los cristianos hablan más del ágape, igual en el Nuevo Testamento. El ágape como donación, entrega; ya no es el impulso sexual, sino es la entrega de una persona a otra con cuerpo, alma, valores, principios, dignidad, respeto. Ya no es el impulso del sexo, sino el amor a la persona.

Esta diferencia es muy importante que sus profesores les expliquen. Yo no puedo explicar rápido, es medio complicado. Pero es importante porque vivimos en una sociedad en la que hay un culto al eros, todo se ve en términos del sexo, consumo, bienestar (“me siento bien”, “no me gusta”, “es tu manera de pensar”, “es mi opinión”, “es muy aburrido”). Esa manera de vivir hace muy difícil recibir la fe.

Tienen que pedirles a los profesores cómo hacer para exponer la verdad de la fe de una manera atractiva, bonita, alegre porque saber el Catecismo; a veces la gente no tiene tantas ganas y uno va a su clase y no hacen tanto caso, los niños sí, pero cuando ya están a su edad empiezan a no hacer mucho caso, entonces los profesores se desaniman. Hay que aprender a enseñar de una manera bonita, atractiva pero sin cambiar los contenidos. Hay que decir la verdad.

Dicho esto, yo les digo que no nací sacerdote, ni obispo ni Cardenal; Es decir, venir aquí me cuesta esfuerzo, explicarles las cosas me cuesta esfuerzo, a mi también me provoca estar viendo fulbito o en la playa, igual que al Papa; todos somos iguales. Por eso tienen mucho mérito y los felicito por venir a sus clases de catequesis.

Les digo la verdad: yo no iba a mis clases de catequesis por vago. Me dedicaba a jugar básquet el día entero. Jugué 7 años en la selección peruana. Digo esto para que tengan tranquilidad. Yo procuraba jugar básquet, tenía mis amigos, tenía mis amigas y un día el Señor me tocó la puerta y me dijo que vaya a clases, ayude a mis amigos, procure ser mejor, recé el rosario. No es que te guste tanto, cuesta; no somos gente especial, tenemos que luchar.

Por eso, la tercera idea: la vida es lucha y en la Iglesia no me enseñan a no caer, sino a levantarme siempre. Por lo tanto, que él se desanima, y cae en lo mismo, yo también: somos parecidísimos pero el cobarde se retira a pesar que dice ser humilde, eso no es ser valiente o sincero. Hay que luchar hasta el último instante por amor, hay que tener ideales.

Todo eso está en el catecismo. No lo he leído, pero si abro una página: “Sacramento de la confirmación”. Lo que sí puedo decirles es que, entre otras cosas, les hace fuertes. Es como una radio en que uno va sintonizando hasta que se oye bien, el Espíritu Santo; si está mal sintonizado no se entiende, pero si sintonizo bien, porque es mi amigo, me habla y me dice que cambie.

¿Qué es un sacramento? Es un signo sensible y eficaz. El sacramento es el signo visible de la acción invisible de Dios. Por ejemplo: en el bautismo el signo sensible es el agua, y las palabras es la acción eficaz invisible.

Nadie podría explicar el misterio de la Santísima Trinidad, sin embargo, podemos tratar de entender pero si lo explican tan perfecto estoy seguro que es mentira porque supera nuestra inteligencia.

No podemos amar a otros sino nos amamos a nosotros mismos; el no amarnos a nosotros mismos nos incapacita para recibir amor de otros porque estamos inseguros.

Sólo les digo que en el ambiente no es tan fácil, hay que explicar y enseñar. Les digo algo más: el ejemplo puede mucho más que 100 catecismos; que los vean alegres, buenos amigos, comprensivos, leales, que procuran colaborar, no perfecto pero sí que vean que hacen la pelea. Si los ven luchar querrán oír lo que dicen, es decir, procuren dar ejemplo. Si ven que te caes, que te levantas; si los ven de mal humor, que vean que se esforzaron por cambiar eso.

Ánimos con la escuela, los felicito, son 4 años. Cualquiera de ustedes puede ser la Madre Teresa de Calcuta, Santa Teresa de Ávila, Juan Pablo II. Él fue un muchacho de Polonia, tenía sus amigos, le gustaba el deporte, el arte, trabajó, se esforzó y cualquiera de ustedes tienen delante una misión.

La catequesis empieza por la definición del bien.

No sueñen con grandezas, hagan el bien cada día. Recen por el Cardenal para que esté de buen humor, tenga paciencia y para que los ayude a ustedes y a todos. Soy igual que ustedes: a veces me canso, me aburro, me molesto.

Los materiales que se imparten no están nada mal. Habría que ir por pasos: los que tienen ustedes son mucho más que un simple catecismo, y los más elementales deben ir para los más chicos. Toda la explicación que tienen está bastante bien articulada, tiene como frases resumidas y fáciles de recordar que permiten traer a la memoria cosas difíciles.


 
 

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