BASÍLICA CATEDRAL DE LIMA.
Han querido ustedes celebrar de modo especial y solemne el IV Centenario
de la muerte de su segundo Arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo y de
su traslado desde Saña, donde murió, hasta su Catedral
de Lima donde descansan y son venerados sus restos mortales.
Al conjuro del recuerdo de su vida y de la ingente obra realizada por
él, ustedes se han propuesto celebrar este centenario con una
profunda renovación de esta veneranda Arquidiócesis y
con un fuerte impulso evangelizador. Ningún modelo mejor que
él, que ha merecido el título de Patrono del Episcopado
Latinoamericano.
Entre tantos próceres de la gran epopeya de la evangelización
de todo un continente, figuras de misioneros y de Obispos, donde no
fue fácil descollar porque fueron muchos los que derrocharon
abnegación y olvido de sí mismos y entrega total a los
aborígenes de las tierras descubiertas por una Europa ya cristiana,
se yergue Toribio de Mogrovejo: por su llamamiento a la evangelización
del Perú en un momento crítico, siendo él laico;
por su decidida vocación misionera, clara opción por los
indígenas; solicitud por los pobres; por su ardor catequístico,
la total renuncia de sí mismo; su incansable caminar a pie y
a caballo en su ansia de acercarse personalmente a los más alejados;
por su voluntad de poner en orden la vastísíma provincia
eclesiástica limeña y hacerlo con increíble suavidad
y firmeza, clarividencia y tacto; por no permitir la intromisión
del Poder Público en la vida interna de la Iglesia; por su pasión
por la santidad propia y de cuantos habían recibido el bautismo;
y por su ascetismo y honda espiritualidad personal reconocida por sus
fieles que le apodaron desde el primer momento, cuando desembarcó
en Paita, “el Arzobispo que nos ha venido del cielo”.
Las tres lecturas bíblicas que hemos escuchado, aluden a estos
hechos y los iluminan; y, teniendo muy presente el ejemplo de Santo
Toribio de Mogrovejo ayer, les convocan a ustedes a una evangelización
seria y profunda del Perú, de ésta su querida Arquidiócesis
limeña hoy.
La primera lectura nos ha hablado del profeta Isaías: de su
llamamiento divino y aceptación suya, precedida de una visión
mística del trono de Dios y de Dios mismo.
Isaías ve al Señor, sentado en un trono alto y excelso
y rodeado de serafines. A continuación escucha sus alabanzas
y contempla cómo, al amparo de esas alabanzas, tiembla todo alrededor.
Estremecido grita: “Ay de mí estoy perdido”. Ante esta confesión,
un serafín toma un ascua, purifica con ella sus labios y el profeta
escucha a Dios que le dice: ¿A quién enviaré? ¿Quién
irá por mí? Y el profeta exclama,: “Aquí estoy,
mándame”.
El profeta era un hombre de Dios y no se consideraba digno de ser
enviado. Sin embargo, ante la llamada clara de Dios, la aceptó.
Durante la juventud y madurez de nuestro Toribio de Mogrovejo, en sus
largos años de estudio en Valladolid, Coimbra, Salamanca y Santiago
de Compostela y en sus años de fino e insobornable juez en Granada,
nadie dudó de su espíritu penitencial, de su austeridad
monacal, de su temor y fidelidad a Dios, de su amor al prójimo
y de su honestidad a toda prueba, pero jamás estuvo en su horizonte
el sacerdocio ni la opción misionera tan en boga en esos momentos
con el descubrimiento de todo un Continente que había que evangelizar
y del que el cronista de Indias escribió que “llovían
frailes sobre él”.
Muerto el primer Arzobispo de Lima, Fray Jerónimo de Loaysa,
no era fácil encontrar un sucesor digno para una sede compleja,
dilatada y difícil como era la de Lima y al pensar en esta situación
el Rey de España, Felipe II, sentenció que el que ocupase
esa sede tenía que tener “doctrina, virtud y carácter”.
El escogido fue Toribio de Mogrovejo y los hechos demostraron que la
elección había sido acertada. El elegido, desde que pisó
tierra incaica, exhibió doctrina, virtud y carácter, pero
sobre todo virtud que es lo más difícil e importante de
poseer y ejercer.
El Gran Perú rebasaba en esos momentos hispánicos los
límites del dilatado Imperio Incaico. Incluía el actual
Perú y buena parte de los actuales Ecuador, Chile, Colombia,
Argentina, Paraguay y Occidente del Brasil. Siete millones de kilómetros
cuadrados. El mayor problema, sin embargo no era el de su extensión
sino el de la configuración contrastante y dura de su territorio
y el de la diversidad de lenguas.
Dentro de ese Gran Perú la Arquidiócesis de Lima era
amplísima. Arrancaba en el paralelo 5 y concluía en el
15 y cubría hacia el Este desde el meridiano 76 hasta el 81.
Por el Norte llegaba hasta Trujillo, San Miguel de Piura, Chachapoyas
y Bracamoros; por el Sur hasta Arequipa, el valle de Naza y confines
del Acarí; por la Sierra hasta Huamanga y por el Este hasta la
Provincia de los Angaraes y más adentro hasta León de
Huánuco.
A esto se añadían problemas internos en y entre las Ordenes
religiosas misioneras; discrepancias sobre la población autóctona
y su evangelización; y serios conflictos de algunas Ordenes Misioneras
y del Arzobispo con el Virrey, la Audiencia y el Patronato Real.
Le sorprendió y sobrecogió a Toribio de Mogrovejo, (más
siendo laico él) la elección. Oró y consultó
y consciente que quien llamaba era Dios, accedió.
Hay un serio mensaje en el caso de Isaías y de Toribio de Mogrovejo
para ustedes en su obligación ineludible de evangelizar comprometidos
como están en un plan pastoral, en la gran Misión de “remar
mar adentro”. Los problemas del Perú son hoy muy distintos de
los del tiempo de Toribio de Mogrovejo pero no menos graves que aquellos.
Problemas religiosos, éticos, ideológicos, axiológicos,
ecológicos, raciales, sociales, económicos, culturales
y políticos. Problemas a lo interno de la Iglesia y problemas
fuera de la iglesia, en la sociedad en la que la Iglesia está
inserta. Problemas a cuya solución la Iglesia está obligada
en virtud de su misión y función desde la verdad, desde
la connatural e inviolable dignidad de todo ser humano y desde el mandato
del amor que implica la justicia y el perdón, la comprensión
y la magnanimidad y desde los reclamos de la paz, fruto del respeto
de los derechos fundamentales ajenos y del cumplimiento fiel de los
propios deberes.
Ante este panorama, ustedes no pueden olvidar que Cristo creó
una comunidad evangelizada y evangelizadora; que la Iglesia desde sus
inicios se percibió y debe percibirse así; que la Iglesia
evangelizadora se evangeliza continuamente a sí misma; que ella
es depositaria de una Buena Nueva que debe anunciar; y que la Iglesia
somos todos los que la conformamos: Papa, Obispos, sacerdotes, diáconos,
hombres y mujeres de vida consagrada y laicas y laicos. Todas y todos.
Toribio de Mogrovejo fue llamado a evangelizar el Perú cuando
aún era laico y le tocó hacerlo misioneramente, con la
entrega indivisa de vida y persona siendo Obispo. Cada uno debe hacerlo
donde Dios lo disponga.
La segunda lectura bíblica, tomada de la primera carta del apóstol
San Pablo a los Corintios, nos ha recordado que somos y debemos ser
siempre apóstoles y como tales servidores de Cristo y administradores
de los misterios de Dios.
Felipe II, aquel Rey español, al enviar a Toribio de Mogrovejo
a su sede, una vez conseguida la bula pontificia designándole
Arzobispo de Lima, le dio dos consejos: que atendiese de modo especial
a las poblaciones indígenas y que pusiese orden en aquella provincia
eclesiástica.
Desde que desembarcó por primera vez en Paita, todo el mundo
intuyó que el gran amor de aquel Arzobispo, que era un eximio
ilustrado y un ducho jurisconsulto, que en su mirada transparentaba
una honda espiritualidad y una inmensa bondad, iba a ser el indio, por
pobre, por marginado y por explotado. Los indios ahí mismo le
apodaron “el Arzobispo santo”.
Los que pronosticaron su amor al indio, no se equivocaron. En sus 25
años de Arzobispo de Lima caminó más de 5.000 leguas
en mula y otras tantas a pie. Bautizó personalmente más
de un millón de indios y confirmó a unos 600,000. Así
se lo escribió a Felipe II.
Amó entrañablemente al indio y se sintió siempre
a gusto con él. Vivió y pernoctó sin remilgos en
sus chácaras de paja y llegó a conocer profundamente toda
la problemática indígena.
Dominaba el quechua y el aymara y hablaba varios dialectos. En 25 años
cuatro veces recorrió el vastísimo territorio de su Arquidiócesis.
En la primera visita pastoral invirtió siete años y la
última no la pudo culminar.
Servidor de Cristo y a ejemplo de Cristo, siervo de sus indios, a los
que consideraba sus señores, no le gustaba andar de prisa en
sus visitas. Se detenía a predicar, a oír y a aconsejar.
Era un catequista consagrado, que sabía exponer con sencillez
y profundidad los fundamentos y exigencias de la fe y vocación
cristiana a los indios y por eso sería llamado por sus biógrafos,
después de muerto, “el Borromeo de América”.
En la opulenta y señorial Lima ningún limeño se
lo imaginó, desde que llegó, a pesar de su abolengo aristocrático
de los Mogrovejo, participar asiduamente de salones y palacios señoriales,
sino que vio en él al misionero itinerante, Andes arriba, por
los difíciles picachos y valles. El tiempo les dio la razón.
Lo impresionante, sin embargo, es que en su vida misionera, le quedó
tiempo para celebrar tres Concilios Provinciales, el tercero, cuarto
y quinto limense y diez Sínodos Diocesanos.
De España había llegado con la urgencia y mandato de
convocar y realizar el gran Concilio Limense, tercero después
de los dos que había celebrado su antecesor. No le fue fácil
hacerlo, pero lo realizó. Hubo sesiones muy borrascosas y pleitos
continuos, sobre todo con las autoridades civiles. Toribio de Mogrovejo
supo ser firme cuando fue necesario y flexible cuando era posible serlo.
Su paciencia y temple todo lo venció.
El Concilio tercero limense terminó siendo uno de los momentos
más estelares de la evangelización del Continente. Todo
gira en él alrededor de la uniformidad, facilidad y adaptación
al indio, que era la población mayoritaria. Hay una reivindicación
de su dignidad y derechos. Siguiendo el patrón del Catecismo
de Pío V, se redactó uno en español y se tradujo
inmediatamente al quechua y al aymara y se hicieron dos versiones. Una
amplia para los indios más dotados y otra más breve y
sencilla para ancianos y gente menos capacitada. Fue obra predominantemente
del P. José de Acosta, alma del Concilio.
Complementariamente se redactaron también “Confesionarios” para
los misioneros y “Sermonarios” adaptados a la idiosincrasia indígena
para los doctrineros.
Se revisó la vida de la Iglesia y se dieron normas y pautas
precisas para restablecer el orden y la disciplina perdida.
Conforme a lo que nos ha dicho el apóstol Pablo, Santo Toribio
de Mogrovejo resultó ser no sólo un servidor infatigable
de Cristo sino un buen administrador de los misterios de Dios cuya característica
principal es la fidelidad.
Hay en las palabras de Pablo, hechas vida en el misionar y legislar
de Santo Toribio de Mogrovejo, un acuciante mensaje para ustedes hoy.
Ante un mundo que se nos descristianiza aceleradamente urge por nuestra
parte, como nos decía el muy recordado Juan Pablo II, una nueva
evangelización, nueva en su ardor, en sus métodos y en
su expresión. Una evangelización que conjura tantas veleidades
del pensamiento postmoderno fundamentadas en el error, en el secularismo
radical, en el pansexualismo, en el inmanentismo y en el relativismo
ideológico y moral, en el puro economicismo. Una evangelización
que desenmascare los falsos valores vigentes y los substituya con los
genuinos valores eternos del espíritu y de la sana moral. Una
evangelización que destruya los falsos ídolos ante los
que se postra hoy nuestra generación, el dinero, el poder, la
libertad mal entendida, el consumismo y el sexo por el sexo.
Una evangelización que sustituya el egoísmo feroz con
una eficaz solidaridad, las grandes desigualdades con una mayor igualdad,
la mala distribución de bienes con una más justa y equitativa
distribución, el interés personal con un mayor apego al
bien común, la globalización carente de solidaridad con
una globalización de unión y perfección progresiva
de los pueblos, la explotación con la justicia, las prácticas
corruptas con una honestidad a toda prueba, y las guerras y el terrorismo
con una paz fundamentada en la justicia y el amor. Una evangelización
que consolide la célula primaria de la sociedad que es la familia
y el respeto de ese gran don divino que es la vida desde su gestación
hasta su fin natural. Una evangelización que vuelva a todos,
o al menos a la mayoría, hacia Dios y Dios reine en sus corazones.
Como instrumentos eficaces de su evangelización, la Iglesia
peruana contó bajo Toribio de Mogrovejo, con el Concilio Limense
y su célebre catecismo. Ustedes cuentan con el Concilio Vaticano
II y el nuevo Catecismo de la Iglesia en su versión amplia y
abreviada. Acudan una y otra vez a dichas versiones y familiarícense
con ellas.
El evangelio nos ha recordado el mandato del Señor de llevar
la Buena Nueva de salvación a todos los pueblos.
“Los once” del evangelio es un símbolo de la Iglesia universal.
El Señor mandó que bautizaran en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo y les enseñaran a guardar
todo lo que Él les mandó, garantizando que Él estaría
con ellos hasta el fin del mundo.
Santo Toribio de Mogrovejo fue fidelísimo a este mandato. Fiel
hasta la muerte que le sorprendió en plena visita pastoral en
el valle y poblado de Pacasmayo. Por la mañana, a pesar de no
sentirse bien, habló largamente en quechua a los indios y había
ido a visitar a un enfermo moribundo. Al percibir que se moría,
dijo que quería el Viático para el viaje definitivo, pero
que como el Centurión no era digno de que Dios viniese a su morada
y pidió que le llevasen al templo. De vuelta a la casa exclamó:
“qué bueno es morir en una parroquia de indios”. Pidió
al Superior Agustino que le cantase el “Salmo Credidi”. Tomó
un crucifijo y las estampas de San Pedro y San Pablo y besándolas
murió. Era Jueves Santo de 1606, el día que la Iglesia
rememora que Cristo amó a los suyos hasta el extremo.
Llevar la Buena Nueva, evangelizar a todos es el mandato del Señor
a la Iglesia y a ustedes hoy.
No olviden que evangelizar es una realidad rica, compleja y dinámica.
Es llegar a todos los ambientes de la humanidad y trasformarlos desde
dentro: llegar a la conciencia personal y colectiva, a la actividad
humana, a la vida toda. Es alcanzar y trasformar criterios, valores
determinantes y puntos de interés; penetrar la cultura y culturas
del ser humano; anunciar clara e inequívocamente el nombre, la
doctrina, la vida, las promesas, el reino y misterio de Jesús
de Nazaret, Hijo de Dios. Es dar testimonio vital como nuestro Toribio
de Mogrovejo y exigir adhesión de corazón y de vida; introducir
al evangelizado en una comunidad eclesial y convertirlo de evangelizado
en evangelizador.
Y el contenido de una genuina evangelización debe ser: el Dios
revelado por Jesucristo; la salvación ofrecida en Cristo a todos
los seres humanos como don de gracia y de misericordia divina, salvación
inmanente y temporal, pero sobre todo trascendente y eterna; el más
allá, vocación profunda y definitiva del ser humano en
continuidad y discontinuidad al mismo tiempo con la situación
presente; las promesas hechas por Dios en virtud de la alianza en Cristo;
el amor de Dios a nosotros y de nosotros a Dios y el amor fraterno universal;
la oración como encuentro con Dios; la Iglesia y los sacramentos
como lugares y signos visibles eficaces del encuentro de Dios con el
ser humano; y la mutua interpelación del evangelio y la vida
del ser humano concreta, personal y social: derechos y deberes, familia,
sociedad, internacionalidad, paz, justicia, desarrollo e igualdad fundamental.
No teman. Sean fuertes e intrépidos como Santo Toribio de Mogrovejo.
De acuerdo a su promesa Cristo, vivo y glorioso estará siempre
en medio de ustedes y contarán en todo momento con la mediación
de la Virgen, y con la acción eficaz del Espíritu Santo.
Ese Espíritu Santo que fue quien movió y dirigió
a Cristo y a los apóstoles; que es el alma de la Iglesia y que
es el agente principal y término de la evangelización.
Este debe ser el compromiso de Lima y de todo el Perú en la
celebración del IV Centenario de la muerte del egregio Santo
Toribio de Mogrovejo. Que así sea.