Queridos hermanos en Cristo Jesús:
Quiero saludar al señor Nuncio Apostólico, representante
del Santo Padre Benedicto XVI, que acaba de regresar a Lima, y que como
todos los años quiere acompañar en este día al
Señor de los Milagros. Bienvenido señor Nuncio y siempre
este pueblo está unido al magisterio, a las intenciones, y a
todas las enseñanzas del Papa.
Muy queridos hermanos sacerdotes, que hoy me están acompañando
en esta concelebración eucarística, le pido siempre al
Señor de los Milagros que los acompañe para que a la medida
del corazón de Cristo seamos verdaderamente fieles sacerdotes
entregados totalmente a su Iglesia.
Como un don, como un regalo que Dios le hace a la humanidad, están
los sacerdotes que entregan su vida entera, su corazón, su trabajo
completo; y para que esto sea realidad, el sacerdote necesita de la
oración de su pueblo, el apoyo de todos ustedes. El sacerdote
en su comunidad es el mismo Cristo, no sólo un animador, una
buena persona, un entusiasta: es Cristo.
Por eso, los animo siempre a que respeten a sus sacerdotes, a que recen
por ellos y los ayuden para que sean fieles a ese deber sagrado que
Jesús nos ha encomendado. Que siempre el Señor de los
Milagros esté junto a sus sacerdotes. Y a todos los religiosos,
religiosas, que en diferentes caminos de enseñanza, de ayuda
a los más pobres, de asistencia espiritual, de vida contemplativa,
que dedican su vida entera fundamentalmente a amar a Dios en la oración.
De esa vida de oración brotan muchas obras de caridad, de ayuda
a los pobres, de enseñanza; pero todas ellas son consecuencia,
no el fin. El fin es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a ti mismo.
Hermanos, a todos ustedes fieles bautizados, hijos de Dios que hoy
se han reunido en esta Eucaristía y que a lo largo del día
van a acompañar al Señor de los Milagros y que vienen
con el corazón lleno de esperanza, de peticiones, que vienen
con esa enorme fe, los saludo en ese amor del Señor de los Milagros
para que realmente hoy en nuestros corazones haga milagros.
El Papa Benedicto XVI nos dice un pensamiento que nos puede ayudar
mucho justamente en esta procesión, nos dice que “no comenzamos
a ser cristianos, a ser hijos de Dios por una decisión ética,
sino que comenzamos a ser hijos de Dios por el encuentro con un acontecimiento,
por el encuentro con una persona que da un nuevo horizonte a la vida;
y por eso una orientación decisiva”.
Hermanos, toda esta multitud donde cada uno tiene nombre y apellido
propio delante del Señor de los Milagros, y es único e
irrepetible. Cada uno de nosotros, ahora tiene esa posibilidad, contemplar
el rostro del Señor de los Milagros y lo hacemos mirando en silencio
al interior de nuestro corazón. Ese es el espejo donde puedes
encontrar el rostro del Señor de los Milagros. No te extrañe
que al mirar dentro de tu corazón, en el silencio de tu contemplación
pidiéndole al Señor de los Milagros que te ayude: ¿Qué
encuentras en tu corazón?: pecados, egoísmos, preocupaciones,
cosas que hay que cambiar, no por una decisión ética:
¡No!. Porque el Señor de los Milagros, ¡Jesús!,
toca las puertas de tu corazón y te dice: te espero ¡conviértete!.
Deja el pecado.
En la cruz, Jesús le dice a su Padre: Padre, ¿porqué
me has abandonado?. No es un grito desesperado cuando ve que su Padre
por amor lo entrega a la muerte. En ese ofrecimiento de la muerte real,
dolorosa, Jesús siente la soledad, esa soledad que también
está presente en el corazón cuando uno no cumple sus deberes.
Da pena contemplar ese frío de una familia que no reza unida,
de unos padres e hijos que no se quieren como deben. El demonio que
se mete como en su casa para llenarnos de malos pensamientos, odios,
envidias. Hoy queremos decirle al Señor, unidos al Señor
de los Milagros: ¡Tanto nos amas, Tú nos salvas!. Por eso
estamos aquí.
Dice San Mateo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el
fin del mundo”. Esta seguridad que tenemos todos aquí y que en
tantos lugares del mundo acompañan a la Iglesia hace dos mil
años. Hace dos mil años que vamos por el mundo luchando
con la tranquilidad de que el Señor nos acompaña todos
los días, hasta el fin del mundo.
Hoy de manera especial, Jesús nos acompañará todo
el día cuando a su paso visite hospitales, calles y todos los
rincones para estar con nosotros. ¡Abre tu corazón!.
Cuando el apóstol Pedro hablaba a una multitud –decían-
como de tres mil personas, del Espíritu Santo, de la salvación,
de Jesús, qué dijeron sus discípulos: Pedro, ¿qué
vamos a hacer?. Con toda esta maravilla del Señor que está
con nosotros, es una pregunta que yo me hago y que se las hago a ustedes.
En primer lugar, vamos a vivir la vida en Cristo, vamos a conocerlo
más, vamos a mirarlo, vamos a vivir esa vida con Cristo. Decirle
que queremos ser su hijo, su discípulo, su hermano, que queremos
vivir su vida y ser cómo Él, para lo cual necesito de
la gracia.
¡Jesús está aquí!. ¡La gracia de Dios,
todo lo puede!. ¡Jesús sigue muriendo en cada eucaristía
y entregando su cuerpo real, vivo y presente!.
El mundo de hoy se aleja de la fe, habla de Dios pero le falta creer
en Dios. ¡Señor de los Milagros, haznos el milagro de creer
que estás aquí presente, que participas en nuestra vida!.
Hermanos, este es un gran desafío para la Iglesia, no solamente
en Lima y en el Perú, sino en el mundo. Demos testimonio, que
la gente lo vea y para eso los invito a todos para una nueva acción
misionera, que todos seamos apóstoles, que salgamos a las calles,
a ver a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los
enfermos; en las escuelas, en el trabajo, en el deporte, en la política,
en la cultura, en las parroquias, en todos los lugares, auténticos
misioneros.
No nos cansemos, la Iglesia siempre está con Cristo, es de Cristo.
Decía el Papa: el amor a Dios y el amor al prójimo son
inseparables. Que nos demos cuenta sin temor que la Iglesia no puede
ceder a la cultura que quiere ir dominando todo, una cultura que intenta
ser la cultura de todos. Esa cultura deja hoy a Dios guardado. Pues
aquí está el Señor de los Milagros para pasearse
por las calles de Lima y para decirle a todos: Yo estoy con ustedes
todos los días hasta el fin de los siglos.
Y nadie nos debe decir que la cultura religiosa de la Iglesia debe
ser una cosa personal. ¡No es verdad!. Hay que hacer lo que se
debe, hay que hacer el bien. Es una civilización, hermanos, que
está atacando mucho a la familia ¡recemos por las familias!
Que está atacando a la vida, ¡recemos especialmente por
esas criaturitas que están en el vientre de su madre!.
Que no nos vengan con mentiras, todo lo que es el aborto, toda esa
medicina que dice que es ciencia y que solamente mata, cada vez con
más mentiras. Que si el día antes o el día después:
¡Mentirosos, asesinos!. La vida no se toca, es sagrada.
Terminemos el día de hoy con la vista aguda mirando bien. Mira
los ojos del Señor de los Milagros, Él te pide un corazón
contrito y humillado para ser un buen hijo suyo.
Señor de los Milagros, como Pastor de esta Iglesia te pido que
el día de hoy hagas muchos milagros de conversión, que
muchos de nosotros cambiemos ese corazón para tener más
alegría, para querer más a los demás, para perdonarlos,
para llenarnos de la belleza que es la Iglesia. ¡Qué bonita
es la vida con Cristo!, ¡Qué bonita es la familia!, ¡Qué
bonita es la Eucaristía!, cuando el cuerpo de Cristo me llena
de luz, de paz, de gozo.
Junto a la procesión del Señor de los Milagros que hoy
recorre las calles, también tenemos la procesión de María
que lo acompaña.
¿Cómo podemos tener la procesión mariana?. Muy
sencillo, el rezo del santo rosario es un recorrido de los misterios
de la vida de Jesús y de María. Cuando uno va recorriendo
cada misterio, estamos en esa procesión, el corazón va
yendo de la anunciación a la visitación, al nacimiento
de Jesús, a la purificación, con nuestra mente, con nuestro
corazón acompañando a nuestra Madre Santa María.
Acompaña a Jesús con la procesión de María:
el rezo del santo rosario en familia.
Que Dios nos bendiga, ¡Viva el Señor de los Milagros!.