- Viernes, 29 de junio de 2006 -

Homilía del Nuncio Apostólico en el Perú, Monseñor Rino Passigato con ocasión de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Día del Papa el 29 de junio del 2006 en la Basílica Catedral de Lima

1. «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,17s). La tarea de Pedro, como la de sus Sucesores, no es empresa humana, sino misión divina, que nace del corazón de Dios, es sostenida por su gracia indefectible y lleva el sello de garantía de su trascendente autoridad.

Una vez más estamos reunidos en esta Basílica Catedral de Lima para celebrar el Día del Papa en la Solemnidad de los Santo Apóstoles Pedro y Pablo. Nos proponemos ante todo dar gracias a Dios por el don de estos Santos Patronos, Columnas de la Iglesia Universal, y de cada uno de sus Sucesores en la Cátedra de Roma hasta el que es Pedro hoy, Benedicto XVI, y rezamos por él y por todo el rebaño a él confiado por el Supremo Pastor, para que, guiado por su palabra y por sus orientaciones, llegue a ser cada vez más «en Cristo ... sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (L.G. 1), «como el pueblo unido “por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”» (L.G. 4; S. Cipriano).

Para ayudarnos en estos propósitos, con su venia, trataré de esbozar sumariamente lo que yo percibo como rasgos característicos del Pontificado y especialmente del Magisterio de Benedicto XVI.

2. Comenzando por un rasgo global, es digno de ser notado el dominio y la claridad de exposición en cuestiones complicadas para exponerlas con sencillez. El Papa Benedicto navega por esas aguas, muy difíciles a veces, con la aparente facilidad que sólo puede adquirirse con dotada inteligencia, estudio profundo y, sin duda también, con un don del Espíritu del Señor.

Leer sus enseñanzas resulta un gozo, dejándose llevar de su mano segura, participando de su clarividencia, contemplando con placer la calidad y el tejido armónico, bello por su rigor intelectual y por el equilibrio y solidez con que se armonizan y sostienen todas sus construcciones. Es un tipo de enseñanza que lo coloca entre los grandes maestros del saber.

La sabiduría a la que nos está habituando este Papa –escribe un comentarista– es la de gotas fecundas, que lamen las inteligencias de una sociedad distraída, pero por lo mismo muy necesitada de verdad. Es el dato que emerge en este pontificado. Detrás del rasgo delicado y discreto del hombre, puja la fuerza de un pensar muy alto, expresado con la simplicidad del comunicador y con la fuerza asentada del pensador de genio. Tal vez sea ello la causa de que son pocos los que tienen la audacia de contestarle. No por benevolencia. Más bien por la fuerza argumentativa de su pensamiento. Benedicto XVI dice cosas molestas y sin inútiles rodeos. Pero lo hace siempre con la fuerza de la lógica, que llega a alcanzar el misterio y lo confía a la razón.

Posiblemente sea también éste el motivo de que un número cada día mayor de no creyentes se acerca a la Cátedra de su enseñanza en enfrentamiento leal de inteligencias en búsqueda. La impopularidad que en ocasiones sufrió el Cardenal Ratzinger como custodio de la Doctrina de la Fe es paradójicamente la medida de su hoy admirada credibilidad y de la fascinación sobre las gentes.

3. Pasando a ideas más concretas, destaca en Benedicto XVI su saberse hijo de la Iglesia y su confiar en ella. No se siente su dueño, ni el responsable de tener que darle ningún secreto. Se siente parte de la Iglesia, ciertamente con una gran responsabilidad, pero apoyado por el resto de la Iglesia y radicado en ella. «Cuento con la ayuda indispensable de Dios y también con vuestra generosa colaboración» –dijo a los Cardenales en la primera misa después de su elección. «Yo, débil siervo de Dios ... no estoy solo. Me acompaña, queridos amigos, vuestra oración».

«La Iglesia está viva» –dijo en la homilía del comienzo del Pontificado. Benedicto XVI está llevando a cabo, pues, la aplicación del Concilio y ampliando y profundizando la obra de su querido predecesor Juan Pablo II. La Eucaristía sigue siendo el centro y fuente de su ministerio; su compromiso prioritario es el de promover la unidad plena de todos los cristianos; continúa el diálogo con los jóvenes, y la fidelidad a Cristo se impone como el objetivo último de todo su obrar.

El planteamiento de Benedicto XVI es el siguiente: cada ser humano busca la felicidad; la felicidad es el fin último del hombre. Para conseguir este objetivo Benedicto XVI indica un camino infalible, el cual consta de dos rieles: el de la verdad (su conocimiento y actuación) y el del amor o caridad.

No se puede negar que la cultura moderna, tan satisfecha con el logro de conocimientos nuevos científicos y técnicos, cosecha un gran fracaso en cuanto a lo filosófico, moral y religioso. La verdad parece no existir; cada uno cree tener su verdad; la verdad -se repite- es lo que en cada momento la mayoría cree. Es una herencia desastrosa la que en este aspecto ha dejado al siglo actual el pasado siglo XX. Si cada uno tuviere su verdad, volverá a repetirse la trágica historia de Auschwitz. Si cada uno tiene su verdad, cada uno tendrá su moral, y el uso de la fuerza justificará cualquier aberración.

Existe la verdad y la verdad es alcanzable. Benedicto XVI insiste en la capacidad del hombre para conocer la verdad. Y reafirma con fuerza y claridad la concordancia entre la fe y la razón, porque la fe es razonable y es la que da respuesta amplia a interrogantes fundamentales de la inteligencia humana, como el sentido de la vida y el más allá, que quedan oscuros a las solas posibilidades de la razón.

Así mismo hay coherencia entre libertad y ley de Dios -nos repite Benedicto XVI-, porque la libertad no es hacer lo que uno quiera, aunque no fuere razonable, sino que es la ausencia de bloqueos y obstáculos interiores y exteriores para que la voluntad pueda realizar con la mayor perfección lo que el entendimiento le propone como bien. Es así cómo la libertad alcanza su perfección por la ley de Dios y en Cristo tiene su total cumplimiento. De aquí que una ética, que en la escucha de la revelación quiere ser también auténticamente racional, alcanza su perfección en el encuentro con Cristo, que nos da la Nueva Alianza.

4. Punto también de la mayor importancia es el de la caridad. El hecho de que esta virtud haya constituido el tema de su primera encíclica, “Dios es amor”, ya es sintomático. No pueden separarse la fe y la caridad. La santidad de Dios es poder de amor. La Ley Nueva consiste en la vida según la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe, que actúa por la caridad. «Y precisamente en esta acogida de la caridad que viene de Dios, la libertad del hombre encuentra su realización más elevada».

El diálogo ecuménico, con las religiones y con el mundo habrá de hacerse desde el amor, desde el respeto mutuo para que se vayan deshelando los prejuicios, y la verdad encuentre abierto el camino libre de bloqueos.

Es en la Eucaristía donde la Iglesia se encuentra y se nutre del amor, donde lo celebra, donde encuentra las fuerzas para ponerlo en práctica, afrontando las renuncias que su práctica exige. Eucaristía, liturgia y práctica de la fe son inseparables.

¿Y qué decir de la concepción de Benedicto XVI sobre la función misma del Magisterio, que es la más importante del Romano Pontífice? Creo que todos los que nos encontramos aquí debemos dar gracias a Dios por la ayuda que a nuestra fe ha dado el Papa desde que está en la Cátedra de Pedro.

En el poco tiempo que lleva dirigiendo la Iglesia, Benedicto XVI ha tocado con acierto y maestría muchos puntos importantes, y seguirá haciéndolo. Nos conviene estar atentos, porque, a la luz de lo que ha sido en este año pasado, seguirá inspirándonos a todos en lo que más necesitamos, facilitará nuestras ansias de verdad, animará nuestros espíritus para realizar el bien y superar esos momentos de cansancio, que nos asaltan a todos, a los de arriba y a los de abajo, a los grandes y a los pequeños, a los niños y a los adultos; porque todos tenemos necesidad del Dios de Jesucristo y confiamos en que ese Dios nos lo seguirá mostrando el Santo Padre Benedicto XVI.

5. Todo esto nos marca pautas del Espíritu Santo en estos momentos. La pastoral ha de seguir insistiendo en la propuesta de la verdad, en la propiedad de su racionabilidad. La convivencia con no practicantes, con miembros de otras religiones, con agnósticos, con adversarios de la fe, el esfuerzo ecuménico, piden cristianos bien fundados en la doctrina de la Iglesia. El interés por conocer la doctrina de la Iglesia, de acuerdo a sus necesidades personales y para dar razón de la propia esperanza, ha venido a ser una actitud necesaria para todo creyente. Y la instrucción sólida para ello es un deber prioritario de obispos, sacerdotes y todos los colaboradores pastorales, especialmente en el área de la evangelización.

La pastoral debe dejar bien clara la necesidad de traducir las palabras a hechos. Es necesario seguir empeñándose (y todavía con más intensidad si es posible) en proclamar que la caridad, el amor mutuo, se adopte como norma de conducta, como objetivo de la educación, como clima de la vida familiar, como principio moral a todos los niveles. Es un deber de todos: de los cristianos que luchan en la política, de los empresarios, de los sindicalistas, de los que forman a los ciudadanos en las universidades y otros centros de educación, de adultos y también niños ... - de todos.

El deber de la caridad cristiana, el respeto a los derechos del prójimo, la lucha a la corrupción, la atención a los más pobres y desvalidos menos protegidos para su defensa, debe seguir acentuándose con palabras y con instituciones eficaces, que ayudarán a disminuir los problemas de la pobreza, a desarrollar el respeto a los demás, a ofrecer modos de colaborar en servicio social a todos los que tienen voluntad para ello.

Pero no será con meras palabras, ni organizaciones, ni manifestaciones, ni buenas intenciones como los cristianos responderemos con eficacia a lo que hoy Dios nos pide, sino acercando a los hombres a Dios.

Por eso Benedicto XVI nos pide a los sacerdotes que dediquemos nuestras mejores energías a lo que sólo nosotros podemos hacer: la administración de los sacramentos, para que el perdón de Dios, la misericordia de Cristo actúe eficaz y significativamente en la Iglesia, y el pan de la Eucaristía llegue a todos los que lo necesitan. El pan de la palabra y los sacramentos hay que procurar que lleguen más y más a todos los que los piden.

Y, para que la sal no pierda su sabor, ni que la luz deje de llegar a los más alejados, a todos nos pide alimentar la fe y la caridad sobrenatural a las fuentes de la vida cristiana: la Palabra de Dios, los Sacramentos, la oración, la catequesis.

Estas y muchas otras cosas nos ha recordado Benedicto XVI en su primer año de Pontificado. Sigámosle prestando atención. Por Él nos habla Dios. Sigamos leyendo con fe y deseo de aprender sus palabras, llevándolas a la práctica. Nos haremos mejores y tendremos más luz, y alcanzaremos el objetivo último para el cual Dios nos ha llamado al banquete de la vida: la plena felicidad en Él por el conocimiento de la Verdad y la participación en su misterio de Amor.

Con la ayuda y el ejemplo de nuestra Madre Santa María. Así sea.

+Rino Passigato
Nuncio Apostólico

 

 
 

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