- Domingo, 02 de setiembre de 2007 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Catedral de Lima

Domingo, 02 de setiembre de 2007

Queridos hermanos en Cristo:

Hoy, nos visita el grupo infantil de la Hermandad del Señor de los Milagros, preparados con mucha ilusión por su capellán, el Padre Pedro Hidalgo quien me acompaña en esta celebración. Justamente ese ir formando a los hijos, a los nietos en esta tradición tan unida a la Iglesia en Lima y en el Perú, es un regalo de Dios, por eso mi bienvenida a todas las chicas, chicos y niños que han traído esta imagen del Señor de los Milagros; y también a la directiva que ha venido con ellos.

Hoy, vemos que las lecturas y el evangelio nos dan un ejemplo para nuestra vida, una aplicación espiritual de la palabra de Dios. No solamente el significado, sino ¿qué mensaje espiritual tiene para mí?  Hay domingos, como hoy, donde el mensaje tiene mucha claridad.

En la primera lectura del libro del Eclesiástico, podemos encontrar lo que podría ser una clave para ser feliz, lo que tengo que hacer para vivir con felicidad. Y nos dice la palabra revelada: ‘Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad’. Pero, la humildad hermanos, tiene una condición fundamental, tiene que experimentarse interiormente.  Cada uno de nosotros delante de Dios, delante de su manera de ser, delante de sus puntos de vista, tiene una reacción interior. Ahí es donde se ve si soy humilde o no. Por fuera puedo bajar los ojos, ponerme de rodillas, puedo inclinarme y decir que no soy digno, ponerme al final de la cola, por fuera es fácil; pero solamente es humildad, si dentro, antes en tu propia vida interior aceptas con paz, con serenidad, con alegría la realidad de que te corresponde estar detrás o delante; o que te corresponde pedir disculpas o no; o que te corresponde afirmar la verdad con claridad.

La humildad nunca será cobardía, la humildad requiere mucha fortaleza, mucha valentía. Cuesta mucho y nace en el interior de tu alma; si ahí en ese encuentro con Dios, en ese diálogo con el Espíritu Santo, en ese mirarme en Cristo, si ahí te das cuenta que he pecado, que no digo la verdad o que mi carácter me complica o que no respeto al otro, lo que fuere, ¡ahí es donde va la lucha, en buscar que dentro de mí, al hacer el bien y la verdad, haya paz, haya gozo! Esa pequeña planta va creciendo en el interior, cuando veo algo bueno de los demás ¡y me alegro!, cuando veo algo malo de los demás ¡procuro ayudarlos!, cuando veo que alguien necesita mi ayuda ¡voy con apuro!, cuando veo que alguien me maltrata ¡procuro comprenderlo y sino lo corrijo! 

Pero al interior va surgiendo una manera de vivir que luego se proyecta en las palabras, en gestos, en ilusión, en la humildad que vemos los demás.  Esa es la gran dificultad de esta virtud, que requiere de un nacimiento en el interior donde nadie ve.  Por eso, dice la palabra del Eclesiástico: ‘Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad’, primera clave de la felicidad. Más adelante dice: ‘Hazte pequeño en las grandezas humanas’ ¡hazte pequeño, no seas importante!

El pequeño se entusiasma con poca cosa; el pequeño sabe cambiar su estado de ánimo con una sonrisa de papá, con una palabra de cariño. El pequeño es muy atrevido, puede pedir la luna; para el pequeño no hay imposibles.  Por eso nos dice ¡hazte pequeño, en ese trato con Dios! ¡Hazte pequeño! Y para ser pequeño hace falta una personalidad muy fuerte, una madurez muy grande; porque no temo a mostrarme sencillo, transparente, porque mi personalidad está formada, es madura; no me preocupo de qué pensarán, o que es lo que debo o no debo hacer. 

Por eso, hacerte pequeño es todo lo contrario de ser infantil ¡no!  Un hombre, una mujer maduros, serios, que saben lo que quieren; pero que delante de Dios, en su vida diaria son gente sencilla.  Clave de la felicidad: ¡hacerse pequeño!

Luego nos dice ‘no corras a curar la herida del cínico, porque no tiene cura, es un brote de mala planta’.  Cómo compaginar la caridad con esta indicación de no acudir a curar al que no quiere cambiar, al que rechaza la ayuda, al que no se deja aconsejar, al que todo lo sabe, al que nunca tiene la culpa, al que todos no lo comprenden.  ¿Cuál es la solución?  Procuremos no caer en esa enfermedad.

Si eres niño, si eres humilde es imposible que seas cínico, pero nos dice la Escritura ‘al cínico hay que castigarlo, que le caiga su propia enfermedad, no tendrá amigos, no tendrá colaboradores, cuando le pase algo serán muy duros con él’.  Y, ¿qué hacemos para no ser cínicos? ¡Ser de una pieza!  ¡No tener doblez!  Si estás mal, ¡estás mal!  Si estás cansado ¡estás cansado! Cada uno se manifiesta como es, en cambio el cínico siempre está intrigando, siempre está presentándose de otra manera; y lógicamente no es feliz ni hace feliz a los demás.

Al final, nos dice esta palabra revelada: ‘ten el oído atento a la sabiduría’, que no es otra cosa que: ‘haz oración, escucha la palabra de Dios’. Todo esto hermanos, es una pequeña clave para ser feliz. Repásala en tu casa, examínate, todos tenemos que estar permanentemente en ese convertirnos.

En segundo lugar quisiera hablarte de esa actitud tan importante que en este tiempo se vive en nuestra patria: la solidaridad. No solo la felicidad, sino la solidaridad.  Solidaridad que me atrevo a dividir en espiritual y material, ¡están unidas!  Solidaridad espiritual ¡recemos unos por otros, comunión de los santos! Ofrezcamos nuestro rosario, nuestra comunión, nuestra presencia y participación en la santa misa ¡Señor, por aquel enfermo, por aquel joven, por aquellos que están en Ica, por aquellos que están presos, por aquella mujer abandonada, por este hijo con problemas, por este hogar con dificultades!  ¡Recemos unos por otros!  Ahí tienes la solidaridad espiritual, da buen ejemplo ¡cómo ayuda el buen ejemplo!  Cuando uno está de mala gana, cuando uno está un poco caído, triste o de mal humor ¡cómo alegra ver la cara de un papá, de una mamá, de un amigo que con el rostro sonriente, sincero viene a tu encuentro a saludarte, a agradecerte, o simplemente pasa a tu lado saludándote ¡el buen ejemplo!

La solidaridad del buen ejemplo, lo veíamos estos días, con el fútbol que ha estado tan en primera línea. Evidentemente son muchachos que ante la derrota ¡el buen ánimo!  Porque se apoyan unos a otros con esa palabra, ese gesto, sin exagerar, porque entonces también lo podemos endiosar y les hará daño ¡sin exagerar! Pero, ese buen ejemplo va creando una cadena de solidaridad.  Tenemos el ejemplo del Sur, que no sólo fue el impulso del corazón los primeros días, sino que hubo una continuidad Saber que necesitan de mi presencia, de mi pequeña colaboración, de mi palabra de ánimo.  Necesitamos todos participar con la cadena de la solidaridad del ejemplo.

Por eso, el ser agradecidos ¡cómo ayuda! Cuando una persona con toda sencillez te dice ¡gracias! ¡Cómo anima a seguir ayudando el que te digan gracias! Una palabra y un gesto tan sencillo, pero ¡qué tantas veces se queda guardado! Lo mismo te digo del perdón, cuántas veces, sólo queremos escuchar ‘perdona hermano’, y no brota la palabra y queda la herida, faltó la solidaridad espiritual, ¡aprendamos a decir gracias! ¡A pedir por favor!, ¡A decir: ¡perdón!, ¡A sonreír, a rezar por los demás!

En la fiesta de santa Rosa, muchas personas iban a dejar su deseo al pozo, ¿cuál era su intención?  Por los que están sufriendo, por la familia, para que haya paz, para que haya empleo, para que esté bien la salud, pidiendo por los demás.  ¡Esto es grandioso! ¡Esta es la solidaridad que el Señor nos pide! 

Para eso hay que buscar que la juventud –y me refiero ahora a esta hermandad infantil-   desde niños aprendan a rezar por los demás, a querer a los demás, a ayudar a los demás, que descubran lo que a veces nosotros no sabemos enseñar: que ayudar al prójimo ¡llena de felicidad!, Que el egoísmo que vemos hoy ¡no da felicidad!  Pero, ¡ayudémoslo!, porque este mundo tan materialista apaga los valores del espíritu y vemos a los chicos pidiendo el internet y todo lo material ¡No! Hay que despertar aquel estímulo que portarse bien lleva consigo.  Cuando éramos niños siempre había en casa una relación del estudio, de la puntualidad, de decir la verdad, de ayudar al hermano más pequeño, de obedecer, de comer bien ¡tantas cosas sencillas que los papás nos inculcaban!  ¿Porqué lo olvidamos cuando somos mayores? ¿Porqué?

A la juventud de hoy –lo decía el Papa- le toca cambiar el mundo actual con la solidaridad espiritual y la solidaridad material; esos voluntariados, estas hermandades en donde prima el amor a Jesús Nazareno, la buena conducta, el buen ejemplo.

Por eso, simplemente para terminar, nos ponemos en las manos de nuestra Madre Santa María, y le pedimos:  Ayúdanos a ser felices, siguiendo esa clave de la humildad que tú nos has enseñado.  Ayúdanos a ser solidarios, no estando pendiente de nosotros sino de los demás. Piensa siempre ¿qué quiere ese amigo, ese hijo, esa esposa, ese marido? ¿qué quieren? Y si es bueno ¡hazlo!  Verás como irá creciendo esos valores espirituales que son fundamentales; y que estos días –he de decirlo con enorme agradecimiento- lo hemos visto con un ejemplo deportivo, de cómo un esfuerzo genera una actitud de fortaleza. Hemos visto hoy como ha habido un enorme esfuerzo del país y del mundo para ayudar a los hermanos del Sur.

Hermanos, que no sea una luz de bengala, que esa luz quede encendida, que cada día haya en mi vida alguien a quien le pueda dar la mano, sonreír, agradecer, darle un abrazo, perdonar, rezar.  Y de esa manera esa humildad, esa solidaridad nos llenará de felicidad, que todo el mundo la desea ¡Qué belleza da la felicidad!

Vamos a buscar esa felicidad y esa belleza, especialmente en la niñez y la juventud de este país.

Así sea.

 
 

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