Hermanos todos en Cristo Jesús:
Después de casi un mes en que -como saben- nos hemos reunido un buen grupo de obispos latinoamericanos, en la ciudad de Aparecida en Brasil, en el santuario de la Virgen que nos ha acogido, acompañado, guiado, -como siempre hace Nuestra Madre-, nos encontramos nuevamente aquí en la Basílica Catedral.
Han sido tres largas semanas en las que hemos podido experimentar lo que es la fraternidad, la comunión, la presencia de Dios entre personas de diferentes países, lenguas, costumbres; acogidos por ese gran país de América del Sur: Brasil, con todas sus costumbres, con su gran variedad de gente que viene de muchos lugares. Realmente ha sido una experiencia de cómo Dios está presente entre nosotros.
Hoy, celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad : Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. A lo largo de la historia -es bueno tener un marco para nuestras vidas- siempre ha habido cambios; a veces centrar todo en el hombre; y entonces dedicarse exclusivamente a ese mundo, donde cada uno somos el centro.
Ha habido temporadas en la que pudo generarse un enorme progreso de arte, de técnica, de cuidado por las personas; cada uno tiene un problema grande, se ponen como en la neblina, en la oscuridad, se deja la sombra de Dios. Son épocas en las que los hombres, las mujeres pretendemos ser dueños del mundo y tarde o temprano uno se despierta con todas las dificultades.
Hay otras épocas en las que hay una fuerte presencia de Dios en el cual el mundo ve el resplandecer de obras divinas: de la oración, de la entrega, de esa maravillosa presencia de la liturgia: templos, Santísimo Sacramento con una fuerte presencia de Dios en la vida diaria, cultural, política, social. ¡La humanidad entera pone mucha fuerza en la realidad de un Dios que está presente!
Pero hay otras ocasiones en las que la humanidad está en el medio, pasan de una época a otra. Y, entonces, puede surgir un enorme relativismo: ni Dios, ni el hombre -por decirlo así- buscamos unos dioses muy pequeños: el éxito, el placer, el dinero. Nos quedamos en tierra de nadie; y ese relativismo que hoy está muy presente empieza a querer decirle a Dios: ¡Dios, adáptate a los tiempos! ¿cómo vas a seguir pidiendo a los hombres que cumplan los mandamientos, que se confiesen? ¿no ves que hay otras dificultades? ¡Modifica tu proyecto!
Claro que es una audacia temeraria, decirle a Dios ¡te has equivocado! Pero, es lo que tantas veces hacemos; y también volcándonos más hacia lo que es la sociedad; también vemos que se quiere exaltar lo que es humano, y quiere entonces cada hombre, cada mujer ser absolutamente dueño de todo lo que a él, o a ella le parece. No hay nadie que ponga límite a mis deseos, a mis opiniones, a mis experiencias; y lógicamente ese mundo de egoísmos, de individualismos que surge, inmediatamente lleva a una violencia -vamos a decir así- donde uno se siente agredido por el otro; y surge también un exceso de discusiones, de tensiones, se rompe con facilidad ¡todo!: la familia, el orden público, el concierto de las naciones, ¿por qué? Porque cada hombre, cada mujer, cada sociedad intenta ser independiente de los demás, surge la globalización, que mejora mucho unas relaciones económicas, pero deja de lado, se olvida de las personas ¡se olvida!
¿Me dará mucha información? ¡Sí! ¿me dará posibilidades de viajar mucho? ¡Sí! Pero, ¿me hace más hermano de los demás? ¡No! ¿respeta mi familia, la educación de mis hijos? ¡No! Se va creando una situación realmente preocupante en este vaivén de esa organización mundial en la que el hombre quiere ser dios ¡es muy peligroso!
Pero piensa en tu vida, no hablemos de grandes temas ¡en tu propia vida! ¿qué lugar ocupa Dios en tu vida, hoy? ¿lo has saludado al despertarte? ¿le has dado gracias por un día más de vida? Tal vez ¿le has pedido ayuda para tal o cual familiar, amigo? O perdón ¿por qué notas que no has estado tan cerca? Es decir, ¿existe una relación tuya con Dios como parte de tu vida? Piensa que lo que Dios siempre ha querido es tener amigos en este mundo; y el amigo es un testigo que te da garantía con su palabra, con su trabajo, con su sentimiento. Si yo soy amigo de Dios no tengo que decirle ¡mírame!
Esto hermanos, surge en el Evangelio como la sal de la tierra, que le da sabor; y que dice se puede tornar insípida y no sirve para nada. La luz que se pone encima para que alumbre, ó ¿quién la pone debajo para que no alumbre? Son ejemplos del Evangelio que te puedes dar cuenta en tu propia vida, con mi vida, con mis obras, con mis palabras, con mi manera de tratar a los demás, con mi modo de reaccionar, con mis sentimientos, ¿alguien puede decir cuando me ve, este cree? ¿este ama? No tanto maestros, sino testigos, ¿quién es el testigo de Dios? El santo.
Por eso en la solemnidad de la Santísima Trinidad , volvemos a recordar que es necesario volver a la santidad. Dios me ha creado para ser santo y ser santo es ¡para encontrar los caminos divinos en la tierra!, descubrir ese algo divino que hay en las cosas más normales y sencillas de la tierra: familia, trabajo, dolor, pobreza, riqueza, juventud, ancianidad; en todo momento hay que descubrir ese algo divino que ha dejado Dios, no solo en la creación, sino en esa imagen, esa huella de ser hijo de Dios. El camino de ese hombre y mujer por la tierra tiene algo de divino. Y esa tarea de descubrirlo, de aportarlo ¡allí está la santidad! No es una fuga del mundo ni es un prescindir de la vida eterna; estamos en esa armonía de participar del misterio: Jesucristo, verdadero Dios, verdadero Hombre; ni sólo Dios ni sólo Hombre.
Tú y yo no podemos decir lo mismo, pero somos un reflejo, tenemos una chispa divina que permanentemente nos lleva a buscar la eternidad, la salvación, el amor, el perdón y tenemos una dimensión humana, por lo tanto, hay que trabajar bien, portarse bien, llevar bien la familia, saber colaborar en el desarrollo también material. Esa chispa divina y esa dimensión humana, hace que estemos permanentemente en esa tensión: ¡la santidad!
Dejemos detrás esa duda que tantas veces el relativismo se mete en el alma, en la vida ¿para qué sirve? ¿qué voy a sacar? A mí no me parece, yo tengo mi opinión. ¡Acércate a Dios! Tantas veces ese consumo y ese placer que nos adormece, nos corta la dimensión espiritual. Más que nunca es necesario volver a lo que Dios nos enseña, ¡a adorarle! ¡aprende a adorarle! ¡adorarle, contemplarle, dedicarle! Y fruto de esa adoración, de esa meditación, de esa oración ¡una acción! ¡la acción! En el ámbito de tu trabajo, de tu familia, de tu responsabilidad.
En el fondo no estorbemos a Dios que quiere salvarnos, pero que no te vale salvar sin ti, como dice san Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Fuimos creados y a nadie le pidieron permiso y ¡aquí estamos!, pero para salvarnos Dios sí te pide permiso, ¿quieres? ¿me dejas ayudarte? Te busco permanentemente, ¡sé que estoy muy lejos! Te busco siempre; ¡es que no tengo arreglo! Te busco siempre. Esa misericordia de Dios es infinita, no la limitemos.
Por eso, hoy en esta solemnidad de la Santísima Trinidad , con tanta confianza y amor le podemos decir ¡Gracias, muchas gracias, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo! Y le pedimos a Santa María, hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Más que tú, solo Dios.
Hermanos, descubramos la santidad, descubramos que en el fondo de tu alma está esa Trinidad tocando la campana, diciéndote: Dedícame un tiempo, ¡escúchame!, no te dejes capturar por la enorme cantidad de cosas que hay en el mundo, que sean todas ¡camino! Trabajo, empresa, deporte, la enfermedad, la pobreza, la ancianidad, el matrimonio, la educación, ¡una maravilla! ¡Cómo camino hacia la santidad! ¡El valor divino de lo humano!
Este es el gran desafío, esta es la gran maravilla que Dios ha puesto a nuestra disposición: Encontrar ese algo divino en las situaciones más sencillas que la vida tiene escondido; y poco a poco ir encendiendo esas luces y el mundo será lo que Dios ha querido ¡muy bueno! ¡muy bonito!
¡Que Dios los bendiga a todos!.
Así sea