- Domingo, 04 de noviembre de 2007 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Catedral de Lima

Domingo, 04 de noviembre de 2007

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:

Las lecturas que hoy nos propone la Iglesia –palabra revelada de Dios- nos traen unas enseñanzas vivas, muy cercanas, muy útiles. En la escucha y meditación de la Palabra de Dios siempre hay algo nuevo para la vida de cada uno, nunca hay repetición.

La lectura del libro de la Sabiduría nos habla con una claridad muy grande, que delante de Dios ¡somos nada!, que a veces ese orgullo que se nos esconde en el corazón delante de Dios ¡no valemos nada!, que ese mundo que piensa que la religión ya pasó, ¿porqué la Iglesia así? todas esas discusiones tan llenas de orgullo vacío, delante de Dios ¡nada!

Escucha estas palabras “Señor, el mundo entero es delante de ti como un grano de arena en la balanza”, coge ese milímetro de arena y ponlo en una balanza, prácticamente no marca, no pesa; y nos dice la palabra revelada que el mundo entero delante de Dios es como un grano de arena en la balanza; también lo compara con una gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra ¡una gota de rocío, no de la lluvia!

¿Qué nos está queriendo decir esta palabra revelada? Que nos demos cuenta que delante de Dios, humanamente, físicamente hablando somos ¡nada! ¡Para que seamos más humildes!, pero a continuación viene también una revelación muy bonita, porque no siendo ¡nada!, nos va a explicar como somos ¡todo! Pero te compadeces, Señor, de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan, amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho, si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.

Señor, amigo de la vida, todos llevan tu soplo incorruptible, ese valor nuestro que es nada tiene un valor infinito. Soy criatura de Dios, ¡es mi Creador! La iniciativa ¡el que me haya creado! me da un valor infinito que Él me lo da, me lo presta; si yo me separo de Dios por el pecado ¡vuelvo a ser el granito de arena, la gotita de rocío! ¡nada!

Por eso, el mundo de hoy con tanto orgullo –hombres y mujeres, de toda edad y condición social- ¡No necesito a Dios! ¿para qué la misa dominical? ¿porqué me debo confesar? Ese orgullo hace que el mundo esté lleno de arena, ¡sin valor!, ¡sin amor!, ¡sin peso! Porque la grandeza de nosotros no es propia, ¡es prestada!; es Dios que me crea, que me redime con su Hijo Jesucristo en la cruz. Entonces, me incorpora y me dice “ven a formar parte de mi familia”, y ¿por dónde entro? Por la puerta ¡Cristo! Por la Iglesia Católica, esta familia de Dios tiene un enorme valor ¡prestado!, porque si abro la puerta y me voy vuelvo a ser un granito de arena que no pesa, que no interesa, que no importa.

Vemos tanta maldad, tanto abuso, tanto pecado, porque la gente pierde el valor que supone ser un hijo de Dios. ¡Piénsalo un poco! para que ganemos en humildad, todo mi valor es prestado, es porque estoy en la casa de Dios, porque pertenezco a la familia de Dios, por lo tanto nos puede llamar la atención tanto fracaso, tanta violencia, tanta injusticia, ver a la familia deshecha, ¿no? porque si me alejo de Dios paso a ser un grano de arena en la balanza ¡nada! Mi Dios es tan grande que cierra los ojos para no ver mi pecado, me busca siempre. Pero hermanos, nunca va a hacer lo que me toca: la libertad, pedir perdón, de volver a empezar, de luchar contra mis pecados, ¡me va a ayudar!, pero me dirá “tú puedes con mi ayuda, déjame que te ayude”. Y por eso, junto a esa humildad tan grande, una humildad fundante que viene de tu propia existencia, que no te pertenece, ¡todo, se lo debemos a Dios! Y ese Dios me invita a su casa y adquiere un valor muy grande; si me voy de su casa paso a ser un granito de arena ¡nada!. No pretendas que te respeten mucho si tú no vas a respetar de esa manera.

El evangelio nos dice que Jesús entró en una ciudad y había un hombre llamado Zaqueo –nos dice el Papa-  ¿Quién era Zaqueo? Un hombre rico y su oficio era recaudador de impuestos, y por eso lo consideraban un pecador público en el pueblo judío. Su trabajo era recaudar impuestos para el imperio romano, por lo tanto en el pueblo judío, que pagaban impuestos se sentía maltratado y lo consideraban un pecador público, un abusivo, ¡ese era Zaqueo! Sitúate en tu vida para que también te des cuenta que a veces somos pecadores, que Zaqueo no brillaba por sus virtudes, estaba en el pecado.

Nos sigue diciendo el Papa, al saber Zaqueo que Jesús pasaba por esa ciudad, aquel hombre se vio invadido por un gran deseo de verlo. Allí está el tema, Señor, que nos veamos invadidos por el gran deseo de verte, de estar contigo, de conocerte más. Esa fue una ayuda de Dios, esa fue una invitación “entra a mi casa”; y ese hombre con humildad, con ese gran deseo de verlo –como era muy bajo- subió a un árbol, no tuvo vergüenza de qué dirá la gente, si me confieso, si rezo, si voy a la catequesis, si me acerco a ayudar a mis padres o amigos. No tuvo vergüenza de mostrarse en ese deseo de conocer a Dios. ¡No tengas vergüenza! ¡Sé valiente! Se subió a un árbol ¡muy raro! Y cuando Jesús pasa debajo de ese árbol le dice “Zaqueo, baja pronto, porque hoy debo quedarme en tu casa”.

Lo conocía por su nombre, como te conoce a ti, ¡no te escondas! Te conoce desde el primer instante que viniste al mundo y te sigue, te busca, te aconseja, te llama, ¡si eres criatura suya! ¡sabe tu nombre! Cuándo hables con Jesús, no hables en general, preséntate ¿cómo te llamas? ¿quién eres? ¡Él te conoce! Y le hace Jesús esa invitación maravillosa “baja pronto, hoy debo quedarme en tu casa ¡hoy!”. Allí está la conversión, Jesús lo invita hoy, confiésate ¡hoy!, corta ese pecado ¡hoy!, perdona a ese amigo ¡hoy!, reza el rosario ¡hoy! ¡No mañana! ¡No poco a poco! ¡Hoy! Esa es la invitación generosa de Jesús a todos nosotros.

Y nos sigue contando este pasaje que cuando Jesús estaba ya en la casa de Zaqueo, empieza la gente a criticar ¡este es un pecador! ¿cómo está comiendo aquí con este pecador? Zaqueo oye y como es un hombre valiente, leal, un discípulo, dice: “Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres y si de alguien he abusado le doy cuatro veces más para pedirle perdón”. Estamos ante un hombre que no era tan malo, ¡no estaba cerca de Dios! ¡pero era un hombre justo! ¡era un hombre honesto! Por eso Jesús le dice “hoy, ha sido la salvación de esta casa, porque el hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. Hermanos, ¡humildad! Ese granito de arena; ¡conversión!, es regalo de Dios ¡hoy!.

Vamos a pedir por la intercesión de san Martín de Porres ¡ahí tienes a un Zaqueo! Un hombre sencillo, mulato nacido en el Perú, quien con su vida de entrega a los más humildes, con su sencillez se ganó el corazón de Dios y se ganó el corazón del mundo entero. Hermanos, en la vida de todos siempre hay un Zaqueo, ojalá que nosotros podamos ser “Zaqueos”.

Se lo pedimos a nuestra Madre Santa María que nos atrevamos a aceptar la invitación de Dios. Así sea.
 
 

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