- Jueves, 5 de abril de 2007 -

HOMILÍA DEL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI EN LA CELEBRACIÓN DE LA CENA DEL SEÑOR

Catedral de Lima

Jueves, 5 de abril de 2007

Querido pueblo católico, sacerdotes concelebrantes, religiosos y religiosas; muy queridos hermanos en Cristo que nos acompañan en esta Basílica Catedral y en la Plaza de armas:

Estamos celebrando la conmemoración de la Última Cena, a la espera de visitar al Señor en los monumentos de las diferentes iglesias de nuestra ciudad.

La capital se ha convertido en un gran templo, donde la fe de este querido pueblo, va caminando por calles y plazas; acompañada la familia para visitar a Jesús en este día solemne.

Por eso, hoy, al predicarles sobre la institución de la Eucaristía , esa novedad del mensaje que nos trae Jesucristo, y que inaugura un nuevo modo de vivir; Jesús nos incorpora a su propia hora, Jesús te incorpora para vivir su hora, de este modo nos muestra la unión, ¡más que el amor! algo que no podemos acabar de entender. “Él vive mi vida, yo vivo su vida”. Humanamente no hay lenguaje para explicar esa unión que ha querido establecer entre Él y nosotros; entre Su persona y la Iglesia.

Hermanos, ese momento eterno, -“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”- donde Él nos invita a que nuestra vida entera vaya cambiando, rectificando para poder vivir el momento de Cristo en mi vida.

En pocas palabras, el Señor nos pide una coherencia eucarística; es decir, que quien recibe el cuerpo de Cristo debe comportarse de tal manera que los demás puedan decir; “Ahí va Cristo”. Envuelto en mi fragilidad, ¡sí!. Pero, en la huella, su modo de mirar, de pensar, de perdonar y de querer, ¡Ahí va Cristo, no es él, es Cristo!

Por eso, me atrevo a formularte esta pregunta en voz alta: ¿No nos habremos acostumbrado a recibir el cuerpo de Cristo?.

Hermanos, hoy es un día para recordar con sencillez. el don de Dios, que es tan grande y al mismo tiempo misterioso. Es luz y oscuridad a la vez; la inteligencia no permite captar tanta luz, pero bajamos la cabeza, nos ponemos de rodillas y le decimos, una y otra vez: ¡Señor mío y Dios mío, creo que estás aquí, creo que me ves, creo que me oyes, espero en ti y te amo!

Y se lo decimos repetidas veces; y recordamos con alegría, con agradecimiento a nuestras mamás, a nuestras abuelitas, a aquellas mujeres mayores que hoy de manera especial, son una guía para este mundo, son la reserva de lo que es esa fe de nuestro pueblo. ¡Gracias mamás! ¡Gracias abuelitas! ¡Sigan enseñando a sus hijos y a sus nietos que Jesús está realmente presente, que nos ama y que nos busca! Necesitamos una comprensión más profunda de esa presencia de Jesús en la Eucaristía. El sacerdote lo dice en cada Santa Misa con las mismas palabras de Cristo, “esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre”. Este don, este misterio, ilumina toda nuestra existencia, y abarca la vida entera.

Por eso, es necesario cambiar el propio modo de vivir y de pensar. Debemos renovar nuestra mentalidad para vivir según el Espíritu Santo una espiritualidad eucarística que visita a Jesús, que lo recibe con el alma limpia. La exposición del Santísimo en los templos, en cualquier rincón del país, nos recuerda que el cuerpo de Cristo está en el Sagrario. Nos acostumbramos a ponernos siempre de rodillas.

La Eucaristía nos introduce en la vida eterna, la presencia de Cristo que yo como, me une a su propia vida, me incorpora a la vida eterna, -¿Por qué la fe a veces se oscurece?- es difícil amar de otro modo mejor. Cristo te incorpora y te invita, ¡ven a la vida eterna!, a esa vida donde hay un amor sin medida, donde está la alegría total, la paz eterna; todas nuestras necesidades cubiertas, la belleza infinita, el trato y el cariño entre todos, la familia estrechada en un gran abrazo; donde no hay injusticias ni mentiras, donde todo es amor, alegría, entrega, paz, serenidad.

Hermanos, cada vez que comulgo, no sólo recibo el Cuerpo, sino a Jesús mismo que dice ¡ven, asómate a esta visión, a la vida eterna! ¡Que hay cielo y que hay infierno! Hoy, hemos leído en el evangelio, con palabras reveladas -no son cuentos antiguos- que el demonio ya había entrado en Judas.

La Eucaristía te asoma a esa sabiduría, a esa paz, a esa alegría, a ese cariño de tus padres, que tal vez están descansando junto a Dios. También te asoma a ese proyecto divino donde todos somos iguales, buenos y alegres.

Pero hermanos, esa anticipación de la visión de Dios la recibimos en la precariedad de nuestra vida humana y pecadora. Toda esa visión maravillosa la recibimos nosotros mezclada con pequeñas pasiones, desórdenes, cóleras, malos pensamientos, orgullos, desánimos, soledades. Ese tesoro divino en vasos de barro. ¡Señor, eso somos, vasos de barro! Pero hoy, queremos recibir ese licor de la sabiduría, ese maravilloso perfume de la bondad, de la fortaleza, de la sinceridad.

Jesús nos enseña en el Sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. ¡Jesús enséñanos a querer a los demás, como tú nos haz querido!

Debemos aprender esa gran lección del perdón. Señor, ¿qué pasa con nuestro pueblo?, ¿que pasa con nuestras familias?, ¿porqué tanta división?, ¿porqué el rencor? ¿porqué el maltrato?

El amor a la Eucaristía nos debe llevar a abrir el corazón a esa magnanimidad, a un ánimo grande que no lleva cuenta de rencillas ni de agravios, que no busca todo el tiempo quedar bien, que no es más ni el pobre ni el rico, que delante de Dios hay una única raza: ¡los hijos de Dios!

¡Señor, bendice a nuestro pueblo con esa capacidad de saber pedir perdón, de saber reconciliarnos! y para eso es necesario ser generosos. Por eso, tal vez, nos hace falta acudir con más frecuencia al Sacramento de la Reconciliación , en donde voy por el camino del arrepentimiento de mis pecados, del dolor de corazón, del propósito de enmienda. Hay algo que debo cambiar en mi vida.

Hoy, solemnidad importantísima en la Iglesia : la Eucaristía , Cristo realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática, no es que sea un objeto, es vida; me ve, me oye, me quiere.

¡Jesús, te decimos tantas cosas y al cabo de un rato nos olvidamos!, ¿Por qué?. Quisiéramos detener el tiempo, ponernos delante de ti con nuestra inteligencia, imaginación, memoria, ojos, vista, oídos, ¡todo, Señor!. Y en medio del trabajo, del dolor, de las dificultades ¡centrados en ti! Eres el centro de la creación, de mi familia, de mi vida, eres la causa de mis alegrías, eres la razón de mi vida. De ese amor tuyo brotan todos los demás amores.

Jesús, ¡ven a mi corazón, auméntame la fe! Él nos dice: “Yo soy el buen Pastor, yo doy mi vida por la ovejas”.

Hermanos, no es el poder lo que redime, sino el amor. Este es el distintivo de Dios, Él mismo es amor. ¡Cuantas veces escuchamos pensamientos deseando que Dios se muestre más fuerte! ¡Que Dios castigue a este y al otro! ¡Que Dios derrote el mal, y que cambie el mundo!

El mundo está redimido, el bien ha vencido al mal, y la verdad a la mentira. Es en tu corazón donde se da esa batalla. Es en mi corazón donde debo dejar que el bien venza.

La redención la ha hecho Jesús, la estamos recordando en estos días. Pero nuestra redención, está en tus manos y en las mías, porque Jesús está a la puerta queriendo salvarnos. ¡Déjalo entrar! ¡Reconoce tus faltas! ¡Acércate a la confesión! ¡No tengas miedo!

El mundo es redimido por la paciencia de Dios, y destruido por la impaciencia de los hombres. Emprendamos una nueva orientación, vivamos nuestra vida en Cristo, esa santa inquietud de Cristo, el Buen Pastor; Él no es indiferente al ver a muchas personas que vagan perdidos por un gran desierto.

Decía el Papa Benedicto XVI, “hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, del hambre, de la sed, del abandono, de la soledad y del amor quebrantado. Pero existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas, que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo de sus vidas”.

Hermanos los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores. ¡Jesús, Tú eres fuente de agua! ¡Tú eres caudal que sacia la sed para siempre! ¡Sólo en Ti, mi corazón se aquieta!

Acuérdate de San Agustín, “sólo en ti Jesús Eucaristía, sólo delante de Ti, bajando la cabeza con humildad y repitiéndote: “Señor mío y Dios Mío”. ¡Señor, acude con rapidez, aquieta mi corazón, fortalécelo, límpialo, lávalo!

Hermanos, la Eucaristía , en resumen, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. Por todo ello, proclamamos que el cristianismo es la religión que ha entrado en la historia, y que Cristo es el fundamento y el centro de la misma.

Esta contemporaneidad entre la hora de Cristo y cada una de las Santas Misas, este hacer hoy la realidad del amor de Cristo, está en la Eucaristía. ¡Con cuánta ilusión los veo que quieren estar cerca en los monumentos! Ir a mirarlos e ir a decirle a Jesús todo lo que lo quieren. En esas peregrinaciones, como mañana que vendrá el Señor de los Milagros, miles y miles a lo largo de los siglos peregrinan con sus rostros serenos, con sus lágrimas, muchas veces, con los pies en los suelos porque quieren estar con Jesús y quieren vivir el hoy de Jesús.

Hermanos, ¡Cuántas gracias le damos a Dios por esta fe con la que nos ha bendecido! ¡Que responsabilidad cultivarla en nuestra vida y pasarla a los demás! ¡Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre!

¡Jesús, llénanos de asombro y gratitud! Hoy despertamos a ese misterio de la Eucaristía. ¡Ayúdanos recordando a ese siervo de Dios Juan Pablo II!, ¡Ayúdanos uniéndonos al Santo Padre Benedicto XVI! Ellos, buenos pastores y padres amabilísimos, nos anuncian un amanecer de espiritualidad.

Esto es lo que el mundo de hoy le pide a la Iglesia : ¡Dale espíritu y vida a este mundo muy organizado, pero muerto! ¡Dale espíritu a la juventud, a los matrimonios, a las familias y a todos los gobernantes, para que con esa oración y meditación podamos humanizar más el mundo de hoy!

Madre mía, María, Mujer Eucarística, Tú estás con nosotros acompañándonos en la esta Última Cena, ayudándonos a inaugurar esa espiritualidad eucarística más intensa. ¡Tú, enséñanos a querer a tu Hijo, a ese amor de los amores!

A esa Madre le cantamos ¡Tú reinarás, reina en nuestros corazones!

Así sea.

 

 
 

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