Mi saludo especial a los miembros de la hermandad, a los sacerdotes concelebrantes y a todo el pueblo peruano que hoy de una manera simbólica está representado en esta Basílica Catedral.
¡Señor de los Milagros, atendiendo a esa antigua tradición de la identidad del pueblo peruano, te acogemos en tu Basílica Catedral Primada! Es algo que va más allá de nuestras manos y de nuestros tiempos. Dios ha querido regalar al pueblo peruano este misterio de la devoción al Señor de los Milagros que está en lo más profundo del alma, de los recuerdos, de las familias, de las tradiciones de nuestro pueblo. ¡No es fácil ni es posible concebir la maravilla que es el Perú dejando de lado a nuestro Señor de los Milagros!
Por eso, Señor, levantamos nuestro corazón en acción de gracias. ¡Cómo nos bendices! Tenemos a la primera santa de América, santa Rosa de Lima; al segundo arzobispo de Lima, santo Toribio de Mogrovejo; a san Martín de Porres. Tenemos todo un conjunto de mensajes de Dios que de alguna manera nos dice “estoy al lado de cada uno, cuenten conmigo”.
Queremos también recordar con profundo agradecimiento a todas las generaciones que a lo largo de estos años, han sabido recoger con ternura, con cariño, con enorme delicadeza, el tesoro de esta devoción y la han cuidado, la han cultivado, la han pasado de padres a hijos y a nietos; y así, hoy nos corresponde como Arzobispo de Lima, recibirlo con profunda emoción, con profundo agradecimiento. Le hemos presentado y lo haremos a lo largo de este mes, nuestras necesidades, nuestros sufrimientos, nuestras familias, ¡porque por eso el Señor ha querido quedarse de esta manera!
Hermanos, les digo esto con profunda convicción; la presencia del Perú en el mundo entero se identifica por la devoción al Señor de los Milagros. Por eso, desde esta Iglesia Madre, desde esta Hermandad Madre, invocamos la protección y bendición para todos nuestros hermanos peruanos y latinoamericanos. En el mundo entero sacan a las calles réplicas de esta imagen, con las mismas características, con la misma ilusión y todos añorando ¡estar aquí!
Señor, bendice a tantos hermanos nuestros que por muchos motivos salieron del país y que en estos días se vuelven a reunir alrededor de tu imagen para rezar, para darte gracias, para pedirte. Algunos de ellos haciendo enormes esfuerzos se trasladan a Lima y acompañan al Señor con lágrimas de emoción, de gozo.
Hoy, en el Salmo Responsorial, escuchamos unas palabras que son como el mensaje espiritual que nos deja Jesús desde la cruz: “Ojalá escuchen hoy la voz de mi Señor, no endurezcan sus corazones”.
Señor, esto es lo que te pido para todos nosotros, lo más grande que nos puedes dar es tu perdón, tu misericordia, tu cercanía. ¡Ten fe! ¡Te escucha, te ve! ¿Qué nos pide? ¡Escuchen mi voz! No endurezcamos el corazón, ¡abre el corazón! Si hay que pedir perdón, ¡pide perdón! Si hay que quitar odios, envidias, mentiras ¡quítalas! Si hay que darle gracias, si hay que sufrir, si hay que acercarse a ese hijo pequeño, si hay que acercarse a aquel hombre, a aquella mujer; si aquel matrimonio que está un poco débil, debe fortalecerse; si aquel cansancio de la vida te agobia; es un magnifico momento este mes de octubre, la “cuaresma limeña”, en la que el Señor derrama su perdón, misericordia, sus milagros. ¡Sí existen los milagros! El gran milagro es tu conversión, tu paz interior, tu alegría interior.
Eso viene cuando tu conciencia se pone delante del Señor para limpiarla en el gran sacramento de la Confesión, de la Reconciliación. ¡Acerquémonos en este mes a pedir perdón! ¡Cuántas cosas, Señor, me pesan en el alma! La respuesta a esa petición de Dios está en el Evangelio de hoy, ¿qué le dicen los apóstoles al Señor? ¡Auméntanos la fe!
Cada año al contemplar este pueblo maravilloso acompañando al Señor de los Milagros, ¡aprendo a tener más fe! Aquella mujer humilde, aquel joven, aquel hombre ya mayor, aquella familia, aquel enfermo, ¿con qué ojos te miran, Señor? ¡Auméntanos la fe! Que no sea sólo en estos días, que vivamos con esa seguridad que “estás a mi lado”.
Y san Pablo -acabamos de leerlo- nos dice algo muy directo: “no te avergüences de dar ejemplo de nuestro Señor Jesucristo”, no te avergüences de dar testimonio, que la gente vea que el hombre de fe, el hombre católico tiene una conducta adecuada a su fe. No es fácil, lo sabemos, pero con Él es posible.
La presencia del Señor de los Milagros, su luz nos obliga a iluminar con más sinceridad, con más trabajo, con más amor al prójimo. Dice san Pablo “toma parte en los duros trabajos del Evangelio según la fuerza de Dios”. Esto es lo que te repito con las palabras del apóstol: ¡no tengas vergüenza de que tu identidad católica se note! ¡No ofendemos ni atropellamos a nadie!; y al mismo tiempo es un trabajo esforzado, cuesta, pero la fuerza viene de Dios.
Guarda este precioso depósito de la fe con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros, este depósito de la fe ¡el Señor de los Milagros! Guardemos, cuidemos, ¡respetemos y hagamos respetar la fe de nuestro pueblo! No está en manos de nadie sino de cada uno de nosotros.
¡Cuánto te agradecemos, Señor, que este pueblo cuando llega el mes de octubre cambia! ¡en todo el Perú empieza la sintonía morada, empieza la procesión! ¡vamos camino de esa conversión! ¡camino del encuentro al hermano que no me cae bien! ¡camino al encuentro con Dios, del que me he alejado! ¡camino a la paz eterna en la lucha! Esa procesión, lenta, multitudinaria, en la que el anda es un símbolo clarísimo de nuestra vida ¡cuesta, cansa!, pero llevamos en nuestros hombros al Amor de los Amores.
Te pido hoy, de manera especial ¡por la educación moral de nuestro pueblo! ¡especialmente de la niñez y la juventud! Esos valores, Señor de los Milagros ¡que no se pierdan! ¡el valor de la vida! ¡el valor de la familia! ¡el valor del matrimonio! ¡el valor de la juventud! Haznos ese milagro, ¡que despertemos a ese urgente llamado de formar a la gente en valores: honradez, veracidad, trabajo, respeto por el prójimo; respeto a la honra y al honor! Los grandes valores como la democracia, la libertad y la justicia se sustentan sobre valores más profundos. ¡Cuándo faltan esos valores todo se cae! ¡La verdad, la honradez, el amor a los hijos, el amor a la familia, el respeto por los ancianos, por los enfermos, por los niños, el cumplir cada uno la misión que tiene encomendada! Señor, eso traerá esa paz y esa unidad que todos queremos para nuestro país.
Hoy celebramos la Virgen del Rosario, nos ponemos en manos de Ella, con ese ritmo maravilloso ¡el rosario! Qué alegría me da contemplar la ciudad entera y el país con rosarios que a veces se ponen en el carro, otros en el cuello, Yo te animo a que lo cojas y lo reces, ya que es una música que alegra a la Virgen.
También ponemos en manos de Ella nuestros corazones ¡límpialos, enséñanos a amarnos, a querernos! Pon en manos del Señor de los Milagros, esta multitud de corazones que en todo el mundo están tocando a la puerta de tu Hijo.
Hermanos, no hago otra cosa más que repetir lo que muchos de ustedes van diciendo a lo largo de este mes, ¡qué bueno es el Señor! Es mucho más que lo que a veces intentan conocer los periodistas:
-Y, usted ¿porqué y desde dónde viene? ¡Porque lo amo! ¡Porque me ha hecho un milagro!, ¡Porque el Señor me quiere! Pone todas las estructuras a vibrar, porque el amor a Dios y el amor de Él a nosotros mueve montañas y lo vemos, lo tocamos y nos asombramos.
¡Gracias Jesús! Y, nuevamente bienvenido a tu casa, a la Basílica Catedral de Lima.
Así sea.