Señor Presidente de la República , Dr. Alan García; señora Pilar Nores, primera dama; señores ministros que hoy nos acompañan; Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, Rino Passigato; Monseñor Adriano Tomasi, Obispo Auxiliar de Lima; sacerdotes; queridos hermanos todos en Cristo:
Hoy, la Iglesia llena de alegría repite con el Salmo: “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Este es el gran anuncio del día de hoy, que ¡Cristo vive! No nos cansamos de repetirlo porque vemos que en la vida diaria actuamos como si Dios no existiera.
¡Cristo Vive! Y ese vivir de Cristo tiene consecuencias inmediatas en la vida diaria. No es un fenómeno económico, político y social, ¡No! es Dios hecho hombre, es la divinidad que entró a la tierra y se hizo humano; es la eternidad que se hizo tiempo, es la cercanía, la unidad misteriosa de lo humano-divino en Cristo. En nosotros, no ocurre así. Pero nos abre ese camino para que todo lo humano, -menos el pecado- sea un lugar de encuentro con Dios.
Esta doctrina nos llena de alegría, saber que el trabajo, que el gobierno, que el servicio, que el que está en el último rincón de nuestra patria, como el que está en un lugar importante; el Cardenal, el último de los religiosos; la última mujer que está en el campo; en todos nosotros; esa dimensión humana es camino ¡para encontrar a Dios!
Dios no es rival, no viene a proponer modelos de desarrollo, lo que viene es a proponer el modelo de las virtudes, así como el modelo del hombre y de la mujer que buscan la verdad, el bien, la justicia, la paz.
El hombre y la mujer tienen, -como decía recientemente el Papa Benedicto XVI- en el trabajo la herramienta para amar, buscar y llevar a Dios. No son mundos separados, ¡Cristo vive! le interesa toda nuestra vida, pero nos pide que llevemos a todos este anuncio de Cristo Vivo.
Ese Cristo Vivo lo hemos visto en estos días. Ayer se hablaba de las tinieblas frente a la luz, y celebrábamos en el Cirio Pascual la Resurrección de un modo simbólico. La luz ha vencido a la tiniebla, que no quiere decir que la tiniebla nos rodee.
Hoy decimos que la vida ha vencido a la muerte y el bien ha vencido al mal. ¿Y cuál es nuestra tarea cuando contemplamos tanto mal?. Cuando es tan difícil empujar adelante a la gente, a la familia, a la educación, al trabajo, a la vida ciudadana. ¡Que esfuerzo cuesta el sacarnos de nuestra indiferencia y pereza!
Es Cristo hermanos, quien nos dice: “hoy tienes que ayudarme”. Esa redención ya se realizó, pero la nuestra, la de este país, de esa provincia, la de aquella comunidad, de aquel colegio, de aquella mujer, de aquel enfermo, de aquel niño, la bondad que Dios quiere de todos ellos es tarea nuestra.
Esto es lo bonito de la vida cristiana. No plantea un desafío al desarrollo, no plantea un desafío a ningún modelo que no sea pecado. Pero el Papa nos convoca y nos dice ¡ánimo, este mundo refleja muchas sombras! Estamos convocados a dar testimonio de que Cristo vive y que quiere contar contigo para que ese cambio, esa paz y ese desarrollo, esa economía, esa familia, esa educación y esa moral, refleje que Cristo está actuando en la tierra.
Por lo tanto, los tiempos reflejan lo que somos cada uno de nosotros, el tiempo en sí no tiene mayor connotación que la cronología, pero el tiempo humano sí le da una connotación a la vida.
Por eso, el día de hoy, cuando celebramos este gozo de Jesús que nos convoca, ese Jesús lleno de serenidad, de paz, de empuje y de ilusión; pues le decimos con palabras del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Porque, ¿no es verdad que muchas veces se nos oscurece el panorama? y que a veces las nubes se ponen cargadas, en la familia, en la salud, en el trabajo.
Vivimos un mundo en el que hay un exceso de pensar en el éxito, y éste muchas veces se une al aspecto material. Es verdad que necesitamos muchas cosas materiales, como: casa, trabajo, comida, educación, salud, ¡es verdad, pero no se agota! Hay momentos en que esa dimensión material no se puede lograr, pero no es motivo para desanimarse.
Por eso, todos debemos recordar que hoy celebramos una presencia, y cada uno podrá ver en su propia alma porque ese Cristo Vivo es una presencia. Nadie le puede contar al otro la experiencia de su trato con Dios, que es algo personal e irrepetible. El cuanto amas a Dios, es solo tu experiencia.
Comprometámonos a ese vivir una fe con obras, vivamos esa alegría y esperanza. Cuántas veces vemos en nuestra propia vida que somos gente de péndulo, es decir, o nos va todo muy bien o nos va todo muy mal. ¡No hermanos, la mayoría de veces estamos en el medio!
Hay momentos en que el péndulo puede parecer que va un poco más para un lado o para el otro, pero la vida de nosotros se desarrolla en ese ser coherentes cada día, en cada momento y situación. Y Dios es tan bueno que a veces bendice ese esfuerzo con frutos visibles y que nos llenan de entusiasmo; y a veces nos prueba y parecería que nuestra vida se hace más oscura, y que las dificultades parecen mayores.
Pero no sigamos esa ley de péndulos que no conduce a nada, seamos gente que mirando a Cristo Resucitado, le decimos con confianza ¡auméntame la fe, dame esa fuerza para hacerte presente en mi trabajo!
Recientemente, decía el Papa: “queremos ser una Iglesia abierta al futuro, y como tal, rica en promesas para las nuevas generaciones. Esta luz que es Cristo Resucitado nos lleva a tener la valentía para afrontar con confianza las cuestiones más difíciles”.
Y se refiere de manera especial a la juventud: ”debemos educar a los jóvenes en la paciencia, sin la que no se puede lograr nada. Debemos educarlos en el discernimiento, en un sano realismo, en la capacidad de tomar decisiones definitivas”.
Comenta el Papa una experiencia que le ocurrió, y dice: “uno de los jefes de Estado, que me visitó recientemente, me dijo que su principal preocupación es la incapacidad generalizada de tomar decisiones definitivas por el miedo a perder la propia libertad”. Y nos dice el Papa: “en realidad el hombre se hace libre cuando se vincula, cuando tiene raíces, porque entonces puede crecer y madurar; educar en la paciencia, en el realismo, sin falsas componendas para no diluir el evangelio”.
¡Cómo lo vemos y cómo lo agradece la gente! cuando tomamos decisiones en el trabajo, en la familia, al frente del gobierno, al frente de una institución, cuando asumimos con realismo ese compromiso, ese deber que Dios me pide en el momento. No lo hago en función de un mesianismo, ¡no! lo hago en función del deber que Cristo Resucitado me dice “ese camino humano es lugar de encuentro con Dios”.
Por eso hoy, nos acordamos de nuestra Madre. ¿Dónde está María Santísima en el momento de la resurrección?. Brilla con luz propia esa virtud que hace posible todas las demás: la humildad.
Sin humildad, no hay nada. María al momento del triunfo de su Hijo no aparece. Resulta agradable pensar que lo primero que hizo Jesús fue presentarse a Ella, aquella mujer que al pie de la Cruz le ha dado su última mirada, que lo ha recibido en sus brazos, aquella mujer que ha visto el dolor.
El otro día escuchaba que comentaban “no me gusta que a las mujeres las hagan víctimas”. Yo no ha hago víctima a una mujer cuando digo que es más valiente que el hombre, sino que reconozco un hecho. Es un elogio que no tiene nada de victimismo, tiene la dimensión grandiosa de la voluntad de Dios, de hacer a la mujer con un suplemento de fuerza que le permite sacar adelante las cosas.
Pues nuestra Madre ha despedido a su Hijo ¡Que fácil resulta pensar que cuando resucita va a darle ese primer saludo a su madre! ¿Por qué?, porque es humilde.
Vamos a pedirle a Ella por nuestra patria, para que nos llene de esperanza y de alegría, que sepamos conjugar ese sano deseo de un progreso, de unir al país, y de tener esa estima. Cuantas veces se oye ese grito ¡Sí podemos! Aparte de ser un grito que no tiene mayor connotación, que importante es que en el fondo, Cristo resucitado me dice: ¡hijo mío, conmigo puedes, ánimo!.
Por eso, la Iglesia no predica un moralismo, sino un encuentro, una presencia, ¡Cristo Vive!
Hermanos, una muy feliz Pascua de Resurrección a ustedes y a todas sus familias.
Así sea.