Excelentísimo señor Nuncio, Monseñor Rino Passigato, muy queridos hermanos Obispos, muy queridos sacerdotes concelebrantes, religiosas, religiosos, autoridades, representantes de las Fuerzas Armadas y Policiales, muy queridos hermanos de la Hermandad del Señor de los Milagros, muy queridos todos en Cristo Jesús:
En esta ocasión de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo contemplemos las palabras de san Pablo en su primera carta a los Corintios donde dice: “Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido”. Es lo que estamos viviendo hoy. Yo he recibido una tradición, un misterio de fe desde el primer instante en que Jesús les dice a sus discípulos “Haced esto en memoria mía”. San Pablo, un poco después nos dice que ha recibido esta tradición, este mensaje, esta realidad de Cristo; y ahora la transmite.
¿Y, cuál es esa tradición? Lo dice san Pablo, que “el Señor Jesús en la noche que iban a entregarlo a la muerte, tomó un pan pronunció la acción de gracias lo partió y dijo: ‘esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros, haced esto en memoria mía’”, igualmente “después de cenar, dijo: este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”.
Por eso hermanos, cuando hablamos de ese misterio de la fe, cuando la Iglesia vive de la Eucaristía, cuando cada uno de nosotros tiene la eucaristía como el centro de su vida, desde que me levanto hasta el último instante y hasta el día de la muerte. ¡Jesús en la Eucaristía es: el camino, la verdad, la vida!; ¡es el comienzo de la vida eterna!, ¡es la presencia de Dios en la vida terrena! ¡es el misterio de comunión: yo me uno a Dios en Cristo Eucaristía! ¡yo me uno a mis hermanos en Cristo comunión!
La pregunta brota, ¿por qué con este maravilloso regalo del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el mundo no refleja ese amor de Dios, esa generosidad de Dios, esa entrega de Dios? ¿qué pasa? ¿no hay fe? ¿No acabamos de recibir realmente a Jesús Eucaristía?, ¿nos hemos acostumbrado en este mundo tan autosuficiente a que cada uno tiene su pequeño mundo al margen de los demás? ¿es que Jesús ya no toca mi corazón?, ¿es que ya no me emociono ante la eucaristía? ¿qué pasa hermanos? Aparte de esta mañana fría, el corazón ¿porqué va a estar frío?.
La grandeza de la maravillosa presencia de Jesús en la Eucaristía necesita que nosotros de rodillas, con respeto, con humildad, con sinceridad nos postremos delante, como haremos en la procesión. Yo le pido al Señor, con especial confianza ¡Auméntanos la fe! Esta eucaristía conmovió hasta la santidad a santo Toribio de Mogrovejo, a santa Rosa de Lima, a san Martín de Porres, al Siervo de Dios Juan Pablo II, que desde este lugar se dirigió al pueblo de Lima, el año 1985 y en 1988. Muchos hermanos y hermanas nuestras han entregado su vida por amor a la eucaristía ¿qué tenían ellos que no tenemos nosotros, qué no tengo yo? Esa pregunta hay que hacérsela cada uno.
Los grandes movimientos de renovación en la Iglesia -como nos ha pedido Juan Pablo II y ahora el Papa Benedicto XVI- que nos invita a esa santidad, a estar con Cristo, en Cristo, a darnos más, esa santidad arranca siempre de un volver a descubrir ¡el amor a la eucaristía!, ¡el amor a la liturgia!, ¡el cariño a la santa misa!, ¡la adoración al Santísimo en los templos! ¡el acudir a visitar a Jesús! El que los demás puedan decir ¡Mira, como celebran la misa! Este hombre ¡cree! Mira esta mujer ¡cómo se pone de rodillas delante del Santísimo! ¡esta mujer cree! ¡Mira este joven, que va a comulgar con respeto! ¡mira aquella religiosa que da su vida por dar de comer a esta gente pobre, por curar a este enfermo! ¿por qué son así? ¡por qué creen! Y de ahí brota una vida nueva.
Y creo que el Señor nos está invitando -ahora, en estos tiempos- a un renovar esa realidad de ser -como hemos hablado en Brasil, en esta reunión en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida- ¡discípulo! El discípulo va detrás del maestro, Jesús, está con él, ora, medita, lo conoce, lo quiere; y ese discípulo va: ¡Id por todo el mundo y prediquen el evangelio, bauticen a la gente! Ese discípulo va de casa en casa, en el colegio, en el trabajo, en la escuela, ¡jóvenes, ancianos, ricos y pobres, sanos y enfermos de toda raza y color! Va ese misionero ¡misionero sin misión! Misionero que tiene que llevar ¡a Cristo! ¡nada más y nada menos! No lleva alforjas, no lleva gran sabiduría, ¡lleva el ejemplo! La gente ve y dice ¡este cree! ¿Y, por qué lo dices? ¡Porque, fíjate como perdona, como escucha, como ayuda! ¡Fíjate, como no pelea, mira como siempre busca la verdad! ¡Cómo ama a su esposa, como quiere a sus hijos, como quieren a sus padres!
Hermanos, no escondamos a Jesús ¡muéstralo en tu vida! Esto es lo que hoy, nos pide Dios a todos; este es el gran cambio que Dios anuncia al mundo de hoy ¡estoy con ustedes! ¡estoy entre ustedes! ¡estoy dentro de ti, descúbreme! ¡estoy a la puerta llamando, ábreme! ¡estoy en aquel pobre hombre, en aquellos niños, en aquella pobre mujer, en aquella gente atribulada, reconóceme! Ese Cristo, ese es el que quiere estar presente, sino, podríamos mostrar a un Cristo desfigurado; y la gente diría: Cómo, si comulgas, si recibes el cuerpo de Cristo, ¿por qué no se nota, no se ve? En tu conducta, en tu trabajo, en tu familia, ¿por qué te falta generosidad? ¿por qué no sabes dar al que no tiene? ¿qué pasa? Y, es un Cristo ¡que no es Cristo!
Hoy, te invito de una manera clara, con esas palabras de san Juan: “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre”. Jesús, hoy, ahora nos está invitando ¿quieres vivir la hora de Cristo? O ¿quieres vivir tu hora, tu tiempo, tus cosas? Entremos a ese misterio de la eucaristía, allí Jesús me enseña a vivir su hora y vivo su pasión, su muerte, su resurrección, su entrega a la gente pobre, su misericordia con todos, su entrega a esa misión: ‘Yo hago lo que el Padre me ha indicado’.
Hermanos, ¡acércate a esa hora de Cristo! Esa presencia de Cristo en la Hostia Santa. Hoy mismo lo recordaba el Papa: Pide de nosotros el silencio de la meditación, esa aceptación interior que transforma la vida. Jesús está enamorado de cada uno de nosotros ¡piénsalo! No es si tú estás enamorado de Él. Él, que nunca traiciona, ha entregado su vida definitivamente por amor, ¡está enamorado! ¡buscándote! Tú y yo a veces lo aceptamos, otras no tanto; pero no te olvides que esa iniciativa de enamorar es de Él, Él me ama primero, ¡siempre!
De manera especial, unas palabras para invitar a que las familias vuelvan a vivir el día domingo ¡unidas! Papás, hijos, abuelas, tías. Tenemos que volver a darle ese tono cristiano a la sociedad; y para eso hay que centrar la vida de la familia en el día domingo, ¡jóvenes, junto a sus padres en la misa dominical! Allí está el centro, donde Jesús te espera para escucharte, para acoger tus dificultades, para darle tono, para darle sabor a toda tu vida. Recuperemos el domingo, ¡Día del Señor! ¡Día de la Eucaristía! Será una gran ayuda para la familia, para la juventud; y también una palabra de la relación que tiene la eucaristía con la confesión.
Hermanos, me viene al corazón con frecuencia esta pregunta, ¿estaremos recibiendo a Jesús con el alma limpia? La eucaristía no es el sacramento de la reconciliación ¡no! La eucaristía es el sacramento de los reconciliados, por lo tanto necesito estar en gracia de Dios, necesito que mi alma esté limpia de pecado. No es enseñanza de la Iglesia que todo el mundo de cualquier manera se acerque a la comunión. Hagamos una reflexión y enseñemos a nuestros hijos, hermanos; y los sacerdotes a todos los miembros de sus parroquias que recibir la eucaristía exige unas condiciones y no hacerlo nos trae a la memoria aquellas duras palabras: quien come mi cuerpo y bebe mi sangre ¡indignamente!, come y bebe su propia condenación. ¡Respeto por la eucaristía! Que cuesta a veces no acercarse, es parte del sacrificio, pero acerquémonos a la confesión y verán como la eucaristía se convierte en una fuerza grande, en un encuentro con Cristo de verdad.
Por eso, en el Evangelio de hoy, cuando Jesús le dice a los apóstoles: ¡Denles de comer, son un montón! ¡como ahora! Y le dicen, ¡no hay más que dos panes y cinco peces! No hay nada. Es como si Jesús, ahora les dijera a los discípulos ¡denles de comer! Y los discípulos le dirían ¡de dónde vamos a sacar!, mándalos a sus casas para que coman. Y Jesús, aquí presente, dice ¡No, denle ustedes de comer! Está aquí en el evangelio de hoy; y ¡se produce el milagro! ¿A través de quién? De Jesús y de los discípulos.
Cuando estamos con Cristo surge esa preocupación urgente para ayudar al pobre, al niño, al anciano, al enfermo ¡Surge! Cuando no surge, es porque esa comunión no es con Cristo. Por eso, hoy al leer ese pasaje del amor de Jesús a la gente pobre nos damos cuenta que en el misterio de la eucaristía está la preocupación, el amor al prójimo; lejos de toda ideología, unida -como dice el Santo Padre- de una manera constitutiva, el amor a Cristo y a los pobres está unido en el misterio de la fe. Ahí tenemos una tarea para hacer realmente un examen de conciencia.
Vamos a acudir a nuestra Madre, la Virgen María. ¡Qué buena es María! ¡Cuánto tenemos que aprender de Ella! ¡Que Ella nos enseñe a amar a la eucaristía! Quiero agradecerles mucho, es un día frío y hay una multitud de jóvenes, de familias, de miembros de tantas instituciones, que hoy nos hemos congregado en nombre de Jesús Eucaristía ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué bueno es nuestro pueblo! ¡Que Dios los bendiga a todos!
Así sea