Queridos hermanos en Cristo:
Hoy, la Iglesia celebra un acontecimiento muy grande: La Asunción de nuestra Madre Santa María al cielo, en cuerpo y alma.
La Iglesia nos está ayudando a recordar que el destino para todos es el cielo eterno, la felicidad eterna, el amor eterno, la familia eterna, donde no habrá ni dolor ni cansancio; en la que no existirá el pecado; en la que todo será gozo, alegría, paz, amistad, donde todo será calmar nuestros deseos ¡de cualquier tipo! Todos esos deseos ordenados como hijos de Dios, muchas veces no produce sensación de ¡basta! Sino ¡siempre más!
Por eso, le pido a Ella, en esta fiesta en la que entra a esa presencia de la Santísima Trinidad: ¡ayúdanos a entender esa promesa del Señor! Porque tantas veces, para portarnos bien, hay que tener presente el premio; y también para evitar el mal hay que conocer el castigo. No podemos olvidar que la educación va junto a lo que puede ser cariño, comprensión, enseñanza, ayuda, apoyo ¡todo!
Dios que es tan bueno, también ha establecido en la vida de la humanidad ese cielo eterno; y nuestra Madre -en la fiesta de hoy- entra y es recibida por todos los santos, por todos los hombres y mujeres que ya estaban en el cielo. Y hoy que los miles de millones de almas que están gozando la eternidad, saludan a María Santísima con alegría “Dios te salve, María”. todos le pedimos: ¡Madre mía, que yo sepa un poco lo que es ese cielo, porque si lo viera un instante, mi vida cambiaría! ¡Valdría la pena ese amor que me espera!, como nos dice la liturgia: ¡Alégrate! Porque celebramos este día de fiesta en honor de la Virgen María.
Y al mismo tiempo, hermanos, no podemos vivir soñando, vivimos en esta tierra como somos. ¿Y que nos dice la liturgia? La primera lectura del Apocalipsis nos dice que apareció una figura portentosa en el cielo, una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas ¡la grandeza! ¡esa divinidad!
Esa grandeza que justamente dice el apóstol san Pablo a los Corintios: “Cuando vaya a Dios Padre, cuando esté en su reino, cuando Cristo haga de sus enemigos el estrado de sus pies, cuando Dios haya sometido todo bajo sus pies” la promesa está, ese Dios divino que se hace hombre ¡Jesucristo! Y que no ha disminuido su poder, su bondad, su belleza, su misericordia, su amor a cada uno.
Entonces, viene la pregunta ¿porqué veo otra cosa? ¿porqué veo tanto daño? ¿porqué veo tanta gente que no tiene que comer, que se enferma? ¿porqué veo tanto engaño, tanta violencia? ¿porqué se muerden unos a otros por el poder, por el dinero? ¿porqué la familia se rompe en pedazos? ¿porqué tantos niños sueltos por las calles? ¿porqué? Es una pregunta muy fuerte.
Y leemos en el Apocalipsis: “Apareció otra señal, un enorme dragón rojo con siete cabezas, diez cuernos, siete diademas en la cabeza, con la cola partió del cielo un tercio de las estrellas arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz para tragarse el niño en cuando naciera”. Ahí está el ¿porqué? Porque también está revelado ¡que el demonio es una realidad absolutamente real! Que se encarna en personas que actúan, que espera que estés deseando cambiar ¡para comerte!. Que espera que estés en dificultades para ¡desesperarte! Que espera que veas algunos problemas para generar la violencia, la mentira, el odio, la injusticia. Existe un principio del mal.
Así como está María, cómo está Dios, cómo está su hijo, esa Madre nuestra al frente de esa lucha sabe que tiene un ejército poderosísimo que el mundo de hoy no quiere hablarte de él. El demonio ¡ya lo verás! destroza hogares, juventudes, países enteros; ¡no con cosas raras! ¡Con lo que leemos en los diarios!, ¡con lo que ves en tu familia!, ¡con lo que contemplas en tu propia vida! Siembra el odio, siembra el abuso del sexo -tratándonos como animalitos-, siembra la injusticia -esclavizando unos a otros-.
Por eso, nos relata el Apocalipsis, “estaba dispuesto a tragarse a ese niño; y aquella mujer dio a luz un varón destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos; y Dios arrebató al niño y lo llevó junto a su Trono. La mujer huyó al desierto donde tiene un lugar reservado por Dios; y se oyó una gran voz del cielo: Ahora se estableció la salud y el poderío, el reinado de nuestro Dios y la potestad de Jesucristo”.
Nos hemos enterado que nuestro destino en la tierra es luchar por amor a Dios hasta el último instante; que nuestro aliado es Jesucristo y Jesucristo está en la Iglesia; que nuestro aliado es la Palabra de Dios; y que el triunfo no es ni dinero, ni poder, ni opinión pública; ¡el triunfo es la alegría y la paz en la conciencia! Dios no promete riquezas, no promete aplausos ni reconocimientos, promete la alegría y la paz en su Hijo. ¡Basta!, pero también ¡lucha! Hay una cruzada entre el bien y el mal y no nos ha exonerado de esa lucha, cuando más quieres luchar, el demonio querrá anularnos.
Por eso, san Pablo nos dice: ¡Cristo, resucitó de entre los muertos, el primero de todos! Después cuando Él vuelva ¡todos los que son de Cristo! Dios ha sometido todo bajo sus pies; que no se vuelva con esa misma pregunta, y ¿porqué? Parecería que el mal se impone, porque lo dan a conocer mucho, parecería que le alegra al mundo de hoy darnos a conocer todo lo malo, desanimándonos a todos.
Yo te digo –aunque no se conozca en los medios- hay una gran noticia: Dios nos tiene guardado un premio eterno, Dios quiere que luches un día y otro y ¡para eso está Jesucristo, para eso está la Palabra de Dios! ¡para eso está la confesión y la eucaristía frecuente! ¡para eso está, hoy, nuestra madre bendita, Santa María! Ella es la reina que capitanea esa lucha en tu alma, María es siempre la abogada, la intercesora, la mamá, la que te va a buscar, la que te levanta.
Por eso, un propósito muy claro el día de hoy, renueva una mayor intimidad con María. María quiere que estos tiempos mejoren, ¡siempre lo ha querido!
En el Evangelio la madre de Dios contesta: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. ¡Qué grande eres Dios! Cuántas gracias te doy, ¡me has dado la vida! ¡Me mantienes vivo, me acompañas día a día! ¿porqué soy tan necio? No sé darte las gracias, no sé respetarte, no sé quererte, ¿porqué, Señor? Ese misterio del mal que tantas veces me lleva a hacer lo que no quiero; y la pregunta seguirá por todos los siglos, y el Señor siempre te dirá: ‘Confía en mí’ y María siempre te dirá: ‘Haz lo que Él te dice’.
En este pequeño compendio del catecismo de la Iglesia Católica –que hay que conocerlo- la Iglesia nos enseña: y, ¿como ayuda la Virgen María? Y contesta: Después de la Ascensión de su Hijo al cielo, la Virgen María ayudó con su oración en los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su asunción al cielo ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad, ejerciendo sobre ellos una influencia para salvarnos, surgiendo esa sobreabundancia de los méritos de Cristo. Ella administra los bienes de Cristo.
Los fieles ven en María una anticipación de la resurrección que les espera y la invocamos como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora; pero, ¿cómo adoran a la Virgen, si sólo se adora a Dios? Y nos enseña la Iglesia: ¡No! A la Virgen no se le adora, a la Virgen se le rinde un culto singular, diferente de la adoración que es sólo para la Trinidad. Ese culto especial se llama Veneración y se expresa en las fiestas litúrgicas, en el amor al Santo Rosario.
Madre mía, hoy en tu fiesta, al llenarte de besos y agradecimientos te pedimos que nos introduzcas en ese misterio de la vida eterna, que aprendamos a entender y amar a ese Dios que nos espera en el cielo. Que ese amor a Dios nos lleve a luchar más, para desterrar el pecado.
Así sea..