- Domingo, 14 de octubre de 2007 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la clausura II Congreso Nacional Misionero

Catedral de Lima

Domingo, 14 de octubre de 2007

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy, domingo, que estamos celebrando esta Eucaristía de clausura del Congreso Nacional Misionero, quisiera que con la ayuda de Dios reflexionemos en algunos aspectos de lo que hemos escuchado.

El Evangelio nos dice que cuando Jesús pasaba por la ciudad de Samaria le salen al encuentro diez leprosos, las palabras con las que se dirigen a Jesús son las siguientes: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Pienso que son palabras muy apropiadas para que aprendamos a ser sus discípulos, ¡Jesús, maestro!, no es cualquier relación; es el discípulo que quiere aprender, es el maestro que me va a enseñar la actitud de humildad, lo que nos abre un panorama diferente.

Luego viene esa declaración “ten compasión de nosotros”. Una actitud que hace fácil al Señor poder entrar en esa intimidad. Aquellos tenían lepra, y yo ¿no tendré también lepra? Cuántas veces, Señor, nos cuesta aceptar nuestra debilidad, nuestros pecados y tal vez es el motivo por el cual no nos escuchan, porque pueden decir aquella otra palabra del Evangelio: “no todo el que te llama, Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”. Hace falta que junto a esa palabra acompañe la rectitud del corazón: “de verdad me llamas maestro, de verdad estás dispuesto a perder todo, y ¿porqué no cambias?  Si yo te enseño una y otra vez y da la impresión de que no te enteras o de que no quieres”.

Jesús, ¡cuántas veces te pedimos esa compasión! Nos enseñas una y otra vez y no aprendemos. ¡Cuántas veces se queda en el alma esa inclinación, esa manera de pensar, esa crítica o ese desánimo, ¿porqué, Señor, pese a tu constante ayuda nos quedamos a medio camino? Qué buena jaculatoria, que buen modo de iniciar nuestra oración “¡Jesús, maestro, ten compasión de mí!”.

Cuando Jesús cura a los leprosos, como tantas veces nos cura a nosotros en el sacramento de la confesión, en aquella indicación que nos hace un superior, un papá, un amigo, un hijo; modos que el Señor tiene de corregirnos, de ayudarnos, de escuchar nuestra oración y acudir en ayuda nuestra.

¡Señor, cuántas veces no te oigo! No hay peor sordo que el que no quiere oír. El Señor viene y nos cura, y fíjate lo que ocurre; que de diez, uno regresa a agradecerle. Ahí tienes otra actitud en la oración, siempre termina con una palabra de agradecimiento. El Señor nunca deja de escucharnos, de ayudarnos, a veces no lo entendemos, pero no dejes nunca de ser agradecido.

Permanentemente, el Señor está mendigando, escucha. ¡Quiéreme, obedéceme, mendígame! Dios ¡Jesús Eucaristía se queda en el altar sabiendo que en ocasiones no lo vamos a tratar bien! Está mendigando tu amor: “aquí estoy, cada día, en cada altar, en cada misa. ¡Seamos humildes y agradecidos!”.

Escuchamos esa palabra de Jesús cuando dice: ¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? Y, le dice al hombre: “levántate, vete, tu fe te ha salvado”.
Señor, da la impresión hoy, que las palabras ya no significan nada. Me preocupa mucho, nos podemos llenar la boca de fe, pero ¿y, las obras de la fe? ¿las actitudes de la fe? ¿los milagros de la fe? ¿porqué no hay milagros en mi vida: de conversión, de cambio, de amor al prójimo? ¿porqué los milagros están como historia pasada? ¿porqué? ¿No será que hablamos mucho de la fe, pero no hay fe? ¡No me creo la grandeza de mi Señor Jesucristo en el altar, en mis manos, en mi boca, en mi alma! Jesús, ¡auméntanos la fe! Si tuviéramos fe como un granito de mostaza, pediríamos a este monte ¡échate al mar!, y se echaría.

¿Porqué, hermanos, cuándo uno pide por aquel amigo, por aquel familiar, por aquella salud, por aquel pecado que te complica la vida, porqué parece que no funciona, que no me oye? ¿qué pasa? ¿Será que el Señor no ve? Hijo mío, escucho tus palabras, pero ¡no veo!; me lo digo a mí en primer lugar; pero piénsalo un poquito, porque el Señor le dice: ¡‘tu fe te ha salvado, Yo te he salvado porque tú crees’! No es que mi salvación haya sido desde afuera contra tu voluntad, no es un milagro que atropella tu libertad, lo que ha ocurrido, el gran milagro, ¡es que has creído! Y el pequeño milagro ¡es que te he sanado la lepra!

Hermanos, este gran milagro que permanentemente da vueltas, Señor ¡enséñame a creerlo! ¡ayúdame a creerlo! San Pablo de una manera muy directa nos dice hoy en la Epístola a Timoteo: ‘haz memoria de Jesucristo, recuerda, resucitado de entre los muertos y este ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor, pero la palabra de Dios no está encadenada’. A san Pablo le cuesta la prisión y la muerte creer en Jesucristo, ¿a ti?

Ante una pequeña dificultad dejas la oración, ante un pequeño disgusto dejas que el demonio se meta en el alma, ante un amor propio, prefieres tu opinión a la de los demás. ¿No será ese el motivo por el cuál no se producen los milagros?, en las misiones, milagros de conversión, milagros de vocaciones, milagros de muchos hermanos nuestros que ante la presencia de ese testimonio de Cristo, que es el misionero ¡no ante su grandilocuencia! ¡ante la presencia de Dios con nosotros! ¡qué responsabilidad, de aquellos hermanos nuestros de cualquier rincón del Perú y del mundo, cuando te vean, es Cristo!

Por eso tu palabra es la palabra de Dios, tu perdón, el perdón de Dios; somos misioneros de Jesucristo, somos misioneros de su Iglesia no de la nuestra, de la Iglesia católica fundada por Jesucristo; somos misioneros de la palabra que el magisterio nos enseña, no de cualquier idea propia. Por eso, el gran milagro se produce y muchas veces el pequeño –problema de salud, familia, trabajo, dinero, un cáncer– ¡el pequeño problema! El Señor siempre estará repitiendo como a Pedro: ¿me amas, más que a estos? Y diremos como Pedro: ¡sí, Señor! El Señor repite la misma pregunta ¿me amas, más que a estos? Y vuelve Pedro, confundido ‘¡Señor, estoy aquí en la misa, porque te quiero, no por otro motivo!’. Y luego, el Señor vuelve a mirar con mucha paz, dolido: ¿me amas, más que a estos? Y Pedro finalmente entiende la pregunta: “Señor, Tú lo sabes todo: mi debilidad, mi pecado, mi manera de pensar, ¡Tú lo sabes todo!” La humildad de Pedro a la tercera.

Cuando Pablo nos dice que él por la fe, está encadenado, no la palabra de Dios, ¡y va a sufrir muerte! Y al final, nos hace esta promesa, le voy a decir la doctrina segura, ¡si morimos con Él, viviremos con Él! Pero, mira la premisa: ¡si vivimos con Él!

¡Señor, auméntanos la fe! Estos tiempos tan llenos de palabras, las obras de amor a Ti están cortas, los ratos de oración son breves, mi dolor en la confesión muy ligero, tantas veces me dejo llevar por el estado de ánimo; y en otras ocasiones no te tratan con el respeto que te mereces.

El Papa recientemente, en el libro ‘Jesús de Nazaret’, nos dice una verdad muy importante: ‘que el gran problema del mundo de hoy –lo enfoca muy bien– es que queremos hacer la Iglesia por nuestra cuenta. Decimos que es de Dios, decimos que está igual, la hace cada uno y por eso es estéril. ¡Él la hace, tú eres el instrumento! ¡El artista es Él! ¡El médico es Él, tu eres el instrumento! ¿Qué interesa del instrumento? ¡Que sea fiel! Te imaginas el pincel de un artista que de pronto le diga “oye, déjame que yo solo dibujo”. Que una brocha le dijera al pintor “déjame a mí la brocha, yo pinto solo”.

Pues piensa que a veces nosotros queremos hacer la Iglesia, las misiones; ¡las hace Él! y para eso te animo: humildad, oración, confianza en Dios y de esa manera encontraremos a nuestra Madre, a la Virgen María en esa misión de casa en casa, de grupo en grupo, con tu rosario, con la palabra de Dios, sin desanimarte, aunque uno te escuche, valió la pena.

Por eso le decimos a nuestra Madre, Estrella de la nueva evangelización ¡Bendice esta labor misionera! ¡Conforta a quienes con tanta ilusión dedican su vida! ¡Aumenta los frutos! ¡Enséñanos a ser realmente discípulos y misioneros!

Así sea.

 
 

[Notas del Arzobispado de Lima] [Homilías del Cardenal Cipriani]
[El Santo Padre] [Archivo Arzobispal] [Notas sobre el Legado Riva Agüero]