- Domingo, 17 de junio de 2007 -

HOMILÍA DEL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI EN LA MISA DEL CORPUS CHRISTI ANDINO

Catedral de Lima

Domingo, 17 de junio de 2007

 

Pastor de toda esta multitud de gente que los atiende a lo largo del año; ustedes miembros de diferentes hermandades, acompañados de las imágenes de Jesús y María, de sus santos patronos; todos nos congregamos hoy en esta Casa de Dios.

Acabamos de leer el Evangelio, que nos dice que Jesús iba de pueblo en pueblo predicando la Buena Nueva. Hace muchos años, por cada uno de los pueblos de este país, llegaron hermanos nuestros misioneros y fueron conociendo las costumbres, las riquezas de un pueblo que tenía una profunda religiosidad. Y esos misioneros –maravillosos- fueron sembrando la semilla de la palabra de Dios. Si no hubiera sido la palabra de Dios se lo hubiera llevado el tiempo.

Sin embargo, estando aquí presentes, le estamos diciendo al Señor: ‘La semilla de tu palabra da fruto, y el fruto permanece'. Cuando veo estas vestimentas, estos estandartes, estas imágenes, me parece importante decirles: Todos estos son símbolos que significan algo; no es tan importante el símbolo, sino ¿qué significa? Y podemos decir que todos estos signos tienen un significado: ¡Yo amo a Dios! ¡Yo amo a mi pueblo! ¡Yo amo a la Virgen María ! ¡Yo amo a este santo patrono! ¡Yo amo a la Iglesia católica!

Por eso, aquí en la Casa de Dios al ver toda estas expresiones, les digo también: ¡Dios los ama! ¡La iglesia católica los acoge! Y vemos como la lengua en la que cantan, -aquí de mayoría quechua-, refleja con mucha fuerza ¡el amor de Dios!, ¡la fe del pueblo! Yo les pido a ustedes. ¡Transmitan esa fe a sus hijos! ¡Transmitan esa fe a sus amigos que salen de su pueblo y vienen a la ciudad de Lima!

Hay que hacer esa gran catequesis: enseñar que hay un solo Dios, que hay tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; que María es la Madre de Dios, siempre Pura; que los apóstoles recibieron esta misión de parte de Jesucristo: ‘Id por todo el mundo, prediquen el Evangelio, bauticen a todos los hombres'. Es una tarea que recibieron los apóstoles y que nosotros los obispos, los sacerdotes continuamos realizando.

En esta Santa Misa hay algo muy importante, ese gran sol que ilumina todo, ese gran sol que trae calor, ese gran sol que hace que haya luz, que haya calor, que haya vida. Ese sol en nuestra fe católica es mucho más grande, porque el mismo Hijo de Dios, que murió en la cruz y resucitó, el que estuvo en el vientre de María Santísima, el que trajo a los misioneros, el que nos ha hablado hoy en el Evangelio, ese mismo Cristo, -hoy en la misa- vuelve a entregar su Cuerpo. Lo entrega como alimento y también como sacrificio, vuelve a clavarse en la cruz, tanto nos ama que se entrega a ti.

Por eso, asistamos siempre a la misa dominical. En todos los pueblos –recuerdo muy bien- como el día domingo tenía un ambiente especial, ¡porque había misa!; ahora faltan sacerdotes y a veces encontramos muchos pueblos que solamente pueden hacer una liturgia de la palabra, una reunión de catequistas; pero les falta la presencia del cuerpo de Cristo. Por eso, también les pido ¡vocaciones! Hace falta jóvenes que llamados por Dios, respondan a esa invitación y se preparan bien en el Seminario; y así podamos seguir teniendo siempre la misa dominical, la confesión. Piénsenlo bien: Casa de Dios, Jesucristo que está aquí, y todos estos signos, símbolos, vestimentas, cantos; todos nos dicen: Amo a Dios, amo a la Iglesia , amo a Jesús, amo a María, amo la Casa de Dios. Y mucho más importante: Dios, Jesús, María, la Iglesia , el obispo ¡te ama!

En el Evangelio hay una parte muy importante hoy día: Jesús dice sus muchos pecados –a esa mujer- están perdonados; y a continuación dice: porque tiene mucho amor. Jesús nos da esa lección maravillosa: al que poco se le perdona, poco ama.

Hermanos, ¡qué lección la de Jesús! ¡saber perdonar! ¡saber amar! Saber que Jesús, al que mucho peca, si ve su amor, lo perdona. Allí tenemos una gran lección de la fe católica: ¡saber perdonar! ¡saber entenderse! Y hacerlo por amor a Dios.

Les agradezco mucho, es ya una tradición, que el domingo después del Corpus Christi -que celebramos la semana pasada- la Basílica Catedral de Lima recibe a todo este mundo de ese Perú profundo de habla quechua, de ese Perú en donde hay una fe grande, para darles un gran abrazo: ¡la iglesia los ama! ¡ la Iglesia los bendice! ¡ la Iglesia les enseña! El que mucho ama, mucho perdona; al que mucho ama, se le perdona.

Por lo tanto, junto a María, la Madre de Dios, junto a Jesús aprendamos esa lección: hay que acercarse a pedir perdón, hay que saber perdonar, en la familia, en el trabajo, en la vida, entre los amigos; de esa manera podemos acercarnos al gran sacramento: la confesión.

Recordar a nuestros hermanos mayores que fueron por todos los pueblos evangelizando, enseñando la fe. Hermanos, sean ustedes también misioneros, mantengan esa identidad católica, mantengan esa fe, esos patronos, esos santos, esa devoción; ¡es un símbolo! Importante saber que está detrás: ¡Yo creo y quiero llevar esa fe a muchos hermanos nuestros, en todos los rincones del Perú!

¡Que Dios los bendiga! Así sea

 
 

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