Muy queridos hermanos, hijos del Señor de los Milagros:
Quiero saludar a mis hermanos obispos que me acompañan hoy, a la comunidad de Hermanas y Madres Carmelitas del Convento de Las Nazarenas, a los miembros de la hermandad y un especial recuerdo a nuestros hermanos que han sufrido tanto con motivo del terremoto en el sur. De manera especial, los ponemos en las manos del Señor de los Milagros para que los acompañe, los ayude y los fortalezca.
Hermanos al contemplar esta multitud, que desde hace siglos viene a acompañar al Señor de los Milagros, quiero que cada uno reflexione sobre ¡el entusiasmo de la fe!
El Papa Benedicto XVI que con tanto amor dirige la Iglesia, nos enseña que la presencia de Dios en el mundo, la presencia de Jesucristo en su Iglesia Católica, es un conjunto de entusiasmo, de amistad, que es parte de nuestra vida la amistad con Dios. Por eso, desde todos los rincones del país y del mundo entero acompañan al Señor de los Milagros.
Le agradecemos este regalo, este entusiasmo de la fe. ¡Vivamos con alegría esa religión, aprendamos con entusiasmo el catecismo, afrontemos las dificultades con el optimismo de la fe, demos la mano al que está solo o enfermo movidos por el amor de la fe y unamos nuestros corazones!.
Ese entusiasmo es una fe que brota, que nos ilumina y nos protege. Pero hermanos, ¿De dónde brota ese entusiasmo de la fe? Esa fe brota de la Cruz. En el centro de ese entusiasmo están estas realidades, “tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo”.
Señor, en este mundo en que a veces la fe se oscurece, en que quieren que la fe sea un producto que se compra y se vende, en este mundo que con enorme cariño te pide: ¡Auméntanos la fe!
Señor tenemos que enseñar la verdad, ese amor brotó de la muerte de tu Hijo en la Cruz, y esa realidad de que el Hijo de Dios viene a habitar con nosotros, que está vivo, que está presente que es joven, que es entusiasta, que sabe perdonar. ¡Cuantas veces se nos olvida que grande eres, Señor!
¡Gracias Señor de los Milagros, por esta multitud de hijos tuyos que te acompañan, te agradecen y te quieren! Señor, te lo repetimos: ‘Te queremos pese a nuestras limitaciones y pese a nuestros pecados. Somos honestos, estamos llenos de pecado pero te miramos con dolor, te pedimos perdón y te prometemos ser mejores’.
Vale la pena hermanos aprender la lección, Jesús no ha venido a aumentar las cruces humanas; esa cruces que fabricamos los hombres: del egoísmo, de la mentira, del maltrato, de la violencia, de la injusticia. ¡Esas cruces no son de Dios, las hacemos los hombres! Jesús no ha venido a aumentar esas cruces humanas; ha venido a darle un sentido, a explicar porqué el dolor, porqué el sufrimiento y para qué la oración.
Hermanos, quien busca a Jesús sin la Cruz, encontrará la Cruz sin Jesús. Por eso, cuando buscamos al Señor de los Milagros lo encontramos en la Cruz. Quien busca a Jesús sin dolor y sin sacrifico, encontrará un dolor y un sacrificio sin Jesús.
La Iglesia no nos propone una lista de problemas y dificultades, la Iglesia defiende la vida y todos los años se los pedimos al Señor de los Milagros: ‘Custodia nuestro querido país para que en el Perú no haya abortos. Hay que estar siempre atentos porque esta humanidad –a veces- quiere matar a los niños no nacidos. ¡No aceptemos nunca la destrucción de la vida del niño no nacido, en ninguna de sus formas! ¡Amemos a los niños! ¡Amemos a los pobres! ¡Amemos a los enfermos! ¡No podemos dejar que en nombre del progreso y de la planificación familiar se pretenda introducir la muerte en la sociedad peruana! Decimos ¡No al aborto, sí a la vida!.
Quien busca a Jesús sin la Cruz, encontrará la Cruz sin Jesús. Aprendamos hermanos la ciencia de la Cruz, que es muy sencilla, es el amor. El dolor sólo se explica cuando hay amor, y el amor sólo surge cuando cuesta. Por eso, miramos al Señor de los Milagros con la verdad, la verdad que ilumine la vida de nuestras familias, de nuestros jóvenes y de nuestra patria.
Al mirar a Cristo ¡que brote la amistad! Somos un país agradecido, cariñoso, alegre, acogedor, demos muestras de esa amistad fraterna entre hermanos. ¡Fuera los odios y las enemistades!.
Miramos a Cristo con el perdón. Llevamos largas etapas en que falta el brillo del perdón. Se nos ha enseñado que el perdón es una debilidad.. ¡Jesús, enséñanos desde la Cruz que el perdón es grandeza, es fortaleza, es verdad y es necesario para que brote el amor, la unidad, la reconciliación!
Hermanos, miremos a Cristo con la misa dominical, el Señor de los Milagros nos espera cada domingo, realmente presente con su cuerpo, con su alma, con su sangre, con su divinidad; el mismo de Nazaret, de Belén, de la Cruz, de la Resurrección. Jesús viene a nuestro altar cada día. Si lo recibimos, que sea siempre con el alma limpia, acudiendo a la confesión. ¡Bendito Sacramento de la Reconciliación! ¡Bendito momento de la alegría del perdón!
Queridos hermanos sacerdotes, horas y horas para atender a estos hermanos que vienen con tanta ilusión a buscar el perdón en el confesionario; es necesario, es bueno, llena de alegría y recompone las fuerzas.
La ciencia de la cruz, podemos decir, que es la ciencia del amor. Es el amor lo que nos trae esta mañana aquí, es el amor lo que ha hecho posible que el Señor después de siglos, nos siga convocando a padres, hijos, abuelos, bisabuelos, a toda la familia. ¡Que alegría esta trasmisión de la fe que es un milagro del Señor de los Milagros!. Acompañamos a Jesús en la procesión, esa procesión que es nuestra vida, cargando la Cruz, con la alegría y la esperanza. Por eso, en esa procesión que es nuestra vida, acompañemos, busquemos y amemos a Cristo.
De manera especial, le pido al Señor de los Milagros por la familia: Papás, ¡quiéranse, compréndanse y eduquen a sus hijos! ¡Familia peruana: unidos!
Vale la pena recordarlo, la política no lo es todo, mucho más importante ¡Es tu familia, tus hijos, tus jóvenes, el amor, el perdón y la alegría! ¡No nos envenenemos, vivamos en el cariño y en el amor a la patria, a la Iglesia; busquemos entre todos, a esa juventud tan importante!
Para todo esto acudimos a nuestra madre Santa María con el Rosario en la mano. Ella es la que nos va a decir: ‘Hagan lo que el Señor de los Milagros les dice’. En tus manos ponemos Madre Nuestra todas nuestras necesidades y todos nuestros problemas.
Señor de los Milagros. ¡haz el gran milagro que seamos buenas personas, buenos padres, buenos hijos, buenos trabajadores y buenos gobernantes! A todos ellos, los encomendamos de manera especial para que el Señor, hoy, al pasearse por nuestras calles bendiga, perdone y anime a todos.
¡Señor en nombre de este maravilloso pueblo pongo en tus manos todas nuestras necesidades y pongo en tus manos todas nuestras peticiones!. ¡Acógenos, bendícenos!
Así sea.
¡Viva el Señor de los Milagros!