Momentos especialmente difíciles para que todos unidos desde todas las parroquias del Perú, imploremos de Dios, su protección, su consuelo, su ayuda a quienes tienen hoy esta situación especialmente dolorosa. En ese ánimo iniciamos la Santa Misa.
Señor Nuncio Apostólico, Monseñor Rino Passigato; señor Primer Ministro, doctor Jorge del Castillo; señor Presidente del Congreso, doctor Luis Gonzáles Posada y distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático:
La presencia de los distinguidos miembros del gobierno y del Poder Legislativo, refleja la cercanía de todo el equipo de gobierno que hoy está dedicado fundamentalmente a la tarea de trabajo en el lugar, pero su presencia refleja el deseo de estar junto a Dios pidiendo por nuestro pueblo. Asimismo, la presencia de los distinguidos señores embajadores evidencia también la solidaridad rápida del mundo entero que se ha hecho presente y lo seguirá haciendo después de esta tragedia que se ha producido en nuestra patria; Muy queridas religiosas, religiosos, miembros de la hermandad, hermanos todos en Cristo Jesús:
Saludo especialmente a los medios de comunicación, porque es evidente la importancia del trabajo que realizan, sobre todo en los momentos como los que hemos pasado. Gracias a Dios, toda la población ha sabido reaccionar con madurez; en todos los peruanos se han despertado las fibras espirituales de nuestros corazones.
Es un pueblo que sabe levantarse para ayudar al hermano caído, es la virtud de solidaridad que tiene el pueblo peruano y que en estos días se ha manifestado de una manera muy clara. Y debemos, al mismo tiempo, ser conscientes que ese despertar solidario de miles y miles, jóvenes y adultos, gente pobre, gente rica, empresas, -me permito pedirles- sea un esfuerzo que permanezca, que permita que la inmensa tarea de reconstrucción material que tenemos por delante, nos ayude a vivir esa unidad, esa solidaridad.
Han sido momentos en que como un rayo luminoso, hemos visto los rostros de niños, enfermos, de familiares, que con una palabra, con una mano extendida de cariño han podido en algo calmar su momento de confusión. Muchos corazones desgarrados por el dolor ante una palabra de cariño, han recuperado la paz de Cristo. Una mano generosa no tiene fronteras en momentos difíciles.
Así como ha habido esa dimensión espiritual de dolor, de soledad; al mismo tiempo ha habido una reacción inmediata de cercanía de nuestras autoridades que han querido vivir –que es el mejor modo de ayudar- juntos las mismas dificultades y los mismos momentos de inmenso dolor junto a toda la gente, para que sientan que la cercanía de la responsabilidad les permitía llevar con un poco más de calma esos momentos tan duros.
Me atrevo también a reflexionar como estas dificultades también debemos convertirlas en desafíos. El terremoto, evidentemente se inscribe en esa llamada a una “actitud nueva” de la cual hablaba el 28 de julio ¿por qué? Porque hay una situación nueva. Es todo el país que frente al dolor de unos hermanos de unos lugares determinados –todo el país con madurez- sale a acudir en ayuda, sale a organizarse para poder trabajar bien. Así vemos como autoridades regionales, municipales, sin ninguna distinción acuden para ponerse a disposición de nuestros hermanos, en la zona fundamentalmente de Ica.
La cobertura de los medios de comunicación ha facilitado enormemente el que se pueda conocer con detalle las circunstancias en el momento, para aliviar un poco el dolor de la gente que no sabía donde estaban sus familiares o cómo era la situación realmente. Podemos decir –dándole gracias a Dios- que realmente el Perú tiene un corazón generoso, solidario. Esa “actitud nueva” debe permanecer, evidentemente el tiempo pasa y la vida continúa, pero hoy tenemos por delante el gran desafío de permanecer esos largos meses acompañando gente que va a vivir de una manera precaria. ¡Mantengamos ese espíritu vivo!
Evidentemente las responsabilidades tocan a la puerta de la empresa privada que ha sabido responder con rapidez y que probablemente tendrá que hacerlo voluntaria y generosamente a lo largo de muchos meses; lo mismo que muchas de nuestras autoridades –cada uno en su lugar- tendrá que dar esa muestra de entereza, de fortaleza para que este momento de dolor sepamos afrontarlo como una sola familia. El testimonio de nuestra fe nos ha llevado a rezar el día de hoy en esta jornada de oración de todo el país, por los fallecidos, por los heridos, especialmente por los niños y ancianos, por todos los que se han quedado desamparados, sin una vivienda para que el Señor los acompañe, les de paz, serenidad. Una jornada de oración para que quienes tienen la responsabilidad de dirigir este trabajo tengan la claridad de mente, la fortaleza de ánimo, la paciencia para poder conducir con serenidad, con eficacia estas decisiones nada fáciles. El testimonio de la fe en la oración se debe convertir en testimonio de caridad.
¡Qué claras son las palabras de la Escritura! El que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. Por eso, la Iglesia en el Perú entero hoy convoca y seguirá convocando para colaborar en ese enorme esfuerzo de la reconstrucción del país. La unidad, hermanos, ¡qué bonito es ver en medio del dolor tantos gestos de cariño, de generosidad, de entrega! Realmente, uno siente la alegría de ver un país que unido se pone de pie. La unidad debe seguir brillando de manera especial, privilegiando todas las expresiones de solidaridad y de amor con obras a nuestros hermanos que más lo necesitan.
Le pido a Dios que mantengamos ese clima sereno, unido, de colaboración entre todos, para que de esta manera hagamos una fuerza común. Se vienen meses largos de trabajo intenso, de poner a prueba la fibra de ese amor que tenemos todos como familia peruana.
Queridísimos hermanos, en el Perú entero, la peor de las prisiones es un corazón cerrado y endurecido; y el peor de los males la desesperación. Seguiré pidiendo al Señor la esperanza de que vuelvan a encontrar de nuevo esa vida en familia, ese hogar que probablemente en estos días se encuentra destrozado, de tantos miles de hermanos nuestros que han perdido todo. Compartamos juntos el dolor, el espíritu fraterno de esa mano amiga que hará más llevadero el camino que debemos recorrer; ¡con Dios nunca perdemos la esperanza! Esta prueba que el Señor ha permitido, nosotros la recibimos en ese espíritu de fe, de caridad. Estamos seguros que con la ayuda de Dios lograremos esa “actitud nueva” en la que se coordinan esfuerzos.
Estos días pasados –ante la magnitud del problema- pensaba ¿que podemos hacer nosotros, desde aquí? Y era una cosa pequeñísima, y lo pequeño fue reunir a 10 sacerdotes y decirles: ‘Vayan al lugar, den vueltas, acompañando, rezando, celebrando la misa, escuchando a las personas, visitando los hospitales’. Un pequeño esfuerzo de cariño, de amor. Estoy seguro que muchísimos peruanos han pensado lo mismo y lo han hecho, en todas las parroquias, en todos los templos, en todas las casas. En todos sitios ha habido la misma campana ¿qué puedo hacer por ellos? Les pido que esa campana siga tocando en los corazones a lo largo de muchos meses.
Esta primera reacción ha sido realmente muy positiva de parte de las autoridades, de parte de todo el pueblo, de parte del periodismo, de parte de la comunidad internacional. Hemos acudido a esos hermanos nuestros, sufrientes de Ica, que han sentido que el país entero está con ellos. Lógicamente en los primeros momentos en que el dolor y la confusión imperan, no ha sido posible evitar momentos de dificultad extrema.
Pero, podemos decir que sí hay una seguridad que la ayuda llega, que las dificultades se afrontan, que el mundo entero nos acompaña. Estas palabras de hoy del Santo Padre, Benedicto XVI, son un estímulo para todos nuestros hermanos en Pisco, Ica, Chincha, Cañete, en todos los pueblitos de las alturas de Huaytará, Castrovirreyna, Humay; en tantos lugares que tal vez ni conocemos; y al mismo tiempo son un llamado a la comunidad internacional diciéndoles: Acudan a colaborar en lo que va a ser una cruzada de largos meses de reconstrucción.
A nuestra Madre, la Virgen María, entregamos todos estos deseos, estas esperanzas, para que Ella nos empuje a todos a mantenernos en medio de la adversidad, serenos, llenos de fuerza y unidos. La unidad es fundamental en estas situaciones para que todos apoyemos a nuestros hermanos.
Así sea.