- Domingo, 22 de abril de 2007 -

HOMILÍA DEL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI EN LA MISA DEL III DOMINGO DE PASCUA

Catedral de Lima

Domingo, 22 de abril de 2007

 

Hermanos todos en Cristo: Hoy tercer domingo de pascua, al contemplar el Cirio Pascual encendido nos recuerda que estemos alegres, que tengamos confianza, ¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús, nos ha incorporado a su vida! ¡Jesús está con nosotros! ¡Jesús quiere que vayamos a esa vida eterna!

Ese motivo de alegría también es un motivo de reflexión ¿cómo estoy viviendo esa respuesta de fe? Justamente, la primera carta de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el pasaje en el cual Pedro que ha visto la resurrección ha entendido que hay una obediencia de la fe y le contesta al Sumo Sacerdote: ‘Hay que obedecer a Dios, antes que a los hombres’.

Ahí tienes una norma de conducta: la obediencia de la fe. Y para obedecer a Dios hace falta que sepas que es lo que quiere Dios de ti, sino ¿cómo puedo obedecer, sino lo sé? Por eso recordemos que tenemos una conciencia que tiene que estar bien formada, no basta mi opinión ¡No! Lo que Dios pregunta es ¿qué dice tu conciencia? Yo voy formando esa conciencia en una relación íntima con Jesús en la eucaristía y en la confesión, la voy fortaleciendo en la oración diaria; para poner luego en práctica con valentía lo que la conciencia me dice. A Pedro, por actuar conforme a su conciencia lo azotaron, a los discípulos les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los dejaron sueltos en la calle.

Pero el riesgo era también que esa autoridad intentara matarlos ¡habían matado a Jesús! pero Pedro ha aprendido la lección: la obediencia de la fe es hasta la muerte. En la Iglesia Católica tenemos un Catecismo que nos dice claramente las enseñanzas de Dios, tenemos un pastor universal que es el Papa, tenemos un pastor en cada diócesis que es el Obispo.

Y de manera muy personal tengo ese diálogo sincero con Dios, en la comunión diaria, en la confesión frecuente. Por eso, el primer propósito de este pasaje de la Escritura es que vivas la obediencia de la fe y que formes bien la conciencia para que te ayude.

Junto a ese momento de Pedro encontramos otra vez al mismo apóstol en una situación que también es muy importante para nosotros. El apóstol que vuelve a obedecer a Jesús cuando no ha pescado nada y Jesús les dice: ¡Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán! Un mandato de autoridad.

Yo también me uno a las palabras de Jesús ¡Echa la red! ¡Haz misiones! ¡Habla a tus amigos, llévales la buena noticia de la resurrección! ¡Acércalos al sacramento de la confesión! ¡Llévalos a ese rezo frecuente del rosario en la familia! ¡Háblales con ilusión de la verdad que has descubierto! Pedro, igual que nosotros le dice a Jesús: toda la noche hemos estado pescando y no hemos pescado nada, pero en tu nombre, obedeciéndote por la fe voy a pescar. Y no sólo pescó, sino ¡pescó una multitud!

Hermanos, la iglesia necesita muchas vocaciones de entrega total ¿Qué esperamos para buscar esos peces? ¿para obedecer al Señor? Para decir esa palabra en su nombre, para dar ejemplo, para no tener temor de invitar a la juventud a ese encuentro con Dios. Y vemos, como al final cuando ya están con todos los peces, el apóstol Juan le dice a Pedro: ¡Es el Señor, es Jesús! La experiencia ¡Lo he encontrado! ¡Lo he visto! ¡Lo he oído!

Hermanos, si no hay oración ¿Cómo experimento si es Él o no? Necesitamos oración, necesitamos conocer a Jesús, encontrarnos con Él y en Él encontraremos ese diálogo que tiene con Pedro. Tres veces le pregunta Jesús a Pedro si lo ama. Pedro no era sordo, simplemente era como nosotros. A la primera contestamos sin pensar: ¿Me amas? Si, ya sabes que te amo. ¿Me amas? Claro, ¿cómo no te voy a amar? Tal vez a la tercera o a la quinta empiezas a tomarlo en serio.

Por eso, deja que Jesús te pregunte varias veces ¿Me amas? Si me amas, ¿rezas? Si rezas, ¿ayudas a los demás? Si ayudas a los demás, ¿eres feliz? ¿estás en paz? ¿cuántas almas has acercado a Dios esta semana? ¿cuántos parientes has acercado a Dios? ¿cuántas amigos ven en ti una persona a la que pueden contarle sus cosas, para recibir ayuda? ¿a cuántos animas? ¿a cuántos ayudas a volver a la fe? ¿cuándo fue la última vez que has enseñado algo de catecismo? Hay que preguntarnos, porque la Iglesia es misionera desde su nacimiento.

Pues cada uno tenemos la obligación, -no sólo los sacerdotes, religiosos, obispos- ustedes, hombres y mujeres de la calle, -si son católicos- a llevar esa Buena Noticia, a llevar esa palabra de curación, a acercar las almas a esa experiencia de la amistad con Jesús.

Hoy, el evangelio nos habla de salir a todas las calles, a todos los rincones, a los medios de comunicación, al colegio, al lugar de trabajo, al deporte, a todos los rincones del país, ¡no para maltratar ni convencer! para anunciar con tu vida alegre, ejemplar, llena de paz que ¡Jesús ha resucitado! ¡Cambia esa actitud, acércate nuevamente a Él! ¡Pide perdón, acércate a la confesión! Sal de esa pequeña isla donde Jesús no ha resucitado, ¡Ábrete al mundo! Esas palabras de Pedro deben quedar muy claras en nuestra mente, hay que obedecer a Dios, antes que a los hombres.

Diez años de la liberación de los rehenes de la embajada del Japón

Yo quería hoy, recordar -porque son diez años- de aquel día tan dramático y tan duro en que terminó la captura de la embajada de Japón. Por indicación expresa de la Santa Sede, estando yo de arzobispo de Ayacucho, fui invitado a participar, porque así trabaja la Iglesia, hasta el riesgo de la muerte. Necesitan a alguien para que esta situación no explote; y así me decía el Nuncio Apostólico: ‘La Santa Sede acepta el que usted pueda participar’; y más adelante: ‘no solo acepta, sino que le indica que forme parte de los garantes que van a ver la negociación –no van a intervenir- para que puedan encontrar una solución’.

En esos cuatro largos meses el mundo entero -no lo olviden- y de manera especial el Perú, rezó muchísimo. Yo lo vi de cerca. Por eso, puedo decir también con mucha claridad que he de reconocer la enorme valentía de aquellos hermanos nuestros que estuvieron como rehenes: arriesgando sus vidas, sufriendo por la lejanía de sus esposas, hijos, padres; y con entereza y con hombría supieron sujetar sus sentimientos. Supieron vivir entre ellos una solidaridad ¡muy grande! Supieron estar a la altura de un heroísmo que en ese momento sin quererlo era necesario vivirlo.

Y también debo reconocer a esas fuerzas armadas y policiales cumpliendo su deber que es proteger a la ciudadanía cuando está en una situación de este estilo. El Estado no puede dejar desamparados a sus ciudadanos. Hicieron realmente una operación.-yo diría- ¡milagrosa! Con gran eficiencia que no me corresponde calificar, pero sí puedo decir ¡con muchos momentos en que pudo explotar todo y que Dios quiso proteger a esas personas inocentes!

¡Cómo no recordar el dolor de tanta gente que perdió a sus seres queridos -equivocados y no equivocados- ¡ ¡Cómo no recordar a tantas familias que no sabían lo que pasaba con sus seres queridos! Todo ese cúmulo nos tiene que llenar a todos los peruanos de un recuerdo agradecido, de un recuerdo realmente orgulloso –en el buen sentido-, donde el país supo estar a la altura de las circunstancias.

Por eso, es muy lamentable escuchar con una constancia enfermiza, buscar todo el tiempo los aspectos negativos. Hubiera querido ver allí a aquellos valientes que tienen la pluma y la lengua larga. Los hubiera querido ver en el trance en donde la muerte y el dolor era día a día invitados en ese trabajo ¡agotador para todos!

Mi homenaje, mi agradecimiento y mi oración por todos los que formaron parte de ese episodio de nuestra historia que lleva a una conclusión: la violencia nunca es camino para nada.

Así sea.

 
 

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