- Lunes, 24 de diciembre de 2007 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Misa de Noche Buena

Lunes, 24 de diciembre de 2007

Esta noche santa iluminada con el nacimiento de Jesús, la luz verdadera, nos llena de gozo el contemplar al Niño junto a su madre María y a San José, su castísimo esposo. Meditemos sobre la espiritualidad que la navidad nos enseña.

San Pablo en su carta a Tito le dice “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres”. Al celebrar el encuentro con Jesús en el pesebre nos enriquecemos mucho, el don del tesoro que se nos da es infinito, pero requiere de nuestra correspondencia. Contemplar a Jesús Niño en el nacimiento, manifiesta al mundo algo muy especial: la fuerza inerte del amor; una fuerza que no se detiene, que no pide derechos, que no exige deberes, es una experiencia inédita, irrepetible en nuestras vidas, entrega pura por amor.

Vemos en el mundo contemporáneo como la soledad azota a mucha gente. Justamente la venida de Jesús es una respuesta para que todos estemos seguros que no estamos solos. Parece una verdad conocida y muy sencilla, pero no es así hermanos, hay que repetirlo y meditarlo: ‘No estoy solo nunca’.  La venida de Jesús es el compromiso de Dios con toda la humanidad. Habrá tiempos en que luce con más fuerza, se reconoce de una manera más visible; habrá otras en que se confunde, se pasa por encima de las verdades más luminosas y más sencillas.

El ángel les dice a los pastores ‘No teman, les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’

Con que insistencia y visión profética Juan Pablo II y ahora el Papa Benedicto XVI nos lo repiten ¡Por algo será, hermanos! ¡Atrévete a recibir a Jesús!, ¡Atrévete a abrir tu alma a ese amor! ¡Ten el coraje de saber amar! ¡Entrega tu libertad al amor! ¡La libertad tiene su máxima dimensión cuando se entrega por amor! ¿Quién nos ha dicho que la libertad es la falta de compromiso o el hacer lo que uno quiere? Esa es una señal de la libertad, pero no es la definición más importante.

Por eso tanta gente, especialmente la juventud tiene miedo del compromiso, de la entrega, de la palabra dada, de la estabilidad. Te animo hoy, delante de Jesús ¡no tengas miedo! Él está siempre a nuestro lado, nos conoce, nos espera. Entra en esa escuela del amor de Dios, que hoy inaugura Jesús. Y ante esa fe que demuestra esa realidad del corazón de cada uno de nosotros guiados por la buena voluntad como han anunciado los ángeles: ‘Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad que aman al Señor’.

Nuestros corazones quieren llenarse de alegría ante la fascinación de lo que hoy contemplamos. ¿Será posible que vivamos en esa dimensión de la fascinación? ¿De conmovernos ante la belleza del Niño? ¿Podrá el mundo recuperar esas impresiones de amor, de poesía, de música que a lo largo de los siglos adornaron esas épocas maravillosas en que el espíritu humano respiraba hondo? Hoy, hermanos, el materialismo ¡nos ahoga, nos oprime!

Hoy, Jesús nos invita a que entremos a esa capacidad humana fascinante, emocional, belleza, ¡ternura!, a redescubrir las dimensiones del amor humano, que Él viene a instaurar caminos de amor. Dios viene a la tierra, pobre, en silencio. A partir de ese instante –de su primera venida en Belén-  todos tenemos la experiencia de esa segunda venida, cuando hoy en tu nacimiento, en tu corazón, en tu vida Jesús toca tu puerta nuevamente.

¡Cuántas veces he repetido la navidad! ¡Cientos de veces! Pero, pregunto ¿una vez ha nacido en tu alma? O, ¿siempre has asistido al nacimiento? ¿En alguna ocasión has sido tú ese pesebre donde Jesús ha encontrado calor, cariño, acogida?

Nos dice la Sagrada Escritura que nació en un pesebre porque no tenían sitio en la posada; y reconocemos con dolor que en muchos corazones se encuentra esta realidad y le pedimos al Niño ¡Ilumina esos corazones, conmuévelos! Llega a todos los rincones, que no haya nadie que te diga que no hay sitio. En Belén se inaugura una nueva forma de vivir.

Nos dice san Juan “que esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios Verdadero al que tú has enviado, Jesucristo”. Esta tarea de conocer a Jesús no son intimidades pueriles, son actos de hombres y mujeres maduros que aman. ¡Atrévete a mirar a ese niño, a acariciarlo! Son palabras, obras que deben fascinar nuestro corazón, nuestra existencia. Y, el ángel nos dice ¿y, que señal para saber que lo he encontrado? Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, es decir, sencillez, humildad, pobreza.

Jesús nos recuerda que el camino de la fe es ese amor que sacia sin saciar, que limpia todos los pecados, que cura todos los dolores físicos y morales. Hoy, en esta Noche Buena, en multitud de hogares contemplamos emocionados a mamás, hijos, nietos, abuelos, en torno a la mesa; en los hospitales; en las cárceles; en los medios de comunicación; y todos expresan con júbilo ¡Feliz Navidad! Jesús te ama ¡alégrate!

Nos decía Juan Pablo II, caminemos con esperanza, tengamos el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Esta fiesta tan entrañable abre ese Sagrario que cada uno tiene en su corazón, y se asocia a cosas especialmente valiosas a ese día; por eso recordamos a nuestros padres, a nuestros amigos; visitamos a los familiares a celebrar con sencillez la navidad junto a ese nacimiento; o al compartir la cena; o al acompañar a quienes pasan momentos de tribulación, les decimos con el recuerdo agradecido, con una sonrisa, con un abrazo ¡Jesús, te ama! ¡Yo también! Todo eso va más allá del puro sentimiento, es Jesús.

Agradezco muy especialmente a los medios de comunicación porque a través de ellos podemos desear a todos una ¡Feliz Navidad!, y recordarlos especialmente en esta santa misa.

Así sea.

 
 

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