- Martes, 26 de junio de 2007 -

HOMILÍA Monseñor José Luis López-Jurado, Vicario Regional del Opus Dei en el Perú.
Fiesta San Josemaría

Catedral de Lima

Martes, 26 de junio de 2007

Han transcurrido treinta y dos años desde la marcha de Josemaría Escrivá de Balaguer a la Casa del Cielo y poco menos de cinco desde que fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, el 6 de octubre de 2002. Celebramos hoy su fiesta. La fiesta de San Josemaría hace presente el mensaje que Dios ha querido recordar a los hombres, sirviéndose de este instrumento fidelísimo: la llamada universal a la santidad; que Dios ha hecho divinos todos los caminos humanos de la tierra. Todos son –pueden ser- caminos de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano. La santidad, decía San Josemaría, es una santidad determinada, concreta, que se manifiesta en hechos diarios constantemente. No es una entelequia, es una realidad precisa, divina y humana.

La santidad de la vida de San Josemaría, el heroísmo con que puso en práctica todas las virtudes cristianas, es en primer lugar fruto de la benevolencia divina, que Cristo infunde sin interrupción en todos los miembros de su Cuerpo Místico. Al mismo tiempo, es el resultado de la plena y constante correspondencia del Fundador del Opus Dei a la gracia de Dios . San Josemaría vivió heroicamente las virtudes porque día tras día, en lo grande y en lo pequeño, en lo ordinario y en lo extraordinario, correspondió libre y voluntariamente a la gracia de Dios, sin poner rémora a la actuación del Espíritu Santo. Esa plena docilidad al Paráclito, como el barro en manos del alfarero -así le gustaba decir, con palabras de la Sagrada Escritura-, constituye la condición esencial e irrenunciable de la santidad, que Dios pone al alcance de todos.

El afán de santidad, de unión íntima con Dios, configura por completo la vida de San Josemaría, es el motor de todas sus actuaciones, lo que da razón de sus sacrificios, lo que explica su constante alegría. Fiel al carisma recibido, fue ejemplo de un heroísmo que se manifestaba en las situaciones más corrientes: en la oración continua, en la mortificación ininterrumpida como el latir del corazón, en la asidua presencia de Dios, capaz de alcanzar las cumbres de la unión en medio del fragor del mundo y de la intensidad de un trabajo sin tregua .

Por querer de Dios, plenamente correspondido, San Josemaría ha abierto a millones de personas, los caminos divinos de la tierra. No debemos pensar nunca, ni siquiera cuando nos sintamos agotados por la fatiga o por cualquier clase de pruebas, que el heroísmo es una meta reservada a pocos y que, para la mayor parte de los hombres, el Señor se contenta con una conducta mediocre . Con su vida y sus enseñanzas, San Josemaría nos ha mostrado que el pleno ejercicio de las virtudes cristianas es una exigencia de la llamada que el Maestro ha puesto en el alma de todos. Hemos de ser santos –os lo diré con una frase castiza de mi tierra- sin que nos falte un pelo: cristianos de veras, auténticos, canonizables; y si no, habremos fracasado como discípulos del único Maestro . Estas palabras nos muestran de modo evidente que el heroísmo, que el Señor quiere de cada cristiano, está entretejido de millares de detalles aparentemente pequeños, pero en realidad grandísimos, porque muy grande ha de ser el amor que los vivifica y sostiene .

Recordemos la escena de la higuera a la que se acerca Jesús para buscar fruto, y no lo encontró . La enseñanza es clara: cuando Cristo viene a nosotros en busca de frutos de amor, tiene que encontrarlos. Aunque pensemos que las circunstancias son menos propicias, siempre es tiempo de ofrecérselos, porque todo es posible para el que cree ; lo imposible para los hombres es posible para Dios . Con la ayuda divina podemos dar fruto. No debemos esperar a encontrarnos en las condiciones externas que, según nuestro parecer, serían las mejores para progresar en Amor de Dios. La piedad, la santificación del trabajo, el apostolado... no son como los experimentos químicos que precisan una determinada presión o temperatura para producir los resultados esperados. Se engaña quien piensa: seré santo cuando cambien las circunstancias, la mala racha que estoy atravesando en el trabajo o en la vida familiar; o una vez que supere unos exámenes que me agobian; o cuando esté más descansado y en plena forma física; o después de que se hayan solucionado lo acuciantes problemas económicos de mi hogar... Si en esos momentos no fuera posible la santidad, querría decir que sólo podrían alcanzarla las personas con buena salud, las que viven despreocupadamente, nadando en la abundancia, sin contradicciones.

Este tipo de excusas –frecuentes en labios de quienes no se deciden a entregarse a la Voluntad de Dios- no están dictadas sólo por la comodidad: se deben a la falsa idea de que sólo vale la pena intentar aquello que tiene un éxito humano asegurado. Olvidan que la santidad no consiste en cosechar triunfos y rellenar así una brillante hoja de servicios: se trata de amar a Dios en cada instante, viendo detrás de cada acontecimiento –también de una pequeña o grande contrariedad- su mano paternal y providente. Es cuestión de fe, solía comentar San Josemaría ante las dificultades.

De ordinario, Dios nos pide pequeñas cosas, vencimientos casi insignificantes, que objetivamente valen tan poco como “unos pocos higos”. Esos pequeños vencimientos –pequeños, pero reales- son precisamente los frutos que Jesucristo, hambriento de amor, viene a buscar en nosotros todos los días. Son parte importante, como decía San Josemaría, de ese algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir . Se trata de tesoros ocultos que salen a la luz en la vida ordinaria; con ellos podemos formar un gran patrimonio en el Cielo. Si no buscamos ahí a Dios, insiste San Josemaría, no lo encontraremos nunca.

Da igual en qué coyuntura nos encontremos: “todos los fieles cristianos –dice el Concilio Vaticano II-, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se santificarán de día en día, si reciben con fe todo lo que proviene de la mano del Padre celestial y cooperan con la divina Voluntad” . Tenemos entre las manos una posibilidad espléndida de dar gloria a Dios; ya sea haciendo rendir al máximo los propios talentos en el trabajo profesional, o bien aprovechando las molestias de una enfermedad o de la ancianidad para ofrecerlas a Dios y ejercitar las virtudes cristianas: la paciencia ante la inactividad forzosa, la amabilidad y agradecimiento con quienes nos atienden, el afán apostólico con ocasión de las visitas de parientes y amigos... Parecidas consideraciones sirven si atravesamos un periodo de gran serenidad, o en cambio, estamos sufriendo humillaciones, fracasos, y hasta injurias... Para los que aman a Dios, todo es para bien . Todo constituye materia prima con la que santificarnos, con la que unirnos a la Cruz de Cristo y a su misión redentora.

Las dificultades son oportunidades concretas de amar a Dios. Poco importa si no logramos vencerlas como nos gustaría: para el Señor, la victoria está ya en la lucha por amor, aunque los obstáculos sigan en pie.

Hemos de rechazar la tentación de pensar que otro sitio, u otras circunstancias, serían mejores para desarrollar nuestras potencialidades, ofrecer algo mejor a Dios... Es lo que San Josemaría calificaba como mística ojalatera, porque suele invocarse con un ojalá y tiene menos valor que la hojalata. ¡Ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!... Contra este peligro, nos aconsejaba: dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías (...) y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor .

Es preciso vivir el presente. Falta realismo cuando no se tiene en cuenta que lo auténtico, lo real, lo que nos pertenece –donde nos tenemos que santificar- es el presente: en la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor. No tiene sentido perder el tiempo en lamentaciones si algo no fue bien; aprovecharemos para sacar experiencia, ganaremos en humildad y en comprensión hacia los demás, y la contrición nos unirá más a Dios. En cuanto al porvenir, el Señor aconseja: no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su afán : ya lo afrontaremos con la ayuda del Cielo cuando pase a ser presente. Hay personas que se angustian pensando qué les deparará el futuro: enfermedades, problemas laborales o familiares... Una cosa es prever las contrariedades para adelantar posibles soluciones, y otra muy distinta agobiarse por lo que podría suceder. Dios da su gracia para sobrellevar y resolver situaciones reales, no para vencer peligros imaginarios.

Nos aconseja San Josemaría: pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti . Dios nos espera en el minuto, en el segundo de cada instante: ¡hodie, nunc!, Ahora, en este momento. Sobre todo urge recomenzar, volver a Dios, después de un abandono o una caída: ¡Ahora! Vuelve a tu vida noble ahora. –No te dejes engañar: “ahora” no es demasiado pronto... ni demasiado tarde . Hemos de vivir al día, cara a Dios: como expresa San Agustín: no digas pues: “mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado”. Dices bien que Dios ha prometido el perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a los perezosos .

En su reciente estancia en Brasil, Benedicto XVI en el encuentro que tuvo con los jóvenes en el estadio de Pacaembú, pronunció las siguientes palabras: me dirijo nuevamente a vosotros jóvenes, queriendo oír también de vosotros la respuesta del joven del Evangelio: "todo esto lo he observado desde mi juventud". El joven del Evangelio era bueno, observaba los mandamientos, estaba pues en el camino de Dios, por eso Jesús lo miró con amor (...) Y vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina ¿ya descubristeis lo que es bueno? ¿Seguís los mandamientos del Señor? ¿Descubristeis que éste es el verdadero y único camino hacia la felicidad?

Fijémonos que es justamente en la vida ordinaria donde debemos –todos: jóvenes y menos jóvenes- cumplir los mandamientos. Por eso, proseguía el Santo Padre, expresando su confianza y encargándoles una misión apostólica: Los años que estáis viviendo son los años que preparan vuestro futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estéis viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes, tenéis una vida que deseamos que sea larga; pero es una sola, es única: no la dejéis pasar en vano, no la desperdiciéis. Vivid con entusiasmo, con alegría, pero, sobre todo, con sentido de responsabilidad (...) Mirándoos a vosotros, jóvenes aquí presentes, que irradiáis alegría y entusiasmo, asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, con la certeza de que vosotros habéis encontrado el verdadero camino. Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invitadles a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios.

Y como una confirmación de que es en la vida ordinaria donde debemos santificarnos, que es en el ámbito de la propia familia el campo privilegiado del primer apostolado, Benedicto XVI les pedía: Sed hombres y mujeres libres y responsables; haced de la familia un foco irradiador de paz y de alegría; sed promotores de la vida, desde el inicio hasta su final natural; amparad a los ancianos, pues ellos merecen respeto y admiración por el bien que os hicieron. El Papa también espera que los jóvenes busquen santificar su trabajo, haciéndolo con capacidad técnica y con laboriosidad, para contribuir al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con la luz del Verbo todas las actividades humanas (cf. Lumen Gentium, N. 36).

Tened, sobre todo, un gran respeto por la institución del Sacramento del Matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos. El matrimonio es una institución de derecho natural, que fue elevado por Cristo a la dignidad de Sacramento; es un gran don que Dios hizo a la humanidad, Respetadlo, veneradlo. Al mismo tiempo, Dios os llama a respetaros también en el enamoramiento y en el noviazgo, pues la vida conyugal que, por disposición divina, está destinada a los casados es solamente fuente de felicidad y de paz en la medida en la que sepáis hacer de la castidad, dentro y fuera del matrimonio, un baluarte de vuestras esperanzas futuras.

La santidad en la vida ordinaria no es utópica sino real, como nos enseñó en cada jornada San Josemaría. Los hijos de Dios vamos en camino hacia un objetivo verdadero: el Cielo. La meta está allí, no se mueve de sitio; lo importante, lo sensato y realista es no salirse del sendero, aunque tenga partes monótonas, ásperas o empinadas, ya que no vamos a quedarnos en él: estamos de paso. Lo único decisivo es llegar a la casa de Nuestro Padre Dios, y lo lograremos por el camino seguro que discurre a través de la vida real, ordinaria.

La Virgen nos ayudará a recorrerlo con garbo y alegría: ¡prepáranos un camino seguro, consérvanos un camino seguro!

 

 
 

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