Han transcurrido treinta y dos años desde la marcha de Josemaría
Escrivá de Balaguer a la Casa del Cielo y poco menos de cinco
desde que fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, el 6 de octubre
de 2002. Celebramos hoy su fiesta. La fiesta de San Josemaría
hace presente el mensaje que Dios ha querido recordar a los hombres,
sirviéndose de este instrumento fidelísimo: la llamada
universal a la santidad; que Dios ha hecho divinos todos los caminos
humanos de la tierra. Todos son –pueden ser- caminos de santificación
en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios
del cristiano. La santidad, decía San Josemaría, es una
santidad determinada, concreta, que se manifiesta en hechos diarios
constantemente. No es una entelequia, es una realidad precisa, divina
y humana.
La santidad de la vida de San Josemaría, el heroísmo
con que puso en práctica todas las virtudes cristianas, es en
primer lugar fruto de la benevolencia divina, que Cristo infunde sin
interrupción en todos los miembros de su Cuerpo Místico.
Al mismo tiempo, es el resultado de la plena y constante correspondencia
del Fundador del Opus Dei a la gracia de Dios . San Josemaría
vivió heroicamente las virtudes porque día tras día,
en lo grande y en lo pequeño, en lo ordinario y en lo extraordinario,
correspondió libre y voluntariamente a la gracia de Dios, sin
poner rémora a la actuación del Espíritu Santo.
Esa plena docilidad al Paráclito, como el barro en manos del
alfarero -así le gustaba decir, con palabras de la Sagrada Escritura-,
constituye la condición esencial e irrenunciable de la santidad,
que Dios pone al alcance de todos.
El afán de santidad, de unión íntima con Dios,
configura por completo la vida de San Josemaría, es el motor
de todas sus actuaciones, lo que da razón de sus sacrificios,
lo que explica su constante alegría. Fiel al carisma recibido,
fue ejemplo de un heroísmo que se manifestaba en las situaciones
más corrientes: en la oración continua, en la mortificación
ininterrumpida como el latir del corazón, en la asidua presencia
de Dios, capaz de alcanzar las cumbres de la unión en medio del
fragor del mundo y de la intensidad de un trabajo sin tregua .
Por querer de Dios, plenamente correspondido, San Josemaría
ha abierto a millones de personas, los caminos divinos de la tierra.
No debemos pensar nunca, ni siquiera cuando nos sintamos agotados por
la fatiga o por cualquier clase de pruebas, que el heroísmo es
una meta reservada a pocos y que, para la mayor parte de los hombres,
el Señor se contenta con una conducta mediocre . Con su vida
y sus enseñanzas, San Josemaría nos ha mostrado que el
pleno ejercicio de las virtudes cristianas es una exigencia de la llamada
que el Maestro ha puesto en el alma de todos. Hemos de ser santos –os
lo diré con una frase castiza de mi tierra- sin que nos falte
un pelo: cristianos de veras, auténticos, canonizables; y si
no, habremos fracasado como discípulos del único Maestro
. Estas palabras nos muestran de modo evidente que el heroísmo,
que el Señor quiere de cada cristiano, está entretejido
de millares de detalles aparentemente pequeños, pero en realidad
grandísimos, porque muy grande ha de ser el amor que los vivifica
y sostiene .
Recordemos la escena de la higuera a la que se acerca Jesús
para buscar fruto, y no lo encontró . La enseñanza es
clara: cuando Cristo viene a nosotros en busca de frutos de amor, tiene
que encontrarlos. Aunque pensemos que las circunstancias son menos propicias,
siempre es tiempo de ofrecérselos, porque todo es posible para
el que cree ; lo imposible para los hombres es posible para Dios . Con
la ayuda divina podemos dar fruto. No debemos esperar a encontrarnos
en las condiciones externas que, según nuestro parecer, serían
las mejores para progresar en Amor de Dios. La piedad, la santificación
del trabajo, el apostolado... no son como los experimentos químicos
que precisan una determinada presión o temperatura para producir
los resultados esperados. Se engaña quien piensa: seré
santo cuando cambien las circunstancias, la mala racha que estoy atravesando
en el trabajo o en la vida familiar; o una vez que supere unos exámenes
que me agobian; o cuando esté más descansado y en plena
forma física; o después de que se hayan solucionado lo
acuciantes problemas económicos de mi hogar... Si en esos momentos
no fuera posible la santidad, querría decir que sólo podrían
alcanzarla las personas con buena salud, las que viven despreocupadamente,
nadando en la abundancia, sin contradicciones.
Este tipo de excusas –frecuentes en labios de quienes no se deciden
a entregarse a la Voluntad de Dios- no están dictadas sólo
por la comodidad: se deben a la falsa idea de que sólo vale la
pena intentar aquello que tiene un éxito humano asegurado. Olvidan
que la santidad no consiste en cosechar triunfos y rellenar así
una brillante hoja de servicios: se trata de amar a Dios en cada instante,
viendo detrás de cada acontecimiento –también de una pequeña
o grande contrariedad- su mano paternal y providente. Es cuestión
de fe, solía comentar San Josemaría ante las dificultades.
De ordinario, Dios nos pide pequeñas cosas, vencimientos casi
insignificantes, que objetivamente valen tan poco como “unos pocos higos”.
Esos pequeños vencimientos –pequeños, pero reales- son
precisamente los frutos que Jesucristo, hambriento de amor, viene a
buscar en nosotros todos los días. Son parte importante, como
decía San Josemaría, de ese algo santo, divino, escondido
en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros
descubrir . Se trata de tesoros ocultos que salen a la luz en la vida
ordinaria; con ellos podemos formar un gran patrimonio en el Cielo.
Si no buscamos ahí a Dios, insiste San Josemaría, no lo
encontraremos nunca.
Da igual en qué coyuntura nos encontremos: “todos los fieles
cristianos –dice el Concilio Vaticano II-, en cualquier condición
de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de
todo eso, se santificarán de día en día, si reciben
con fe todo lo que proviene de la mano del Padre celestial y cooperan
con la divina Voluntad” . Tenemos entre las manos una posibilidad espléndida
de dar gloria a Dios; ya sea haciendo rendir al máximo los propios
talentos en el trabajo profesional, o bien aprovechando las molestias
de una enfermedad o de la ancianidad para ofrecerlas a Dios y ejercitar
las virtudes cristianas: la paciencia ante la inactividad forzosa, la
amabilidad y agradecimiento con quienes nos atienden, el afán
apostólico con ocasión de las visitas de parientes y amigos...
Parecidas consideraciones sirven si atravesamos un periodo de gran serenidad,
o en cambio, estamos sufriendo humillaciones, fracasos, y hasta injurias...
Para los que aman a Dios, todo es para bien . Todo constituye materia
prima con la que santificarnos, con la que unirnos a la Cruz de Cristo
y a su misión redentora.
Las dificultades son oportunidades concretas de amar a Dios. Poco importa
si no logramos vencerlas como nos gustaría: para el Señor,
la victoria está ya en la lucha por amor, aunque los obstáculos
sigan en pie.
Hemos de rechazar la tentación de pensar que otro sitio, u otras
circunstancias, serían mejores para desarrollar nuestras potencialidades,
ofrecer algo mejor a Dios... Es lo que San Josemaría calificaba
como mística ojalatera, porque suele invocarse con un ojalá
y tiene menos valor que la hojalata. ¡Ojalá no me hubiera
casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá
tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera
viejo!... Contra este peligro, nos aconsejaba: dejaos, pues, de sueños,
de falsos idealismos, de fantasías (...) y ateneos, en cambio,
sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde
está el Señor .
Es preciso vivir el presente. Falta realismo cuando no se tiene en
cuenta que lo auténtico, lo real, lo que nos pertenece –donde
nos tenemos que santificar- es el presente: en la realidad más
material e inmediata, que es donde está el Señor. No tiene
sentido perder el tiempo en lamentaciones si algo no fue bien; aprovecharemos
para sacar experiencia, ganaremos en humildad y en comprensión
hacia los demás, y la contrición nos unirá más
a Dios. En cuanto al porvenir, el Señor aconseja: no os preocupéis
por el mañana, porque el mañana traerá su propia
preocupación. A cada día le basta su afán : ya
lo afrontaremos con la ayuda del Cielo cuando pase a ser presente. Hay
personas que se angustian pensando qué les deparará el
futuro: enfermedades, problemas laborales o familiares... Una cosa es
prever las contrariedades para adelantar posibles soluciones, y otra
muy distinta agobiarse por lo que podría suceder. Dios da su
gracia para sobrellevar y resolver situaciones reales, no para vencer
peligros imaginarios.
Nos aconseja San Josemaría: pórtate bien “ahora”, sin
acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”,
que no sabes si llegará para ti . Dios nos espera en el minuto,
en el segundo de cada instante: ¡hodie, nunc!, Ahora, en este
momento. Sobre todo urge recomenzar, volver a Dios, después de
un abandono o una caída: ¡Ahora! Vuelve a tu vida noble
ahora. –No te dejes engañar: “ahora” no es demasiado pronto...
ni demasiado tarde . Hemos de vivir al día, cara a Dios: como
expresa San Agustín: no digas pues: “mañana me convertiré,
mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados
y presentes quedaré perdonado”. Dices bien que Dios ha prometido
el perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día
de mañana a los perezosos .
En su reciente estancia en Brasil, Benedicto XVI en el encuentro que
tuvo con los jóvenes en el estadio de Pacaembú, pronunció
las siguientes palabras: me dirijo nuevamente a vosotros jóvenes,
queriendo oír también de vosotros la respuesta del joven
del Evangelio: "todo esto lo he observado desde mi juventud".
El joven del Evangelio era bueno, observaba los mandamientos, estaba
pues en el camino de Dios, por eso Jesús lo miró con amor
(...) Y vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina
¿ya descubristeis lo que es bueno? ¿Seguís los
mandamientos del Señor? ¿Descubristeis que éste
es el verdadero y único camino hacia la felicidad?
Fijémonos que es justamente en la vida ordinaria donde debemos
–todos: jóvenes y menos jóvenes- cumplir los mandamientos.
Por eso, proseguía el Santo Padre, expresando su confianza y
encargándoles una misión apostólica: Los años
que estáis viviendo son los años que preparan vuestro
futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estéis
viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes,
tenéis una vida que deseamos que sea larga; pero es una sola,
es única: no la dejéis pasar en vano, no la desperdiciéis.
Vivid con entusiasmo, con alegría, pero, sobre todo, con sentido
de responsabilidad (...) Mirándoos a vosotros, jóvenes
aquí presentes, que irradiáis alegría y entusiasmo,
asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, con
la certeza de que vosotros habéis encontrado el verdadero camino.
Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la
gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes
que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles
de los jóvenes, invitadles a que vengan con vosotros, a que hagan
la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con
Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena
posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran
los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios.
Y como una confirmación de que es en la vida ordinaria donde
debemos santificarnos, que es en el ámbito de la propia familia
el campo privilegiado del primer apostolado, Benedicto XVI les pedía:
Sed hombres y mujeres libres y responsables; haced de la familia un
foco irradiador de paz y de alegría; sed promotores de la vida,
desde el inicio hasta su final natural; amparad a los ancianos, pues
ellos merecen respeto y admiración por el bien que os hicieron.
El Papa también espera que los jóvenes busquen santificar
su trabajo, haciéndolo con capacidad técnica y con laboriosidad,
para contribuir al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con
la luz del Verbo todas las actividades humanas (cf. Lumen Gentium, N.
36).
Tened, sobre todo, un gran respeto por la institución del Sacramento
del Matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares
si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos. El matrimonio
es una institución de derecho natural, que fue elevado por Cristo
a la dignidad de Sacramento; es un gran don que Dios hizo a la humanidad,
Respetadlo, veneradlo. Al mismo tiempo, Dios os llama a respetaros también
en el enamoramiento y en el noviazgo, pues la vida conyugal que, por
disposición divina, está destinada a los casados es solamente
fuente de felicidad y de paz en la medida en la que sepáis hacer
de la castidad, dentro y fuera del matrimonio, un baluarte de vuestras
esperanzas futuras.
La santidad en la vida ordinaria no es utópica sino real, como
nos enseñó en cada jornada San Josemaría. Los hijos
de Dios vamos en camino hacia un objetivo verdadero: el Cielo. La meta
está allí, no se mueve de sitio; lo importante, lo sensato
y realista es no salirse del sendero, aunque tenga partes monótonas,
ásperas o empinadas, ya que no vamos a quedarnos en él:
estamos de paso. Lo único decisivo es llegar a la casa de Nuestro
Padre Dios, y lo lograremos por el camino seguro que discurre a través
de la vida real, ordinaria.
La Virgen nos ayudará a recorrerlo con garbo y alegría:
¡prepáranos un camino seguro, consérvanos un camino
seguro!