Hoy, 28 de marzo, celebramos un aniversario más de la ordenación sacerdotal de San Josemaría. Al iniciar estas palabras quiero saludar al Excelentísimo señor Arzobispo Emérito de Arequipa, monseñor Luis Sánchez Moreno; a monseñor José Luis López Jurado, Vicario Regional del Opus Dei, a los sacerdotes celebrantes y a todos ustedes queridos hermanos y hermanas en Cristo:
La misa que estamos celebrando por el alma de monseñor Álvaro del Portillo, me permite unir de alguna manera estos dos aniversarios, porque el amor a la Eucaristía que vivió monseñor del Portillo lo aprendió de San Josemaría y lo hizo propio con una fidelidad heroica en cada misa que celebró diariamente.
Tal vez se nos pueda olvidar, la Eucaristía es el culmen ¡y no hay nada más, no hay nada mejor que Dios pudiera haber hecho por nosotros! Pero hermanos, ¡nos acostumbramos! y en la vida de los santos, en la vida de don Álvaro del Portillo, de San Josemaría, vemos con claridad como la Eucaristía , la santa misa -como nos ha enseñado con claridad el Concilio Vaticano II- era el centro, la razón de ser de su vida. ¡Era el lugar donde estos hombres y tantos santos encontraron la fuerza, el amor para darlo a los demás!
El Santo Padre acaba de publicar una Exhortación Post Sinodal “Sacramento de la Caridad ” donde nos habla de la Eucaristía , y en uno de sus pasajes nos dice: “El asombro por el don que Dios nos ha hecho, que Cristo imprime en nuestra vida un dinamismo nuevo comprometiéndonos a ser testigos ¡de su amor!”.
Ya hemos vivido la palabra de Dios, posteriormente pasaremos a ese ofrecimiento ¿qué vamos a sacrificar? ¿qué vas a poner tú? ¿qué voy a poner yo? Para unirnos al sacrificio del Cuerpo y la sangre de Cristo, que va a estar aquí presente, esa maravillosa transubstanciación, ese misterio que desborda, sigue desbordando nuestra mente, nuestro ser, nuestro corazón para poder recibir todo ese amor, nuestras capacidades para que en cada misa nos renovemos y tengamos un dinamismo nuevo, ¿para qué?. Para ser testigos del amor eucarístico.
Monseñor del Portillo, fiel a las enseñanzas de San Josemaría, también hizo de la misa el centro de su vida, de su trabajo, de todo. Ese afán de almas que lo impulsó a continuar con una verdadera pasión, la extensión de la labor apostólica del Opus Dei por todo el mundo; y en especial en Roma, durante 19 años que estuvo del lado de esta pequeña porción del pueblo de Dios: la Prelatura Personal del Opus Dei.
Llevó la Obra a innumerables países por primera vez y de manera especial en Roma. Recordando el encargo del fundador, impulsó el inicio de lo que primero fue un Ateneo Pontificio y que hoy es la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Una tarea inmensa, pero su amor a Dios, su amor a la Iglesia , su seguridad de que era necesario formar bien, especialmente a los sacerdotes, religiosos, lo llevó a poner en obras iniciativas que hoy ya han dado formación a miles de sacerdotes, seminaristas, religiosas, religiosos y laicos, que se preparan en la doctrina de la Iglesia en campos como la Teología , la Filosofía , el Derecho Canónico, la ciencia de los medios de comunicación, la Liturgia. ¡esa fidelidad proselitista! Por ese amor a la Eucaristía inmediatamente nos encontramos en tareas apostólicas, magnánimas, un centro de irradiación para el mundo entero.
En el Evangelio de hoy, las palabras de San Juan nos animan: “si se mantienen en mi palabra serán verdaderos discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad os hará libres”.
Aquí tienen un retrato del primer sucesor de San Josemaría. Un hombre profundamente conocedor de la Sagrada Escritura , un hombre con una profundidad intelectual que lo llevó a servir a la Iglesia en numerosos dicasterios de la Santa Sede. Y todo ello lo hacía con tranquilidad, en silencio, que lo llevó a tener un gran prestigio por su enorme capacidad intelectual y por su bondad. ¡un hombre bueno!
En el último Sínodo se hablaba con frecuencia de la expresión “la coherencia eucarística”. Yo recordaba a don Álvaro del Portillo y a San Josemaría; y al oír esta nueva expresión “coherencia eucarística” que no es otra cosa que la unidad de vida; el que comulga el cuerpo de Cristo, necesariamente coherente debe tener una vida que pueda permitir decir que “quien come mi cuerpo y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”.
Hermanos, en estos tiempos nos acostumbramos muy rápido a estos maravillosos misterios. Aprovecha para revisar en tu vida. Esta Eucaristía que diariamente o con frecuencia recibo ¿qué frutos de coherencia en mi vida diaria? ¿cómo se ve que realmente he recibido el cuerpo de Cristo? En mis gestos, en mis palabras, en mis decisiones, en mi hogar, en mi familia.
Decía San Josemaría: “Señor, que no me acostumbre jamás a tratarte, me gustaría acompañar al Señor físicamente, estando mucho rato en el Oratorio”; y comentaba desde el cuarto de trabajo de don Álvaro: “Donde estoy casi siempre, voy y vengo con la imaginación al Sagrario y allí con el deseo saludo y acompaño al Señor”.
Pues te digo lo mismo, en tu trabajo, en tu casa, en donde te movilizas, con la imaginación y con el deseo ¡entren ustedes al Sagrario! Cuando yo era más joven al pasar delante de las Iglesias ¡nos persignábamos! Por una de esas situaciones contemporáneas ¡ya no se persigna nadie! ¿por qué? ¿vergüenza? ¿miedo? ¿falta de asombro? Todos, niños y grandes, hoy lo hacen al entrar a una cancha de fútbol ¡y me alegra!. Pero al pasar por una Iglesia era normal y hasta los padres decían: ¡persígnate, allí está Jesús!.
Retomemos esa coherencia eucarística para ubicarte en tu casa, en el lugar que vives ¿dónde está la Iglesia ? ¿dónde está esa campana que gracias a Dios sí suena convocando a misa? Para con la imaginación decir: ¡Jesús mío y Dios mío! Pequeños detalles de esa coherencia eucarística.
Dice la primera epístola de San Juan: “eso que hemos visto, eso que hemos oído, os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros”
Estas palabras me traían al recuerdo las palabras de don Álvaro: “Yo soy la sombra -decía- de San Josemaría”. Eso que hemos visto, eso que hemos oído, palabras referidas a Dios, a Cristo; pero que podemos de una manera análoga recordar en la vida de Álvaro del Portillo, porque ¿qué bien fue lo que había visto y oído en San Josemaría? ¡Cristo!
Dice el Papa Benedicto XVI “nos convertimos en testigos cuando con nuestras acciones, palabras y modo de ser aparece OTRO (con mayúscula) y se comunica”. Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. Somos testigos con nuestras acciones, palabras, modo de ser, pensamiento.
Nos recuerda “Camino” que cuando te vean puedan comentar: éste lee la vida de Cristo, conoce el evangelio. Aquí nos lo dice el Papa de un modo más vivo todavía, que cuando te vean aparezca OTRO ¿quién? ¡Cristo!
No son poesías, entusiasmos pasajeros, esto es posible, es que Cristo lo quiere para que esa novedad radical ¡ilumine a este mundo! ¡despierte a este mundo! No son espiritualismos ¡No! Al revés, son realismos que nos ponen a Cristo; pero ¿quién es el instrumento? ¡Tú! Y cuando tú no pones a Cristo impides la acción de Cristo en la historia. ¡Es increíble el amor de Dios como se somete a tu correspondencia y a la mía!
Pues esto lo vivió don Álvaro de manera heroica: vivió para ayudar a Cristo en los demás, con una sonrisa, con una amistad y una mirada de amigo que reflejaban realmente a Cristo. ¡Así tan fácil era acercarse a Jesús! ¡Era fácil ser amigo de Él! ¿por qué? Porque esas virtudes humanas llevaban a las virtudes sobrenaturales y veías en él lo que era muy sencillo, ¡veías la luz de ese otro!
Hermanos, la misión de llevar a Cristo, no es sólo una idea, no es un planteamiento ético que nos inspira Cristo ¡No! Es el don de su misma persona. Por eso dice el Papa quien no comunica la verdad del amor de Cristo al hermano no ha dado todavía bastante. ¡Qué bonitas palabras del Papa! ¡Gracias a Dios por esa sabiduría maravillosa del Papa actual!
Hagamos ese propósito, ¡vamos a dar más!, esa entrega tan grande que nos mostró llena de fidelidad a Dios, a la Iglesia que él fomentaba ¡Sí! Pero por el camino reglamentario, es decir, a través de la fidelidad al fundador del Opus Dei. Muchos de ustedes que pertenecen, participan de esta comunidad, de este pequeño barco de la Iglesia , de la única Iglesia, recuerden esta enseñanza maravillosa de monseñor del Portillo, a través de ese espíritu llegamos a Cristo, a las almas, a Dios ¡Servimos a la Iglesia , como la Iglesia quiere ser servida! En esa santificación del trabajo ordinario de cada uno en el lugar al que Dios lo ha llamado.
Hoy, al celebrar esta Eucaristía, a pocos días de la Semana Santa , le pedimos a nuestra Madre Santa María ¡Ayúdanos, a permanecer al pie de la cruz, junto a tu Hijo, en contemplación firme, serena, apostólica! ¡Ahí, junto a la cruz y junto a María nació la Iglesia ! Así fue la vida de don Álvaro del Portillo, pastor ejemplar en el servicio a la Iglesia , fidelísimo hijo y sucesor de San Josemaría.
Así sea.