Señor Presidente de la República, doctor Alan García Pérez; señor Ministro del Interior, señor Director General de la Policía, distinguidas Autoridades, miembros todos de la Policía Nacional, queridos hermanos y hermanas:
Acabamos de escuchar el pasaje del Evangelio que nos habla de ese grano pequeño, de la semilla de mostaza, de cómo siendo pequeña crece y cobija –el árbol- a muchos pájaros y da mucho fruto. También la comparación de la levadura, de cómo una pequeña cantidad que al mezclarse se fermenta y crea un enorme pedazo de pan. Y el Señor nos dice, que así es el reino de Cristo.
Pensemos en la solemnidad que celebramos hoy. Santa Rosa vivió sólo 31 años, nunca salió de Lima, era una mujer modesta, sencilla; y sin embargo en pocos años su ejemplo, su estímulo como mujer buena se extiende no solo en el Perú, sino en todo el mundo. Santa Rosa de Lima despide ese buen olor de Cristo.
Hermanos, en esta fiesta en que la Policía de manera tradicional acude a su Patrona, Santa Rosa de Lima, vale la pena que reflexionemos sobre ese coraje que surge de la fe. ¡Tantas veces en los tiempos actuales reducimos la capacidad de los hombres a una acción y reacción material! ¡Cuánto me da, cuánto puedo dar! Y dejamos de lado la gran riqueza y el gran motor que anima a la persona humana: el amor a Dios, el amor al prójimo. ¡Esa motivación que es muchísimo mayor que la sola motivación material!
Más, en esta institución que tiene como objetivo servir, no hay un sueldo que justifique un policía la noche entera en su puesto de guardia, no hay un sueldo que justifique un policía que tiene que ir a un rincón a cuidar un puente o a servir a una pequeña localidad donde su presencia es la presencia del Estado. ¡Eso no se paga!
Por eso, los animo a que -lo que se puede llamar el factor humano- la formación, la vida interior, el amor al prójimo; el amor a los valores: la honestidad, la honradez, la firmeza, la valentía, no surja de una prestación contra un pago. En tantos momentos de la vida se llega a la conclusión ¿por qué el mundo de hoy materializado, reduce la dimensión de nuestros actos a lo puramente material? Limitamos enormemente la realidad. Podemos poner ejemplos como el de esta santa, ella por un rato de oración, de servicio a la gente que acudía a su casa, era capaz de pasar la noche entera sin dormir. Tenía una fuerza, un coraje que surgía de su fe en Dios.
Hermanos, ese ejemplo que supone la vida de santa Rosa es un estímulo para la vida de los policías y para todos; el estímulo de una vida santa que da mucho más de lo que uno pudiera esperar y que el mundo entero conforme pasan los años va descubriendo de un modo no explicable.
Quiero recordar a todos estas normas de la Iglesia católica: los católicos veneramos a los santos, no los adoramos, como dicen algunas veces los evangelistas, ¡veneramos! Por eso los pasajes de la Biblia que tantas veces esgrimen no se aplican, la Iglesia sabe distinguir bien entre Jesucristo y los santos. Y veneramos también con un acto especial a nuestra Madre, la Virgen María ¡no adoramos ídolos! Sé porque lo digo con todo respeto. La verdad ayuda mucho a ser consecuentes con nuestra fe católica.
Quisiera también reflexionar sobre la fortaleza que supone para el policía su propia familia ¡Qué importante es para todos el hogar donde nos formamos! ¡Cómo ayuda al policía la presencia de su esposa! O ahora que hay policía femenina, la presencia de su marido, o de sus hijos, de sus padres. Y nos damos cuenta que el trabajo por su misma naturaleza nos pone al servicio del país, muchas veces lejos del hogar y con horarios que no hacen fácil la vida familiar.
Por eso, nuestro homenaje, nuestra oración, porque en ese unir a la familia surgirá esa fuerza interior, no sólo de la fe sino de la familia, del hogar del policía. Mi homenaje a esa esposa que tantas veces ve a su marido en horarios cortos y que por teléfono se mantienen en contacto; y aquellos hijos, que muchas veces –al salir el papá- todavía no se han levantado; o al regresar del colegio no los encuentran en casa. Todo esto no es un lamento, ¡Es la realidad de la entrega que Dios pide a esta vocación policial!
Es importante que cada uno de los policías, de manera especial le pidan a santa Rosa: ¡Cuida a mi familia, protege a mis hijos, enséñame a tener un hogar bien formado!
Dice el libro del Eclesiástico: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”. Ese tejido que conforma la policía, que está en calles y plazas, en todos los rincones de nuestra patria; no sólo por el número sino por el género de su trabajo –nos damos cuenta todos- tiene un papel muy importante, porque puede ser sal y luz que ilumine, porque está permanentemente disuelta en todos los ambientes del país, cuando está en actividad y cuando está en día de descanso; ¡siempre tendremos la presencia de la policía en nuestras calles! ¡siempre tendremos la confianza de que hay siempre en un rincón aquel hermano nuestro dispuesto a cuidar el orden, dispuesto a dar una mano, dispuesto a colaborar con la sociedad! Debemos cuidar ese tejido con nuestra propia conducta sabiendo vivir con dignidad, sabiendo cuidar las normas que tenemos, para que de esa manera se pueda decir: ‘la policía tiene una estima personal, cuida su institución, cuida a la sociedad’.
Hermanos, no son sugerencias ajenas al acontecer -al revés- más que nunca hay que estimular esa fibra interior del deber cumplido de la misión asignada, de la fe que profesamos, del ejemplo que piden de nosotros, de la fidelidad en el matrimonio; todos estos valores hacen de la persona humana, un hombre que da luz, un hombre que ilumina, un hombre que hace imposibles.
Santa Rosa, precisamente, en esa humildad de su presencia humana, de su debilidad, ha hecho esta revolución de santidad. ¡Primera santa de América! ¡Elevada a los altares por el clamor de toda la población que la conoció! Ella solía caminar de Tacna –casa de sus padres- hasta Santo Domingo, a rezarle a la Virgen María, la Virgen del Rosario; y luego venía aquí a la Catedral a rezarle a Nuestra Señora de la Evangelización; y luego pasaba a San Pedro. Era su caminar cotidiano por nuestras calles con esa sencillez de quien lleva a Cristo. ¡Santa Rosa, ayúdanos a descubrir la fuerza del amor de Dios, la confianza de la presencia de Dios!
Dice san Pablo, “yo no pienso haber conseguido el premio, sólo busco una cosa, olvidándome de lo que quedó atrás, lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”. Esa rectitud de intención, buscar en todo la verdad, el bien, el amor al prójimo, rectificar la intención. Normalmente, cuesta enderezar nuestras acciones al bien, a la verdad; la tentación nos rodea, a lo fácil a lo cómodo, a lo equivocado.
Por eso, también, al escoger a esta patrona, le pedimos a Ella: ¡Purifica nuestra intención, nuestros corazones! ¡Ayúdanos a rectificar!
Hermanos policías, amemos nuestra vocación y nuestra misión, tengamos orgullo de ser policías; el Perú necesita su policía, agradece a su policía.
¡Que Dios bendiga sus familias! ¡Que Dios bendiga a todos ustedes! ¡Que de manera especial recordemos a los caídos, a los enfermos, a los que por servicio o por trabajo han quedado disminuidos!
Realmente es una actitud muy generosa del gobierno, el que hoy se esté acordando de esas viudas, de esos hijos, de esa gente que cayó valerosamente defendiendo la libertad de nuestra patria.
También vemos con esperanza, esa propuesta que permitiría mejorar el salario de los policías, recibiendo lo que reciben la gran mayoría de peruanos, catorce sueldos. Ellos no tienen voz para hablar, hay que hablar con claridad, sin demagogia, simplemente el mismo trato que tiene cualquier otro ciudadano que trabaja en la actividad pública. Que se pueda someter a mil revisiones, no es mi tarea, pero decir que el suboficial de turno, que el personal subalterno, que los oficiales tengan esa paz de trato al mismo nivel que los demás peruanos, creo que es una cosa buena, no polémica. Evidentemente, está sujeta a diferentes regulaciones, pero es una esperanza grande ver como se está recuperando la dignidad de la Policía, dotándola de mejores condiciones y también cuidando más el elemento humano.
Invocamos a santa Rosa a que los bendiga, los guíe, los conforte, los proteja. Hoy en su día les agradezco su servicio, su entrega en todo el país; y también les pido mayor generosidad, mayor rectitud y transparencia para que realmente todos veamos en esta familia policial una luz que nos llena de confianza, no sólo en la seguridad del país, sino en la sociedad.
Por todo esto, hermanos, me alegra recibirlos como cada año en la Catedral de Lima, cuidando una viejísima tradición. Ese lema: “Dios, patria y ley” encierran un gran tesoro, piensen en ello y actúen en consecuencia.
Así sea.