- Lunes, 31 de diciembre de 2007 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Misa y TE DEUM de Acción de Gracias por fin de año

Lunes, 31 de diciembre de 2007

Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy al celebrar esta Santa Misa elevamos nuestros corazones llenos de alegría en acción de gracias a Dios por su compañía, por las bendiciones que nos ha enviado en el año que termina y queremos también hacer algunas reflexiones llenas de esperanza mirando el Año Nuevo, deseando que la paz de nuestro Señor Jesucristo ilumine todos los corazones y hogares en el Perú.

Construyendo un patrimonio de valores

Decía el Santo Padre Benedicto XVI, en un pasaje de su Mensaje por la Jornada por la Paz del 1° de enero que “una condición esencial para alcanzar esta paz, tan deseada y tan beneficiosa, es que ésta se apoye sobre sólidos valores espirituales y éticos compartidos”

Por ello, hoy me permito hacerles un urgente llamado a todos los hombres de buena voluntad para que reflexionemos sobre la necesidad de construir juntos un patrimonio de valores. El fenómeno de la globalización que se va extendiendo por el mundo entero, necesita de una economía que responda a las exigencias de un bien común. Una globalización en la que hay que fomentar relaciones rectas y sinceras entre todas las personas, entre todos los pueblos para que de esa manera podamos todos colaborar en este plan de mayor justicia. Sólo con esos valores compartidos será posible un desarrollo económico que realmente haga mejores a las personas, y que traiga la tan deseada justicia social.

El Santo Padre trae a la reflexión del mundo entero el hecho de volver a esa norma moral natural, lo que clásicamente se ha llamado la ley natural. Que sea la base de la norma jurídica positiva porque esa norma moral, natural, común, por tener su origen en la naturaleza humana permite que las diferentes circunstancias reflejen un mismo conjunto de valores trascendentes y uno de los principales y primeros valores compartidos es el valor de la familia constituido por el matrimonio de un hombre y una mujer de manera estable y definitiva, una familia en la que los padres asuman la gran responsabilidad, por un lado de acoger la vida, de protegerla y promoverla y aceptarla; y por otro lado de educar a sus hijos en libertad y responsabilidad.

¿Qué podemos esperar de este año que comienza? El progreso acumulativo solo es posible en lo material, pero no basta. En cambio en el ámbito de la conciencia en donde podemos establecer lo bueno, lo malo, lo correcto, lo honesto, lo generoso, lo sincero no existe la posibilidad de incremento. El hecho de que seamos hombres y mujeres libres hace que siempre será nueva la decisión que cada uno tiene que tomar frente a los asuntos que se le presentan.

No hay nadie que pueda tomar por nosotros esas decisiones de tipo ético y moral. Cada uno de nosotros, cada generación tiene la responsabilidad de considerar ese patrimonio moral que hemos heredado y que tiene que acompañar con su desarrollo el progreso material en el cual todos se sienten convocados.

Si frente a esas mejoras y cambios materiales también se mejoran la familia, la educación, la formación religiosa, la libertad, la responsabilidad, la norma de la justicia, la veracidad constituyen el patrimonio de una nación, los valores compartidos. Antes de fijarnos en los aspectos materiales que nos puede traer el Año Nuevo, pensemos en estos valores que la Iglesia permanentemente recuerda como Madre para que sepamos cuidarnos, para que dejemos a la siguiente generación hogares, familias, vida religiosa, respeto a la verdad, es decir que no solamente tengamos más, sino que seamos mejores.

Reflexiones para un buen examen de conciencia

Me permito formular algunas preguntas que nos ayuden a hacer un buen examen de conciencia. ¿Seremos capaces –los peruanos- de trabajar unidos, dejando de lado la violencia, la corrupción, las venganzas, los egoísmos? ¿Tendremos el coraje de afrontar los desafíos que el desarrollo económico presenta en el campo de la educación? ¿Acogeremos a la juventud sabiendo que son la esperanza de nuestro país, orientándolos con sinceridad y también con firmeza en la búsqueda del bien y del trabajo? ¿Le daremos el lugar y la importancia que merece la familia como célula fundamental de toda organización social? ¿Sabrán quienes se dedican a la actividad política darse cuenta que es un servicio hacia los demás? ¿Compartiremos generosamente los beneficios económicos de la mejor manera? ¿Seremos más respetuosos de cuidar la honra de los demás?

Motivos de reflexión y de alegría para que este año que empezará pronto vea como estos valores espirituales tan importantes hagan la vida más humana, más llevadera y el bienestar llegue a todos.

Obispos: sucesores de los apóstoles

No le toca a la Iglesia hacer juicios de valor sobre aspectos concretos del desarrollo económico, político, sí iluminar con aquellos aspectos de la dignidad de toda persona. Los apóstoles movidos por el Espíritu Santo invitaban a todos a cambiar de vida y convertirse. Nosotros, los obispos sucesores de los apóstoles, acompañados por el mismo Señor Jesucristo continuamos la obra de la salvación dentro del curso de la historia, no solamente enseñamos una doctrina, sino anunciamos a Jesucristo con palabras y con acciones. Procuramos ser instrumentos de su presencia y actuación en el mundo.

Con alegría les digo que realmente vemos como la práctica de la adoración del Santísimo Sacramento se va extendiendo en muchos templos y esa presencia viva de Jesús va produciendo frutos de santidad.

Ciertamente no podemos engañarnos. Los problemas que presenta el secularismo de nuestro tiempo, que se olvida del más allá, de la presencia viva de Dios, del juicio, del amor al prójimo, y pretende poner todo el futuro solo en lo material. Trata de imponer verdades opinables irrumpiendo en el campo religioso; sabemos y conocemos que cambiar supone esfuerzo y lucha pero también recordamos las palabras del Señor “Estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Anunciemos la Buena nueva en la Gran Misión de Lima

Considerando las circunstancias en la que estamos viviendo, con la alegría con la que nos anima permanentemente el Santo Padre Benedicto XVI, acogiendo el impulso que los obispos reunidos en Aparecida en el mes de mayo pasado, nos propusieron a toda la Iglesia en el Continente, hoy quiero anunciar a esta Iglesia local que convoco a la Gran Misión de Lima que empezará en la solemnidad de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, Segundo Arzobispo de Lima y patrono del Episcopado Latinoamericano el domingo 27 de abril.

Hace pocos años, emprendimos la Misión Remar Mar Adentro. Hoy La Gran Misión de Lima con esperanza, con gozo quiere llevar a todos los hogares el anuncio de la Buena Nueva, la presencia de Jesús y de María, la coherencia de vida de los cristianos, ese remar mar adentro para convertirnos en verdaderos discípulos de Cristo.

Hemos de emprender con nueva ilusión el camino en la educación en la fe. Hay un gran desafío en este mundo globalizado donde la información es cada día más intensa. Es muy importante reforzar la identidad de hijos de Dios en la Iglesia Católica. “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada hay más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él” (Homilía de inicio del Pontificado de Benedicto XVI, 24.IV.2005)

Tenemos un tesoro maravilloso, hay que limpiar los ojos para que la Fe descubra la belleza de la vida Cristiana, del amor humano y sobrenatural, de la vida en familia, del ayudarnos unos a otros, conocer nuestra fe y ponerla en practica, aportar ese granito de sal y de luz para que la sociedad se organice de una manera cristiana, sana, como una gran familia. La Iglesia es el sacramento de salvación.

La Gran Misión de Lima debe ayudar a fortalecer esa fuerza interior que nos hace sentirnos parte de la Iglesia perteneciente a Cristo, que nos lleve a lucir con humildad la coherencia de una vida cristiana, si la palabra es desmentida por la conducta difícilmente será acogida. Lugar privilegiado será la formación religiosa en todas sus dimensiones y circunstancias; tanto en la catequesis; la educación escolar y superior; el fortalecimiento de la familia; la práctica de la caridad al servicio de los más débiles; el acompañamiento y orientación de la juventud, la promoción de las vocaciones; entre otros.

En resumen: una siembra de valores cristianos en la vida de nuestra sociedad, y me permito desde ahora invitar a los medios de comunicación para que nos acompañen en esta cruzada que será La Gran Misión de Lima. Son maravillosos los desafíos que nuestra patria enfrentará este año, importantes sucesos internacionales de orden económico y político tendrán lugar aquí en el Perú y a los que queremos colaborar con la enseñanza de la dimensión ético y moral, imprescindibles para el correcto desarrollo de toda persona y la familia.

A Santa María, Madre de Dios le confiamos que bendiga este año que está por comenzar, le damos gracias por su compañía y presencia en este año que termina y ponemos en sus manos los frutos abundantes de la Gran Misión de Lima y le pedimos que la paz reine en los corazones de todos los peruanos.

Así sea.

 
 

[Notas del Arzobispado de Lima] [Homilías del Cardenal Cipriani]
[El Santo Padre] [Archivo Arzobispal] [Notas sobre el Legado Riva Agüero]