- Domingo, 02 de marzo de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en el IV Domingo de Cuaresma

Domingo, 02 de marzo de 2008

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy nos visitan algunas parroquias de la zona de Barranco y Chorrillos de la Vicaría sétima, les damos la bienvenida y le agradecemos su presencia en esta Eucaristía que es una señal de unión con el Pastor en la misa dominical. Es una clara manifestación de lo que es la Iglesia: el Pastor que soy yo, representa a Cristo en la Iglesia local y los colaboradores representan a esos apóstoles que ayudan a Cristo.

Por eso, cuando las parroquias, -pequeñas parcelas- dirigidas por los sacerdotes, al venir a la Iglesia Madre: a la Basílica Catedral; y al momento central: la Eucaristía dominical, estamos viviendo el centro de lo que es el Misterio de la Iglesia, unidos a Cristo a través del Pastor.

La luz y el ciego

Hoy, la Iglesia, en este cuarto domingo de Cuaresma, nos habla por un lado de la luz, y por otro lado del ciego. Un contraste: Cómo es la vida cuando está iluminada, y cómo es la vida cuando está a oscuras; son dos caminos que tenemos por delante. Y vemos como la primera lectura, en el libro de Samuel nos dice con mucha claridad: “Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia, el Señor ve el corazón”.

Ya nos habla de cómo es la luz de Dios: el Señor ve el corazón, no las apariencias. Ve como buen discípulo de Cristo, aprende a ver los corazones; en primer lugar el corazón de Dios, ¡mira a Jesús, entra en ese corazón sacratísimo y mira como ama, como sufre! Procura identificarte con esos sentimientos del corazón de Jesús, luego entra en tu propio corazón y descubre dónde están tus amores, qué es lo que verdaderamente te mueve a ser buena persona, ¡conócete! y luego dirige tus ojos al corazón de los demás, ¡no te fijes en las apariencias!

Ese hombre interior que todos tenemos que construir, y que está en el corazón de cada uno, es el alma del discípulo. Si quiero seguir a Cristo, empecemos por tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Luego, en la carta del apóstol San Pablo a los Efesios, dice: “En otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz, caminen como hijos de la luz”. ¿Cómo camina el hijo de la luz? Con bondad, justicia, verdad, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas, pero la luz las denuncia, las pone al descubierto, ¡despierta tú, que duermes! También nos enseña San Pablo cómo esas tinieblas de la propia conciencia oscura, esconden lo que hago mal, como tantas veces la mentira es el gran problema de nuestra propia ceguera, no hay peor sordo que el que no quiere oír, no hay peor ciego que el que no quiere ver, y nadie me puede obligar a ser sincero, a reconocer mi pecado, a reconocer las buenas obras.

Uno obedece porque ama la verdad

Le decía a un joven antes de empezar la Misa: nadie puede amar en tu lugar, nadie pone más amor en tu vida que tu mismo. Uno no obedece por temor a lo que me diga el superior, o a que me vea mi mamá, o a lo que diga mi marido; uno obedece porque ama la verdad, las buenas obras, a nadie le interesa más que a nosotros, a cada uno, su propia vida. Hay que preguntarle al interesado: ¿Y tú, qué quieres hacer de tu vida? No es que la Iglesia imponga a los demás, ¡No!, la Iglesia despierta en nombre de la luz de Cristo tu conciencia.

Cuando uno tiene la conciencia ciega, cuando uno no quiere ser sincero, reconocer su propia vida, le pasa lo que a este ciego del Evangelio. En esa época se pensaba que uno era ciego porque Dios había castigado a sus padres o al propio ciego, creían que era un castigo de Dios. ¡Que error más grande echarle la culpa a Dios, a sus padres! Por eso Jesús les dice: “No ha pecado ni el ni sus padres, nació así y es ocasión para que se manifieste la voluntad de Dios”.

Por eso, Jesús dice: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Te animo a que contemples a Cristo en tu propia alma, y te hagas una pregunta: ¿Soy sincero, digo la verdad, reconozco mis pecados, hay algo dentro de mí que no me gusta que se conozca?

No tengas miedo, Dios solo quiere ayudar, como decía el Papa Benedicto: “Jesucristo no te quita nada, te da todo”. Somos nosotros los que no perdonamos, Él perdona ¡siempre! No tengas nunca esa complicidad con tu conciencia de ocultar la verdad de tu propia vida, hace mucho daño, tarde o temprano es la muerte, te quedas ciego, ya no ves, aunque te quieran ayudar, ya no ves. Sinceridad, verdad, nadie te obliga, despierta tu conciencia, enciende la luz de ese amor de Dios, y dile con toda confianza: ‘Ten compasión de mí, no te canses de ayudarme’.

Dice Jesús más adelante: “Yo he venido para un juicio a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos”.  Parece un poco contradictorio, va unido a lo que hemos dicho antes, ¡Jesús no se fija en las apariencias! Por eso cuando tú crees que ves por el éxito, por la vanidad, por la sensualidad, por el egoísmo, por la soberbia, por el abuso, tú crees que ves, que eres el más importante, y el juicio de Jesús te dice: ¡Tú no ves nada, tu orgullo y tu vanidad te condenan, tu mentira te condena! Así es, en cambio, los que no ven, “vean”.

Yo te invito en nombre de Cristo, ten ese arrepentimiento, pídele al Señor, ¡ten compasión!, es importante en la vida, no es que estemos por los suelos humillados, maltratados ¡No! La verdad, la sinceridad me dice que tantas veces mis obras, mis trabajos, mi comportamiento, no es el adecuado a un hijo de Dios, me falta la luz, y por eso le digo a Jesús: ¡Ten compasión de mí!

Humildad: punto de partida de la Cuaresma

Conciencia recta, bien formada; y finalmente los fariseos, el mundo, el ambiente, ¿que le dice a este pobre hombre que han curado?, ¿el mundo que te dice a ti cuando quieres procurar portarte bien, cuando crees, cuando ayudas al prójimo, cuando te esfuerzas en ser sincero?, ¿que te dice el mundo?, ¿que me dice el mundo? Aquí está: ¡Lleno de pecado naciste, de pies a cabeza ¿y, nos vas a dar lecciones a nosotros?! Eso te dice el mundo, pero no nos asusta, allí está el punto de partida para este camino de la Cuaresma: ¡humildad!

La humildad te lleva a reconocer tus faltas, al arrepentimiento y a la verdad, y cuando caminamos en la verdad,  viene la alegría de la conversión; si eres buen discípulo, tus obras serán maravillosas, ayudarás a miles de personas, te llenarás de alegría al ver como la Iglesia saldrá a manos llenas a devolverle la vista a los ciegos, a calmar los corazones, a ayudar a los familiares; pero si no eres discípulo, tus obras son vacías, ¡pura apariencia!

Por eso en Aparecida, en Brasil, el Santo Padre nos dice: “Ser discípulo y ser misionero, es decir, amar a Jesús y amar al prójimo es lo mismo”. Son dos caras de la misma medalla, esto es lo que yo leo hoy en estos pasajes de la Sagrada Escritura, confesión, pedir perdón, obras que se vean porque dentro hay un discípulo; y Nuestra Madre siempre tan buena que nos guíe, que no nos cansemos, a veces pensamos, ¿de qué me sirven estas reflexiones espirituales en el mundo que vivimos? Hermanos, el mundo que vivimos está así porque no hay mundo interior, ¡no hay vida interior!, ¡hay pura apariencia!, ¡no somos sinceros!, vivimos tantas veces una doble vida, decimos: ¡Perdón, perdón! Y ¡no perdonamos!, hablamos mucho y no hacemos y luego echamos la culpa; como le dicen a este hombre: “¿Quién ha pecado, sus padres o él?”

Que Nuestra Madre nos ayude a despertar la conciencia al arrepentimiento, a la sinceridad, a la humildad.

Así sea.

 
 

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