- Domingo, 04 de mayo de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Solemnidad de la Ascensión del Señor

Domingo, 04 de mayo de 2008

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor. El relato de la Sagrada Escritura nos dice que los apóstoles le vieron levantarse hasta que una nube se los quitó de la vista. Y también en el Evangelio, los once discípulos se fueron a Galilea y ahí el Señor les da una última instrucción y va a sentarse a la derecha de Dios Padre.

La fe es un acto gratuito de Dios, creemos por el Espíritu de sabiduría y por la revelación

Todo esto, hermanos, no se puede creer, no se puede vivir seriamente, si no es, como nos dice aquí San Pablo, por el Espíritu de sabiduría y por la revelación. Creemos esto por la revelación, creemos esto porque la sabiduría de Dios, si es que lo dejamos, nos permite aceptar estas verdades. No estemos tan tranquilos pensando: “Yo creo”. Todo esto es posible por la sabiduría de Dios que quiere entrar a tu corazón y a tu mente, que te ilumina y te permite asentir: “Creo”.

En el momento en que uno se apropia y dice: ‘No, felizmente yo creo desde chico’. Ten cuidado, la fe empieza de un acto gratuito de Dios que porque quiere y a quien quiere lo ilumina, le da su sabiduría para que pueda asentir: “Sí, acepto, creo”.

Hoy vemos, como dice San Pablo, que Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón. No dice ojos de nuestra cara. El corazón tiene ojos y está hecho para amar a Dios sobre todas la cosas; y amarlo por sí mismo, no porque es bueno, no porque es el Creador, no porque me ayuda, me escucha o puedo rezarle. ¡No! Lo amo por que es Dios, por Él mismo, porque es la bondad suma, es la vida misma. No es que saco yo amándolo, eso no es amor. Y Él no necesita amarte, Él lo tiene todo.

La Ascensión del Señor nos invita a pensar en la vida eterna

Pensemos hermanos en estos contenidos de la fe para no ser superficiales. Es muy grande lo que ha hecho Dios enviando a su Hijo Jesucristo, elevándolo a la derecha del  Padre y la gran promesa, -que conviene recordar- que el Señor nos hace: “Te prometo la vida eterna”.

Hay que pensar en el cielo, en la alegría eterna y que estamos aquí para amar a Dios sobre todas las cosas, y para estar con Él eternamente en el cielo. Y muchas veces uno puede pensar ‘no me mueve tanto’. ¡Que pena!

Hoy es gran momento para pensar cuanto deseas estar cara a cara con Dios, verlo y amarlo ¡Por amor!, no por ninguna ventaja. Purificar el corazón para que solo ese amor de Dios sea el motor que me lleva amar a mis hijos, a mi esposo, a mis padres y amigos. Todo ¡Por Él! Y si no, no es amor, ¡Es egoísmo!

La Ascensión del Señor nos invita a pensar con más frecuencia en la vida eterna, con más frecuencia en el amor de Dios. Que la sabiduría de Dios nos ayude a todos para poder entrar en esa realidad. Si no es así, me temo que te llene muchas veces la tristeza, el desánimo, la cólera y que no seas constante en tu fe.

La Gran Misión de Lima nos llama a dar frutos de amor

Y lo segundo que quisiera comentar contigo de la Sagrada Escritura es: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”.  La vocación, la vida, de todo bautizado tiene una prueba de si es sincera: ¡El amor al prójimo! Si no estoy permanentemente buscando el amor al prójimo, saliendo de mi egoísmo, de mi mismo, ¡Cuanto tiempo perdemos pensando en nuestras comodidades, complicaciones y pecados! Sal a buscar a los demás. Hemos empezado la Gran Misión de Lima, el lunes, ¿Qué has hecho? ¿A quién vas a llevar la verdad de Cristo con tu ejemplo, con tu palabra,  con tu conducta?

Hermanos, si no hay ese apostolado, si no somos misioneros, si permanentemente al ver a otro, sea quien sea, busco como llevarle a Cristo. Si no es así, nuestro bautizo no está dando frutos, no parece que Dios esté en nuestras vidas.

Por eso esta Misión que hemos empezado en la arquidiócesis no es otra cosa que dar frutos de nuestro amor a Dios. Si de verdad lo amamos, ¡Que se vea! Como acudo a ver a aquel enfermo, a visitar a aquel hombre que no tiene nada, como acojo a aquella familia o aquel niño, como trato a aquel compañero de trabajo, como me comporto con los que vivo. Lo dice el apóstol Santiago: “Como vas a amar a Dios, a quien no ves. Si no amas al prójimo, a quien sí ves”.

En esta Solemnidad de la Ascensión, Jesús nos deja una tarea todos los días y a toda hora. Lleva el amor de Dios con obras, que se vea que estás con Cristo por tu manera de hablar, de pensar, de trabajar y de salir de ti mismo para darte a los demás, sino nos pedirán que demostremos la fe con obras.

El Señor nos invita a esa vida eterna, a ese amor exclusivo a Él, total; y nos invita por un camino muy concreto: a través del prójimo. Para todo esto nuestra madre la Iglesia nos pone en contacto con los sacramentos, con la eucaristía.

Se lo ponemos en manos de Nuestra Madre que está siempre con nosotros. Ayúdanos, Madre Mía, a buscar las cosas de arriba y a buscarlas a través de esa vocación misionera.

Desde el bautizo estamos llamados a anunciar el amor de Dios

Desde que hemos sido bautizados, todos somos llamados a ir a anunciar el amor de Dios. Que se vea. El mundo de hoy, lo repite siempre la Iglesia, está buscando más testigos que maestros. Quiere ver, no solo quiere escuchar. Que vea tu esposo o esposa como lo quieres, tus hijos, tus abuelos, tu padres,  tus compañeros de trabajo; que puedan decir: “Mira como actúa, como ayuda esta persona, como está de alegre, como se convierte, como va a visitar a este enfermo, como ayuda con su dinero a la gente, que bien paga a sus empleados, como defiende la verdad y como respeta la familia y la vida”. No tiene temor al que dirán, no está pensando en que su vida termina aquí abajo. Esta yendo al cielo a través de esta escalera que es el amor al prójimo.

Los animo en esta Gran Misión a llenarse de ese amor de Dios, que es un regalo, y a mostrarlo. Que por tus obras puedan decir los demás: “Este cree, este hombre o mujer ama”. No por tus caprichos, no por tu manera de ser, no por tus elogios, ¡Por tus frutos! De esta manera, vendrán abundantes hombres y mujeres que buscan la santidad, que se entregan a Dios, que colaboran en sus parroquias, que santifican sus hogares, que sirven al bien común en el trabajo público, que defienden leyes justas. Habrá paz y concordia porque el Reino de Dios está en nuestros corazones.

Así sea.

 
 

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