- Sábado, 05 de abril de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en el matrimonio Flórez-Trappe

Sábado, 05 de abril de 2008

Nos hemos reunido con gozo en esta Basílica Catedral de Lima, para asistir al matrimonio de Juan Diego Flórez y Julia Trappe. Ha llegado el día para ustedes. En la presencia de Dios quiero hacer unas breves reflexiones, sobre el sentido de este sacramento.

Han podido comprobar con qué cariño los recibe el pueblo de Lima, con qué alegría estamos todos aquí, con qué ilusión los acompañamos en este momento tan importante para ustedes.

El matrimonio -nos enseña la Iglesia- es para un cristiano una auténtica vocación sobrenatural.  San Pablo dice “sacramento grande en Cristo y en la Iglesia”. Y, a la vez, inseparablemente, es un contrato entre un hombre y una mujer para siempre; porque queramos o no, el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble, un signo sagrado que santifica, una acción de Jesús que invade el alma de los que se casan; y que los invita a seguirlo.

El sacramento, no es otra cosa que Dios mismo apostando por ustedes, Dios mismo queriendo respaldar esa santa libertad para decirles ‘estoy con ustedes todos los días hasta el final de la vida’.

El sacramento transforma toda la vida matrimonial y la convierte en un altar divino en la tierra. Yo recuerdo una bella expresión que escuché de labios de san Josemaría Escrivá y que aplicándolo a ustedes vendría a ser así: “Juan Diego, tu camino al cielo se llama Julia; Julia, tu camino al cielo se llama Juan Diego”. Es muy bonito pensar que este matrimonio es una llamada a juntos batallar toda la vida; porque el matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne.

Son los cuerpos mismos de los contrayentes la materia del sacramento. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer; y el de la mujer hacia el marido. Ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos.

Muy queridos Juan Diego y Julia, no es fácil ¡pero es bonito! Es esfuerzo, es lucha, es lealtad, es fidelidad, es contar con Dios; de alguna manera la vida se convierte en una aventura maravillosa. Están llamados a santificar el matrimonio. Recuerdo un autor francés (siempre los franceses tienen una especial creatividad), decía él “No sólo me caso porque te quiero, me caso para quererte”.  Y, eso les digo a todos: “Cada día hay que estrenar el amor”.

Y allí es donde viene el sacramento, ese Dios, que es el mismo ayer, hoy y siempre, Él es el que pone la chispa que le da a lo cotidiano ese algo diferente, ese algo divino. Por eso, este no es el final, es el comienzo de un caminar.

La santidad en el matrimonio a través de la vida familiar, de las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, ¡No le tengan miedo a los hijos! (Los hijos) Es una maravilla que bendicen a los matrimonios, que dan trabajo, ¡pero son una maravilla! Sacar adelante económicamente a la familia, tratar a todas las personas con la que se relacionen; y ¡claro!, nos viene a la mente que este matrimonio se santifique en la ópera, porque cuántas horas estarán alrededor de esta maravillosa tarea que desempeñas tú (Juan Diego) y que ella te acompaña con tanto cariño y que a veces no será fácil, de avión en avión, de teatro en teatro; pero siempre un corazón ¡una sola alma! Por eso, que a través de ese don que Dios te ha dado, también muestres la belleza del amor humano.

Quiero recordarles, hoy, que en la vida, el dolor es la piedra de toque del amor; es decir, el amor se hace fuerte en esas pequeñas dificultades diarias. ¡No tengan miedo! Así nos hablaba Juan Pablo II. Ese esfuerzo hará que cada día se haga más fuerte, con expresiones de ternura, con expresiones de afecto auténtico, con un amor que se renueva cada día.

También los animo y los aconsejo ¡tengan fe y esperanza en el sacramento! Para que cuando haya que enfrentar pequeños problemas lo hagan con mucha paz, con mucha serenidad, sabiendo que el amor de Dios llenará de alegría las lágrimas, los ratos en que estén lejos ¡Funciona!  Dios nos ha dejado un sacramento maravilloso.  Sepan sonreír siempre, ¡cuántas veces una sonrisa es lo que más busca los ojos del marido o de la mujer! Y cuando vienen los hijos, cuántas veces el niño busca una mirada del papá, de la mamá ¡lo dice todo!

Porque tengan esa sonrisa que a veces cuesta. ¡Sépanse escuchar! Sepan dialogar siempre, pongan un gran amor en los pequeños servicios de cada día. Tú (Juan Diego) que sabes mucho de la ópera, en lo pequeño está la diferencia, son momentos, son goces, son tonos, son notas, son mil momentos que quienes conocen del arte, ¡allí está la diferencia! En el amor humano es igual, son pequeños detalles que hacen de la vida familiar un cielo en la tierra ¡Ánimo! Recuerdo esas palabras de Juan Pablo II “hagan de este matrimonio un amor hermoso”.

(A continuación, el Cardenal Juan Luis Cipriani dirigió unas palabras en inglés dirigidas -sobre todo- a los parientes de la novia, Julia Trappe, entre ellos su padre, Wilhelm).

Nuestro pensamiento se dirige a la Virgen María, madre de Dios y madre nuestra para pedirle ¡Bendice este matrimonio de Juan Diego y de Julia! ¡Acompáñalos en este camino de santidad! ¡Bendice a todos nosotros, especialmente a los matrimonios! ¡Acompáñalo, madre mía, si hay momentos duros en la vida! Pero hay que tener fe, tenemos los medios.

Juan Diego y Julia que lleven juntos este amor matrimonial, que lo expresen con la belleza del canto, sabiendo que en este país, en esta ciudad se les quiere mucho, se les acompaña y se les admira.

Así sea.

 
 

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