- Domingo, 06 de enero de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Solemnidad de la Epifanía

Domingo, 06 de enero de 2008

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

La Fiesta que hoy celebra la Iglesia, la llegada de aquellos Magos con sus regalos para adorar al Niño, tiene un enorme significado en la vida teológica, en la realidad del misterio de la Redención, en la realidad de lo que es el mundo hoy. ¿Por qué? Porque es el primer momento en la historia de la humanidad en que Dios se manifiesta públicamente a todos los hombres, no es solamente el Niño en Belén que se revela a los pastores, sino ya es el Hijo de Dios que quiere que el mundo sepa que ha venido el Redentor. Nos dice la Tradición que tres hombres sabios que representan los estudios, los intelectuales, el poder, la riqueza, vienen de lejos, -no son cristianos, no son judíos- a postrarse delante de quien es la luz del mundo.

La única misión de la Iglesia es anunciar a Cristo

En primer lugar, quisiera decirles la gran responsabilidad que tiene la Iglesia, Cuerpo Místico de ese Cristo que ha nacido, ya que cumple su misión cuando refleja para toda la humanidad la luz de Cristo. La Iglesia tiene esa única misión: reflejar y presentar a cada época de la historia al Redentor, a Cristo; y mostrarlo en su permanente verdad, dentro de lo que es la Tradición y el Magisterio. Esa es nuestra tarea como pastores de enormes responsabilidades, no dejar ninguna época de la historia con un Cristo mutilado o un Cristo fabricado.

Tenemos que mostrar al único Cristo Salvador del mundo, que se nos presenta en la Sagrada Escritura, en los Sacramentos – de manera especial en la Eucaristía – y que quiere que cada uno de nosotros refleje su verdadera imagen. Si esto no se hace, la Iglesia deja de cumplir una importantísima misión en la época que le toca vivir. No nos interesan los Cristos de cada uno, nos interesa el único Cristo, el que nació en Belén, el que se reveló en la Sagrada Escritura, y el que hoy ilumina el mundo a través de estos tres reyes que lo aceptan y lo adoran como el único salvador.

La historia de la fidelidad de Dios

El Santo Padre nos dice que ese constante diálogo de Dios con cada uno de nosotros, con cada etapa de la historia, ese proyecto, esa experiencia del encuentro de Dios con cada uno de nosotros se puede llamar la historia de la fidelidad por parte de Dios.

Y añade el Papa: “lamentablemente, también podemos decir tantas veces, la infidelidad por parte de nosotros”. Ese Dios siempre fiel, llegado la plenitud de los tiempos envío a su hijo Jesucristo. Ese Dios, eternamente fiel, quiso que su Hijo se encarnara y estableció una comunicación personal para que cada uno pueda dialogar, hacerse amigo, seguir, acompañar, identificarse con Cristo. ¡No son novelas, ni sentimiento pasajeros, son realidades! Y si Dios, manifiesta su fidelidad entregándonos a su Hijo, pregúntate con valentía si tú estás respondiendo con fidelidad a esa oferta de amistad que se da en la persona de Cristo. O si en cambio el orgullo, los ídolos del poder, el sexo, la mentira, el pecado te están llevando a no corresponder a esa propuesta de Dios que la Iglesia tiene el gravísimo deber de recordar, proponer, enseñar. No se trata de mayorías o minorías, si tiene mucha o poca acogida, se trata de enseñar la verdad, y enseñarla de la mano de la Sagrada Escritura, los Sacramentos, y la propia conducta; que viéndote puedan decir tus amigos: “Este cree, vive su amistad con Cristo en todo momento!”.

Cristo es la verdadera respuesta a los que buscan la verdad

La Iglesia siendo siempre santa, la que tiene el depósito, la verdad de Cristo; está constituida por hombres y mujeres pecadores. Y corremos el riesgo de no presentar la imagen verdadera de Cristo, que es la única que convierte, da paz, da frutos, que ayuda a la humanidad.

Nos dice el Papa “En Belén, donde nace Jesús; en la Epifanía, en donde el mundo adora a Jesús, tenemos ese Sacramento de la fidelidad de Dios”. Por eso, a todos los hombres y mujeres que buscan la verdad, Cristo se presenta como una respuesta maravillosa. A los que no buscan la verdad, no tiene nada que decirles.

La esperanza, la alegría que acompañan estas fiestas, este tiempo de Navidad, se apoyan en que Dios nos ha presentado su decisión: ‘Vengo a redimirlos, a proponerles la salvación, a invitarlos al proyecto de la vida eterna’. No hay duda, no hay riesgos, todo lo que nos pide el Señor es que tengamos humildad. ¡Acéptalo!, ¡Únete a Jesús!, principalmente a través de los Sacramentos, en la oración, ¡conviértete!

Tú y yo sí queremos decirle a Jesús: ¡Cuánto tengo que cambiar!, ¡cuánto necesito convertirme! Y para eso los invito: Ayudémonos unos a otros, con la palabra, el ejemplo, con ese ir al encuentro de los demás, despierta al que está dormido, entusiasma al que puede estar cansado, confirma en la fe al que pueda estar dudando, para que unidos podamos entender ¡qué bueno es Dios! No hay motivos más que para estar alegres si buscamos la verdad y somos de verdad sinceros.

Nos dice el Papa, en este misterio de la fidelidad de Dios: “La Iglesia lleva a cabo plenamente su misión, solo cuando refleja en sí misma la luz de Cristo, y así ayuda a los pueblos del mundo en el camino de la paz y del auténtico progreso”. Hoy la Iglesia y sus pastores tienen que, -con más frecuencia-, mostrar la luz de la verdad, salir en defensa de la vida, del matrimonio, de la familia, de la paz, y proclamar la verdadera presencia del misterio de Dios en la Eucaristía aunque las mayorías no lo acepten; obligación gravísima de la Iglesia de no ocultar el verdadero rostro de Cristo.

Seamos ésa luz que lleva a Cristo en la Gran Misión de Lima

Nos sigue diciendo el Santo Padre: “Todo cristiano está llamado a iluminar con la Palabra y el Testimonio la vida y el camino a sus hermanos”. La Gran Misión de Lima que hemos convocado para inaugurar el 27 de abril, solemnidad de Santo Toribio de Mogrovejo, será la ocasión para que todo cristiano llamado a iluminar con la palabra y el ejemplo sea una luz que nos lleva a Cristo.

En esta Solemnidad de la Epifanía, la Iglesia es ésa estrella que muestra el camino, la luz que te señala por dónde está el bien, para que lo hagas; por dónde está el mal, para que lo evites; procurando iluminar con su palabra y su testimonio.

Por eso, los animo a mostrar a Cristo, el verdadero Dios y verdadero hombre, el único salvador del mundo, el que está de manera sacramentada en la Eucaristía, el que vivió en Belén y Nazaret, el que murió en la cruz y resucitó al tercer día, ése Jesús vivo ¡Muéstralo! Primero conócelo, luego haz amistad con la oración ¡ámalo! Y luego ¡muéstralo! Que se vea en tus gestos, palabras, conducta que crees en Él y estás con Él.

Verás como esa dimensión de la revelación al mundo se hará verdad en esta Gran Misión de Lima. Encomendamos a nuestra Madre María Santísima, Estrella de la Nueva Evangelización estos deseos de ser fieles a nuestra propia vocación, nuestro camino hacia Dios.

Así sea.

 
 

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