Muy queridos hermanos en Cristo Resucitado:
¿Qué nos enseña la palabra de Dios, hoy? Abrimos el corazón con fe para que el Señor nos pueda enseñar, no es una lección ya conocida, es nueva ¡siempre es nueva!
El evangelio nos habla de dos seguidores de Cristo que están tristes, abatidos, han perdido la confianza, tanto que Jesús que se une a ellos ¡no lo reconocen! Esta situación nos puede pasar a todos. Hay que examinarnos con sinceridad, porque hay momentos en la vida en que puede ser que la falta de fe, de humildad o de interés nos lleve a entrar en una rutina. Rutina que nos impide reconocer a Jesús Resucitado en la palabra de Dios.
No dejemos que la rutina sea la defunción del amor
Podemos empezar a escuchar pasajes del evangelio y decir ‘ya lo conozco, ya sé como acaba’, podemos venir a la Santa Misa y por rutina estar presentes en algo que ya sabemos cómo va a ser. Y Jesús les llama la atención a los discípulos porque de alguna manera estaban tan desconfiados, tan seguros de sus propios problemas; estaban discutiendo en el camino lo que había ocurrido con ese hombre que anunció que iba a ser el Mesías, el Salvador y había fracasado; iban los dos conversando en sí mismos, sin fe, habían visto la muerte en la cruz ¡y no se habían convertido!; sólo creían lo que veían y eso ¡no es fe!
Cuántas veces, hermanos, también queremos llamarle fe simplemente a nuestras ideas, a lo que vemos, a lo que entendemos; y estos seguidores de Cristo, estando a su lado ¡y no lo reconocen! ¡Qué peligro! Un peligro que nos ronda, acostumbrarnos a leer la Sagrada Escritura y ¡nada nuevo! Acostumbrarnos a recibir la Eucaristía, y ¡nada nuevo! Acostumbrarnos a rezar el Santo Rosario, y ¡nada nuevo! Esa rutina es la defunción del amor.
Por eso, estos seguidores de Cristo estaban tristes, desalentados; y tal vez la cruz en lugar de ser una muestra infinita del amor de Jesús, una muestra de la entrega, la veracidad, la seguridad de que ese hombre que había hablado muere en la cruz para demostrar su amor, su verdad; en lugar de ser eso, la cruz pasa a ser una derrota ¡ha muerto, lo han crucificado! ¡Y no se han convertido! Han visto a un hombre bueno que muere en la cruz después de una pasión muy fuerte; y estos dos seguidores ¡no se han convertido!
Hermanos, nosotros, una y otra vez frente a la cruz ¡y nos acostumbramos! ¡tenemos temor a morir al pecado, a cambiar! ¡Aléjate de esa tibieza!, porque es la muerte de la verdadera piedad, del verdadero amor, de la verdadera misión de los apóstoles.
Y Jesús, les empezó a explicar; y ellos decían ‘¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras? ’ ¿Por qué Jesús los saca de la rutina, y hace que sus corazones se muevan, se emocionen, se conviertan? ¿Cuál fue el secreto? El secreto es que ¡es Cristo! No soy yo, ¡es Cristo! Esa palabra de Dios a la que echamos incienso, que besamos, que veneramos, ¡es palabra viva! Por lo tanto, cuando leas la escritura, imagínate al mismo Cristo que te habla; deja que te interrogue, no la leas como una historia pasada ya que a ti y a mí nos está hablando ahora.
Cristo Resucitado nos acompaña en el camino de la fe
Y por eso, cuando queremos llevar la palabra de Dios a otros corazones, ¡hay que estar unidos a Cristo! ¿Qué quiere decirle Cristo a estos hijos suyos? Y, procurar en nombre de Cristo hablar de la palabra de Dios, ¡no de mi palabra!, no con sabiduría o con elocuencia, sino con sinceridad, ¡habla de lo que vives! Si vives en tu corazón la palabra de Dios, si dialogas con la palabra de Dios, cuando hables de ella estarás hablando de algo que ha entrado ya a tu vida; tú te has visto como esos hombres de Emaús triste, abatido, desconfiado ¡tú! Si yo me veo en esa situación, seguidor de Cristo, he visto su pasión y muerte ¡yo me veo interpelado!, y me doy cuenta que -pese a todo- estoy con los ojos cerrados ¡No lo veo! ¡No lo reconozco! Pues, voy al evangelio, medito y le pido a Dios ¿Qué me quieres decir? ¿Por dónde me quieres llevar?
Y la palabra de Dios siempre actual, siempre viva, algo nuevo me dirá cada día. Si no es así, hermanos, perdemos la fe, nos convertimos como esos dos discípulos que estaban desconfiados, abatidos, se iban alejando. ¿No es acaso una imagen que vemos tantas veces dentro de la Iglesia?
Jesús Resucitado se hace compañero de viaje; y a veces las experiencias negativas que tenemos en la propia vida, experiencias que no entendemos como esos discípulos y nos pasa igual que a ellos, simplemente nos vamos alejando de Dios, porque no me dice lo que yo quiero. Eso les pasaba a ellos, venían diciendo ‘¿pero no era este el Salvador, pero no era este el que iba a instalar el reino de Dios, pero no era éste el que nos iba a sacar de esta persecución?’. Se habían fabricado unas ideas, ¡como nosotros!, y cuando ven que Dios no les hace caso, se van alejando tristes.
¡La palabra de Dios, una maravilla! Pero no es una palabra que se acomoda, deja que Dios te hable, ¡medita!, ¡pídele!, ¡sé sincero! Verás, como de esa manera te vas purificando y aprendes a escuchar la palabra. Y nos dice como estos discípulos que ya están cambiando su tibieza, están dejando su abatimiento, empiezan a volver a creer, porque la palabra de Cristo ¡Viva!, los ha despertado. Y viene aquel momento, que ya no es la palabra de Dios, es la Eucaristía, cuando Cristo Resucitado parte el pan y lo reconocen; y en ese momento desaparece de su presencia; ¡pero aparece la presencia real en ese Cuerpo y Sangre sacramental! La Palabra nos enseña, nos ilustra; en la Eucaristía queda Cristo Vivo, no lo vemos que habla, acompaña, escucha, ¡ya no es la palabra, es la persona de Cristo!
En este pasaje encontramos la estructura de la Misa
Decía el Papa, que en este pasaje del evangelio está la estructura de la Misa. En la primera parte la escucha de la palabra; y en la segunda la comunión con Cristo presente en el sacramento de su cuerpo y de su sangre. Propósito concreto: asistir de manera fructuosa, activa a la Santa Misa, allí está el fundamento de todo. Que realmente Jesús me pueda enseñar con la palabra viva, que yo al comer su cuerpo de alguna manera habite en Él.
Y para eso, hermanos, hace falta sinceridad de corazón, limpieza en el alma. Vamos a pedírselo de manera especial a María Santísima para que cada uno viviendo la experiencia como estos discípulos de Emaús podamos ver arder el corazón. Le digamos a Jesús ¡Quédate con nosotros!, y traigamos a muchos amigos a la Santa Misa.
Así sea.